LA PALABRA DEL DÍA

Evangelio del día

Lunes, 13 de mayo de 2024
Lectura del santo evangelio según san Juan 16, 29-33

En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús:
«Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones…

En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús:
«Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios».
Les contestó Jesús:
«¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo».

Martes, 14 de mayo de 2024
Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 9-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo…

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento:
que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».

Miércoles, 15 de mayo de 2024
Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 11b-19

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo:

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo:
«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida.
Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad».

Jueves, 16 de mayo de 2024
Lectura del santo evangelio según san Juan 17, 20-26

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo:

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo:
«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.
Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo.
Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

Viernes, 17 de mayo de 2024
Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 15-19

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, le dice a Simón Pedro:

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, le dice a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».
Él le contestó:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
«Apacienta mis corderos».
Por segunda vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Él le dice:
«Pastorea mis ovejas».
Por tercera vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó:
«Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
«Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras».
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió:
«Sígueme».

Sábado, 18 de mayo de 2024
Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 20-25

En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»

En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»
Al verlo, Pedro dice a Jesús:
«Señor, y éste, ¿qué?»
Jesús le contesta:
«Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme.»
Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?»
Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.
Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo podría contener los libros que habría que escribir.

Comentario al evangelio

Sábado, 18 de mayo de 2024

San Juan I, papa y mártir

Lecturas:

Hch 28, 16-20.30-31. Quería veros y conversar con vosotros.

Sal 10, 5-8. Los buenos verán tu rostro, Señor.

Jn 21, 20-25. Detrás de ellos venía el otro discípulo al que Jesús tanto quería.

En la primera lectura contemplamos la llegada de san Pablo prisionero a Roma, donde podrá vivir por su cuenta en una casa, con un soldado que lo vigilase, esperando a ser juzgado por el César.

Vivió allí dos años enteros a su propia costa, recibiendo a todos los que acudían, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.

La Iglesia, creada y extendida por la acción del Espíritu Santo ha llegado al corazón del mundo; el Evangelio es predicado con libertad hasta los confines de la tierra. Las numerosas dificultades son vencidas por el poder del Espíritu Santo.

Esta Palabra nos invita a ser testigos de Jesucristo Resucitado aprovechando cualquier circunstancia: a tiempo y a destiempo (cf. 2 Tim 4, 2), con audacia y libertad, porque la Palabra de Dios no está encadenada (cf. 2 Tim 2, 8).

Llegando al final del tiempo Pascual llegamos también a la conclusión del Evangelio de San Juan, en la que nos recuerda algo importante: Tú, sígueme.

Es una invitación a que no te quedes en ser un mero espectador, un curioso, un simpatizante o un erudito. No, Jesús ¡quiere ser tu amigo! Y te invita a seguirle, a ser discípulo, a vivir una vida nueva.

Una vida nueva que no la has de “hacer” tú, sino que el Espíritu Santo irá re-creando en ti, si tú te abandonas en sus manos y le dejas hacer. Una vida nueva en la que experimentarás lo que dice el Evangelio: muchas otras cosas hizo Jesús. Muchas otras cosas quiere hacer el Señor en tu vida.

Si crees, ¡verás la gloria de Dios!

¿No ardía nuestro corazón al escuchar su Palabra? (Cf. Lc 24, 32).

¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).

Otro comentario al Evangelio

Jn 21, 20-25. “Señor, y este, ¿qué?”. La última página del evangelio de Juan es de gran realismo y humanidad. Después de que Pedro ha sido confirmado en su misión de pastorear el rebaño, parece que hay una presencia que le incomoda. Se trata de Juan, el discípulo al que Jesús amaba. Es una situación que se va a repetir a lo largo de la historia. Pedro representa la institución, Juan el carisma. No siempre son fáciles de integrar. Jesús dice a Pedro que él tiene su misión, que es seguirle, que no se preocupe de lo demás, que solo puede ser fuente de tensiones y rupturas en la comunidad. Finalmente Juan nos da su testimonio, firma su evangelio. Hay muchas más cosas que hizo Jesús, que no son fáciles de recoger por su extensión, pero con lo que el Señor nos ha revelado por medio de los evangelios tenemos suficiente para conocerle y seguirle.

19 de marzo. San José
Año litúrgico 2023-2024 (Ciclo B)

Primera lectura

Lectura del segundo libro de Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16

En aquellos días, vino esta palabra del Señor a Natán:

«Ve y habla a mi siervo David:
“Así dice el Señor: Cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré descendencia tuya después de ti. Al que salga de tus entrañas le afirmaré tu reino.

Será el quien construya una casa a mi nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre.

Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo.

Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mí, tu trono durará para siempre”».

Salmo

Salmo 88, 2-3. 4-5. 27 y 29
R/. Su linaje será perpetuo.

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R/.

«Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades». R/.

Él me invocará: “Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora”.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 4, 13. 16-18. 22

Hermanos:

No por la ley sino por la justicia de la fe recibieron Abrahán y su descendencia la promesa de que iba a ser heredero el mundo.

Por eso depende de la fe, para que sea según gracia; de este modo, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la que procede de la ley, sino también para la que procede de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros.

Según está escrito: «Te he constituido padre de muchos pueblos»; la promesa está asegurada ante aquel en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe.

Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho:
«Así será tu descendencia».

Por lo cual le fue contado como justificación.

Evangelio del domingo

Lectura del santo evangelio según san Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».

Cuando José se despertó, hizo lo que le habla mandado el ángel del Señor.

comentario San José

SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA.

(19 de marzo 2024)

San José, entre los dos Testamentos.

La liturgia de la Palabra nos presenta en este día dos ilustres personajes del Antiguo Testamento: Abrahán y David, que nos ayudan a comprender el significado y la importancia de san José, que fue uno de aquellos elegidos por Dios para que colaborasen en el gran paso que fue el tránsito al tiempo de la Nueva y definitiva Alianza, como Zacarías y Ana, Simeón, Juan el Batista y, por encima de todos ellos, la esposa de José, la santísima y siempre Virgen María.

La Sagrada Escritura nos presenta al patriarca san José como un nuevo Abrahán, es el hombre justo y fiel que creyó contra toda esperanza.

Mucho tiempo antes, el rey David quiso construir una casa para Dios, y éste le manifestó que no era esa su volunta, pero le prometio una descendencia que haría perpetuo su reinado.

El fiel custodio de los primeros misterios de la redención.

De este modo, cuando llegó la plenitud de los tiempos, José colaboró con Dios permeneciendo en silencio y aceptando la palabra divina, que le recuerda la promesa hecha a David y que se cumplió en Jesús, Hijo de Dios nacido de María Virgen, pero incorporado a la descendencia de los reyes de Israel y Judá gracias a la persona de José, al que el ángel saludo con el honroso título de “Hijo de David”; el mismo título con que Jesús fue aclamado por el pueblo que esperaba a un Salvador.

Modelo para los cristianos.

San José sigue siendo un modelo para nosotros. El hombre actual se programa  a sí mismo, organiza su vida y hace su voluntad. Sin embargo, José, hombre de fe, aceptó conscientemente el plan misterioso de Dios y se puso confiadamente en sus manos, viniendo a ser el nuevo patriarca, “padre de los creyentes”. Quien acoge con fe la gracia y la palabra de Dios se instala en el plan salvador divino. Por ello la actividad de la Iglesia no puede confiar ante todo en un plan racional o metódico, a la manera de una empresa humana, sino que debe considerar la importancia de la “Primacía de la gracia” en la colaboración con la obra divina. Como modelo de confianza en Dios, san José es el titular de muchos seminarios, y en torno a esta fiesta se celebra en las diócesis de España el “Día del Seminario”.

Toda la Iglesia celebra hoy a su patrono y protector, porque si el esposo de María la protegió a ella y a su divino Hijo de tantos peligros como se lee en los Evangelios de la infancia”: persecuciones, exilio, momentos de miedo y desconcierto, de falsas acusaciones… Así ahora protege al cuerpo místico de Cristo que somos nosotros. El patriarca de Nazaret sigue velando sobre el pueblo de los creyentes en la nueva casa y familia de Dios que es la comunidad cristiana.

LA PALABRA DE DIOS EN ESTA SOLEMNIDAD

Primera lectura y Evangelio. 2 Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16 y Mateo 1, 16. 18-21. 24ª, o bien Lucas 2, 41-51a: El Rey David quiso construir un templo para el Señor, pero éste le respondió que no era esa su voluntad. Sin ambargo le prometió que un descendiente suyosería rey y consolidaría su reino para siempre. Esta promesa se cumplió en Jesús, a quien José protegió y como si fuera hijo suyo y de la familia de los reyes de Israel y Judá. Por eso Jesús recibe el título de “Hijo de David”.

Segunda lectura. Romanos 4, 13. 16-18. 22: Abrahán recibió la promesa de ser padre de muchas naciones por su fe y confianza absoluta en la palabra de Dios; de este modo el patriarca es modelo y padre de los creyentes. Siguiendo este ejemplo, José es el ejemplo de los creyentes del Nuevo testamento.

Otro comentario al evangelio

14 de febrero de 2024
Miércoles de Ceniza
Ayuno y abstinencia
 
Lecturas:
 
Jl 2, 12-18.  Volved a mí de todo corazón.
 
Sal 50, 3-6.12-17.  Misericordia, Señor, hemos pecado.
 
2 Cor 5, 20-6, 2.  No recibáis en vano la gracia de Dios.
 
Mt 6, 1-6.16-18.  Cuando reces entra en tu habitación
 
Comenzamos hoy la Cuaresma, camino hacia la Pascua, al encuentro con el Señor Resucitado que pasa cada día por tu vida, para encontrarse contigo. 
 
La Cuaresma es un tiempo de gracia. Así nos lo ha recordado San Pablo: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Por eso nos invita también a no echar en saco roto la gracia de Dios, a escuchar la voz del Señor y no dejar que se endurezca el corazón. 
 
¡Este es el momento ideal para que te conviertas! Esto es lo que nos propone la Iglesia con la celebración anual de la Cuaresma.
 
El Salmo 50 nos indica el itinerario espiritual que estamos llamados a vivir en la Cuaresma.
 
Misericordia, Dios mío, por tu bondad…, borra mi culpa…, limpia mi pecado. Es una llamada a la conversión.
 
Una llamada a no instalarse en el pecado. ¿Cuál es la raíz de todo pecado? La raíz de todo pecado es creer que tú eres dios, el señor y dueño de tu vida, de tu historia, del bien y del mal… 
 
Por eso, comenzamos con el signo de la ceniza: Recuerda que eres polvo. Que es lo mismo que decir: recuerda que tú no eres dios. Recuerda que necesitas ser salvado.
 
Y esta es una llamada radical a la conversión, a volver al Señor y entregarle tus pecados. Sin justificarlos, sin disimularlos y din esconderlos… sino entregándoselos al Señor, que te ama y te ofrece su perdón.
 
Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme…, no me quites tu santo espíritu. 
 
Pero al mismo tiempo que le entregas tus pecados, has de acoger el don del Espíritu que irá renovando tu corazón, tu matrimonio, tu sacerdocio, tu consagración religiosa… ¡Hará nueva tu vida!
 
Pero, ¡déjale hacer a Él! Como Él quiera y al ritmo que Él quiera.
 
 Tres armas preciosas nos muestra el Evangelio: Orar, escuchar cada día al Señor: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor. No endurezcáis el corazón.
 
Dar limosna, para poner nuestra seguridad y nuestra confianza en el Señor.
 
Ayunar, vaciando nuestro corazón de nuestro egoísmo para llenarlo del Señor y experimentar que solo Dios basta.
 
Y este itinerario culminará cuando en la noche de Pascua cantemos el Aleluya: Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza.
 
La fe se vive en la gratuidad y se expresa en la alabanza, que es el eco de la presencia y acción del Espíritu Santo en tu corazón.

¿No ardía nuestro corazón al escuchar su Palabra? (Cf. Lc 24, 32).

¡Ven Espíritu Santo! 🔥 (cf. Lc 11, 13).

Otro comentario al evangelio

Mt 1, 16. 18-21. 24a. “Como era justo”. José era un hombre justo, profundamente enamorado de su esposa María. Por eso no era capaz de entender que su esposa estuviera esperando un hijo sin su intervención. A pesar del sufrimiento interno que seguro vivió, él sigue abierto a la actuación de Dios en su vida. Eso le permite escuchar la voz de un ángel que le habla en sueños y le ayuda a entender lo que ha sucedido y a acoger el plan que Dios tiene para él. El hijo viene del Espíritu Santo, es obra de Dios. José tiene que ponerle el nombre, que será Jesús y que significa Dios salva. Además tendrá que cuidar y proteger al niño y a su madre. José nos enseña también la lección de la obediencia. No sabemos si seguía albergando alguna duda en su interior, pero al despertar hace lo que le ha comunicado el ángel, cumple la voluntad de Dios.

19 de mayo. Domingo de Pentecostés
Año litúrgico 2023-2024 (Ciclo B)

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos y elamitas y habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tantos judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

Salmo

Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc 30. 31 y 34
R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R.

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos:
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.
Y hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.
Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

comentario del domingo

EL ALMA DE LA IGLESIA

(Pentecostés -B, 19-Mayo-2024)

El acontecimiento

El día final de la cincuentena pascual, al llegar el día festivo de Pentecostés, cuando en el templo de Jerusalén aún subía el humo del sacrificio de la mañana, y las calles se iban llenando de fieles y peregrinos que celebraban la entrega de la Ley de Moisés en el Sinaí. Con música y bailes paseaban los rollos de la Thorá, mientras los escasos seguidores del Maestro de Nazaret, el Crucificado, estaban reunidos en oración junto con María, la Madre de Jesús. Y allí recibieron el don prometido por el Resucitado: la nueva Ley y el alma de la nueva Iglesia, el Espíritu Santo.

El Cenáculo es el lugar del Espíritu. La comunidad reunida en oración constante es el objeto de la efusión divina. El Espíritu viene, como fuerza irresistible, “que sopla donde quiere” (Juan 3,8); se siente, pero no se sabe cómo actuará. Ahora viene del cielo, de Dios. Llena la casa, la convierte en un nuevo Sinaí, en su Templo. Es fuego único y se reparte sin disminuir y sin dividirse. Excitador de la alabanza del Dios Altísimo, el Único, el Viviente. Los apóstoles, cuando fueron bautizados con el Espíritu Santo, proclamaban las maravillas de Dios en varias lenguas. Fuego y Palabra irresistibles. A partir de aquí es creada la Iglesia Una y santa. Aquí comienza el anuncio del Evangelio, junto con la celebración del Resucitado y las obras nuevas del Reino.

El misterio

El discurso de san Pedro en este mismo día nos da la clave para comprender el misterio (designio divino) contenido en el acontecimiento de Pentecostés: “A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado a la diestra de Dios y recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, le derramó según vosotros veis y oís” (Hechos 2,32-33).

Pentecostés manifiesta a Cristo Resucitado en el ejercicio pleno de su sacerdocio único, lo que es la finalidad de toda su vida a partir de la Encarnación histórica: obtener primero para sí, y después para los discípulos el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo en la coeternidad bienaventurada, alegría y amor divinos y transformantes.

No podemos separar a Cristo del Espíritu. San Pablo nos enseña que las dos principales obras de la gracia de Cristo – la fe y la comunión eclesial – se realizan a lo largo del tiempo gracias a la intervención del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia; toda la obra de Jesucristo se aplica gracias a él. El Espíritu Santo hace posible la confesión de fe – sin Él “nadie puede decir «Jesús es el Señor» (Co 13,3b; Segunda lectura) – y nos une en un solo cuerpo. Sólo el Espíritu, don del Padre, revela a Cristo resucitado – sólo Cristo revela al Padre – y sólo él con el Espíritu lleva al Padre. El centro de esta revelación es la resurrección como obra del Espíritu (Rom 1,1-4 y 1 Cor 15,45). “Y como Cristo, también nosotros” (Rom 8,1-10).

La vida cristiana

Al recibir el “aliento” del Resucitado (Juan 20,22), los discípulos son creados de nuevo (Cf. Génesis 2,7). Son bautizados, confirmados, consagrados sacerdotalmente, iniciados pues en todo el Misterio divino. Son constituidos en portadores del Espíritu a los hombres, con la misión de difundir el fruto de la cruz, reunir la familia de Dios como morada de la Trinidad, conducir hacia el banquete de la redención, hacer de los hombres pecadores y dispersos el Cuerpo de su Jefe, el Resucitado. Y así hasta nosotros. Del mismo modo, la unción bautismal y la confirmación realizó en nosotros lo mismo que en los apóstoles y nos aplicó la gracia pascual del Espíritu Santo. Por todo ello, el Espíritu no puede seguir siendo para nosotros «el gran desconocido»; meditando, volviendo a leer la bellísima secuencia de este día, nos daremos cuenta del valor del que es nuestra Ley espiritual, porque nos conforma con Cristo interiormente: el «dulce huésped del alma«.

La celebración de esta solemnidad nos invita a vivir en un renovado Pentecostés: Como los apóstoles nos encontramos pobres y en gran medida desvalidos ante el mundo. Ha pasado ya, incluso en los países de antigua evangelización, como el nuestro, la situación de una “sociedad cristiana”, la cual, aún con las múltiples debilidades humanas, se basaba explícitamente en los valores evangélicos. Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza.

La llamada a la “nueva evangelización” señala que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, “dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés”. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9,16).

La llamada a la sinodalidad

En la conclusión del Sínodo convocado por el papa Francisco, una Iglesia evangelizada y evangelizadora debería caracterizarse por la unidad dentro de la Iglesia diocesana y parroquial donde todos tengamos algo que decir y seamos escuchados para caminar juntos al encuentro la humanidad y sus periferias.

Estamos también a las puertas de un Año Jubilar con el lema “peregrinos de la esperanza” que, como dice nuestro arzobispo en su reciente carta pastoral: “Es una llamada a no caer en la tentación de la desesperanza, “porque Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien”. El papa Francisco nos ha advertido en muchas ocasiones del peligro de convertirnos en una Iglesia que solo piensa en sí misma: es la tentación de la auto-referencialidad. Cuando se vive desde esa actitud, la evangelización se convierte en proselitismo: se anuncia el Evangelio con métodos no evangélicos pensando únicamente en el progreso de la institución. El Señor no entregó su vida para salvar únicamente a la Iglesia, sino para salvar a toda la humanidad. La Iglesia es el instrumento querido por Dios para que la salvación alcance a todos. Por ello, no debemos olvidar que la Iglesia no vive para ella misma, sino para anunciar el Evangelio, ofrecer a nuestro mundo la gracia de la Salvación y testimoniar el amor de Dios a toda la humanidad siendo, de este modo, “germen y comienzo del Reino de Dios”. Esta misión no se puede vivir con alegría si no se vive desde la confianza en Dios, que es quien por su Espíritu posibilita que la semilla sembrada por la Iglesia fructifique en nuestro mundo”.

¿Cuál será el resultado efectivo de este “caminar juntos”, ¿estamos escuchando de verdad la voz del Señor? Sigamos orando en comunión eucarística con nuestros pastores, y confiemos en la guía y la asistencia del Buen Pastor y de su Santo Espíritu.

LA PALABRA DE DIOS HOY

Primera lectura. Hechos 2,1-11: Esta lectura proclama el acontecimiento de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, cuando se cumplió la Cincuentena Pascual o «Pentecostés». En la fiesta judía de la entrega de la Ley de Moisés, recibimos la nueva Ley de Cristo: El Espíritu Santo.

Segunda lectura: 1 Cor 12. 3b-7.12-13: El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia; toda la obra de Jesucristo se aplica gracias a él. El Espíritu Santo hace posible la confesión de fe y nos une en un solo cuerpo.

O bien, en este año B. Gálatas 5, 16-25: Si vivimos en el Espíritu, debemos caminar en la vida siguiendo las inspiraciones del mismo Espíritu de Dios; por ello deben quedar fuera de nuestra conducta los actos que Dios rechaza y, al contrario, abundar en las buenas acciones que son fruto del Espíritu santo.

Evangelio de Juan 20,19-23: En el día de Pascua, Jesús envía a los apóstoles y les comunica su Espíritu. Volviendo a leer lo mismo que al comienzo de la Pascua, recordamos que toda la Cincuentena es un gran día de fiesta, el día que hizo el Señor.

Otro comentario al evangelio

Domingo, 28 de abril de 2024, 5º de Pascua

Lecturas:

Hch 9, 26-31. Saulo se quedó con ellos.

Sal 21, 26-32. El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

1 Jn 3, 18-24 Éste es su mandamiento, que creamos y nos amemos.

Jn 15, 1-8 El que permanece en mí y yo en él ése da fruto abundante.

El que es de Cristo es una criatura nueva y va dando frutos de santidad. Pero para poder dar esos frutos, la clave está en permanecer unidos a Cristo, porque sin mí no podéis hacer nada.

La Palabra nos ha dado algunas pistas de lo que significa ese permanecer.

El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante. Estamos llamados a vivir una relación personal, una relación de amor: vivir en comunión con el Señor, tener sus mismos sentimientos y actitudes. Preguntarle cada día: Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Cómo quieres que viva hoy? Ser cristiano no es un moralismo, un cumplimiento de normas, sino un seguimiento del Señor, un dejarte llevar por donde Él quiera llevarte.

Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado. El discípulo vive de escuchar al Maestro, de dejarse “podar” por la Palabra, que tiene vida eterna. De dejar que esta Palabra te vaya re-creando, dándote la mente de Cristo.

Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él. El amor se manifiesta en la fidelidad, fidelidad a la Palabra, fidelidad a la vocación que Dios te ha dado, fidelidad a la misión. Este es el espíritu del enamorado, del hijo.

La Iglesia se iba construyendo y progresaba en el temor del Señor, y se multiplicaba, con el consuelo del Espíritu Santo. Permanecer en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. No has sido creado para la soledad, sino para la relación, la comunión y la donación. Darás fruto si vives en comunión con la Iglesia, con los hermanos que el Señor te ha dado. Darás fruto viviendo la fe en la Iglesia, recibiendo de ella los sacramentos, especialmente la Eucaristía y alabando al Señor con los hermanos y sirviéndoles con generosidad.

Y todo ello animado por el Espíritu Santo. No en tus fuerzas, sino en la fuerza del Espíritu. Sin mí no podéis hacer nada. Dejándote llenar por sus dones, acogiendo los carismas y buscando en todo la gloria de Dios y no la tuya. Buscando en todo hacer la voluntad de Dios y no la tuya.

Jesucristo es la piedra angular sobre la que el Espíritu Santo quiere construir el edificio de tu vida.

¡Ánimo! ¡Ábrete al don del Espíritu Santo! ¡Déjate renovar y construir por Él! Entonces vivirás lo que cantamos en el Salmo: los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan… Me hará vivir para él… contarán… todo lo que hizo el Señor.

¡Feliz Domingo! ¡Feliz Eucaristía!

¿No ardía nuestro corazón al escuchar su Palabra? (Cf. Lc 24, 32).

¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).

Otro comentario al evangelio

Mc 16, 15-20. “El Señor Jesús fue llevado al cielo”. Acaba el tiempo de las apariciones del Resucitado, Jesús es llevado al cielo. Las últimas palabras, que nos revela en el evangelio de Marcos, son el envío universal misionero de los apóstoles. Tienen que ir a todo el mundo a anunciar el evangelio. Su palabra tiene que mover los corazones para que los oyentes den el paso de la fe y se bauticen. Es condición necesaria para la salvación. Esa fe va acompañada de signos, que expresan la fuerza de esa fe y los efectos que produce en nosotros. Todos tienen que ver con la lucha contra el mal y la liberación de las amenazas. Además los discípulos se convierten en portadores de vida y salvación, dando la salud a los enfermos. Vivamos con gozo nuestra condición de creyentes y pidamos al Señor que confirme con signos nuestra fe.

fiesta del 9 D'OCTUBRE

En la Diócesis de Valencia

Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.

En la Diócesis de Valencia

 Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.

(9 de octubre de 2023)

Al llegar esta fecha histórica en que recordamos el segundo nacimiento del pueblo cristiano valenciano, después de un periodo de oscuridad en el que nunca dejó de estar presente, conviene que tengamos presente esta festividad que nos hace presente el misterio de la Iglesia a través del templo mayor de nuestra archidiócesis, donde está la cátedra y el altar del que está con nosotros en el lugar de los apóstoles, como sucesor suyo. La sede de tantas peregrinaciones  y de innumerables vistas individuales, brilla en este día con la luz de la Esposa de Cristo, engalanada para las nupcias salvadoras.

El 9 de octubre evoca la fundación del reino cristiano de Valencia y la libertad del culto católico en nuestras tierras. Ese mismo día, la comunidad fiel valenciana tuvo de nuevo su iglesia mayor, dedicada a Santa María, y estos dos acontecimientos forman parte de una misma historia. Es una fiesta que nos afianza en la comunión eclesial en torno a la iglesia madre, donde tiene su sede el Pastor de la Iglesia local de Valencia, el templo que fue llamado a custodiar el sagrado Cáliz de la Cena del Señor, símbolo del sacrificio de amor de Jesucristo y de la comunión eucarística en la unidad de la santa Iglesia.

El aniversario de la dedicación

El 9 de octubre será para la comunidad cristiana de Valencia una fiesta perpetua, pero en cada aniversario resuena con más fuerza que nunca el eco de aquella preciosa y feliz celebración en que nuestro templo principal, la iglesia madre, apareció con la belleza que habían pretendido que tuviera aquellos generosos antepasados nuestros que lo comenzaron.

La belleza de la casa de Dios, sin lujos, pero con dignidad, tanto en las iglesias modestas como en las más importantes o cargadas de arte e historia, lo mismo que la enseñanza de sus signos, nos hablan del misterio de Dios que ha querido poner su tabernáculo entre nosotros y hacernos templo suyo.

Al contemplar las catedrales sembradas por Europa, en ciudades grandes o pequeñas, nos asombra el esfuerzo que realizaron quienes sabían que no verían culminada su obra. En nuestro tiempo, cuando domina lo funcional, nos resulta difícil comprender esas alturas “inútiles”, esos detalles en las cubiertas y las torres, esas moles que, cuando se levantaron, destacarían mucho más que ahora, entre casas de uno o dos pisos. Pero lo cierto es que también ahora se construyen edificios cuyo tamaño excede con mucho al espacio utilizable; nos dicen que es para prestigiar las instituciones que albergan, y eso es lo que pretendían nuestros antepasados para la casa de Dios y de la Iglesia; eso, seguramente, y otras cosas que se nos escapan.

Una construcción que no ha terminado

El aniversario de la dedicación nos recuerda un día de gracia, pero también nos impulsa hacia el futuro. En efecto, de la misma manera que los sacramentos de la Iniciación, a saber, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, ponen los fundamentos de toda la vida cristiana, así también la dedicación del edificio eclesial significa la consagración de una Iglesia particular representada en la parroquia.

En este sentido el Aniversario de la dedicación, es como la fiesta conmemorativa del Bautismo, no de un individuo sino de la comunidad cristiana y, en definitiva, de un pueblo santificado por la Palabra de Dios y por los sacramentos, llamado a crecer y desarrollarse, en analogía con el cuerpo humano, hasta alcanzar la medida de Cristo en la plenitud (cf. Col 4,13-16). El aniversario que estamos celebrando constituye una invitación, por tanto, a hacer memoria de los orígenes y, sobre todo, a recuperar el ímpetu que debe seguir impulsando el crecimiento y el desarrollo de la parroquia en todos los órdenes.

Una veces sirviéndose de la imagen del cuerpo que debe crecer y, otras, echando mano de la imagen del templo, San Pablo se refiere en sus cartas al crecimiento y a la edificación de la Iglesia (cf. 1 Cor 14,3.5.6.7.12.26; Ef 4,12.16; etc.). En todo caso el germen y el fundamento es Cristo. A partir de Él y sobre Él, los Apóstoles y sus sucesores en el ministerio apostólico han levantado y hecho crecer la Iglesia (cf. LG 20; 23).

Ahora bien, la acción apostólica, evangelizadora y pastoral no causa, por sí sola, el crecimiento de la Iglesia. Ésta es, en realidad, un misterio de gracia y una participación en la vida del Dios Trinitario. Por eso San Pablo afirmaba: «Ni el que planta ni el que riega cuentan, sino Dios que da el crecimiento» (1 Cor 3,7; cf. 1 Cor 3,5-15). En definitiva se trata de que en nuestra actividad eclesial respetemos la necesaria primacía de la gracia divina, porque sin Cristo «no podemos hacer nada» (Jn 15,5).

Las palabras de San Agustín en la dedicación de una nueva iglesia; quince siglos después parecen dichas para nosotros:

«Ésta es la casa de nuestras oraciones, pero la casa de Dios somos nosotros mismos. Por eso nosotros… nos vamos edificando durante esta vida, para ser consagrados al final de los tiempos. El edificio, o mejor, la construcción del edificio exige ciertamente trabajo; la consagración, en cambio, trae consigo el gozo. Lo que aquí se hacía, cuando se iba construyendo esta casa, sucede también cuando los creyentes se congregan en Cristo. Pues, al acceder a la fe, es como si se extrajeran de los montes y de los bosques las piedras y los troncos; y cuando reciben la catequesis y el bautismo, es como si fueran tallándose, alineándose y nivelándose por las manos de artífices y carpinteros. Pero no llegan a ser casa de Dios sino cuando se aglutinan en la caridad» (Sermón 336, 1, Oficio de lectura del Común de la Dedicación de una iglesia).

Jaime Sancho Andreu

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