LA PALABRA DEL DÍA

Evangelio del día

Lunes, 19 de enero de 2026
Lectura del santo evangelio según san Marcos 2, 18-22

En aquel tiempo, como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús:

En aquel tiempo, como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús:
«Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».

Jesús les contesta:
«¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos, no pueden ayunar.

Llegarán días en que les arrebatarán al novio, y entonces ayunarán en aquel día.

Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto -lo nuevo de lo viejo- y deja un roto peor.

Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».

Martes, 20 de enero de 2026
Lectura del santo evangelio según san Marcos 2, 23-28

Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.

Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.

Los fariseos le preguntan:
«Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».

Él les responde:
«¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, como entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que sólo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a los que estaban con él?».

Y les decía:
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».

Miércoles, 21 de enero de 2026
Lectura del santo evangelio según san Marcos 3, 1-6

En aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.

En aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.

Entonces le dice al hombre que tenia la mano paralizada:
«Levántate y ponte ahí en medio».

Y a ellos les pregunta:
«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?».

Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre:
«Extiende la mano».

La extendió y su mano quedó restablecida.

En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.

Jueves, 22 de enero de 2026
Lectura del santo evangelio según san Marcos 3, 7-12

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.

Al enterarse de las cosas que hacia, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.

Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.

Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban:
«Tú eres el Hijo de Dios».

Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

Viernes, 23 de enero de 2026
Lectura del santo evangelio según san Marcos 3, 13-19

En aquel tiempo, Jesús, mientras subía al monte, llamó a los que quiso, y se fueron con él.

En aquel tiempo, Jesús, mientras subía al monte, llamó a los que quiso, y se fueron con él.

E instituyó a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios.

Simón, a quien puso el nombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo, y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó.

Sábado, 24 de enero de 2026
Lectura del santo evangelio según san Marcos 3, 20-21

En aquel tiempo, Jesús llega a casa con sus discípulos y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer.

En aquel tiempo, Jesús llega a casa con sus discípulos y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer.

Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.

Comentario al evangelio de hoy

Sábado, 24 de enero de 2026

San Francisco de Sales

Lecturas:

2 Sm 1, 1-4.11-12.19.23-27. ¡Cómo cayeron los valientes en medio del combate!

Sal 79, 2-7. Que brille tu rostro, Señor, y nos salve.

Mc 3,20-21. Su familia decía que no estaba en sus cabales.

Ayer escuchamos en el evangelio la llamada de Jesús a los Doce, a los que confiere su propia misión y autoridad.

La elección es gratuita: llamó a los que quiso. Lo que cuenta no son los méritos personales, sino la voluntad de Jesús, su predilección y su amor. Todo es don, todo es gracia.

Esta elección es para una misión: para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios, para hacer lo mismo que hacía Jesús: proclamar el Evangelio con palabras y obras.

Instituyó a doce. No es un capricho; hace referencia a las doce tribus de Israel. Jesús está preparando el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. Los Obispos, sus sucesores, servirán a los hombres con la autoridad comunicada por Jesús a los Apóstoles.

Y en esta Iglesia hemos sido llamados también nosotros -tú y yo-. También por pura gracia, sin ningún mérito por nuestra parte.

Por ello, la Palabra hoy, en primer lugar, nos invita a dar gracias a por el don de la fe, por el don del discipulado, por el don de la Iglesia, de la comunidad concreta donde el Señor hoy te está cuidando…

Además, en el evangelio de hoy vemos que la familia de Jesús quería llevárselo porque se decía que estaba fuera de sí.

Esta palabra nos invita a pedirle al Espíritu Santo, lo que hemos cantado en el Aleluya: abre, Señor, nuestro corazón, para que aceptemos las palabras de tu Hijo.

Sin el Espíritu Santo, la Palabra de Jesús, fácilmente se queda reducida a literatura bonita, o ideales utópicos pero irrealizables. El Espíritu Santo, con el don de entendimiento es el que nos hace acoger esta Palabra -aunque a veces nos desconcierte- como una Palabra de amor, de vida y de salvación, como una Palabra que tiene vida eterna.

Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).

¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).

Comentario al Evangelio

Mc 3, 20-21. “Se junta tanta gente”. La fama de Jesús sigue creciendo. La gente sencilla lo busca para presentarle sus necesidades, para escucharle y recibir la sanación. Al mismo tiempo también comienza a aparecer una cierta difamación hacia su persona. Las autoridades judías se ven amenazadas y circula la opinión de que Jesús está fuera de sí. La reacción natural de la familia es protegerlo, quitarlo de en medio para que no crezca el malestar. También hay realidades de nuestro mundo hoy que quieren quitar a Jesús de nuestra vida, sustituirlo por otros ídolos que nos ofrezcan una mayor comodidad y bienestar. Pero el encuentro con Jesús es insustituible. Cuando lo hemos conocido necesitamos acercarnos a Él, recibir de Él la palabra y la gracia que nos salva.

22 de enero. Fiesta de san Vicente mártir
(en Valencia)
Año Litúrgico 2025-2026 (Ciclo A)

Primera lectura

Lectura del libro de Eclesiástico 51, 1-12

Te doy gracias, Señor y Rey,
te alabo, oh Dios mi salvador,
a tu nombre doy gracias.

Porque fuiste mi protector y mi auxilio,
y libraste mi cuerpo de la perdición,
del lazo de una lengua traicionera,
de los labios que urden mentiras;
frente a mis adversarios
fuiste mi auxilio y me liberaste,

por tu inmensa misericordia y por tu nombre,
de las dentelladas de los que iban a devorarme,
de la mano de los que buscaban mi vida,
de las muchas tribulaciones que he sufrido;

de las llamas sofocantes que me envolvían,
de un fuego que yo no había encendido;

de las entrañas del abismo,
de la lengua impura, de la palabra mentirosa,

calumnia de una lengua injusta ante el rey.
Yo estaba a punto de morir,
mi vida tocaba el abismo profundo.

Por todas partes me asediaban y nadie me auxiliaba,
buscaba a alguien que me ayudara y no había nadie.

Entonces me acordé, Señor, de tu misericordia
y de tus obras que son desde siempre,
de que tú sostienes a los que esperan en ti
y los salvas de la mano de los enemigos.

Y desde la tierra elevé mi plegaria,
supliqué ser librado de la muerte. <b
r>Clamé al Señor: «Tú eres mi Padre,
no me abandones el día de la tribulación,
cuando acosan los orgullosos y estoy indefenso.

Alabaré tu nombre sin cesar
y te cantaré himnos de acción de gracias».

Y mi oración fue escuchada,
pues tú me salvaste de la perdición
y me libraste de aquel mal momento.

Por eso te daré gracias y te alabaré,
bendeciré el nombre del Señor.

Salmo

Salmo 33, 2-9.
R/. El Señor me libró de todas mis ansias

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor,
y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
Si el afligido invoca al Señor,
él lo escucha y lo salva de sus angustias. R.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 35, 37-39

¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?

Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Evangelio del Domingo

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 17-22

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles.

Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.

El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán.

Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará».

comentario

SAN VICENTE, DIÁCONO, EL PROTOMÁRTIR DE VALENCIA

(22 de enero de 2026)

por Jaime Sancho Andreu 

La persecución de Diocleciano.

En el año 304,  la ciudad de Valentia es el primer lugar de nuestra región que entra documentalmente en la historia del cristianismo merced al martirio del diácono de Caesaraugusta (Zaragoza) san Vicente, que fue conducido hasta esta ciudad junto con su obispo san Valero durante la persecución de Diocleciano.

El emperador Diocleciano, a finales del siglo III, promovió una gran reorganización del imperio para hacer frente a los peligros exteriores y a la decadencia interna. Una de las medidas era la obligación de todos los pobladores del imperio, fuese de la religión que fuesen, de adorar al “genio” divino de Roma, personado en el César. Por ello en su tiempo se llevó a cabo una política de persecuciones contra los que rechazaban esa idolatría que culmino en la última y más sangrienta represión general. A comienzos del siglo IV, la Iglesia de Cesaraugusta (Zaragoza) estaba sólidamente establecida, y desde allí  – a comienzos del año 304 – fueron trasladados a Valentia su obispo Valero y su diácono Vicente, cumpliendo los edictos persecutorios. En aquellos tiempos, los diáconos (ministros, servidores) eran los que estaban más cerca de los obispos, ayudándoles en el gobierno y la administración de la Iglesia, mientras que los presbíteros (ancianos, sacerdotes) formaban un consejo que lo asistía en las celebraciones y en la enseñanza y lo asesoraba en las cuestiones más importantes. La estructura de la Iglesia de entonces y los pormenores del martirio nos descubren que Vicente sería la mano derecha de su obispo y, como tal, lo acompañó en la persecución.

¿Porqué no fueron juzgados en su ciudad y fueron llevados a la ciudad más extrema de la Tarraconense? No puede hacerse más que conjeturas, como el hecho de ser Valentia una “colonia” dependiente directamente de Roma, o que en esta ciudad habría muy pocos cristianos y no existiría el peligro de un apoyo popular a su obispo; tal vez… Pero esto se contradice con lo que ocurrió en otros lugares, donde las ejecuciones buscaban atemorizar a los cristianos. Perdidas las actas, algunos relatos del mismo siglo conservan lo sustancial de los hechos.

El martirio de san Vicente.

El martirio o testimonio del diácono Vicente tuvo varios momentos singulares que hicieron que su fama llegase a toda la cristiandad.  En primer lugar Vicente quedó solo, porque Valero fue condenado al destierro. Al diácono Vicente no se le ahorraron ninguno de los tormentos previstos en la norma procesal romana. Hay en este caso algo singular que quizás contribuyó a su grandísima fama; el martirio de san Vicente se convierte en un combate psicológico entre el juez y el acusado; además, cuando el perseguidor intentó ablandar la resistencia del mártir mandando que lo pusieran en un lecho y lo cuidasen. Dios llamó inmediatamente junto a si a su testigo, teñido aún con la sangre martirial. Del mismo modo los relatos se recrean en contar como el cuerpo fue preservado en el muladar, salvado de las aguas y recogido por los cristianos en la playa hasta ser depositado en un modesto sepulcro junto a la vía Augusta, desde, como dice la Pasión litúrgica, fue llevado a la Iglesia Madre y puesto bajo el altar que se le había consagrado, el “digno sepulcro” que menciona la misa hispánica del santo.

La difusión de la veneración a san Vicente màrtir.

San Vicente llegó a ser el gran mártir de la Iglesia de occidente, como san Lorenzo lo fue de Roma y en Oriente san Esteban, los tres diáconos. Las homilías de san Agustín predicadas en su fiesta difundieron más todavía su memoria. El martirio de san Vicente fue la semilla de la Iglesia en Valencia; en lugar de temor suscitó admiración, de modo que desde entonces su sepulcro fue el centro de la primera comunidad y, cuando esta se institucionalizó y creció, el mártir se convirtió en el patrono de la misma y su valedor durante los años oscuros de la dominación musulmana. Como recitaba Prudencio y repite la liturgia visigótico-mozárabe: “Él es nuestro, así como nosotros somos suyos”.

Sentir con el Santo, (1ª lectura y salmo)

La lectura tomada del libro del Eclesiástico nos pone en comunión con los sentimientos humanos de angustia y soledad experimentados por Vicente en su pasión, pero superados y transfigurados por las virtudes sobrenaturales que todos los fieles hemos recibido en el Bautismo, pero que en él crecieron mientras maduraba su personalidad cristiana: la fe que espera confiada en el amor de Dios a sus hijos; y así nos parece escuchar el “testamento espiritual” de nuestro protomártir: “Cuando estaba ya para morir, y casi en lo profundo del Abismo, me volvía a todas partes y nadie me auxiliaba; buscaba un protector y no lo había; recordé la compasión del Señor y su misericordia eterna, que libra a los que se acogen a él y los rescata de todo mal” (Ecl 51, 6-9).

Haciendo nuestros los sentimientos de san Vicente, hemos dicho todos con el Salmo responsorial: “El Señor me libró de todas mis ansias” (Sal 33, 5).

La gracia del martirio (Segunda lectura).

Sorprende la serenidad de los mártires cristianos de todos los tiempos. Ellos no buscaron la muerte ni quisieron morir matando; la ocasión vino a su encuentro como una gracia de Dios que los encontró preparados para secundarla y como una gracia para la Iglesia, que sale fortalecida por su prueba. Quienes veneran la reliquia de san Vicente en la girola de esta catedral, son reclamados también por el memorial de nuestros mártires del siglo veinte, en su capilla-relicario vecina a la del santo diácono; tanto él como aquellos se sintieron alentados por las palabras del Apóstol que hemos escuchado: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?”, ni las pruebas ni la muerte cruenta: “En todo esto vencemos fácilmente por Aquél que nos ha amado… Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Ro 8, 35. 37. 39).

Siempre que un poder absoluto y totalitario, ya fuera la antigua Roma imperial o los fundamentalismos religiosos o políticos antiguos o modernos, han pedido a los hombres que rebajaran su dignidad a la condición de siervos o de números, Jesús se ha manifestado como el único Señor digno de ser amado y servido con todo el pensamiento y voluntad de que es capaz una persona humana, y ha comunicado con generosidad su Espíritu de fortaleza. Este es el secreto de los mártires y esta es su gracia para las comunidades cristianas de todos los tiempos.

La radicalidad de la fe (Evangelio)

Los mártires nos muestran la radicalidad de la verdadera fe. No solamente cuando los poderes del mundo la piden para ellos, sino también en momentos de relajación de las conciencias, cuando se permite todo menos llamar a las cosas por su nombre y valorar la bondad o maldad de las conductas – no se trata de cada persona, a quien sólo Dios puede juzgar – a la luz de la sana conciencia y de la recta razón iluminada por la ley de Dios. En estos momentos nace la crisis de quien duda entre “guardar su vida” (cf. Jn 12, 23), disolviendo su conciencia en lo políticamente correcto, o arriesgar su estatus y consideración social amando a Dios más que a uno mismo y teniendo como el bien supremo la salvación eterna, para sí y para los demás.

La vivencia de la cruz

El creyente escucha a Jesús que le dice: “El que quiera servirme”, como único Señor digno de ser amado radicalmente, que me siga, cargando con su cruz que es también la mía, y “donde esté yo”, primero en el calvario y luego con el Padre, “allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará” (Jn 12, 26).

Vemos a los mártires crucificados con Cristo, pero también contemplamos con admiración y gratitud a los que llevan su cruz con serenidad y alegría, a los padres y madres de familia responsables con su misión, a las personas consagradas fieles a las exigencias de su vocación, a los misioneros que no abandonan a su grey masacrada, a los cristianos y cristianas que sufren marginación social o política por defender su ideal, a los jóvenes que son despreciados o ridiculizados cuando mantienen la pureza y dignidad del amor humano… y tantas otras formas del martirio cruento o incruento como descubrimos en nuestro mundo actual.

La festividad de san Vicente en Valencia

En estas fechas es muy recomendable la visita a la “Cripta arqueológica” de san Vicente y contemplar su magnífico audiovisual, así como la participación en la Misa según el rito hispano-mozárabe que se celebra en la basílica sepulcral de la Roqueta (Parroquia de Cristo Rey, Valencia) el día 22 a las 19,30 h., lo mismo que la participación en los actos en honor del patrono de la Archidiócesis de Valencia, de esta Ciudad y de otras, que recorre los lugares relacionados con el martirio de san Vicente.

Otro comentario al evangelio

Jueves, 22 de enero de 2026

San Vicente, mártir

Lecturas:

Eclo 51, 1-12. Me auxiliaste con tu gran misericordia.

Sal 33. El Señor me libró de todas mis ansias.

Rom 8, 35. 37-39. Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo.

Mt 10, 17-22. El que persevere hasta el final se salvará.

Celebramos hoy la fiesta de san Vicente mártir, patrono de la ciudad y de la diócesis de Valencia.

No celebramos las fiestas simplemente por un mero recuerdo de acontecimientos históricos. A través de ellas, la Iglesia nos va ayudando a crecer en la fe, recordándonos verdades de fe especialmente importantes o mostrándonos el testimonio de los santos: hombres y mujeres como nosotros, pobres y pecadores, pero que se han fiado del Señor y se han abierto a la acción del Espíritu Santo, perseverando hasta el final.

San Vicente mártir es un hombre lejano a nosotros en la historia, pero muy cercano en la fe: ahora, desde el cielo, intercede por nosotros.

La Palabra que nos ha regalado hoy el Señor nos invita a vivir el combate de la fe: todos os odiarán por mi nombre. Esta es una realidad que el discípulo de Cristo ha de vivir. En la medida en que permanezcamos fieles a Jesucristo, experimentaremos el odio del mundo, como lo experimentó San Vicente.

Pero el Señor te invita a no tener miedo, porque ni uno solo de tus cabellos caerá sin que el Señor lo permita y sea para tu bien. Porque el Señor está contigo y cuida de ti. Porque no hay nada ni nadie que te pueda separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

La Palabra te invita a vivir en la esperanza, en la confianza, como hemos cantado en el Salmo: el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege… Gustad y ved que bueno es el Señor. Y con la mirada puesta siempre en la meta: el cielo. Y por tanto sin temer al que puede matarnos en el cuerpo pero no puede destruir lo más profundo que tenemos: ser hijos de Dios.

Por eso es importante el testimonio de los mártires. San Vicente era un hombre joven cuando murió por confesar a Jesucristo. En la vida y en la muerte somos del Señor.

Que podamos perseverar hasta el final. Que como hemos cantado en el Aleluya podamos soportar la prueba para poder recibir un día la corona de la vida.

Pidamos por la diócesis de Valencia para que, por intercesión de San Vicente pueda permanecer fiel a Jesucristo hasta el fin de los tiempos.

Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).

¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).

Otro comentario al evangelio

Mt 10, 17-22. “Os entregarán a los tribunales”. La fiesta de san Vicente mártir nos recuerda al primero que derramó su sangre en nuestras tierras por anunciar el evangelio. Ya nos lo advierte la lectura de hoy. La suerte a la que estamos llamados los discípulos de Jesús es la misma que la de nuestro maestro. El Señor nos da algunas claves para vivir esta circunstancia de la persecución. La primera es la confianza en el Espíritu. No hay que preparar discursos, ni defensas… Él nos inspirará lo que hemos de decir. En segundo lugar aprovechar este momento para dar testimonio de la fe que confesamos y que vivimos. Finalmente la perseverancia, que supone mantenernos firmes en nuestra creencia, aunque quieran que nos retractemos por medio de la coacción y del dolor. Que el Señor nos conceda ser testigos del evangelio cada día con nuestra vida.

25 de enero. III Domingo de Tiempo Ordinario
Año litúrgico 2025-2026 (Ciclo A)

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías 8, 23b – 9, 3

En otro tiempo, humilló el Señor la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, pero luego ha llenado de gloria el camino del mar, el otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló.

Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.

Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Salmo

Salmo 26, 1. 4. 13-14
R/. El Señor es mi luz y mi salvación

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R/.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17

Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir.

Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo».

¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?

Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».

Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos».

Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.

Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.

Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

comentario

PESCADORES DE HOMBRES

(3º Domingo ordinario – A -, 25 – Enero – 2026)

por Jaime Sancho Andreu 

En el Domingo de la Palabra de Dios

El papa Francisco, de feliz memoria, el 30 de septiembre de 2019, dispuso que dediquemos este Domingo tercero del tiempo ordinario a recordar y vivir la importancia de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia y en la de cada persona creyente. Deseaba el Papa que gocemos de la proclamación y la comprensión de la Palabra, sintiéndonos unidos con el pueblo de Israel y todos los hermanos cristianos.

Como dijo entonces: “La Sagrada Escritura realiza su acción profética sobre todo en quien la escucha. Causa dulzura y amargura. Vienen a la mente las palabras del profeta Ezequiel cuando, invitado por el Señor a comerse el libro, manifiesta: «Me supo en la boca dulce como la miel» (3,3). También el evangelista Juan en la isla de Patmos evoca la misma experiencia de Ezequiel de comer el libro, pero agrega algo más específico: «En mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor» (Ap 10,10).

 La dulzura de la Palabra de Dios nos impulsa a compartirla con quienes encontramos en nuestra vida para manifestar la certeza de la esperanza que contiene (cf. 1 P 3,15-16). Por su parte, la amargura se percibe frecuentemente cuando comprobamos cuán difícil es para nosotros vivirla de manera coherente, o cuando experimentamos su rechazo porque no se considera válida para dar sentido a la vida. Por tanto, es necesario no acostumbrarse nunca a la Palabra de Dios, sino nutrirse de ella para descubrir y vivir en profundidad nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos”.

En Galilea aparece la luz de Cristo.

En la pasada fiesta del Bautismo de Cristo, escuchamos a san Pedro proclamar que la obra de Jesús comenzó en Galilea (Hechos 10,37); allí comenzó a predicar y reclutó a sus primeros discípulos, a alguno de los cuales pudo conocer ya en el entorno del Bautista. Galilea era considerada una tierra casi pagana que, para los judíos, estaba sumida en la oscuridad; puesto que Dios era la luz de su pueblo – “El Señor es mi luz y mi salvación” (Salmo responsorial 26) – al que iluminaba especialmente con la revelación de su Ley, que intentaba ser escrupulosamente observada por los habitantes de Judea.

 Nos habremos dado cuenta ya, desde el Adviento, que el Evangelio de Mateo que leemos este año litúrgico “A” 2025-2026 tiene como una constante el declarar que casi todo lo que hizo Jesús fue en cumplimiento de lo anunciado por los profetas. De ahí la cita de Isaías que profetiza el comienzo del ministerio de Jesús: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló” (Is 9,1; También en la primera lectura).

El primer pregón de Jesús.

Jesús comenzó su enseñanza clamando: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 4,17) y terminó su predicación en la víspera de su pasión con el anuncio del Juicio Final (Mt 25,31-46; 34º Domingo Cristo Rey): “El Hijo del Hombre se sentará en su trono y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras”. Entre estos dos mensajes se contiene toda la enseñanza del Maestro acerca del Reino de Dios, o «de los cielos» en la forma semítica de Mateo.

La realeza de Dios sobre el pueblo elegido, y a través de él sobre el mundo entero, es el tema central de la predicación de Jesús. Implica un reino de «santos» cuyo Rey verdadero será Dios, porque su reinado será aceptado por ellos – en la luz de Dios – con conocimiento y amor . Esta Realeza, comprometida y oscurecida por la rebelión del pecado, debe ser restablecida por medio de una intervención poderosa de Dios y de su Mesías. esta intervención – anunciada ya por el bautista -es la que Jesús presenta como inminente, y la que realiza, no por medio de un triunfo bélico y nacionalista como esperaba la gente, sino de una manera espiritual, personal, actuando como «Siervo e Hijo predilecto de Dios» a partir de su Bautismo. Por eso Jesús llama a la conversión, porque sin ella no se puede entrar en el Reino.

Jesús mostró los signos de la llegada del Reino anunciándolo con palabras, “enseñando, y realizando la salvación, curando las enfermedades y dolencias del pueblo” (Mt 4, 23). Del mismo modo, al enviar a los apóstoles, después de su resurrección, les encargó anunciar y realizar la salvación, con palabras y obras, con la palabra y los sacramentos. También la liberación de las consecuencias del pecado y la promoción de los hombres a una situación de mayor dignidad es una componente necesaria de la evangelización.        

Los primeros discípulos, pescadores de hombres.

Pedro, Andrés, Jaime y Juan… Su oficio de pescadores inspira a Jesús para decirles que serán “pescadores de hombres” (Mt 4, 19), porque ellos esparcirán con fe la Palabra, como el pescador tira la red de copo en las aguas, y comprometerán con ella a todos los que la escuchen; ya crean o no, para su bien o para su perdición. Más adelante, Jesús comparará el Reino de Dios con una red de arrastre, que lleva hasta la orilla peces buenos y malos (Mt 23, 47-50).       

La Iglesia, evangelizada por Jesús.

Jesús sigue anunciando el Evangelio de muchas maneras: en el mundo, en la catequesis, pero sobre todo en la acción litúrgica, que es el lugar privilegiado donde el Señor habla a su Iglesia y la amonesta, para que ninguno de sus hijos se quede fuera del Reino. En primer lugar nos llama constantemente a la conversión, porque recaemos en el pecado; luego, nos instruye acerca de las leyes nuevas de su pueblo (el “Sermón de la montaña”) y nos confía al gobierno pastoral de los sucesores de los apóstoles. Ellos no hacen discípulos propios, sino de Cristo, sin grupúsculos ni banderías (Segunda lectura); ellos “lo dejan todo” para ir con Jesús. Además, todos los cristianos debemos tirar las redes de la palabra de Dios desde la barca de Pedro, que es ya muy grande, pero que sigue siendo pequeña en medio del mar de la mayoría de los hombres; una luz que brilla sobre la oscuridad del mundo.

En todo momento, la Iglesia y cada uno de nosotros, debe ser “evangelizada y evangelizadora”, para cumplir las palabras de Jesús: “Seréis mis testigos” (Hech 1,8). La misión que ahora se nos encarga una continuación de aquella que comenzó a orillas del lago de Galilea como “pescadores de hombres”.

LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO

Primera lectura y Evangelio. Isaías 8, 23b-9, 3 y Mateo 4, 12-23: El profeta anuncia que el pueblo que caminaba en tinieblas vería la luz y se alegraría. Cumpliendo esta profecía, Jesús comenzó sus primeras tareas en Galilea. Con su presencia iluminó aquella región medio pagana, predicó la conversión y llamó a los primeros discípulos.

Segunda lectura: 1 Corintios 1, 10-13. 17: Pablo corrige la desunión de los cristianos de Corinto y recomienda la unidad entre los creyentes. No pueden existir discordias ni divisiones entre los cristianos.

Otro comentario

Domingo, 25 de enero de 2026

DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS

3º del Tiempo Ordinario

Lecturas:

Is 8, 23-9, 3. En Galilea de los gentiles le pueblo vio una luz grande.

Sal 26. El Señor es mi luz y mi salvación.

1 Cor 1, 10-13. 17. Poneos de acuerdo y no andéis divididos.

Mt 4, 12-23. Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.

Con el tiempo Ordinario comenzamos la lectura continua del evangelio de San Mateo, que nos va a regalar la predicación de Jesús.

Para poder acoger con provecho esta predicación y no echar en saco roto la gracia de Dios, la Palabra de Dios nos habla de dos actitudes necesarias: la conversión y el seguimiento incondicional de Cristo.

Convertíos porque está cerca el reino de los cielos. El Señor está llamando hoy a la puerta de tu corazón: ¡ábrele! ¡No tengas miedo! Jesucristo no viene a quitarte nada, sino a dártelo todo.

Esta es la primera y principal de todas las actitudes. «Convertíos», es decir, ¿Piensas hacer caso a lo que Jesús te va a decir? Porque si no piensas hacerle caso, no te va a servir de gran cosa escuchar la predicación de Jesús. ¿Para qué quieres ir al mejor médico del mundo si no piensas obedecerle?

La conversión a la que te llama el Señor no es a un mero cumplimiento de normas. La conversión es un acto de fe que te lleva a volver a Jesucristo, a dejar entrar al Señor en tu vida, pero a entrar no de visita, sino a dejar que Él sea el Señor de tu vida, ¡de toda tu vida!

Es convertirse a escuchar a Jesucristo, para que Él sea la luz de tu vida. Lo hemos cantado en el Salmo: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Y también nos lo ha dicho el profeta Isaías en la primera lectura: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló.

La conversión es un don, es dejar que el Espíritu Santo haga la obra de Cristo en ti. La conversión no es algo que tú has de hacer, sino algo que sucede en ti, que va haciendo el Espíritu Santo en ti, si tú le dejas, claro.

Porque, recuerda que tú no eres dios, que tú no eres el dueño de tu vida; que tú no eres el Maestro, sino el discípulo; que tú no eres el Señor, sino el siervo; que tú no eres el dueño de la Palabra sino su servidor.

Por eso, no puedes vivir dejándote llevar por lo que aparece en tu corazón, que está herido por el pecado original. Hay que discernirlo.

Ni puedes vivir dejándote llevar por las modas del mundo. No. Ya sabes quién es el príncipe de este mundo.

Y la conversión lleva al discipulado: Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Necesitas dejar tus criterios, tus deseos, tus apetencias, tu manera de ver las cosas… para seguir a Jesús y dejar que tu vida la lleve Él. Aunque a veces pueda parecer tan poco ‘razonable’ como echar las redes por la mañana.

Esta es la parte principal de la conversión.

La conversión es un cambio radical de vida, un cambio desde la raíz. Es también un proceso que hay que vivir cada día. Vivir en actitud de conversión significa estar convencidos de que Jesucristo es el único Maestro y el único Señor, acoger confiadamente su Palabra y dejar que Él sea el Señor de tu vida.

Seguir a Jesucristo significa darnos cuenta de que tener fe es mucho más que tener cuatro ideas en la cabeza. Tener fe es estar enamorados de Jesucristo, es vivir una vida de amistad y de unión con Él. Seguir a Jesús no es sólo imitar sus cualidades, sino una unión personal con Él, un escuchar su voz, un caminar con él. Es seguir sus pasos, recorrer el camino que Él nos ha marcado. Es no conformarse con un cumplimiento pasivo y legalista de los mandamientos, sino tratar de vivir cada día más unidos a Él, más llenos de Él.

¿Cómo está tu corazón? ¿Estás preparado para seguir a Jesús? El Señor te llama, ¿te animas a seguirle?

¡Feliz Domingo! ¡Feliz Eucaristía!

Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).

¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).

Otro comentario

Mt 4, 12-23. “Dejaron las redes y lo siguieron”. La vida pública de Jesús inicia su desarrollo en Galilea. Jesús se establece en Cafarnaún y comienza a predicar por las sinagogas anunciando la cercanía del reino de los cielos y llamando a la conversión. De modo paralelo, también comienza a configurar una pequeña comunidad de discípulos, a los que va llamando y se van integrando en el grupo. Esto nos recuerda que nuestra condición cristiana es vocación. Si somos discípulos de Jesús es porque Él nos ha llamado a seguirle y nosotros hemos respondido afirmativamente. Ahí también se muestra el misterio de la libertad humana. La llamada no se impone, se propone. Y también tenemos testimonios de algunos que la han rechazado. A nosotros nos toca hoy confirmar ese deseo de seguir a Jesús y fortalecer nuestra relación con Él. Hemos de escuchar su enseñanza y contemplar sus signos, su poder frente al mal.

28 Diciembre. Sagrada Familia
Año Litúrgico 2025-2026 (Ciclo A)

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6. 12-14

El Señor honra más al padre que a los hijos
y afirma el derecho de la madre sobre ellos.

Quien honra a su padre expía sus pecados,
y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.

Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos
y, cuando rece, será escuchado.

Quien respeta a su padre tendrá larga vida,
y quien honra a su madre obedece al Señor.

Hijo, cuida de tu padre en su vejez
y durante su vida no le causes tristeza.

Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él,
y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.

Porque la compasión hacia el padre no será olvidada
y te servirá para reparar tus pecados.

Salmo

Salmo 127, 1bc-2. 3. 4-5
R/. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R/.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R/.

Ésta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21

Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.

Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro.

El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.

Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta.

Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.

Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.

Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.

Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.

Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan el ánimo.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 13-15. 19-23

Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».

José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».

Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:
«Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».

Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.

Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.

comentario

EL DOMINGO DE LA ANUNCIACIÓN

por Jaime Sancho Andreu

(4º Domingo de Adviento -A-, 21 de diciembre de 2025).

Oración para encender el cuarto cirio de la corona del Adviento

Después de venerar el altar y saludar a la asamblea, el sacerdote, desde la sede, dice:

El cuarto domingo de Adviento está dedicado a la Madre del Señor y al misterio de la encarnación que se realizó en ella para la salvación del mundo. Pero este año tenemos también a José, como personaje principal, cuando escucha obediente la voz del Señor.

Alégrate, Iglesia, porque hoy acoges, como María y José, a Jesucristo, que se hace presente en el sacramento del altar por obra del Espíritu Santo.  Bendita tú entre todos los pueblos de la tierra, porque caminas con Cristo en tu seno al encuentro de todas las gentes necesitadas de luz. Que el Señor nos conceda caminar junto con él, luz de luz, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Y el mismo celebrante o un fiel, enciende cuatro cirios de la corona del Adviento, mientras puede cantarse: Madre de todos los hombres, enséñanos a decir: Amén.

Orientaciones para la homilía

En la víspera de la Navidad

Llegamos al domingo inmediatamente anterior a la Navidad, el cual está dedicado al anuncio del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. De este modo, si en la pasada solemnidad de la Inmaculada Concepción leíamos la anunciación a María según san Lucas, en este año A leemos hoy la anunciación a san José según san Mateo. Es un domingo que considera ya asumida la etapa penitencial del Adviento, presidida por Juan el Bautista y que se abre completamente a la inmediata festividad de la Navidad.

Asimismo, en los pasados días de entre semana a partir del 17 de Diciembre, estamos comenzando a leer todo lo que se contiene en los Evangelios como antecedentes del nacimiento del Señor. Por todo ello pedimos que “el pueblo cristiano se prepare con tanto mayor fervor a celebrar el misterio del nacimiento de tu Hijo cuanto más se acerca la fiesta de Navidad” (Oración después de la Comunión).

El signo del Emmanuel

Jesús es el Dios-con- nosotros. Esta afirmación aparece como profecía en la primera lectura y como cumplimiento en el Evangelio. El Señor da un signo que ahora es el signo definitivo del consuelo de Dios-con-nosotros para siempre. Este signo lleva consigo a la Madre siempre Virgen, en la cual, además de su función singular, reconocemos también el anuncio de nuestra propia misión, aquí y ahora: la Iglesia-Esposa que celebra a su Señor. En nuestra existencia santificada como Iglesia, asimilada en la esperanza a la de la Madre de Dios, debemos concebir y amplificar la Palabra de Dios, a partir de la escucha de ella misma; y así debemos vivirla y proclamarla.

La anunciación a José contiene secretos arcanos, inviolables, de la intimidad de Dios, proclamados también por san Pablo en la segunda lectura, cuando anuncia: al Hijo eterno, nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido (revelado plenamente), según el Espíritu Santo, Hijo de Dios con pleno poder por su resurrección de la muerte, Jesucristo nuestro Señor (cf. Romanos 1,3-4).

La vocación y respuesta de José, modelo de los cristianos

Como un nuevo Abrahán, José es padre de los creyentes, patriarca de la Nueva Alianza y modelo de respuesta a la vocación de Dios. Este Adviento termina ofreciéndonos – en san José – un modelo concreto para que nos demos cuenta de nuestra propia vocación para servir el plan de Dios según nuestra forma específica de vida. Nuestra respuesta a Dios no puede ser otra que la obediencia de la fe.

Cada uno de nosotros debe tomar conciencia de su vocación cristiana específica, como seglar, clérigo o religioso, para seguir con su tarea evangelizadora y testimonial en el mundo. Para esto deberíamos integrarnos en las actividades apostólicas y pastorales de la Iglesia y no actuar sólo individualmente. Hay un camino de compromiso y de actuación para cada uno de nosotros, en cualquier estado de vida en que nos encontremos, pero no como en la planificación de una empresa, sino como ayuda para discernir la mejor forma de colaborar con el plan salvador de Dios, que es su misterio eterno revelado en Cristo: “Que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4).

Todo ello no nos aparta de la necesidad de trabajar para llegar a una sociedad más justa y a la protección de nuestro mundo, pues “la fe ilumina todo con una luz nueva y manifiesta el plan divino sobre la vocación integral del hombre, y por ello dirige la mente hacia soluciones plenamente humanas” (Concilio Vaticano II, «Gaudium et spes” nº 11).

La Encarnación y la Eucaristía

La oración sobre las ofrendas de este domingo está tomada de la misa hispano-mozárabe de la fiesta de Santa María (17 de diciembre): “El mismo Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar”. La Encarnación y la Eucaristía se unen en el misterio de la condescendencia o abajamiento de Dios. Por ello, del mismo modo que el Padre respondió a la súplica de los profetas enviando al Hijo mediante el Espíritu, así atiende ahora la epíclesis (invocación) de la Iglesia haciendo presente el sacrificio que Jesús ofreció en el Espíritu Santo.

“En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor” (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucaristía 55).

Con la misma fe del hombre justo ante Dios que fue José, asistimos admirados y acogemos el misterio que obra el poder de Dios ante nuestros ojos, que son incapaces de ver más allá del signo de misericordia que es el sacramento del altar.

El domingo de María en el Adviento

Así, pues, con palabras de Benedicto XVI, la invocamos: “Santa María, tú fuiste una de aquellas almas humildes y grandes en Israel que, como Simeón, esperó « el consuelo de Israel » (Lc 2,25) y esperaron, como Ana, « la redención de Jerusalén » (Lc 2,38). Tú viviste en contacto íntimo con las Sagradas Escrituras de Israel, que hablaban de la esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y a su descendencia (cf. Lc 1,55). Así comprendemos el santo temor que te sobrevino cuando el ángel de Dios entró en tu aposento y te dijo que darías a luz a Aquel que era la esperanza de Israel y la esperanza del mundo. Por ti, por tu «sí», la esperanza de milenios debía hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia. Tú te has inclinado ante la grandeza de esta misión y has dicho « sí »: « Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc 1,38)” (Spe salvi, 50).

Con José y María nos dirigimos a Belén; como ellos, no vamos solos, porque llevamos a Jesús con nosotros, pero hemos de participar una vez más de la gracia de su Nacimiento, contemplar su luz y llevarla a los demás. Belén nos trae una palabra de paz y de amor que el mundo necesita para salvarse.

Y terminamos con una nueva súplica: “Madre de la esperanza. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino” (Spe salvi, 50).

Que el Espíritu nos muestre la senda y nos ayude a recorrerla en esta última etapa del camino del Adviento. Amén.

LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO

Primera lectura y Evangelio. Isaías 7,10-14 y Mateo 1,18-24: La profecía del Emmanuel se cumplió plenamente cuando el Hijo de Dios se encarnó en la Virgen María. Este año se lee en el Evangelio el pasaje de la anunciación a José del gran misterio que se estaba realizando en su prometida por la acción del Espíritu Santo.

Salmo responsorial 23: Este salmo proclama el paso de la profecía al cumplimiento; con él cantamos: Va a entrar el Señor: Él es el Rey de la gloria.

Segunda lectura. Romanos 1,1-7: Al nacer de María y ser acogido por José, Jesús nació como verdadero israelita y heredero de la estirpe de David, para ser Rey de todos los pueblos.

Otro comentario al evangelio

Domingo, 28 de diciembre de 2025

La Sagrada Familia

Lecturas:

Eclo 3, 2-6. 12-14. El que teme al Señor honra a sus padres.

Sal 127. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Col 3, 12-21. La vida de familia vivida en el Señor.

Mt 2, 13-15. 19-23. Toma al niño y a su madre y huye a Egipto.

Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Dios quiso nacer y crecer en una familia humana.

El matrimonio y la familia no son una invención humana fruto de situaciones culturales e históricas particulares, ni una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso.

Dios tiene un proyecto sobre el matrimonio y la familia, así nos lo dice Jesús: el Creador en el principio los creó hombre y mujer, y dijo: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne»; «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». El sacramento del matrimonio es un don para la santificación y la salvación de los esposos.

El Papa León nos recuerda que el matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel y fecundo. Este amor, al hacerlos “una sola carne”, los capacita para dar vida, a imagen de Dios.

La familia cristiana está llamada a ser una verdadera Iglesia doméstica en la que Jesucristo es la piedra angular sobre la que se construye la casa: La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón… todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús.

Una Iglesia doméstica que vive, celebra la fe y proclama la fe: que Jesucristo vive y es el Señor de la familia. Y, por tanto, una familia que reza en familia, tanto los esposos, como toda la familia.

Está llamada a ser una comunidad de vida y de amor. Una comunidad en la que se vive con un amor como el de Cristo. Nos lo ha recordado san Pablo: revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.

Una comunidad en la que cada uno es querido por lo que es y no por lo que vale o por lo que aporta. Una comunidad que quiere vivir en la verdad y en el respeto; en el perdón y la misericordia, buscando siempre el bien del otro, especialmente del pequeño, del más débil.

Una comunidad que acompaña a las personas heridas en su sufrimiento y les ayuda a sanar y crecer.

Como nos recuerdan nuestros Obispos, necesitamos familias que, como Iglesia doméstica, sean testigos vivos del amor de Cristo por su esposa, la Iglesia, manifestando con su vida cotidiana la gracia que las capacita para responder a la llamada de Dios y reflejar su amor único y entregado.

¡Preséntale al Señor tu familia y pídele el don del Espíritu Santo!, para que la renueve y os conceda la comunión.

Reza también por todas las familias, especialmente por las que están sufriendo y pasando por dificultades.

Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).

¡Ven Espíritu Santo, ven sobre nuestras familias! 🔥 (cf. Lc 11, 13).

Otro comentario al evangelio

Mt 2, 13-15.19-23. “Huye a Egipto”. La Navidad es una fiesta familiar, nos vincula a los seres que nos han precedido en el camino de la vida y de la fe. No es extraño que la Iglesia nos invite a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia y a contemplar sus circunstancias. La Sagrada Familia no tuvo una vida fácil. Desde su mismo nacimiento, Jesús se convirtió en una amenaza para los poderes políticos. Ello les obligó a huir a Egipto, a convertirse en refugiados para poder proteger la vida del niño. Curiosamente la persona de Jesús va a reproducir en su propia vida la historia de Israel. Cuando finaliza la amenaza, José vuelve con María y con Jesús y se instalan en Galilea, un lugar tranquilo, alejado de Judea y de la capital. Nazaret será un lugar y un tiempo tranquilo, vida de familia, de vecinos, donde Jesús podrá crecer en estatura, sabiduría y gracia.

fiesta del 9 D'OCTUBRE

En la Diócesis de Valencia

Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.

En la Diócesis de Valencia

 Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.

(9 de octubre de 2023)

Al llegar esta fecha histórica en que recordamos el segundo nacimiento del pueblo cristiano valenciano, después de un periodo de oscuridad en el que nunca dejó de estar presente, conviene que tengamos presente esta festividad que nos hace presente el misterio de la Iglesia a través del templo mayor de nuestra archidiócesis, donde está la cátedra y el altar del que está con nosotros en el lugar de los apóstoles, como sucesor suyo. La sede de tantas peregrinaciones  y de innumerables vistas individuales, brilla en este día con la luz de la Esposa de Cristo, engalanada para las nupcias salvadoras.

El 9 de octubre evoca la fundación del reino cristiano de Valencia y la libertad del culto católico en nuestras tierras. Ese mismo día, la comunidad fiel valenciana tuvo de nuevo su iglesia mayor, dedicada a Santa María, y estos dos acontecimientos forman parte de una misma historia. Es una fiesta que nos afianza en la comunión eclesial en torno a la iglesia madre, donde tiene su sede el Pastor de la Iglesia local de Valencia, el templo que fue llamado a custodiar el sagrado Cáliz de la Cena del Señor, símbolo del sacrificio de amor de Jesucristo y de la comunión eucarística en la unidad de la santa Iglesia.

El aniversario de la dedicación

El 9 de octubre será para la comunidad cristiana de Valencia una fiesta perpetua, pero en cada aniversario resuena con más fuerza que nunca el eco de aquella preciosa y feliz celebración en que nuestro templo principal, la iglesia madre, apareció con la belleza que habían pretendido que tuviera aquellos generosos antepasados nuestros que lo comenzaron.

La belleza de la casa de Dios, sin lujos, pero con dignidad, tanto en las iglesias modestas como en las más importantes o cargadas de arte e historia, lo mismo que la enseñanza de sus signos, nos hablan del misterio de Dios que ha querido poner su tabernáculo entre nosotros y hacernos templo suyo.

Al contemplar las catedrales sembradas por Europa, en ciudades grandes o pequeñas, nos asombra el esfuerzo que realizaron quienes sabían que no verían culminada su obra. En nuestro tiempo, cuando domina lo funcional, nos resulta difícil comprender esas alturas “inútiles”, esos detalles en las cubiertas y las torres, esas moles que, cuando se levantaron, destacarían mucho más que ahora, entre casas de uno o dos pisos. Pero lo cierto es que también ahora se construyen edificios cuyo tamaño excede con mucho al espacio utilizable; nos dicen que es para prestigiar las instituciones que albergan, y eso es lo que pretendían nuestros antepasados para la casa de Dios y de la Iglesia; eso, seguramente, y otras cosas que se nos escapan.

Una construcción que no ha terminado

El aniversario de la dedicación nos recuerda un día de gracia, pero también nos impulsa hacia el futuro. En efecto, de la misma manera que los sacramentos de la Iniciación, a saber, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, ponen los fundamentos de toda la vida cristiana, así también la dedicación del edificio eclesial significa la consagración de una Iglesia particular representada en la parroquia.

En este sentido el Aniversario de la dedicación, es como la fiesta conmemorativa del Bautismo, no de un individuo sino de la comunidad cristiana y, en definitiva, de un pueblo santificado por la Palabra de Dios y por los sacramentos, llamado a crecer y desarrollarse, en analogía con el cuerpo humano, hasta alcanzar la medida de Cristo en la plenitud (cf. Col 4,13-16). El aniversario que estamos celebrando constituye una invitación, por tanto, a hacer memoria de los orígenes y, sobre todo, a recuperar el ímpetu que debe seguir impulsando el crecimiento y el desarrollo de la parroquia en todos los órdenes.

Una veces sirviéndose de la imagen del cuerpo que debe crecer y, otras, echando mano de la imagen del templo, San Pablo se refiere en sus cartas al crecimiento y a la edificación de la Iglesia (cf. 1 Cor 14,3.5.6.7.12.26; Ef 4,12.16; etc.). En todo caso el germen y el fundamento es Cristo. A partir de Él y sobre Él, los Apóstoles y sus sucesores en el ministerio apostólico han levantado y hecho crecer la Iglesia (cf. LG 20; 23).

Ahora bien, la acción apostólica, evangelizadora y pastoral no causa, por sí sola, el crecimiento de la Iglesia. Ésta es, en realidad, un misterio de gracia y una participación en la vida del Dios Trinitario. Por eso San Pablo afirmaba: «Ni el que planta ni el que riega cuentan, sino Dios que da el crecimiento» (1 Cor 3,7; cf. 1 Cor 3,5-15). En definitiva se trata de que en nuestra actividad eclesial respetemos la necesaria primacía de la gracia divina, porque sin Cristo «no podemos hacer nada» (Jn 15,5).

Las palabras de San Agustín en la dedicación de una nueva iglesia; quince siglos después parecen dichas para nosotros:

«Ésta es la casa de nuestras oraciones, pero la casa de Dios somos nosotros mismos. Por eso nosotros… nos vamos edificando durante esta vida, para ser consagrados al final de los tiempos. El edificio, o mejor, la construcción del edificio exige ciertamente trabajo; la consagración, en cambio, trae consigo el gozo. Lo que aquí se hacía, cuando se iba construyendo esta casa, sucede también cuando los creyentes se congregan en Cristo. Pues, al acceder a la fe, es como si se extrajeran de los montes y de los bosques las piedras y los troncos; y cuando reciben la catequesis y el bautismo, es como si fueran tallándose, alineándose y nivelándose por las manos de artífices y carpinteros. Pero no llegan a ser casa de Dios sino cuando se aglutinan en la caridad» (Sermón 336, 1, Oficio de lectura del Común de la Dedicación de una iglesia).

Jaime Sancho Andreu

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