En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice:
«Sígueme».
En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice:
«Sígueme».
Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice:
«Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret».
Natanael le replicó:
«¿De Nazaret puede salir algo bueno?».
Felipe le contestó:
«Ven y verás».
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:
«Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Natanael le contesta:
«¿De qué me conoces?».
Jesús le responde:
«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael respondió:
«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús le contestó:
«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores».
Y le añadió:
«En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron:
«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última
de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe
que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:
«Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.
Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó.
Y lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.
En aquel tiempo, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
En aquel tiempo, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer».
Él les replicó:
«Dadles vosotros de comer».
Ellos le preguntaron:
«¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?».
Él les dijo:
«¿Cuántos panes tenéis? Id a ver».
Cuando lo averiguaron le dijeron:
«Cinco, y dos peces».
Él les mandó que la gente se recostara sobre la hierba verde en grupos. Ellos se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta.
Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces.
Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces.
Los que comieron eran cinco mil hombres.
Después de haberse saciado los cinco mil hombres, Jesús enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente.
Después de haberse saciado los cinco mil hombres, Jesús enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar.
Llegada la noche, la barca estaba en mitad del mar y Jesús, solo, en tierra.
Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque todos lo vieron y se asustaron.
Pero él habló enseguida con ellos y les dijo:
«Animo, soy yo, no tengáis miedo».
Entró en la barca con ellos y amainó el viento.
Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca.
Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Lunes, 5 de enero de 2026
Lecturas:
1 Jn 3, 11-21. Hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos.
Sal 99. Aclama al Señor, tierra entera.
Jn 1, 43-51. Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel.
Continúa la Palabra mostrándonos algunos signos de la nueva criatura que va gestando el Espíritu Santo en aquel que acoge a Jesucristo en su vida, y deja actuar al Espíritu:
La primera lectura de la carta primera de San Juan nos lo ha dicho con mucha claridad: el que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida.
El amor será siempre el mejor signo de haber acogido a Jesucristo como Señor y de vivir la vida nueva en el Espíritu. Un amor que, por la gracia de Dios, puede vencer la envidia y el odio, que proceden del Maligno, y que llevaron a Caín a asesinar a su hermano Abel.
Así estamos llamados a vivir nosotros, amando, experimentando en nuestra vida el amor de Dios, un amor gratuito que nos precede y respondiendo al amor de Dios, amándole a él con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser y amando al prójimo como a nosotros mismos.
Hemos sido creados por amor y para amar. Pero no con cualquier clase de amor, sino como Yo os he amado: con un amor gratuito, generoso, de donación, como el de Jesús: él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.
Por eso, se es más feliz al dar que al recibir (cf. Hch 20, 35).
No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie. Será un signo de vivir fieles al Señor: No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán… En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: yo he vencido al mundo (cf. Jn 15, 20; 16, 33).
Servid al Señor con alegría. La alegría es fruto del Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos da la alegría. Y Él es la alegría. La alegría es el don en el que se resumen todos los demás dones.
Sígueme. Ven y verás nos recuerda que ser cristiano no es un moralismo, un mero cumplimiento, sino un encuentro personal con el Señor que quiere vivir contigo una relación de amor, que quiere vivir en ti.
Has de ver cosas mayores. Si crees, ¡verás la gloria de Dios. Si te dejas hacer por el Espíritu también tú contemplarás como Él hace obras grandes en ti.
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
No amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. 🔥💫🎄✨ (cf. 1 Jn 3, 18).
Jn 1, 29-34. “He dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”. Celebrar la Navidad nos convierte en testigos. Contemplar el misterio del Dios hecho hombre, del amor de Dios que se encarna para que podamos acogerlo, nos tiene que impulsar a anunciar esta buena noticia. Juan Bautista fue un ejemplo de testigo hasta el martirio. Nosotros hemos de reconocer que en Jesús está el verdadero Cordero de Dios, el que por su entrega va a borrar los pecados del mundo. Juan salió a bautizar, a llamar a la conversión para que los corazones estuvieran atentos y dispuestos a reconocer a Jesús. También nosotros hemos de vivir con esa tensión a la conversión, con el deseo de purificar nuestros corazones de los afanes del mundo, para que estén más abiertos y dispuestos para acoger a Jesús. Solo si está en nuestro corazón, podremos anunciarlo y ser sus testigos con credibilidad.
¡Levántate y resplandece, Jerusalén,
porque llega tu luz;
la gloria del Señor amanece sobre ti!
Las tinieblas cubren la tierra,
la oscuridad los pueblos,
pero sobre ti amanecerá el Señor,
y su gloria se verá sobre ti.
Caminarán los pueblos a tu luz,
los reyes al resplandor de tu aurora.
Levanta la vista en torno, mira:
todos esos se han reunido, vienen hacia ti;
llegan tus hijos desde lejos,
a tus hijas las traen en brazos.
Entonces lo verás, y estarás radiante;
tu corazón se asombrará, se ensanchará,
porque la opulencia del mar se vuelca sobre ti,
y a ti llegan las riquezas de los pueblos.
Te cubrirá una multitud de camellos,
dromedarios de Madián y de Efá.
Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso,
y proclaman las alabanzas del Señor.
Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R/.
En sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R/.
Los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.
Los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
postrense ante él todos los reyes,
y sirvanle todos los pueblos. R/.
Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R/.
Hermanos:
Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor de vosotros, los gentiles.
Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio.
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron:
«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última
de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe
que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:
«Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.
LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
(6 de enero de 2026)
El acontecimiento
En la fiesta de Navidad, leíamos en san Lucas que los pastores de Belén fueron los primeros en conocer y en proclamar el nacimiento del Mesías; hoy, según san Mateo, son unos magos, unos sabios, venidos de Oriente, los que declaran que ha nacido el Rey de Israel, un monarca fuera de lo común, porque su reinado se extenderá a todo el mundo y debe recibir el homenaje de los hombres de las tierras más lejanas.
No son María ni José ni los ángeles, los que anuncian el nacimiento del Salvador, son las personas que han escuchado la voz de Dios y han visto realizadas sus promesas en el niño de Belén.
Hoy es el día central de la Navidad para nuestros hermanos de rito oriental, que recuerdan los tres momentos de epifanía o manifestación de la gloria divina de Jesús, tal como permanece en las antífonas mayores de la liturgia de las Horas en el rito romano, como la que cantaremos en las vísperas de esta tarde: Veneramos este día santo, honrado con tres prodigios: hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos. Aleluya.
El misterio de la Epifanía
La visita de los Magos encierra un misterio salvador que se prolonga en el tiempo y que llega hasta nosotros. Este es el día en que todos los participantes en la sagrada liturgia contemplamos «la Estrella», el divino Sol de la justicia. Este día vamos a la Iglesia llevando con adoración nuestras humildes ofrendas. A pesar de nuestra indignidad, somos envueltos por la gracia, recibida en la Palabra salvífica, en los misterios transformados y transformantes del altar, en la Iglesia, Esposa santa.
Hoy la liturgia de la Palabra se abre con la visión grandiosa de Isaías que verdaderamente abarca todo el tiempo de la manifestación del Señor: Adviento, Navidad y Epifanía.
El profeta anuncia la novedad de la vida que llega a la ciudad santa, a la Esposa. Ésta debe levantarse e iluminarse, porque en adelante el Señor la alumbrará con su gracia. Esta luz atraerá a los pueblos paganos a la Ciudad de Dios, y ésa será la Madre de los vivientes, la Madre de los pueblos, con hijos e hijas sin número. El corazón maternal de la Ciudad santa se conmoverá, los pueblos llegan, y traen ofrendas preciosas: el oro de la realeza, el incienso del culto divino, y desde ahora se hacen misioneros ellos mismos, para anunciar al mundo la alabanza divina (Primera lectura, Isaías 60,1-6).
Pero, en la visión del profeta, la luz del Señor brilla sólo sobre Jerusalén y el pueblo elegido. Sin embargo, san Pablo proclama la manifestación de la gracia de Dios y de su voluntad salvadora universal revelada ahora directamente a todos los pueblos por el Evangelio de Jesucristo (Segunda lectura, Efesios 3,2-3a.5-6). Este es el gran tema de la solemnidad de la Epifanía, que encuentra su mejor signo en la llegada de los Magos de oriente.
Con los ojos fijos en el cielo y los pies en la tierra
En la homilía de este día del pasado año, el papa Francisco nos animaba a imitar a los magos de Oriente cuando se hacían preguntas importantes que les llevaron a descubrir un mensaje transcendental para toda la humanidad con el Señor, cuando se ponían en camino conjuntamente y, finalmente, a ser nosotros mismos una luz para los demás:
«Mientras miramos a los Magos que, con los ojos fijos en el cielo buscan la estrella, pidamos al Señor que seamos, los unos para los otros, luces que lleven al encuentro con Él (cf. Mt 5,14-16). Es triste que una persona no sea luz para los demás.
Llegamos así a una característica de la estrella: esta es visible para todos. Los Magos no siguen las indicaciones de un código secreto, más bien a un astro que ven brillar en el firmamento. Ellos lo notan; otros, como Herodes y los escribas, ni siquiera se dan cuenta de su presencia. La estrella, sin embargo, siempre permanece allí, accesible a cualquiera que levante la mirada al cielo, en busca de un signo de esperanza. Preguntémonos: ¿soy yo un signo de esperanza para los demás?
Y este es un mensaje importante: Dios no se revela a círculos exclusivos o a unos pocos privilegiados, Dios ofrece su compañía y su guía a quien lo busca con corazón sincero (cf. Sal 145,18). Es más, a menudo se anticipa a nuestras propias preguntas, y viene a buscarnos incluso antes de que se lo pidamos (cf. Rm 10,20; Is 65,1). Precisamente por esto, en el pesebre, representamos a los Magos con características que abarcan todas las edades y todas las razas —un joven, un adulto, un anciano, con los rasgos físicos de los diversos pueblos de la tierra—, para recordarnos que Dios busca a todos, siempre. Dios busca a todos, a todos.
Y cuánto bien nos hace hoy meditar sobre esto, en un tiempo donde las personas y las naciones, aunque dotadas de medios de comunicación cada vez más poderosos, parecen estar menos dispuestas a entenderse, aceptarse y encontrarse en su diversidad.
La estrella, que en el cielo ofrece su luz a todos, nos recuerda que el Hijo de Dios vino al mundo para encontrarse con todo hombre y mujer de la tierra, sin importar la etnia, la lengua o el pueblo al que pertenezcan (cf. Hch 10,34-35; Ap 5,9), y que a nosotros nos confía la misma misión universal (cf. Is 60,3). O sea que nos llama a poner fin a cualquier forma de preferencia, marginación o rechazo de las personas; y a promover entre nosotros y en los ambientes en que vivimos, una fuerte cultura de la acogida en la que los cerrojos del miedo y del rechazo sean reemplazados por los espacios abiertos del encuentro, de la integración y del compartir: lugares seguros, donde todos puedan encontrar calor y refugio».
LA PALABRA DE DIOS EN ESTA SOLEMNIDAD
Primera lectura y Evangelio (Isaías 60, 1-6 y Mateo 2, 1-12): El profeta anuncia el misterio que hoy se celebra: la vocación de todas las gentes para que reconozcan en Jesús al Salvador. El Evangelio proclama el cumplimiento de esta profecía, pero de modo más humilde, cuando los magos de oriente vinieron a adorar a Jesús, recién nacido en Belén.
Segunda lectura (Efesios 3, 2-3a.5-6): San Pablo nos dice que ahora se ha revelado el plan eterno de Dios, que tiene como final la manifestación del Salvador a todos los pueblos, representados en este día por los magos de los que nos habla el Evangelio.
Jueves, 1 de enero de 2026
Santa María, Madre de Dios
Lecturas de:
Nm 6, 22-27. El Señor te bendiga y te proteja, y te conceda la paz.
Sal 66, 2-3.5-6.8. El Señor tenga piedad y nos bendiga.
Gál 4, 4-7. Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer.
Lc 2, 16-21. Encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre.
Hoy es la octava de Navidad, y en ella encuentran resonancia la solemnidad de Santa María, Madre de Dios; el comienzo de un Año Nuevo; la Circuncisión e imposición del nombre de Jesús al Niño nacido en Belén; y la Jornada Mundial de la Paz.
La Palabra que el Señor nos regala hoy comienza con la antigua bendición que los sacerdotes impartían al pueblo de Israel, palabras que hemos cantado en el Salmo: Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros.
Y con ella, la Palabra nos invita a recibir la bendición de Dios y a vivir en la confianza: Dios te ama, y cuida de ti. Está contigo, camina contigo, ¡si le dejas, claro!
En un tiempo en el que tantas veces vivimos cansados, agobiados, estresados, la Palabra te invita a vivir la vida como una historia de amor y de salvación que Dios está haciendo contigo. Dios te ben-dice: habla bien de ti, te ama y no dejará de amarte nunca. Con esta bendición de Dios comenzamos este nuevo año.
Es una invitación a acoger a Jesús para poder vivir no como esclavos, sino como hijos. Una invitación a acoger el don del Espíritu que nos hace clamar «¡Abba! Padre» y, así poder vivir una relación de amor y de confianza con el Padre.
Una palabra que nos invita a no caer en la trampa de los falsos profetas que nos quieren hacer vivir en el pesimismo, en la desesperanza, en el miedo, en tantas cosas que no vienen del Señor, y a vivir en la confianza.
La confianza no porque no haya peligros y problemas, no, peligros y problemas los hay y grandes, pero la confianza viene de la certeza de que no hay nada ni nadie que nos pueda separar del amor de Dios. La confianza viene de la certeza de que ni uno solo de nuestros cabellos caerá sin que Dios lo permita y sea para nuestro bien.
Y el Espíritu Santo te dará fuerza para vivir lo que tengamos que vivir y vivirlo desde la gracia de Dios, en el poder de Jesucristo, y vivirlo para nuestro bien, porque para los que aman a Dios todo acontece para su bien. Y por eso podemos vivir contentos en medio de las dificultades y de los problemas, porque en medio de las dificultades y de los problemas está el Señor.
Para eso hace falta un corazón de niño, un corazón como el de los pastores, que eran capaces de admirarse ante el pesebre de Belén. La gran admiración que nace de la fe de un corazón de niño es poder ver al Señor en el pesebre de tu vida. Es decir, donde parece que no está, en la cruz, en las cosas pequeñas de la vida de cada día, ahí es donde es más difícil ver al Señor, ¿verdad?
Cuando el Señor hace una obra espectacular, ahí es muy fácil ver al Señor. Lo complicado es ver al Señor en la vida de cada día, en las ollas y en los pucheros de la vida de cada día. Y para eso hace falta un corazón de niño, un corazón admirable, capaz de deslumbrarse por las cosas pequeñas. Y eso se lo hemos de pedir al Señor cada día, porque esa es la gracia para vivir. Esa es la verdadera sabiduría para vivir.
Y así es como ha vivido la Santísima Virgen María.
Y por eso la Iglesia hoy, en este primer día del año, nos la vuelve a poner delante, porque ella es la primera que ha sido colmada por la bendición de Dios y toda su vida está iluminada por el Señor.
Y por eso María es madre de Dios y madre nuestra, y se nos invita hoy a contemplarla como la primera bendecida y la que porta la bendición para todos.
Dice el Catecismo (967s) que, por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es «miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia» (cf. LG 53), incluso constituye «la figura» de la Iglesia (cf. LG 63).
Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. «Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia (cf. LG 61). Ahora, desde el cielo, continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna…
Que el nuevo año que comenzamos sea un año lleno de bendiciones porque tenemos al Señor en el centro de nuestra vida y vivimos como hijos amados de Dios.
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡»Abba», Padre!». 🔥🎄💫 (cf. Gal 4, 6).
Lc 2, 16-21. “Meditándolas en su corazón”. Hoy la figura de María ocupa el centro de nuestra celebración. Ella nos ha acompañado durante el tiempo de Adviento y ha sido para nosotros maestra y modelo en la manera de vivir la esperanza, haciendo que nuestra espera esté cargada de ilusión y no de inquietud. Ahora es también para nosotros un modelo en la acogida de Jesús, una acogida sencilla, pobre y humilde. Pero una acogida que debe dejar una huella imborrable en nuestro interior. María nos enseña a contemplar y meditar el misterio. No pone nuestra atención en los detalles anecdóticos sino en lo fundamental: el encuentro con Jesús. De ese encuentro hemos de salir con una actitud renovada, con el deseo de alabar a Dios y darle gloria por el modo como ha querido llevar adelante su plan de salvación.
¡FELIZ AÑO NUEVO! Que este tiempo que ahora comenzamos esté marcado por la bendición.
Esto dice el Señor:
«Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco.
He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones.
No gritará, no clamará, no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará.
Manifestará la justicia con verdad.
No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país.
En su ley esperan las islas.
Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas».
Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado. R/.
La voz del Señor sobre las aguas,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica. R/.
El Dios de la gloria ha tronado.
En su templo un grito unánime: «¡Gloria!»
El Señor se sienta sobre las aguas del diluvio,
el Señor se sienta como rey eterno. R/.
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.
Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».
En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
EL BAUTISMO DEL SEÑOR
(Domingo después del 6 de enero – A -, 11 – Enero – 2026)
La última festividad del tiempo de “Navidad – Epifanía”, el Bautismo del Señor, ocupa el lugar del primer domingo del tiempo ordinario, que es el extenso periodo de treinta y cuatro semanas repartidas antes y después del ciclo Cuaresma – Pascua. Durante este tiempo acompañaremos a Jesús a lo largo de su «vida pública», desde su comienzo al ser bautizado por Juan en el Jordán hasta la víspera del comienzo de la Pasión en Jerusalén.
En este año – A – nuestro guía será el Evangelio según san Mateo, el cual, como lo hacen también los otros dos sinópticos Marcos y Lucas, presentan el ministerio público de Jesús a través de una primera etapa en Galilea, seguida de un largo viaje o «subida» a Jerusalén, para concluir su obra. También el libro de los Hechos de los Apóstoles pondrá el bautismo en el Jordán como principio de la “vida pública” de Jesús. Todo ello, pues, tiene su prólogo en una primera estancia de Jesús en tierras de Judea, donde es bautizado por Juan y mantiene una lucha espiritual con Satanás en el desierto (episodio este último que recordaremos en el primer domingo de Cuaresma).
La vocación cristiana en el Bautismo
Esta fiesta debe ser determinante para que la comunidad diocesana se centre en lo esencial, en lo sacramental.
Hay que tener en cuenta que, si en Occidente se separaron los sacramentos de la Iniciación: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, siguen estando intrínsecamente unidos, que la Eucaristía renueva continuamente todo el gran sacramento bautismal y que siempre estaremos necesitados de ser evangelizados y catequizados.
En la teofanía del Jordán la voz del Padre sobre Cristo: “Este es mi Hijo amado”, debemos sentirla como dichas también para cada uno de nosotros, que en Bautismo nos hemos revestido de Cristo y hemos sido incorporados a él. En esta fiesta, la memoria del Bautismo que hacemos en esta fiesta debería ser la gran acción de gracias por nuestra filiación divina que hemos recibido del Padre, por Cristo, bajo la acción del Espíritu Santo que nos ungió y consagró en la iniciación cristiana.
La presentación del Mesías, Hijo de Dios
En el bautismo de Jesús se cumplió la profecía de Isaías: Mirad a mi siervo. Sobre él he puesto mi espíritu”. La humillación de Jesús ante Juan mostró que asumió su misión como siervo fiel de Yawéh, que le tenía que llevar hasta la cruz. En el bautismo, Jesús manifestó que había asumido la naturaleza humana consagrándola plenamente, y así es el “Cristo”, el Ungido del Señor, el Mesías definitivo.
Al mismo tiempo, se anuncia la forma del bautismo como Puerta de la gracia, porque no se llega a la conversión total y justificante por un proceso individual o subjetivo, sino por manos de un ministro que proclama lo que se ha definido como “palabra en el agua”. De este modo, el propio Jesús insistió en ser bautizado por Juan, aunque éste se resistió en principio.
En el bautismo cristiano Jesús es la Palabra que viene de Dios, que baja cual lluvia de lo alto para calmar la sed espiritual de la humanidad.
El salmo responsorial nos ha invitado a sentir sed de Dios y a correr hacia las fuentes de agua viva, recordando nuestro nacimiento bautismal del agua y del Espíritu Santo.
Los cuatro evangelios y los Hechos de los apóstoles proclaman que el bautismo de Jesús fue el comienzo de su obra salvadora, que se aplica a los que creen en Él gracias al don de la fe que se recibe y profesa en el nuevo nacimiento del agua y del Espíritu Santo. Jesús vence al mundo por medio de cada creyente verdadero.
Fieles, discípulos y testigos
El cristianismo puede ser considerado una ideología más, un conjunto de principios y normes de vida que podrían ser aceptados incluso por quienes no tienen fe. Pero eso no es lo esencial de la “vida en Cristo”.
Debemos pasar de una Iglesia en la que nos sintamos como simples “fieles” o “socios”, como de una sociedad cualquiera, para llegar a sentirnos verdaderamente “iniciados”, miembros de un pueblo que es el cuerpo sacramental de Cristo. Desde la Encarnación, la historia de la humanidad consagrada es la historia de Dios en el mundo.
Nuestra historia es la de Cristo que sigue pasando entre las gentes, sufriendo, siendo signo de contradicción, pero también curando y siempre haciendo el bien. Somos – asombra pensarlo – Cristo que pasa, llamando, abriendo a la esperanza sobrenatural, ofreciéndonos un camino que ya en la tierra da señales de la felicidad del cielo. Y esta es la misión, más allá de una operación de propaganda. Laicos o consagrados por el orden o la vida religiosa, todos iniciados por el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, injertados en la savia vital y en la historia de Jesucristo.
LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO
Primera lectura y Evangelio. Isaías 55, 1-11 y Mateo 3, 13-17 : En el bautismo de Jesús se cumplió la profecía de Isaías: Mirad a mi siervo. Sobre él he puesto mi espíritu”. La humillación de Jesús ante Juan mostró que asumió su misión como siervo fiel de Yawéh, que le tenía que llevar hasta la cruz. En el bautismo, Jesús manifestó que había asumido la naturaleza humana consagrándola plenamente, y así es el “Cristo”, el Ungido del Señor, el Mesías definitivo.
Salmo responsorial 28: En este salmo somos invitados a sentir sed de Dios y a correr hacia las fuentes de agua viva, recordando nuestro nacimiento bautismal del agua y del Espíritu Santo. Jesús fue proclamado como Mesías en las aguas del Jordán; Él es la Palabra que viene de Dios, que baja cual lluvia de lo alto para calmar la sed espiritual de la humanidad.
Segunda lectura. Hechos de los apóstoles 10, 34-38: El bautismo de Jesús fue un anuncio del comienzo de su obra salvadora, que se aplica a los que creen en Él gracias al don de la fe que se recibe y profesa en el nuevo nacimiento del agua y del Espíritu Santo. Jesús vence al mundo por medio de cada creyente verdadero.
Domingo, 4 de enero de 2026
Domingo segundo después de Navidad
Lecturas:
Eclo 24, 1-2. 8-12. La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido.
Sal 147. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Ef 1, 3-6. 15-18. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos.
Jn 1, 1-8. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
La celebración de hoy intenta ayudarte a saborear las riquezas de la Navidad. Te invita a la contemplación del misterio de la Encarnación, a descubrir la verdadera naturaleza del hombre a la luz de Jesucristo, el Verbo hecho carne.
Porque la Navidad se puede quedar reducida a puro consumismo, a un enorme sentimentalismo, o a un simple recuerdo histórico… lejano y pasado, que lo adornamos mucho y le damos una “coreografía” bonita, pero que, al final, pasa de largo por nuestra vida.
Y se puede producir en nosotros el drama que hemos escuchado en el Evangelio de San Juan, que vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron… Y eso nos puede ocurrir también a nosotros. Y por eso la Palabra nos invita a recibir a Jesús, a acogerlo en el corazón.
Y luego viene todo lo demás… todos los adornos, todas las fiestas, las celebraciones, las comidas, las felicitaciones, los regalos, toda la “coreografía” es importante cuando hay algo que celebrar. Si no, al final se queda en nada.
Por eso, lo fundamental es lo que celebramos: que tú abras el corazón al Señor, lo hayas abierto ya, y te hayas encontrado con Jesucristo, el Verbo hecho carne, que quiere entrar en tu vida, en tu historia, y que quiere regalarte esta nueva naturaleza, la de ser hijo de Dios.
Y entonces, es tan grande el cambio que se produce en tu vida, es tan hermosa la vida nueva que empiezas a vivir que de lo que hay en el corazón rebosan los labios, y por eso lo celebramos. Por eso hacemos fiesta y ponemos adornos y luces y cantamos, y hacemos comidas especiales y dulces y felicitaciones… Porque todo es un signo visible de algo invisible, de algo que está ahí escondido en tu corazón, pero que es real, que es que tú estás experimentando una vida nueva.
Estás experimentando lo que san Pablo ha descrito en la carta a los Efesios: para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cual la riqueza de gloria que da en herencia a los santos. Esa es la novedad que el Señor trae a tu vida: que puedes vivir con esperanza, que tu vida tiene los mismos problemas que tiene todo el mundo… Pero la gran diferencia es que tú no estás solo, que tú tienes contigo al Señor, que habita en ti si tú le dejas entrar en tu vida.
Tú tienes contigo al Espíritu Santo que lo hace todo nuevo, y tú tienes una palabra, una palabra de vida eterna que el Señor te regala cada día. Y por eso puedes vivir todos los problemas con esperanza, sabiendo que detrás de todo está el Señor, aunque no entiendas a veces muchas cosas.
Pero sabes que todo tiene sentido, aunque a veces no lo veas. Y por eso puedes vivir con esperanza, con paz, con alegría. Porque tienes la certeza de que no hay nada ni nadie que te pueda separar del amor de Dios.
¡No tengas miedo! ¡Ábrele tu corazón al Señor!
Dejándolo todo, lo siguieron 🔥 (cf. Lc 5, 11b).
A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. (cf. Jn 1, 12). 🔥✨🎄💫
Jn 1,1-18. “En él estaba la vida”. Seguimos contemplando y profundizando en el prólogo del evangelio de Juan. Nos ofrece una lectura teológica del misterio que celebramos, el nacimiento del Hijo de Dios. Hay muchos conceptos que se aplican para entender la persona de Jesús. Palabra, luz, verdad, gracia… y también vida. Jesús, el Verbo eterno, se ha encarnado no solo para estar en medio de nosotros, para compartir nuestra naturaleza, sino sobre todo para que nosotros participemos de su vida. Él tiene esa vida en plenitud y esa vida es la luz de los hombres. Es la verdad que nos ilumina, que nos orienta, que nos alegra. Aunque es cierto que no todas las oscuridades acogen esa luz. Junto con el misterio del Amor de Dios que se encarna, también está el misterio de iniquidad, que es el rechazo del hombre a la presencia de Dios en medio de nosotros.
El Señor honra más al padre que a los hijos
y afirma el derecho de la madre sobre ellos.
Quien honra a su padre expía sus pecados,
y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.
Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos
y, cuando rece, será escuchado.
Quien respeta a su padre tendrá larga vida,
y quien honra a su madre obedece al Señor.
Hijo, cuida de tu padre en su vejez
y durante su vida no le causes tristeza.
Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él,
y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.
Porque la compasión hacia el padre no será olvidada
y te servirá para reparar tus pecados.
Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R/.
Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R/.
Ésta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.
Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro.
El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta.
Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.
Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.
Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.
Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.
Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan el ánimo.
Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:
«Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.
EL DOMINGO DE LA ANUNCIACIÓN
(4º Domingo de Adviento -A-, 21 de diciembre de 2025).
Oración para encender el cuarto cirio de la corona del Adviento
Después de venerar el altar y saludar a la asamblea, el sacerdote, desde la sede, dice:
El cuarto domingo de Adviento está dedicado a la Madre del Señor y al misterio de la encarnación que se realizó en ella para la salvación del mundo. Pero este año tenemos también a José, como personaje principal, cuando escucha obediente la voz del Señor.
Alégrate, Iglesia, porque hoy acoges, como María y José, a Jesucristo, que se hace presente en el sacramento del altar por obra del Espíritu Santo. Bendita tú entre todos los pueblos de la tierra, porque caminas con Cristo en tu seno al encuentro de todas las gentes necesitadas de luz. Que el Señor nos conceda caminar junto con él, luz de luz, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Y el mismo celebrante o un fiel, enciende cuatro cirios de la corona del Adviento, mientras puede cantarse: Madre de todos los hombres, enséñanos a decir: Amén.
Orientaciones para la homilía
En la víspera de la Navidad
Llegamos al domingo inmediatamente anterior a la Navidad, el cual está dedicado al anuncio del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. De este modo, si en la pasada solemnidad de la Inmaculada Concepción leíamos la anunciación a María según san Lucas, en este año A leemos hoy la anunciación a san José según san Mateo. Es un domingo que considera ya asumida la etapa penitencial del Adviento, presidida por Juan el Bautista y que se abre completamente a la inmediata festividad de la Navidad.
Asimismo, en los pasados días de entre semana a partir del 17 de Diciembre, estamos comenzando a leer todo lo que se contiene en los Evangelios como antecedentes del nacimiento del Señor. Por todo ello pedimos que “el pueblo cristiano se prepare con tanto mayor fervor a celebrar el misterio del nacimiento de tu Hijo cuanto más se acerca la fiesta de Navidad” (Oración después de la Comunión).
El signo del Emmanuel
Jesús es el Dios-con- nosotros. Esta afirmación aparece como profecía en la primera lectura y como cumplimiento en el Evangelio. El Señor da un signo que ahora es el signo definitivo del consuelo de Dios-con-nosotros para siempre. Este signo lleva consigo a la Madre siempre Virgen, en la cual, además de su función singular, reconocemos también el anuncio de nuestra propia misión, aquí y ahora: la Iglesia-Esposa que celebra a su Señor. En nuestra existencia santificada como Iglesia, asimilada en la esperanza a la de la Madre de Dios, debemos concebir y amplificar la Palabra de Dios, a partir de la escucha de ella misma; y así debemos vivirla y proclamarla.
La anunciación a José contiene secretos arcanos, inviolables, de la intimidad de Dios, proclamados también por san Pablo en la segunda lectura, cuando anuncia: al Hijo eterno, nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido (revelado plenamente), según el Espíritu Santo, Hijo de Dios con pleno poder por su resurrección de la muerte, Jesucristo nuestro Señor (cf. Romanos 1,3-4).
La vocación y respuesta de José, modelo de los cristianos
Como un nuevo Abrahán, José es padre de los creyentes, patriarca de la Nueva Alianza y modelo de respuesta a la vocación de Dios. Este Adviento termina ofreciéndonos – en san José – un modelo concreto para que nos demos cuenta de nuestra propia vocación para servir el plan de Dios según nuestra forma específica de vida. Nuestra respuesta a Dios no puede ser otra que la obediencia de la fe.
Cada uno de nosotros debe tomar conciencia de su vocación cristiana específica, como seglar, clérigo o religioso, para seguir con su tarea evangelizadora y testimonial en el mundo. Para esto deberíamos integrarnos en las actividades apostólicas y pastorales de la Iglesia y no actuar sólo individualmente. Hay un camino de compromiso y de actuación para cada uno de nosotros, en cualquier estado de vida en que nos encontremos, pero no como en la planificación de una empresa, sino como ayuda para discernir la mejor forma de colaborar con el plan salvador de Dios, que es su misterio eterno revelado en Cristo: “Que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4).
Todo ello no nos aparta de la necesidad de trabajar para llegar a una sociedad más justa y a la protección de nuestro mundo, pues “la fe ilumina todo con una luz nueva y manifiesta el plan divino sobre la vocación integral del hombre, y por ello dirige la mente hacia soluciones plenamente humanas” (Concilio Vaticano II, «Gaudium et spes” nº 11).
La Encarnación y la Eucaristía
La oración sobre las ofrendas de este domingo está tomada de la misa hispano-mozárabe de la fiesta de Santa María (17 de diciembre): “El mismo Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar”. La Encarnación y la Eucaristía se unen en el misterio de la condescendencia o abajamiento de Dios. Por ello, del mismo modo que el Padre respondió a la súplica de los profetas enviando al Hijo mediante el Espíritu, así atiende ahora la epíclesis (invocación) de la Iglesia haciendo presente el sacrificio que Jesús ofreció en el Espíritu Santo.
“En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor” (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucaristía 55).
Con la misma fe del hombre justo ante Dios que fue José, asistimos admirados y acogemos el misterio que obra el poder de Dios ante nuestros ojos, que son incapaces de ver más allá del signo de misericordia que es el sacramento del altar.
El domingo de María en el Adviento
Así, pues, con palabras de Benedicto XVI, la invocamos: “Santa María, tú fuiste una de aquellas almas humildes y grandes en Israel que, como Simeón, esperó « el consuelo de Israel » (Lc 2,25) y esperaron, como Ana, « la redención de Jerusalén » (Lc 2,38). Tú viviste en contacto íntimo con las Sagradas Escrituras de Israel, que hablaban de la esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y a su descendencia (cf. Lc 1,55). Así comprendemos el santo temor que te sobrevino cuando el ángel de Dios entró en tu aposento y te dijo que darías a luz a Aquel que era la esperanza de Israel y la esperanza del mundo. Por ti, por tu «sí», la esperanza de milenios debía hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia. Tú te has inclinado ante la grandeza de esta misión y has dicho « sí »: « Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc 1,38)” (Spe salvi, 50).
Con José y María nos dirigimos a Belén; como ellos, no vamos solos, porque llevamos a Jesús con nosotros, pero hemos de participar una vez más de la gracia de su Nacimiento, contemplar su luz y llevarla a los demás. Belén nos trae una palabra de paz y de amor que el mundo necesita para salvarse.
Y terminamos con una nueva súplica: “Madre de la esperanza. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino” (Spe salvi, 50).
Que el Espíritu nos muestre la senda y nos ayude a recorrerla en esta última etapa del camino del Adviento. Amén.
LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO
Primera lectura y Evangelio. Isaías 7,10-14 y Mateo 1,18-24: La profecía del Emmanuel se cumplió plenamente cuando el Hijo de Dios se encarnó en la Virgen María. Este año se lee en el Evangelio el pasaje de la anunciación a José del gran misterio que se estaba realizando en su prometida por la acción del Espíritu Santo.
Salmo responsorial 23: Este salmo proclama el paso de la profecía al cumplimiento; con él cantamos: Va a entrar el Señor: Él es el Rey de la gloria.
Segunda lectura. Romanos 1,1-7: Al nacer de María y ser acogido por José, Jesús nació como verdadero israelita y heredero de la estirpe de David, para ser Rey de todos los pueblos.
Domingo, 28 de diciembre de 2025
La Sagrada Familia
Lecturas:
Eclo 3, 2-6. 12-14. El que teme al Señor honra a sus padres.
Sal 127. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.
Col 3, 12-21. La vida de familia vivida en el Señor.
Mt 2, 13-15. 19-23. Toma al niño y a su madre y huye a Egipto.
Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Dios quiso nacer y crecer en una familia humana.
El matrimonio y la familia no son una invención humana fruto de situaciones culturales e históricas particulares, ni una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso.
Dios tiene un proyecto sobre el matrimonio y la familia, así nos lo dice Jesús: el Creador en el principio los creó hombre y mujer, y dijo: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne»; «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». El sacramento del matrimonio es un don para la santificación y la salvación de los esposos.
El Papa León nos recuerda que el matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel y fecundo. Este amor, al hacerlos “una sola carne”, los capacita para dar vida, a imagen de Dios.
La familia cristiana está llamada a ser una verdadera Iglesia doméstica en la que Jesucristo es la piedra angular sobre la que se construye la casa: La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón… todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús.
Una Iglesia doméstica que vive, celebra la fe y proclama la fe: que Jesucristo vive y es el Señor de la familia. Y, por tanto, una familia que reza en familia, tanto los esposos, como toda la familia.
Está llamada a ser una comunidad de vida y de amor. Una comunidad en la que se vive con un amor como el de Cristo. Nos lo ha recordado san Pablo: revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Una comunidad en la que cada uno es querido por lo que es y no por lo que vale o por lo que aporta. Una comunidad que quiere vivir en la verdad y en el respeto; en el perdón y la misericordia, buscando siempre el bien del otro, especialmente del pequeño, del más débil.
Una comunidad que acompaña a las personas heridas en su sufrimiento y les ayuda a sanar y crecer.
Como nos recuerdan nuestros Obispos, necesitamos familias que, como Iglesia doméstica, sean testigos vivos del amor de Cristo por su esposa, la Iglesia, manifestando con su vida cotidiana la gracia que las capacita para responder a la llamada de Dios y reflejar su amor único y entregado.
¡Preséntale al Señor tu familia y pídele el don del Espíritu Santo!, para que la renueve y os conceda la comunión.
Reza también por todas las familias, especialmente por las que están sufriendo y pasando por dificultades.
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
¡Ven Espíritu Santo, ven sobre nuestras familias! 🔥 (cf. Lc 11, 13).
Mt 2, 13-15.19-23. “Huye a Egipto”. La Navidad es una fiesta familiar, nos vincula a los seres que nos han precedido en el camino de la vida y de la fe. No es extraño que la Iglesia nos invite a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia y a contemplar sus circunstancias. La Sagrada Familia no tuvo una vida fácil. Desde su mismo nacimiento, Jesús se convirtió en una amenaza para los poderes políticos. Ello les obligó a huir a Egipto, a convertirse en refugiados para poder proteger la vida del niño. Curiosamente la persona de Jesús va a reproducir en su propia vida la historia de Israel. Cuando finaliza la amenaza, José vuelve con María y con Jesús y se instalan en Galilea, un lugar tranquilo, alejado de Judea y de la capital. Nazaret será un lugar y un tiempo tranquilo, vida de familia, de vecinos, donde Jesús podrá crecer en estatura, sabiduría y gracia.
En la Diócesis de Valencia
Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.
En la Diócesis de Valencia
Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.
(9 de octubre de 2023)
Al llegar esta fecha histórica en que recordamos el segundo nacimiento del pueblo cristiano valenciano, después de un periodo de oscuridad en el que nunca dejó de estar presente, conviene que tengamos presente esta festividad que nos hace presente el misterio de la Iglesia a través del templo mayor de nuestra archidiócesis, donde está la cátedra y el altar del que está con nosotros en el lugar de los apóstoles, como sucesor suyo. La sede de tantas peregrinaciones y de innumerables vistas individuales, brilla en este día con la luz de la Esposa de Cristo, engalanada para las nupcias salvadoras.
El 9 de octubre evoca la fundación del reino cristiano de Valencia y la libertad del culto católico en nuestras tierras. Ese mismo día, la comunidad fiel valenciana tuvo de nuevo su iglesia mayor, dedicada a Santa María, y estos dos acontecimientos forman parte de una misma historia. Es una fiesta que nos afianza en la comunión eclesial en torno a la iglesia madre, donde tiene su sede el Pastor de la Iglesia local de Valencia, el templo que fue llamado a custodiar el sagrado Cáliz de la Cena del Señor, símbolo del sacrificio de amor de Jesucristo y de la comunión eucarística en la unidad de la santa Iglesia.
El aniversario de la dedicación
El 9 de octubre será para la comunidad cristiana de Valencia una fiesta perpetua, pero en cada aniversario resuena con más fuerza que nunca el eco de aquella preciosa y feliz celebración en que nuestro templo principal, la iglesia madre, apareció con la belleza que habían pretendido que tuviera aquellos generosos antepasados nuestros que lo comenzaron.
La belleza de la casa de Dios, sin lujos, pero con dignidad, tanto en las iglesias modestas como en las más importantes o cargadas de arte e historia, lo mismo que la enseñanza de sus signos, nos hablan del misterio de Dios que ha querido poner su tabernáculo entre nosotros y hacernos templo suyo.
Al contemplar las catedrales sembradas por Europa, en ciudades grandes o pequeñas, nos asombra el esfuerzo que realizaron quienes sabían que no verían culminada su obra. En nuestro tiempo, cuando domina lo funcional, nos resulta difícil comprender esas alturas “inútiles”, esos detalles en las cubiertas y las torres, esas moles que, cuando se levantaron, destacarían mucho más que ahora, entre casas de uno o dos pisos. Pero lo cierto es que también ahora se construyen edificios cuyo tamaño excede con mucho al espacio utilizable; nos dicen que es para prestigiar las instituciones que albergan, y eso es lo que pretendían nuestros antepasados para la casa de Dios y de la Iglesia; eso, seguramente, y otras cosas que se nos escapan.
Una construcción que no ha terminado
El aniversario de la dedicación nos recuerda un día de gracia, pero también nos impulsa hacia el futuro. En efecto, de la misma manera que los sacramentos de la Iniciación, a saber, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, ponen los fundamentos de toda la vida cristiana, así también la dedicación del edificio eclesial significa la consagración de una Iglesia particular representada en la parroquia.
En este sentido el Aniversario de la dedicación, es como la fiesta conmemorativa del Bautismo, no de un individuo sino de la comunidad cristiana y, en definitiva, de un pueblo santificado por la Palabra de Dios y por los sacramentos, llamado a crecer y desarrollarse, en analogía con el cuerpo humano, hasta alcanzar la medida de Cristo en la plenitud (cf. Col 4,13-16). El aniversario que estamos celebrando constituye una invitación, por tanto, a hacer memoria de los orígenes y, sobre todo, a recuperar el ímpetu que debe seguir impulsando el crecimiento y el desarrollo de la parroquia en todos los órdenes.
Una veces sirviéndose de la imagen del cuerpo que debe crecer y, otras, echando mano de la imagen del templo, San Pablo se refiere en sus cartas al crecimiento y a la edificación de la Iglesia (cf. 1 Cor 14,3.5.6.7.12.26; Ef 4,12.16; etc.). En todo caso el germen y el fundamento es Cristo. A partir de Él y sobre Él, los Apóstoles y sus sucesores en el ministerio apostólico han levantado y hecho crecer la Iglesia (cf. LG 20; 23).
Ahora bien, la acción apostólica, evangelizadora y pastoral no causa, por sí sola, el crecimiento de la Iglesia. Ésta es, en realidad, un misterio de gracia y una participación en la vida del Dios Trinitario. Por eso San Pablo afirmaba: «Ni el que planta ni el que riega cuentan, sino Dios que da el crecimiento» (1 Cor 3,7; cf. 1 Cor 3,5-15). En definitiva se trata de que en nuestra actividad eclesial respetemos la necesaria primacía de la gracia divina, porque sin Cristo «no podemos hacer nada» (Jn 15,5).
Las palabras de San Agustín en la dedicación de una nueva iglesia; quince siglos después parecen dichas para nosotros:
«Ésta es la casa de nuestras oraciones, pero la casa de Dios somos nosotros mismos. Por eso nosotros… nos vamos edificando durante esta vida, para ser consagrados al final de los tiempos. El edificio, o mejor, la construcción del edificio exige ciertamente trabajo; la consagración, en cambio, trae consigo el gozo. Lo que aquí se hacía, cuando se iba construyendo esta casa, sucede también cuando los creyentes se congregan en Cristo. Pues, al acceder a la fe, es como si se extrajeran de los montes y de los bosques las piedras y los troncos; y cuando reciben la catequesis y el bautismo, es como si fueran tallándose, alineándose y nivelándose por las manos de artífices y carpinteros. Pero no llegan a ser casa de Dios sino cuando se aglutinan en la caridad» (Sermón 336, 1, Oficio de lectura del Común de la Dedicación de una iglesia).
Jaime Sancho Andreu