En aquel tiempo, los escribas que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: “Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.
En aquel tiempo, los escribas que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: “Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.
Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.
Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno”. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.
En aquel tiempo, llegaron la madre de Jesús y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
En aquel tiempo, llegaron la madre de Jesús y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenía sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».
En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó, y el gentío se quedó en tierra junto al mar.
En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó, y el gentío se quedó en tierra junto al mar.
Les enseñó muchas cosas con parábolas y les decía instruyéndolos:
«Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron y no dio grano. El resto cayó en tierra buena; nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
Y añadió:
«El que tenga oídos para oír, que oiga».
Cuando se quedó a solas, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas.
Él les dijo:
«A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”».
Y añadió:
«¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a conocer todas las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
En aquel tiempo, Jesús dijo al gentío:
«¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?
En aquel tiempo, Jesús dijo al gentío:
«¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?
No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga».
Les dijo también:
«Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».
En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana;
En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
Dijo también:
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.
Aquel día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos:
«Vamos a la otra orilla».
Aquel día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos:
«Vamos a la otra orilla».
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal.
Lo despertaron, diciéndole:
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:
«¡Silencio, enmudece!».
El viento cesó y vino una gran calma.
Él les dijo:
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».
Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:
«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».
Martes, 27 de enero de 2026
Santa Ángela de Mérici
Lecturas:
2 Sam 6, 12b-15. 17-19. David y todo Israel iban subiendo el Arca del Señor entre aclamaciones.
Sal 23. ¿Quién es ese Rey de la gloria? Es el Señor.
Mc 3, 31-35. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre.
David traslada a Jerusalén el Arca de la Alianza que estaba en un santuario desconocido desde su devolución por los filisteos. El Arca es el signo de la fe de Israel, símbolo de la presencia del Señor, que camina delante de su pueblo y vive en medio de él.
Contenía las tablas de la Ley entregadas a Moisés, y había peregrinado con el pueblo desde el éxodo hasta la Tierra Prometida.
El traslado del Arca resultó una fiesta llena de alegría y júbilo. Todo el pueblo acompaña a su rey, que manifiesta con aclamaciones y danzas su alegría desbordante.
Desde la acogida del Arca, la bendición desciende sobre Obededóm, un extranjero que no pertenece al pueblo elegido, y transforma el temor en confianza, el luto en danza.
En el evangelio también escuchamos cómo la acogida con fe y el vivir en la voluntad del Señor da origen una nueva familiaridad, que no procede de la carne y sangre, sino de la acción del Espíritu Santo: El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.
Ser cristiano no es un moralismo ni una ideología o una filosofía, sino que hay que nacer de nuevo, nacer de agua y de Espíritu (cf. Jn 3, 3-5), y entrar a formar parte de una nueva familia la Iglesia, la familia de los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen; con unos hermanos concretos que el Señor te ha regalado para caminar juntos hacia la meta del cielo.
Y la pertenencia a la nueva familia de los discípulos de Jesús, a la Iglesia, se manifiesta no con los lazos de la sangre, o de la amistad, o con un vínculo meramente formal, sino confesando que Jesús es el Señor, con palabras y, sobre todo, con la vida, y viviendo abiertos a la acción del Espíritu Santo.
Hoy, esta Palabra quiere invitarte a descubrir y gozar que no estás creado para vivir en la soledad: si le abres el corazón al Señor y te dejas llenar por el Espíritu Santo, también tú gozarás de la presencia del Espíritu Santo, que lo hace todo nuevo, también tú, como David podrás cantar y danzar, diciendo: “Tú me has vestido de gozo y fiesta, de júbilo en el corazón. Tú me has vestido de lino fino con solo mirarme, Señor.”
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).
Mc 3, 31-35. “Estos son mi madre y mis hermanos”. Jesús ha venido para constituir una nueva familia humana, una familia que se extiende por todo el planeta. No es una familia que nace de la sangre, sino del cumplimiento de la voluntad de su Padre Dios. Por eso aprovecha una circunstancia puntual para comunicarnos esa enseñanza. En una predicación de Jesús se presenta su madre, acompañada de otros familiares de Jesús, y lo reclaman. Tal vez quieren protegerlo de la amenaza de las autoridades judías. Pero el Señor aprovecha para darnos esa lección. La familia de Jesús va a configurarse con todos sus discípulos, que cumplan en su vida con la voluntad de Dios. Es una invitación para que nosotros también nos consideremos miembros de esa familia y vivamos cada día el compromiso de descubrir la voluntad de Dios y realizarla con la fuerza de su Espíritu.
Te doy gracias, Señor y Rey,
te alabo, oh Dios mi salvador,
a tu nombre doy gracias.
Porque fuiste mi protector y mi auxilio,
y libraste mi cuerpo de la perdición,
del lazo de una lengua traicionera,
de los labios que urden mentiras;
frente a mis adversarios
fuiste mi auxilio y me liberaste,
por tu inmensa misericordia y por tu nombre,
de las dentelladas de los que iban a devorarme,
de la mano de los que buscaban mi vida,
de las muchas tribulaciones que he sufrido;
de las llamas sofocantes que me envolvían,
de un fuego que yo no había encendido;
de las entrañas del abismo,
de la lengua impura, de la palabra mentirosa,
calumnia de una lengua injusta ante el rey.
Yo estaba a punto de morir,
mi vida tocaba el abismo profundo.
Por todas partes me asediaban y nadie me auxiliaba,
buscaba a alguien que me ayudara y no había nadie.
Entonces me acordé, Señor, de tu misericordia
y de tus obras que son desde siempre,
de que tú sostienes a los que esperan en ti
y los salvas de la mano de los enemigos.
Y desde la tierra elevé mi plegaria,
supliqué ser librado de la muerte. <b
r>Clamé al Señor: «Tú eres mi Padre,
no me abandones el día de la tribulación,
cuando acosan los orgullosos y estoy indefenso.
Alabaré tu nombre sin cesar
y te cantaré himnos de acción de gracias».
Y mi oración fue escuchada,
pues tú me salvaste de la perdición
y me libraste de aquel mal momento.
Por eso te daré gracias y te alabaré,
bendeciré el nombre del Señor.
Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R.
Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor,
y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R.
Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias. R.
El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R.
¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles.
Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.
El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán.
Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará».
SAN VICENTE, DIÁCONO, EL PROTOMÁRTIR DE VALENCIA
(22 de enero de 2026)
La persecución de Diocleciano.
En el año 304, la ciudad de Valentia es el primer lugar de nuestra región que entra documentalmente en la historia del cristianismo merced al martirio del diácono de Caesaraugusta (Zaragoza) san Vicente, que fue conducido hasta esta ciudad junto con su obispo san Valero durante la persecución de Diocleciano.
El emperador Diocleciano, a finales del siglo III, promovió una gran reorganización del imperio para hacer frente a los peligros exteriores y a la decadencia interna. Una de las medidas era la obligación de todos los pobladores del imperio, fuese de la religión que fuesen, de adorar al “genio” divino de Roma, personado en el César. Por ello en su tiempo se llevó a cabo una política de persecuciones contra los que rechazaban esa idolatría que culmino en la última y más sangrienta represión general. A comienzos del siglo IV, la Iglesia de Cesaraugusta (Zaragoza) estaba sólidamente establecida, y desde allí – a comienzos del año 304 – fueron trasladados a Valentia su obispo Valero y su diácono Vicente, cumpliendo los edictos persecutorios. En aquellos tiempos, los diáconos (ministros, servidores) eran los que estaban más cerca de los obispos, ayudándoles en el gobierno y la administración de la Iglesia, mientras que los presbíteros (ancianos, sacerdotes) formaban un consejo que lo asistía en las celebraciones y en la enseñanza y lo asesoraba en las cuestiones más importantes. La estructura de la Iglesia de entonces y los pormenores del martirio nos descubren que Vicente sería la mano derecha de su obispo y, como tal, lo acompañó en la persecución.
¿Porqué no fueron juzgados en su ciudad y fueron llevados a la ciudad más extrema de la Tarraconense? No puede hacerse más que conjeturas, como el hecho de ser Valentia una “colonia” dependiente directamente de Roma, o que en esta ciudad habría muy pocos cristianos y no existiría el peligro de un apoyo popular a su obispo; tal vez… Pero esto se contradice con lo que ocurrió en otros lugares, donde las ejecuciones buscaban atemorizar a los cristianos. Perdidas las actas, algunos relatos del mismo siglo conservan lo sustancial de los hechos.
El martirio de san Vicente.
El martirio o testimonio del diácono Vicente tuvo varios momentos singulares que hicieron que su fama llegase a toda la cristiandad. En primer lugar Vicente quedó solo, porque Valero fue condenado al destierro. Al diácono Vicente no se le ahorraron ninguno de los tormentos previstos en la norma procesal romana. Hay en este caso algo singular que quizás contribuyó a su grandísima fama; el martirio de san Vicente se convierte en un combate psicológico entre el juez y el acusado; además, cuando el perseguidor intentó ablandar la resistencia del mártir mandando que lo pusieran en un lecho y lo cuidasen. Dios llamó inmediatamente junto a si a su testigo, teñido aún con la sangre martirial. Del mismo modo los relatos se recrean en contar como el cuerpo fue preservado en el muladar, salvado de las aguas y recogido por los cristianos en la playa hasta ser depositado en un modesto sepulcro junto a la vía Augusta, desde, como dice la Pasión litúrgica, fue llevado a la Iglesia Madre y puesto bajo el altar que se le había consagrado, el “digno sepulcro” que menciona la misa hispánica del santo.
La difusión de la veneración a san Vicente màrtir.
San Vicente llegó a ser el gran mártir de la Iglesia de occidente, como san Lorenzo lo fue de Roma y en Oriente san Esteban, los tres diáconos. Las homilías de san Agustín predicadas en su fiesta difundieron más todavía su memoria. El martirio de san Vicente fue la semilla de la Iglesia en Valencia; en lugar de temor suscitó admiración, de modo que desde entonces su sepulcro fue el centro de la primera comunidad y, cuando esta se institucionalizó y creció, el mártir se convirtió en el patrono de la misma y su valedor durante los años oscuros de la dominación musulmana. Como recitaba Prudencio y repite la liturgia visigótico-mozárabe: “Él es nuestro, así como nosotros somos suyos”.
Sentir con el Santo, (1ª lectura y salmo)
La lectura tomada del libro del Eclesiástico nos pone en comunión con los sentimientos humanos de angustia y soledad experimentados por Vicente en su pasión, pero superados y transfigurados por las virtudes sobrenaturales que todos los fieles hemos recibido en el Bautismo, pero que en él crecieron mientras maduraba su personalidad cristiana: la fe que espera confiada en el amor de Dios a sus hijos; y así nos parece escuchar el “testamento espiritual” de nuestro protomártir: “Cuando estaba ya para morir, y casi en lo profundo del Abismo, me volvía a todas partes y nadie me auxiliaba; buscaba un protector y no lo había; recordé la compasión del Señor y su misericordia eterna, que libra a los que se acogen a él y los rescata de todo mal” (Ecl 51, 6-9).
Haciendo nuestros los sentimientos de san Vicente, hemos dicho todos con el Salmo responsorial: “El Señor me libró de todas mis ansias” (Sal 33, 5).
La gracia del martirio (Segunda lectura).
Sorprende la serenidad de los mártires cristianos de todos los tiempos. Ellos no buscaron la muerte ni quisieron morir matando; la ocasión vino a su encuentro como una gracia de Dios que los encontró preparados para secundarla y como una gracia para la Iglesia, que sale fortalecida por su prueba. Quienes veneran la reliquia de san Vicente en la girola de esta catedral, son reclamados también por el memorial de nuestros mártires del siglo veinte, en su capilla-relicario vecina a la del santo diácono; tanto él como aquellos se sintieron alentados por las palabras del Apóstol que hemos escuchado: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?”, ni las pruebas ni la muerte cruenta: “En todo esto vencemos fácilmente por Aquél que nos ha amado… Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Ro 8, 35. 37. 39).
Siempre que un poder absoluto y totalitario, ya fuera la antigua Roma imperial o los fundamentalismos religiosos o políticos antiguos o modernos, han pedido a los hombres que rebajaran su dignidad a la condición de siervos o de números, Jesús se ha manifestado como el único Señor digno de ser amado y servido con todo el pensamiento y voluntad de que es capaz una persona humana, y ha comunicado con generosidad su Espíritu de fortaleza. Este es el secreto de los mártires y esta es su gracia para las comunidades cristianas de todos los tiempos.
La radicalidad de la fe (Evangelio)
Los mártires nos muestran la radicalidad de la verdadera fe. No solamente cuando los poderes del mundo la piden para ellos, sino también en momentos de relajación de las conciencias, cuando se permite todo menos llamar a las cosas por su nombre y valorar la bondad o maldad de las conductas – no se trata de cada persona, a quien sólo Dios puede juzgar – a la luz de la sana conciencia y de la recta razón iluminada por la ley de Dios. En estos momentos nace la crisis de quien duda entre “guardar su vida” (cf. Jn 12, 23), disolviendo su conciencia en lo políticamente correcto, o arriesgar su estatus y consideración social amando a Dios más que a uno mismo y teniendo como el bien supremo la salvación eterna, para sí y para los demás.
La vivencia de la cruz
El creyente escucha a Jesús que le dice: “El que quiera servirme”, como único Señor digno de ser amado radicalmente, que me siga, cargando con su cruz que es también la mía, y “donde esté yo”, primero en el calvario y luego con el Padre, “allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará” (Jn 12, 26).
Vemos a los mártires crucificados con Cristo, pero también contemplamos con admiración y gratitud a los que llevan su cruz con serenidad y alegría, a los padres y madres de familia responsables con su misión, a las personas consagradas fieles a las exigencias de su vocación, a los misioneros que no abandonan a su grey masacrada, a los cristianos y cristianas que sufren marginación social o política por defender su ideal, a los jóvenes que son despreciados o ridiculizados cuando mantienen la pureza y dignidad del amor humano… y tantas otras formas del martirio cruento o incruento como descubrimos en nuestro mundo actual.
La festividad de san Vicente en Valencia
En estas fechas es muy recomendable la visita a la “Cripta arqueológica” de san Vicente y contemplar su magnífico audiovisual, así como la participación en la Misa según el rito hispano-mozárabe que se celebra en la basílica sepulcral de la Roqueta (Parroquia de Cristo Rey, Valencia) el día 22 a las 19,30 h., lo mismo que la participación en los actos en honor del patrono de la Archidiócesis de Valencia, de esta Ciudad y de otras, que recorre los lugares relacionados con el martirio de san Vicente.
Jueves, 22 de enero de 2026
San Vicente, mártir
Lecturas:
Eclo 51, 1-12. Me auxiliaste con tu gran misericordia.
Sal 33. El Señor me libró de todas mis ansias.
Rom 8, 35. 37-39. Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo.
Mt 10, 17-22. El que persevere hasta el final se salvará.
Celebramos hoy la fiesta de san Vicente mártir, patrono de la ciudad y de la diócesis de Valencia.
No celebramos las fiestas simplemente por un mero recuerdo de acontecimientos históricos. A través de ellas, la Iglesia nos va ayudando a crecer en la fe, recordándonos verdades de fe especialmente importantes o mostrándonos el testimonio de los santos: hombres y mujeres como nosotros, pobres y pecadores, pero que se han fiado del Señor y se han abierto a la acción del Espíritu Santo, perseverando hasta el final.
San Vicente mártir es un hombre lejano a nosotros en la historia, pero muy cercano en la fe: ahora, desde el cielo, intercede por nosotros.
La Palabra que nos ha regalado hoy el Señor nos invita a vivir el combate de la fe: todos os odiarán por mi nombre. Esta es una realidad que el discípulo de Cristo ha de vivir. En la medida en que permanezcamos fieles a Jesucristo, experimentaremos el odio del mundo, como lo experimentó San Vicente.
Pero el Señor te invita a no tener miedo, porque ni uno solo de tus cabellos caerá sin que el Señor lo permita y sea para tu bien. Porque el Señor está contigo y cuida de ti. Porque no hay nada ni nadie que te pueda separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.
La Palabra te invita a vivir en la esperanza, en la confianza, como hemos cantado en el Salmo: el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege… Gustad y ved que bueno es el Señor. Y con la mirada puesta siempre en la meta: el cielo. Y por tanto sin temer al que puede matarnos en el cuerpo pero no puede destruir lo más profundo que tenemos: ser hijos de Dios.
Por eso es importante el testimonio de los mártires. San Vicente era un hombre joven cuando murió por confesar a Jesucristo. En la vida y en la muerte somos del Señor.
Que podamos perseverar hasta el final. Que como hemos cantado en el Aleluya podamos soportar la prueba para poder recibir un día la corona de la vida.
Pidamos por la diócesis de Valencia para que, por intercesión de San Vicente pueda permanecer fiel a Jesucristo hasta el fin de los tiempos.
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).
Mt 10, 17-22. “Os entregarán a los tribunales”. La fiesta de san Vicente mártir nos recuerda al primero que derramó su sangre en nuestras tierras por anunciar el evangelio. Ya nos lo advierte la lectura de hoy. La suerte a la que estamos llamados los discípulos de Jesús es la misma que la de nuestro maestro. El Señor nos da algunas claves para vivir esta circunstancia de la persecución. La primera es la confianza en el Espíritu. No hay que preparar discursos, ni defensas… Él nos inspirará lo que hemos de decir. En segundo lugar aprovechar este momento para dar testimonio de la fe que confesamos y que vivimos. Finalmente la perseverancia, que supone mantenernos firmes en nuestra creencia, aunque quieran que nos retractemos por medio de la coacción y del dolor. Que el Señor nos conceda ser testigos del evangelio cada día con nuestra vida.
Buscad al Señor los humildes de la tierra,
los que practican su derecho,
buscad la justicia, buscad la humildad,
quizá podáis resguardaros
el día de la ira del Señor.
Dejaré en ti un resto,
un pueblo humilde y pobre
que buscará refugio en el nombre del Señor.
El resto de Israel no hará más el mal,
no mentirá ni habrá engaño en su boca.
Pastarán y descansarán,
y no habrá quien los inquiete.
El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R/.
El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos. R/.
Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sion, de edad en edad. R/.
Fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.
Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.
A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención.
Y así —como está escrito—: «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
EL SERMÓN DE LA MONTAÑA: LAS BIENAVENTURANZAS
(4º Domingo ordinario -A- 1 – Febrero – 2026)
En el comienzo de la vida pública de Jesús
Nos dice san Mateo que Jesús, después de llamar a los primeros discípulos, recorrió toda Galilea, enseñando en las sinagogas, predicando en todas partes y anunciando la buena noticia del Reino de Dios con palabras y con obras, curando a toda clase de enfermos. Todo ello suscitó una enorme expectación que atrajo a mucha gente de la zona, incluso de la lejana Jerusalén (Mt 4, 23-25). Había llegado el momento en que Jesús hiciese como una declaración programàtica, a la manera de los antiguos profetas, y eso lo hizo en el lugar que se llamaría para siempre el “monte de las bienaventuranzas” con la campiña y el lago de Galilea a la vista.
El sermón de la montaña
Como este año la Cuaresma comienza 18 de febrero, tan solo podremos leer el capítulo 5 del evangelio de san Mateo, que contiene la primera parte del gran discurso de Jesús que inaugura su ministerio como el definitivo Profeta de Dios.
El Señor, como un nuevo Moisés, expone desde lo alto de un monte la nueva ley de su Reino. Probablemente se trata de un conjunto de sentencias de Jesús pronunciadas en circunstancias diferentes, pero recogidas por el evangelista a modo de un largo discurso. Lo cierto es que, en este “sermón”, se ha visto siempre el mejor resumen de la enseñanza de Cristo, y que en él se contienen los pasajes más conocidos de su doctrina.
El radicalismo de las palabras de Jesús en este discurso ha hecho pensar a los teólogos y escrituristas. Para unos, Jesús querría mostrarnos un imposible, unos mandamientos que no podríamos cumplir nunca, debido a nuestra naturaleza pecadora; y así reconoceríamos que todo viene de Dios, sin colaboración alguna de nuestra parte. Para otros, estaríamos ante una moral de los últimos tiempos, tan solo justificable por la creencia en un fin inmediato del mundo; ésta sería una manera de dejar aparte las palabras de Cristo como utópicas.
Sin embargo, la interpretación católica de este pasaje nos dice que, efectivamente, se trata de una transformación del mundo – con Cristo acaba un mundo y comienza otro nuevo – de un comenzar otra vez para acercarnos a la perfección y la bondad que sólo están en Dios; pero esto es posible porque la naturaleza humana del cristiano ha sido regenerada en el Bautismo y, con la gracia de Dios, podemos avanzar sin límite en el camino de la perfección a imitación de Jesucristo. Ahí está el ejemplo de los santos y ahí está, por encima de todo, el ejemplo de Cristo..
Jesucristo, resumen de las bienaventuranzas
Todas las bienaventuranzas pueden resumirse en la primera y en la última: los pobres que se dejan guiar por el Espíritu de Dios y que, por ello, son incompatibles con el mundo. Son los que se dejan hacer pobres del todo, material y socialmente, pero no al modo platónico, «espiritual», que es una hipocresía bastante corriente, sino expropiados por Dios al dejarse llevar por su Espíritu.
Es muy difícil ser rico para el mundo y mantenerse pacífico, humilde, manso, limpio de corazón, misericordioso, doliente con el mal propio y ajeno… Tanto, como que un camello pase por el ojo de una aguja. Sólo quien dispusiera de sus bienes con total transparencia, en completa disponibilidad ante Dios y la comunidad… En última instancia, lo que es imposible para los hombres es posible para Dios (Cf. Mt 19, 23-26).
Repasando las bienaventuranzas, podemos encontrar cristianos que se encuentran preferentemente en alguna de las situaciones felicitadas por Jesús; pero ¿quién se encuentra en todas aquellas situaciones, conjunta y totalmente? Sólo Cristo.
El es pobre en el espíritu, y posee el Reino. Él ha sufrido mucho, y recibió la divina consolación. Él es manso, y posee la Patria. El tuvo hambre y sed de toda Justicia y fue divinamente saciado. Él es el Misericordioso, que recibe del Padre la misericordia para transmitirla a los hombres. Él es limpio de corazón, y contempla al Padre eternamente. El es pacificador, y es el Hijo de Dios. Él soportó la persecución, la maldición y la calumnia a causa de sí mismo, de su divina misión, y se alegra en el gozo eterno. De este modo, felicitando en plural, en el plural de la modestia, Él se pone como único modelo de las bienaventuranzas, y muestra que es posible; más aún, es magnífico e ilusionante, ser dichoso conforme al corazón de nuestro Padre.
La Iglesia, «resto» del mundo y nuevo Israel
La asamblea cristiana recuerda muchas veces al «resto de Israel», porque en ella abundan los pobres y la gente que no importa al mundo: personas sencillas, tercera edad, niños, mujeres… La Iglesia custodia en su comunidad a los representantes de la «mayoría silenciosa» que solamente son el objetivo más buscado y alagado en las campañas electorales; luego, el protagonismo y los cuidados van a los que cuentan. Pero en la Iglesia, como proclamaba el profeta (Primera lectura) están los humildes, que intentan cumplir los mandamientos de Dios. Toda la Biblia nos advierte de lo difícil – casi imposible – que es enriquecerse mucho y mantenerse puro ante Dios. Por eso, sigue el profeta: Buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros el día de la ira del Señor (Sof 2, 3). Fijáos en vuestra asamblea, repite san Pablo: Dios ha escogido la gente baja del mundo, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta (1 Cor 1, 28. Segunda lectura). Así debe mostrarse la fuerza salvadora de Cristo, que proclamó bienaventurados a los que viven guiados por unos valores que son la contradicción misma de los valores del mundo.
LA PALABRA DE DIOS HOY
Primera lectura y Evangelio. Sofonías 2, 3; 3, 12-13 y Mateo 5, 1-12a: Como un nuevo Moisés, Jesús expone desde lo alto de un monte la nueva ley de su Reino; es el «Sermón de la montaña» que comienza por las «Bienaventuranzas»; todas ellas se resumen en la primera: la de los pobres en el espíritu. Ya en el Antiguo Testamento la pobreza, como signo de humildad, sinceridad y mansedumbre, era la característica fundamental del «resto de Israel» que debía recibir en su seno al Mesías.
Segunda lectura. 1 Corintios 1, 26-31: La asamblea cristiana recuerda muchas veces al «resto de Israel», porque en ella abundan los pobres y la gente que no importa al mundo. así debe mostrarse la fuerza salvadora de Cristo.
Domingo, 25 de enero de 2026
DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS
3º del Tiempo Ordinario
Lecturas:
Is 8, 23-9, 3. En Galilea de los gentiles le pueblo vio una luz grande.
Sal 26. El Señor es mi luz y mi salvación.
1 Cor 1, 10-13. 17. Poneos de acuerdo y no andéis divididos.
Mt 4, 12-23. Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.
Con el tiempo Ordinario comenzamos la lectura continua del evangelio de San Mateo, que nos va a regalar la predicación de Jesús.
Para poder acoger con provecho esta predicación y no echar en saco roto la gracia de Dios, la Palabra de Dios nos habla de dos actitudes necesarias: la conversión y el seguimiento incondicional de Cristo.
Convertíos porque está cerca el reino de los cielos. El Señor está llamando hoy a la puerta de tu corazón: ¡ábrele! ¡No tengas miedo! Jesucristo no viene a quitarte nada, sino a dártelo todo.
Esta es la primera y principal de todas las actitudes. «Convertíos», es decir, ¿Piensas hacer caso a lo que Jesús te va a decir? Porque si no piensas hacerle caso, no te va a servir de gran cosa escuchar la predicación de Jesús. ¿Para qué quieres ir al mejor médico del mundo si no piensas obedecerle?
La conversión a la que te llama el Señor no es a un mero cumplimiento de normas. La conversión es un acto de fe que te lleva a volver a Jesucristo, a dejar entrar al Señor en tu vida, pero a entrar no de visita, sino a dejar que Él sea el Señor de tu vida, ¡de toda tu vida!
Es convertirse a escuchar a Jesucristo, para que Él sea la luz de tu vida. Lo hemos cantado en el Salmo: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Y también nos lo ha dicho el profeta Isaías en la primera lectura: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló.
La conversión es un don, es dejar que el Espíritu Santo haga la obra de Cristo en ti. La conversión no es algo que tú has de hacer, sino algo que sucede en ti, que va haciendo el Espíritu Santo en ti, si tú le dejas, claro.
Porque, recuerda que tú no eres dios, que tú no eres el dueño de tu vida; que tú no eres el Maestro, sino el discípulo; que tú no eres el Señor, sino el siervo; que tú no eres el dueño de la Palabra sino su servidor.
Por eso, no puedes vivir dejándote llevar por lo que aparece en tu corazón, que está herido por el pecado original. Hay que discernirlo.
Ni puedes vivir dejándote llevar por las modas del mundo. No. Ya sabes quién es el príncipe de este mundo.
Y la conversión lleva al discipulado: Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Necesitas dejar tus criterios, tus deseos, tus apetencias, tu manera de ver las cosas… para seguir a Jesús y dejar que tu vida la lleve Él. Aunque a veces pueda parecer tan poco ‘razonable’ como echar las redes por la mañana.
Esta es la parte principal de la conversión.
La conversión es un cambio radical de vida, un cambio desde la raíz. Es también un proceso que hay que vivir cada día. Vivir en actitud de conversión significa estar convencidos de que Jesucristo es el único Maestro y el único Señor, acoger confiadamente su Palabra y dejar que Él sea el Señor de tu vida.
Seguir a Jesucristo significa darnos cuenta de que tener fe es mucho más que tener cuatro ideas en la cabeza. Tener fe es estar enamorados de Jesucristo, es vivir una vida de amistad y de unión con Él. Seguir a Jesús no es sólo imitar sus cualidades, sino una unión personal con Él, un escuchar su voz, un caminar con él. Es seguir sus pasos, recorrer el camino que Él nos ha marcado. Es no conformarse con un cumplimiento pasivo y legalista de los mandamientos, sino tratar de vivir cada día más unidos a Él, más llenos de Él.
¿Cómo está tu corazón? ¿Estás preparado para seguir a Jesús? El Señor te llama, ¿te animas a seguirle?
¡Feliz Domingo! ¡Feliz Eucaristía!
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).
Mt 4, 12-23. “Dejaron las redes y lo siguieron”. La vida pública de Jesús inicia su desarrollo en Galilea. Jesús se establece en Cafarnaún y comienza a predicar por las sinagogas anunciando la cercanía del reino de los cielos y llamando a la conversión. De modo paralelo, también comienza a configurar una pequeña comunidad de discípulos, a los que va llamando y se van integrando en el grupo. Esto nos recuerda que nuestra condición cristiana es vocación. Si somos discípulos de Jesús es porque Él nos ha llamado a seguirle y nosotros hemos respondido afirmativamente. Ahí también se muestra el misterio de la libertad humana. La llamada no se impone, se propone. Y también tenemos testimonios de algunos que la han rechazado. A nosotros nos toca hoy confirmar ese deseo de seguir a Jesús y fortalecer nuestra relación con Él. Hemos de escuchar su enseñanza y contemplar sus signos, su poder frente al mal.
El Señor honra más al padre que a los hijos
y afirma el derecho de la madre sobre ellos.
Quien honra a su padre expía sus pecados,
y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.
Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos
y, cuando rece, será escuchado.
Quien respeta a su padre tendrá larga vida,
y quien honra a su madre obedece al Señor.
Hijo, cuida de tu padre en su vejez
y durante su vida no le causes tristeza.
Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él,
y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.
Porque la compasión hacia el padre no será olvidada
y te servirá para reparar tus pecados.
Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R/.
Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R/.
Ésta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.
Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro.
El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta.
Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.
Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.
Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.
Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.
Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan el ánimo.
Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:
«Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.
EL DOMINGO DE LA ANUNCIACIÓN
(4º Domingo de Adviento -A-, 21 de diciembre de 2025).
Oración para encender el cuarto cirio de la corona del Adviento
Después de venerar el altar y saludar a la asamblea, el sacerdote, desde la sede, dice:
El cuarto domingo de Adviento está dedicado a la Madre del Señor y al misterio de la encarnación que se realizó en ella para la salvación del mundo. Pero este año tenemos también a José, como personaje principal, cuando escucha obediente la voz del Señor.
Alégrate, Iglesia, porque hoy acoges, como María y José, a Jesucristo, que se hace presente en el sacramento del altar por obra del Espíritu Santo. Bendita tú entre todos los pueblos de la tierra, porque caminas con Cristo en tu seno al encuentro de todas las gentes necesitadas de luz. Que el Señor nos conceda caminar junto con él, luz de luz, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Y el mismo celebrante o un fiel, enciende cuatro cirios de la corona del Adviento, mientras puede cantarse: Madre de todos los hombres, enséñanos a decir: Amén.
Orientaciones para la homilía
En la víspera de la Navidad
Llegamos al domingo inmediatamente anterior a la Navidad, el cual está dedicado al anuncio del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. De este modo, si en la pasada solemnidad de la Inmaculada Concepción leíamos la anunciación a María según san Lucas, en este año A leemos hoy la anunciación a san José según san Mateo. Es un domingo que considera ya asumida la etapa penitencial del Adviento, presidida por Juan el Bautista y que se abre completamente a la inmediata festividad de la Navidad.
Asimismo, en los pasados días de entre semana a partir del 17 de Diciembre, estamos comenzando a leer todo lo que se contiene en los Evangelios como antecedentes del nacimiento del Señor. Por todo ello pedimos que “el pueblo cristiano se prepare con tanto mayor fervor a celebrar el misterio del nacimiento de tu Hijo cuanto más se acerca la fiesta de Navidad” (Oración después de la Comunión).
El signo del Emmanuel
Jesús es el Dios-con- nosotros. Esta afirmación aparece como profecía en la primera lectura y como cumplimiento en el Evangelio. El Señor da un signo que ahora es el signo definitivo del consuelo de Dios-con-nosotros para siempre. Este signo lleva consigo a la Madre siempre Virgen, en la cual, además de su función singular, reconocemos también el anuncio de nuestra propia misión, aquí y ahora: la Iglesia-Esposa que celebra a su Señor. En nuestra existencia santificada como Iglesia, asimilada en la esperanza a la de la Madre de Dios, debemos concebir y amplificar la Palabra de Dios, a partir de la escucha de ella misma; y así debemos vivirla y proclamarla.
La anunciación a José contiene secretos arcanos, inviolables, de la intimidad de Dios, proclamados también por san Pablo en la segunda lectura, cuando anuncia: al Hijo eterno, nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido (revelado plenamente), según el Espíritu Santo, Hijo de Dios con pleno poder por su resurrección de la muerte, Jesucristo nuestro Señor (cf. Romanos 1,3-4).
La vocación y respuesta de José, modelo de los cristianos
Como un nuevo Abrahán, José es padre de los creyentes, patriarca de la Nueva Alianza y modelo de respuesta a la vocación de Dios. Este Adviento termina ofreciéndonos – en san José – un modelo concreto para que nos demos cuenta de nuestra propia vocación para servir el plan de Dios según nuestra forma específica de vida. Nuestra respuesta a Dios no puede ser otra que la obediencia de la fe.
Cada uno de nosotros debe tomar conciencia de su vocación cristiana específica, como seglar, clérigo o religioso, para seguir con su tarea evangelizadora y testimonial en el mundo. Para esto deberíamos integrarnos en las actividades apostólicas y pastorales de la Iglesia y no actuar sólo individualmente. Hay un camino de compromiso y de actuación para cada uno de nosotros, en cualquier estado de vida en que nos encontremos, pero no como en la planificación de una empresa, sino como ayuda para discernir la mejor forma de colaborar con el plan salvador de Dios, que es su misterio eterno revelado en Cristo: “Que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4).
Todo ello no nos aparta de la necesidad de trabajar para llegar a una sociedad más justa y a la protección de nuestro mundo, pues “la fe ilumina todo con una luz nueva y manifiesta el plan divino sobre la vocación integral del hombre, y por ello dirige la mente hacia soluciones plenamente humanas” (Concilio Vaticano II, «Gaudium et spes” nº 11).
La Encarnación y la Eucaristía
La oración sobre las ofrendas de este domingo está tomada de la misa hispano-mozárabe de la fiesta de Santa María (17 de diciembre): “El mismo Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar”. La Encarnación y la Eucaristía se unen en el misterio de la condescendencia o abajamiento de Dios. Por ello, del mismo modo que el Padre respondió a la súplica de los profetas enviando al Hijo mediante el Espíritu, así atiende ahora la epíclesis (invocación) de la Iglesia haciendo presente el sacrificio que Jesús ofreció en el Espíritu Santo.
“En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor” (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucaristía 55).
Con la misma fe del hombre justo ante Dios que fue José, asistimos admirados y acogemos el misterio que obra el poder de Dios ante nuestros ojos, que son incapaces de ver más allá del signo de misericordia que es el sacramento del altar.
El domingo de María en el Adviento
Así, pues, con palabras de Benedicto XVI, la invocamos: “Santa María, tú fuiste una de aquellas almas humildes y grandes en Israel que, como Simeón, esperó « el consuelo de Israel » (Lc 2,25) y esperaron, como Ana, « la redención de Jerusalén » (Lc 2,38). Tú viviste en contacto íntimo con las Sagradas Escrituras de Israel, que hablaban de la esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y a su descendencia (cf. Lc 1,55). Así comprendemos el santo temor que te sobrevino cuando el ángel de Dios entró en tu aposento y te dijo que darías a luz a Aquel que era la esperanza de Israel y la esperanza del mundo. Por ti, por tu «sí», la esperanza de milenios debía hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia. Tú te has inclinado ante la grandeza de esta misión y has dicho « sí »: « Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc 1,38)” (Spe salvi, 50).
Con José y María nos dirigimos a Belén; como ellos, no vamos solos, porque llevamos a Jesús con nosotros, pero hemos de participar una vez más de la gracia de su Nacimiento, contemplar su luz y llevarla a los demás. Belén nos trae una palabra de paz y de amor que el mundo necesita para salvarse.
Y terminamos con una nueva súplica: “Madre de la esperanza. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino” (Spe salvi, 50).
Que el Espíritu nos muestre la senda y nos ayude a recorrerla en esta última etapa del camino del Adviento. Amén.
LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO
Primera lectura y Evangelio. Isaías 7,10-14 y Mateo 1,18-24: La profecía del Emmanuel se cumplió plenamente cuando el Hijo de Dios se encarnó en la Virgen María. Este año se lee en el Evangelio el pasaje de la anunciación a José del gran misterio que se estaba realizando en su prometida por la acción del Espíritu Santo.
Salmo responsorial 23: Este salmo proclama el paso de la profecía al cumplimiento; con él cantamos: Va a entrar el Señor: Él es el Rey de la gloria.
Segunda lectura. Romanos 1,1-7: Al nacer de María y ser acogido por José, Jesús nació como verdadero israelita y heredero de la estirpe de David, para ser Rey de todos los pueblos.
Domingo, 28 de diciembre de 2025
La Sagrada Familia
Lecturas:
Eclo 3, 2-6. 12-14. El que teme al Señor honra a sus padres.
Sal 127. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.
Col 3, 12-21. La vida de familia vivida en el Señor.
Mt 2, 13-15. 19-23. Toma al niño y a su madre y huye a Egipto.
Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Dios quiso nacer y crecer en una familia humana.
El matrimonio y la familia no son una invención humana fruto de situaciones culturales e históricas particulares, ni una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso.
Dios tiene un proyecto sobre el matrimonio y la familia, así nos lo dice Jesús: el Creador en el principio los creó hombre y mujer, y dijo: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne»; «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». El sacramento del matrimonio es un don para la santificación y la salvación de los esposos.
El Papa León nos recuerda que el matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel y fecundo. Este amor, al hacerlos “una sola carne”, los capacita para dar vida, a imagen de Dios.
La familia cristiana está llamada a ser una verdadera Iglesia doméstica en la que Jesucristo es la piedra angular sobre la que se construye la casa: La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón… todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús.
Una Iglesia doméstica que vive, celebra la fe y proclama la fe: que Jesucristo vive y es el Señor de la familia. Y, por tanto, una familia que reza en familia, tanto los esposos, como toda la familia.
Está llamada a ser una comunidad de vida y de amor. Una comunidad en la que se vive con un amor como el de Cristo. Nos lo ha recordado san Pablo: revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Una comunidad en la que cada uno es querido por lo que es y no por lo que vale o por lo que aporta. Una comunidad que quiere vivir en la verdad y en el respeto; en el perdón y la misericordia, buscando siempre el bien del otro, especialmente del pequeño, del más débil.
Una comunidad que acompaña a las personas heridas en su sufrimiento y les ayuda a sanar y crecer.
Como nos recuerdan nuestros Obispos, necesitamos familias que, como Iglesia doméstica, sean testigos vivos del amor de Cristo por su esposa, la Iglesia, manifestando con su vida cotidiana la gracia que las capacita para responder a la llamada de Dios y reflejar su amor único y entregado.
¡Preséntale al Señor tu familia y pídele el don del Espíritu Santo!, para que la renueve y os conceda la comunión.
Reza también por todas las familias, especialmente por las que están sufriendo y pasando por dificultades.
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
¡Ven Espíritu Santo, ven sobre nuestras familias! 🔥 (cf. Lc 11, 13).
Mt 2, 13-15.19-23. “Huye a Egipto”. La Navidad es una fiesta familiar, nos vincula a los seres que nos han precedido en el camino de la vida y de la fe. No es extraño que la Iglesia nos invite a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia y a contemplar sus circunstancias. La Sagrada Familia no tuvo una vida fácil. Desde su mismo nacimiento, Jesús se convirtió en una amenaza para los poderes políticos. Ello les obligó a huir a Egipto, a convertirse en refugiados para poder proteger la vida del niño. Curiosamente la persona de Jesús va a reproducir en su propia vida la historia de Israel. Cuando finaliza la amenaza, José vuelve con María y con Jesús y se instalan en Galilea, un lugar tranquilo, alejado de Judea y de la capital. Nazaret será un lugar y un tiempo tranquilo, vida de familia, de vecinos, donde Jesús podrá crecer en estatura, sabiduría y gracia.
En la Diócesis de Valencia
Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.
En la Diócesis de Valencia
Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.
(9 de octubre de 2023)
Al llegar esta fecha histórica en que recordamos el segundo nacimiento del pueblo cristiano valenciano, después de un periodo de oscuridad en el que nunca dejó de estar presente, conviene que tengamos presente esta festividad que nos hace presente el misterio de la Iglesia a través del templo mayor de nuestra archidiócesis, donde está la cátedra y el altar del que está con nosotros en el lugar de los apóstoles, como sucesor suyo. La sede de tantas peregrinaciones y de innumerables vistas individuales, brilla en este día con la luz de la Esposa de Cristo, engalanada para las nupcias salvadoras.
El 9 de octubre evoca la fundación del reino cristiano de Valencia y la libertad del culto católico en nuestras tierras. Ese mismo día, la comunidad fiel valenciana tuvo de nuevo su iglesia mayor, dedicada a Santa María, y estos dos acontecimientos forman parte de una misma historia. Es una fiesta que nos afianza en la comunión eclesial en torno a la iglesia madre, donde tiene su sede el Pastor de la Iglesia local de Valencia, el templo que fue llamado a custodiar el sagrado Cáliz de la Cena del Señor, símbolo del sacrificio de amor de Jesucristo y de la comunión eucarística en la unidad de la santa Iglesia.
El aniversario de la dedicación
El 9 de octubre será para la comunidad cristiana de Valencia una fiesta perpetua, pero en cada aniversario resuena con más fuerza que nunca el eco de aquella preciosa y feliz celebración en que nuestro templo principal, la iglesia madre, apareció con la belleza que habían pretendido que tuviera aquellos generosos antepasados nuestros que lo comenzaron.
La belleza de la casa de Dios, sin lujos, pero con dignidad, tanto en las iglesias modestas como en las más importantes o cargadas de arte e historia, lo mismo que la enseñanza de sus signos, nos hablan del misterio de Dios que ha querido poner su tabernáculo entre nosotros y hacernos templo suyo.
Al contemplar las catedrales sembradas por Europa, en ciudades grandes o pequeñas, nos asombra el esfuerzo que realizaron quienes sabían que no verían culminada su obra. En nuestro tiempo, cuando domina lo funcional, nos resulta difícil comprender esas alturas “inútiles”, esos detalles en las cubiertas y las torres, esas moles que, cuando se levantaron, destacarían mucho más que ahora, entre casas de uno o dos pisos. Pero lo cierto es que también ahora se construyen edificios cuyo tamaño excede con mucho al espacio utilizable; nos dicen que es para prestigiar las instituciones que albergan, y eso es lo que pretendían nuestros antepasados para la casa de Dios y de la Iglesia; eso, seguramente, y otras cosas que se nos escapan.
Una construcción que no ha terminado
El aniversario de la dedicación nos recuerda un día de gracia, pero también nos impulsa hacia el futuro. En efecto, de la misma manera que los sacramentos de la Iniciación, a saber, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, ponen los fundamentos de toda la vida cristiana, así también la dedicación del edificio eclesial significa la consagración de una Iglesia particular representada en la parroquia.
En este sentido el Aniversario de la dedicación, es como la fiesta conmemorativa del Bautismo, no de un individuo sino de la comunidad cristiana y, en definitiva, de un pueblo santificado por la Palabra de Dios y por los sacramentos, llamado a crecer y desarrollarse, en analogía con el cuerpo humano, hasta alcanzar la medida de Cristo en la plenitud (cf. Col 4,13-16). El aniversario que estamos celebrando constituye una invitación, por tanto, a hacer memoria de los orígenes y, sobre todo, a recuperar el ímpetu que debe seguir impulsando el crecimiento y el desarrollo de la parroquia en todos los órdenes.
Una veces sirviéndose de la imagen del cuerpo que debe crecer y, otras, echando mano de la imagen del templo, San Pablo se refiere en sus cartas al crecimiento y a la edificación de la Iglesia (cf. 1 Cor 14,3.5.6.7.12.26; Ef 4,12.16; etc.). En todo caso el germen y el fundamento es Cristo. A partir de Él y sobre Él, los Apóstoles y sus sucesores en el ministerio apostólico han levantado y hecho crecer la Iglesia (cf. LG 20; 23).
Ahora bien, la acción apostólica, evangelizadora y pastoral no causa, por sí sola, el crecimiento de la Iglesia. Ésta es, en realidad, un misterio de gracia y una participación en la vida del Dios Trinitario. Por eso San Pablo afirmaba: «Ni el que planta ni el que riega cuentan, sino Dios que da el crecimiento» (1 Cor 3,7; cf. 1 Cor 3,5-15). En definitiva se trata de que en nuestra actividad eclesial respetemos la necesaria primacía de la gracia divina, porque sin Cristo «no podemos hacer nada» (Jn 15,5).
Las palabras de San Agustín en la dedicación de una nueva iglesia; quince siglos después parecen dichas para nosotros:
«Ésta es la casa de nuestras oraciones, pero la casa de Dios somos nosotros mismos. Por eso nosotros… nos vamos edificando durante esta vida, para ser consagrados al final de los tiempos. El edificio, o mejor, la construcción del edificio exige ciertamente trabajo; la consagración, en cambio, trae consigo el gozo. Lo que aquí se hacía, cuando se iba construyendo esta casa, sucede también cuando los creyentes se congregan en Cristo. Pues, al acceder a la fe, es como si se extrajeran de los montes y de los bosques las piedras y los troncos; y cuando reciben la catequesis y el bautismo, es como si fueran tallándose, alineándose y nivelándose por las manos de artífices y carpinteros. Pero no llegan a ser casa de Dios sino cuando se aglutinan en la caridad» (Sermón 336, 1, Oficio de lectura del Común de la Dedicación de una iglesia).
Jaime Sancho Andreu