Habiendo llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo.
Habiendo llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naámán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo.
Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron:
En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo.
Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama».
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Lunes, 9 de marzo de 2026
Santa Francisca Romana
Lecturas:
2R 5,1-15a. Muchos leprosos había en Israel, sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.
Sal 41. Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿Cuándo veré el rostro de Dios?
Lc 4,24-30. Jesús, igual que Elías y Eliseo, no ha sido enviado únicamente a los judíos
En nuestro itinerario cuaresmal hacia el encuentro con Jesucristo vivo, hoy la Palabra nos invita a una conversión muy concreta: convertirnos a la humildad y a la obediencia.
En Nazaret Jesús no puede hacer muchos milagros porque se encuentra con que sus paisanos no tienen fe.
Están llenos de prejuicios y no pueden aceptar que este Jesús, que ha vivido con ellos, sea el Mesías, el Señor. Y lo rechazan casi hasta acabar con él.
Les falta humildad y confianza para ir más allá de las apariencias; para dejarse sorprender por Dios.
El contrapunto a esta actitud la encontramos en la primera lectura, con la figura del general Naamán el Sirio.
Enfermo de lepra como está, se fía de una criada que le sugiere ir a ver al profeta de Samaría.
Cuando recibe la orden del profeta Eliseo que le manda bañarse siete veces en el río Jordán, aunque está molesto porque ni siquiera le ha recibido y le parece ridícula la orden, escucha la voz de sus siervos y obedece al profeta, se baña en el Jordán y queda limpio. Agradecido por su curación da gloria al Dios de Israel.
Son los dos caminos que tú y yo tenemos delante todos los días.
Podemos vivir atrapados por nuestros prejuicios y acabar echando en saco roto la gracia Dios.
O, por el contrario, podemos vivir con humildad, escuchando al Señor que nos habla continuamente y nos sorprende tantas veces: a través de su Palabra, a través de la Iglesia, a través de los acontecimientos de la vida, a través de tantos ángeles que pone en nuestra vida…
Y esta escucha la vivimos con dudas y combates, que se resuelven invocando al Espíritu Santo, orando, y viviendo la fe en la Iglesia.
Y entonces, la escucha es transfigurada en confianza y en obediencia. Y al obedecer somos sanados, somos salvados.
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
¡Convertíos y creed en el Evangelio! (cf. Mc 1, 15).
Lc 15, 1-3. 11-32. “Yo aquí me muero de hambre”. No podemos leer esta parábola sin que crezca en nosotros la admiración por un padre que confía en sus hijos, sufre su ausencia y los ama y espera hasta el momento de su conversión. La conversión del hijo menor se produce cuando experimenta el hambre, la indigencia profunda. La clave de esa conversión es la memoria de la casa del padre, el recuerdo del bien que hay allí. Cree que ha perdido la confianza de su padre y aspira a ser tratado como jornalero. Pero la respuesta de amor del padre desborda toda previsión. Ante esto solo podemos exclamar ¡Cuánto amor nos tiene Dios! La conversión del hijo mayor no se explicita, pero se debe producir cuando comprende que su corazón está lejos de su padre y de su casa. No ha comprendido que todo lo del padre es suyo. No ha disfrutado de su amor. También nosotros estamos llamados a ver la conversión que necesitamos frente al amor de Dios.
En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
«Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».
Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo:
«Seguro que está su ungido ante el Señor».
Pero el Señor dijo a Samuel:
«No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón».
Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé:
«El Señor no ha elegido a estos».
Entonces Samuel preguntó a Jesé:
«¿No hay más muchachos?».
Y le respondió:
«Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».
Samuel le dijo:
«Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga».
Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel:
«Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».
Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.
Preparas una mesa ante mi,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por los años sin término. R/.
Hermanos:
Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor.
Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.
Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, descubierto es luz.
Por eso dice:
«Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará».
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
Unos decían:
«El mismo».
Otros decían:
«No es él, pero se le parece».
El respondía:
«Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de Los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó:
«Que es un profeta».
Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante él.
EL TRÍPTICO CATECUMENAL (II): LA ILUMINACIÓN
(4º Domingo de Cuaresma -A-, 15-Marzo-2026)
Anuncio de la alegría pascual
El símbolo de la luz nos suscita una pregunta sobre su significado, cuya respuesta nos la dará Jesús en el Evangelio, cuando se presente a sí mismo como “la luz del mundo”. Domingo de la alegría en medio de la Cuaresma, con ornamentos de un color más alegre – el rosa – que el austero morado, adornando el altar con flores y animados por la música del órgano, en el que todos nos unimos a los que, en Roma, peregrinan a la Basílica de la Santa Cruz, cantando: “Laetare, Ierusalem”, “Festejad a Jerusalén, alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto”.
Vivir como “hijos de la luz”
El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».
La historia de la salvación
La cuarta etapa de la historia de la salvación se sitúa en la tierra prometida, y en ella tiene un lugar muy importante el reinado de David. La unción del joven héroe, elegido personalmente por Dios, es figura profética de la unción bautismal de los cristianos.
Es un periodo del pasado que tiene momentos de gloria y de fracaso, de fidelidad y de pecado, pues comienza con las victorias de David y concluye con la destrucción de Jerusalén y el exilio en Babilonia; por ello, cuando lo rememoramos en la liturgia, hacemos memoria de nuestra propia consagración, con el signo de la unción bautismal – como miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey, así como de los fracasos y destrucciones que el pecado ha podido obrar en nosotros.
La iniciación cristiana
El segundo evangelio del «tríptico catecumenal» nos dice que se llega a ser cristiano (iniciación) por medio y gracias a una iluminación espiritual como la que experimentó materialmente el ciego de nacimiento, y que esta gracia se recibe por medio del agua, que es signo y vehículo del Espíritu Santo. En la segunda lectura se hace una reflexión teológica que se convierte en una vibrante exhortación, porque el proceso catecumenal es una experiencia de iluminación de la inteligencia con el don de la fe, para poder creer en Cristo Salvador. La luz de la fe nos libra de la ceguera y de la muerte eternas: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor” (Efesios 5, 8).
En las raíces de nuestra vocación cristiana.
Las lecturas de este domingo nos recuerdan que, casi al mismo tiempo en que nuestros ojos humanos comenzaban a distinguir las cosas y las personas, Dios ya nos había iluminado la visión de la fe, para que pudiéramos creer y asimilar la fe que nuestros padres y padrinos profesaron en el bautismo, representando la fe de la Iglesia. Nosotros hemos crecido a la luz de la fe y nustros primeros pasos fueron tabién fortalecidos por la unción de los reyes, los sacerdotes, los profetas y los héroes del Antiguo Testamento, la unción que nos mostró en la Iglesia como miembros de Cristo, que es profeta, sacerdote y rey. Nunca daremos gracias suficientemente por este gran beneficio, y nunca llegaremos a ser consecuentes del todo con el compromiso que lleva consigo este privilegio.
El ciego de nacimiento
Durante la Cuaresma, “tiempo de iluminación” para los catecúmenos, el sacramento de la Penitencia se convierte en la forma más eficaz de renovar la purificación bautismal. Lo que para los catecúmenos significan los sacramentos del bautismo, la confirmación y la eucaristía, como culmen de su iniciación cristiana, es ahora para los cristianos la renovación de la Penitencia junto con la profesión de fe y la comunión pascual.
Es verdad que nuestra alma fue iluminada en el bautismo, pero luego hemos podido recaer en la ceguera al no querer ver más que lo que convenía a nuestros deseos egoístas. Por ello necesitamos de una nueva iluminación que nos capacite para ver clara la verdad de nuestra vida y convirtamos una y otra vez nuestro camino hacia Cristo. Muy expresivamente lo dice una de las plegarias para este domingo de nuestra antigua liturgia hispánica:
“Jesús, redentor del género humano, restaurador de la luz eterna: concede a nosotros tus siervos que, si fuimos lavados del pecado original por el baño del bautismo, cuyo significado tuvo aquella piscina que dio luz a los ojos del ciego, nos purifiques de los delitos en el segundo bautismo de las lágrimas; así mereceremos ser hechos pregoneros de tu alabanza, como aquel ciego fue hecho anunciador por la gracia”.
La profesión de fe bautismal
Lo mismo que la mujer samaritana, el ciego de nacimiento tuvo un encuentro personal con el Señor que le arrastró a un proceso de transformación exterior e interior. En el primer caso fue con Cristo-Agua viva, en el segundo es con Cristo-Luz del mundo. Ahora somos nosotros los que en este catecumenado cuaresmal hemos de buscar este encuentro con Cristo luz para que, en primer lugar, queden al descubierto nuestros pecados, como hemos escuchado en san Pablo: “Poniéndolos en evidencia” y luego acudir junto al agua de Siloé, donde está Cristo que, en la persona del ministro de la Iglesia, sigue preguntando solemnemente: “¿Crees tú en el Hijo del Hombre?” (Juan 9, 35 ). Nosotros creemos en él, lo conocemos bien, y debemos dejar que nos limpie del pecado y nos abra los ojos con su luz.
La Cuaresma es un tiempo donde resuena con más fuerza la invitación a la conversión. En este momento se hacen ordinariamente las celebraciones comunitarias de la Penitencia. Cristo luz nos aguarda al término de este camino renovador y nos quiere abrir los ojos del alma en el sacramento de la paz y de la reconciliación. El antiguo himno citado por san Pablo debe resonar para nosotros en el momento de la absolución que nos prepara a la comunión pascual: “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz” (Efesios 5, 14).
LA PALABRA DE DIOS HOY
Primera lectura. 1 Samuel 16, 1b-6.7.10-13a: La cuarta etapa de la historia de la salvación se sitúa en la tierra prometida, y en ella tiene un lugar muy importante el reinado de David. La unción del joven héroe, elegido personalmente por Dios, es figura profética de la unción bautismal de los cristianos.
Segunda lectura. Efesios 5, 8-14: El proceso catecumenal es una experiencia de iluminación de la inteligencia con el don de la fe, para poder creer en Cristo Salvador. La luz de la fe nos libra de la ceguera y de la muerte eternas.
Evangelio de Juan 9, 1-41: La segunda imagen del tríptico catecumenal es la del ciego de nacimiento, curado por Jesús junto al agua de Siloé. Todo este largo pasaje de san Juan es una catequesis sobre el bautismo que nos salva, visto desde el efecto de la iluminación del conocimiento para poder reconocer a Jesús y creer en todo lo que Dios ha hecho por nosotros.
Domingo, 1 de marzo de 2026
2º de Cuaresma
Lecturas:
Gn 12, 1-4a. Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios.
Sal 32. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
2 Tim 1, 8b – 10. Dios nos llama y nos ilumina.
Mt 17, 1-9. Su rostro resplandecía como el sol.
Hoy el Evangelio nos habla de la Transfiguración del Señor: antes de llegar al drama de la Pasión, Jesucristo se manifiesta transfigurado, glorioso, ante sus discípulos, para que no se asusten ni se escandalicen ante el misterio de la cruz.
La Transfiguración es un anuncio y un anticipo glorioso de la Resurrección del Señor.
Con ello, la Palabra de Dios quiere darte ánimo en tu camino hacia la vida eterna. Quiere recordarte que somos ciudadanos del cielo. No eres un vagabundo existencial, cansado y agobiado, harto de dar vueltas en una rueda sin sentido, sino un peregrino caminando junto a otros peregrinos hacia el cielo.
La luz de la vida eterna transfigura la cruz, y de dolorosa la transforma en gloriosa. Y por eso Jesucristo te recuerda que de nada te sirve ganar el mundo entero si se pierde tu alma. Todo sería inútil si no alcanzas la vida eterna.
Así nos lo ha recordado también la primera lectura, con esta alianza que Dios hace con Abrahán: sal de tu tierra. Estamos llamados a salir de nosotros mismos. No podemos vivir en un narcisismo existencial, no podemos vivir una vida individualista, encerrada en nosotros mismos, como tantas veces el mundo de hoy nos propone. Dios no nos ha creado para la soledad, sino para la relación, para la comunión, para la donación.
Y nos realizaremos como personas, no viviendo encerrados en nosotros mismos, contemplándonos a nosotros mismos, sino saliendo de nosotros mismos, saliendo para relacionarnos con Dios y saliendo para relacionarnos con los hermanos. Y por eso somos peregrinos, pero no peregrinos solitarios, sino peregrinos caminando junto a otros hermanos, junto a otros peregrinos, viviendo la presencia del Señor en nuestra vida y caminando hacia la meta del cielo.
Ser cristiano es vivir cada día la experiencia de subir al Tabor y vivirlo todo con el Señor, y cuando lo vivimos todo con el Señor, Él lo hace nuevo por el don del Espíritu Santo, y por eso estamos llamados a vivir esa intimidad en la vida diaria, vivir nuestros sueños con el Señor, nuestras inquietudes con el Señor, nuestros miedos con el Señor, nuestros éxitos con el Señor, nuestros fracasos con el Señor, vivirlo todo con el Señor, y entonces se hará realidad en nuestra vida también lo que dice el Salmo: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Contempladlo y quedaréis radiantes.
Pero para eso necesitamos vivir lo que hemos escuchado en el Evangelio, esta voz de la nube que decía: Este es mi Hijo el Elegido, escuchadlo.
¿A quién escuchas cada día para poder vivir? ¿Escuchas la voz de tu corazón herido por el pecado original? ¿Escuchas la voz del mundo o escuchas la voz del Señor?
Ahí está la clave. Como Abrahán: ¡sal de tu tierra! ¡sal de ti mismo! Y déjate llevar por el Señor: a la tierra que yo te mostraré.
¿Te animas a seguir en serio este camino, a vivir esta aventura? ¡Vale la pena! ¡Atrévete! ¡No te defraudará! También tú, si crees, si sigues a Jesucristo por el camino de la cruz, verás la gloria de Dios.
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
¡Convertíos y creed en el Evangelio! (cf. Mc 1, 15).
Mt 17, 1-9. “Hasta que el Hijo del hombre resucite”. Los dos primeros domingos de la Cuaresma nos presentan a Jesús en su punto más bajo, el desierto de Judá, y en su punto más alto, el monte Tabor; también en su dimensión más humana que son las tentaciones y con su aspecto más divino que es su rostro transfigurado. La intención de Jesús es preparar a sus discípulos para cuando llegue el momento de la resurrección. Su presencia luminosa, su diálogo con Moisés y Elías, y la voz de la nube que lo confirma como el Hijo amado de Dios, cuya palabra hemos de escuchar, son las experiencias que dejan espantados a Pedro y a los hermanos Zebedeos. La enseñanza para nosotros es que hemos de aprovechar esos momentos luminosos de gozo interior y de paz profunda en los que sentimos la proximidad de Dios. Debemos conservar estos recuerdos en nuestro corazón.
En aquellos días, el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?».
Clamó Moisés al Señor y dijo:
«¿Qué puedo hacer con este pueblo? Por poco me apedrean».
Respondió el Señor a Moisés:
«Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo».
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo:
«¿Está el Señor entre nosotros o no?».
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.
Hermanos:
Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice:
«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».
Él le dice:
«Anda, llama a tu marido y vuelve».
La mujer le contesta:
«No tengo marido».
Jesús le dice:
«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».
La mujer le dice:
«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».
Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían:
«Maestro, come».
Él les dijo:
«Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».
Los discípulos comentaban entre ellos:
«¿Le habrá traído alguien de comer?».
Jesús les dice:
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.
Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».
EL TRÍPTICO CATECUMENAL (I): LA SAMARITANA
(3º Domingo de Cuaresma -A-, 8-Marzo-2025)
La historia de la salvación
La tercera etapa de la historia de la salvación es la del Éxodo, cuando Dios libró a su pueblo de la esclavitud de Egipto por medio de Moisés. En este domingo el gran profeta da de beber a su pueblo, como imagen futura de Jesús, que nos da el agua de la vida que es el Espíritu Santo. De esta primera lectura debemos destacar la queja del pueblo a Moisés, que podría resumirse en la petición: “Danos agua para beber” (lema de la lectura). Del mismo modo que los hebreos dudaron de su profeta, la Samaritana vacila ante Jesús que le dice: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva” (Juan 4, 10). En la historia de nuestra salvación está asimismo el momento de la profesión de fe en Jesucristo, junto al agua bautismal, en lugar de “tentar a Dios” como los israelitas junto a la fuente de Massá y Meribá (Éxodo 17, 7).
El tríptico catecumenal
Después de los dos domingos introductorios de la Cuaresma, con las lecturas de las tentaciones y de la transfiguración de Jesús, que podríamos llamar la “Cuaresma sinóptica”, llegamos a la parte temática propia de este año. El evangelio de Juan presenta la primera escena del tríptico catecumenal de esta Cuaresma del ciclo A, formado por las lecturas del diálogo con la Samaritana, de la curación del ciego de nacimiento y de la resurrección de Lázaro.
A la pregunta de ¿Cómo llegamos a ser cristianos?, la liturgia nos responde que comenzamos con la recepción del don de Dios en el agua viva de la gracia, con una iluminación y con una resurrección a la vida verdadera.
Los cristianos “veteranos” hemos de vivir la cuaresma como una experiencia catecumenal, de forma que renovemos nuestro bautismo mediante el sacramento de la Penitencia. Porque la renovación del Bautismo en la Pascua no puede quedarse en un mero voluntarismo, en pronunciar unas promesas, sino que debe pasar por la celebración del sacramento de la Penitencia, de modo que volvamos realmente a gozar de la pureza bautismal. En esta Cuaresma podemos aprovechar el itinerario que nos propone la liturgia y vernos reflejados en la Palabra de Dios para que recibamos su don de caridad, se iluminan nuestras tinieblas interiores y resucitemos de la muerte del pecado.
Dios nos ama, y, por medio de Jesús, tiene verdadera ansia de que no carezcamos del bien de su gracia. Así lo proclama el prefacio de este domingo: “Cristo nuestro Señor, al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe; y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino”.
Dame de beber
La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.
Elegir la mejor parte
Durante el diálogo con Jesús, la mujer fue experimentando una transformación interior como fruto de su cooperación a la gracia de Cristo. Tanto en el catecúmeno adulto, que debe renunciar al pecado, como en el que celebra el sacramento de la Penitencia, tiene lugar también ese diálogo entre el penitente y el representante del Señor – es parte sustancial del sacramento – y al reflejar nuestra conciencia en el rostro de Jesús, podemos exclamar: “Me ha dicho todo lo que he hecho” (Jn 4, 39) y, por profundo que sea el pozo de nuestros pecados, él podrá alcanzarlo con su mirada.
Nosotros estamos asimismo representados en los paisanos de la Samaritana, que creyeron en Jesús sin necesidad de signos milagrosos: “Nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el salvador del mundo” (Jn 4, 42). Así recibimos, con alegría y consuelo, la última bienaventuranza que pronunció el Maestro: “Bienaventurados los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29).
El don de Dios
Esta es nuestra propia historia, que vemos reflejada en los ejemplos de la Biblia. Es la historia de nuestra propia salvación que nos obtuvo el misterio pascual de Jesucristo. “¡Si conocieras el don de Dios!” Nosotros lo conocemos y lo hemos experimentado muchas veces. Tan solo el escuchar la palabra eficaz del perdón puede darnos esa serenidad que san Pablo intenta comunicarnos en el pasaje que se lee este domingo: “Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios… La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”, como ocurrió con la mujer samaritana, “con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Romanos 5, 1 y 5).
El catecúmeno: aquél que escucha
En estos últimos domingos de Cuaresma, acompañamos a los catecúmenos que ya han sido elegidos para recibir la iniciación cristiana en la próxima Pascua. Con ellos debemos experimentar una experiencia alegre de renovación, siendo , como ellos, aquellos que escuchan.
La alegría del cristiano brota de la escucha y de la aceptación de la Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesús: el kerigma. En este se resume el Misterio de un amor tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo. Quien cree en este anuncio rechaza la mentira de pensar que somos nosotros quienes damos origen a nuestra vida, mientras que en realidad nace del amor de Dios Padre, de su voluntad de “dar la vida en abundancia” (cf. Jn 10,10). En cambio, si preferimos escuchar la voz persuasiva del “padre de la mentira” (cf. Jn 8,45) corremos el riesgo de hundirnos en el abismo del sinsentido, experimentando el infierno ya aquí en la tierra, como lamentablemente nos testimonian muchos hechos dramáticos de la experiencia humana personal y colectiva”.
LA PALABRA DE DIOS HOY
Primera lectura. Éxodo 17, 3-7: La tercera etapa de la historia de la salvación es la del Éxodo, cuando Dios libró a su pueblo de la esclavitud de Egipto por medio de Moisés. En este domingo el gran profeta da de beber a su pueblo, como imagen futura de Jesús, que nos da el agua de la vida que es el Espíritu Santo.
Segunda lectura. Romanos 5, 1-2.5-8: La lectura apostólica proclama la salvación que nos obtuvo el misterio pascual de Jesucristo. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, como ocurrió con la mujer samaritana, con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Evangelio de Juan 4, 5-42: En esta primera escena del tríptico catecumenal, Jesús anuncia el don de Dios que está en el origen de la salvación. Comenzamos a salvarnos a partir de un encuentro con Jesús, junto al agua del bautismo.
Domingo, 8 de marzo de 2026
3º de Cuaresma
Lecturas:
Ex 17, 3-7. Danos agua que beber.
Sal 94. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón”.
Rom 5, 1-2. 5-8. El amor ha sido derramado en nosotros por el Espíritu que se nos ha dado.
Jn 4, 5-42. Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
Uno de los problemas del hombre de hoy es la insatisfacción existencial: a veces vivimos insatisfechos, frustrados, vacíos, sin acabar de encontrar el sentido de la vida, sin alegría, sin rumbo…Y de una forma paradójica, porque tenemos de todo, pero nada nos llena.
Y experimentamos esa insatisfacción porque a veces ponemos el corazón en cosas que no podrán llenarlo jamás. A veces buscamos la vida en los ídolos: el dinero, el poder, el placer, el éxito…
Pero no es más que un espejismo. Los ídolos no hacen más que aumentar la sed. La pasión por las cosas materiales nos hace entrar en la dinámica del egoísmo, que no lleva más que al vacío, a la insatisfacción…
La Palabra de Dios que proclamamos hoy viene a iluminar esta realidad del hombre y nos da la clave de la felicidad. El hombre tiene una sed enorme, un deseo de felicidad inmenso. Y esa sed sólo puede calmarse de una manera: sólo Dios puede llenar nuestro corazón y darnos la felicidad verdadera.
Como decía San Agustín: Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón andará inquieto mientras no descanse en ti.
El camino para encontrar la felicidad y el sentido de la vida es que Dios esté en tu corazón, que estés reconciliado con Él, que Él sea Señor de tu vida. Que tu vida esté centrada en Él y así tendrás dentro de ti un surtidor que calmará tu sed. Tendrás dentro de ti el agua vida de la gracia de Dios, del Espíritu Santo, que te hará encontrar el sentido de la vida y alcanzar la verdadera felicidad, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Cuando dejes a Jesucristo reinar en tu vida, en tu corazón… podrás decir como Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del Padre y tendrás una vida llena de sentido. No vivirás como un vagabundo, sino como un peregrino.
Por eso la Palabra hoy te invita a esta conversión: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón.
¿Cómo está tu vida? ¿Eres feliz? ¿Está Dios en tu corazón? ¿Qué hay en el centro de tu vida? ¿Quieres ser feliz? Deja que el Señor llene tu corazón, vive unido a Dios y el desierto de tu vida se transformará en un vergel, porque verás a Jesucristo en medio de tu vida, verás como el Espíritu Santo te regala poder saborear el amor de Dios en medio de tu vida concreta, en medio del combate y de las dificultades de cada día. Porque ¿está el Señor entre nosotros o no?
¡Feliz Domingo! ¡Feliz Eucaristía!
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
¡Convertíos y creed en el Evangelio! (cf. Mc 1, 15).
Jn 4, 5-42. “Él te daría agua viva”. La palabra de Dios nos presenta hoy el encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo de Jacob. Jesús es un hombre de encuentros, que rompe las formalidades. Se presenta ante la mujer como necesitado para ofrecerle después lo que ella necesita. Le pide de beber, porque quiere darle el agua viva que Él le puede ofrecer. La mujer reconoce que ella quiere beber del agua que quita absolutamente la sed. El Señor aprovecha para que la mujer reconozca su historia desordenada. Ha estado casada cinco veces. La conversación deriva hasta el punto en el que Jesús le revela que Él es el Mesías. Entonces la mujer va al pueblo para anunciar la presencia de este hombre que dice ser el Mesías. Los discípulos le han traído comida al Señor, pero Él alude a un alimento superior, que es hacer la voluntad del Padre. Todo encuentro con Jesús es ilustrativo, nos enseña y nos anima a encontrarnos con Él.
Esto dice el Señor:
«Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
cubre a quien ves desnudo
y no te desentiendas de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”.
Cuando alejes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad como el mediodía».
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos. R/.
Porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor. R/.
Su corazón está seguro, sin temor.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. R/.
Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
EL SERMÓN DE LA MONTAÑA (II): LOS DISCÍPULOS, SAL Y LUZ DEL MUNDO
(5º Domingo ordinario -A-, 8-Febrero-2026)
En el comienzo de la vida pública de Jesús
Nos dice san Mateo que Jesús, después de llamar a los primeros discípulos, recorrió toda Galilea, enseñando en las sinagogas, predicando en todas partes y anunciando la buena noticia del Reino de Dios con palabras y con obras, curando a toda clase de enfermos. Todo ello suscitó una enorme expectación que atrajo a mucha gente de la zona, incluso de la lejana Jerusalén (Mt 4, 23-25). Había llegado el momento en que Jesús hiciese como una declaración programàtica, a la manera de los antiguos profetas, y eso lo hizo en el lugar que se llamaría para siempre el “Monte de las bienaventuranzas” con la campiña y el lago de Galilea a la vista.
Los bienaventurados tienen una misión
El domingo pasado leímos las primeres palabras del “sermón”, las bienaventuranzas, y nos encontramos ahora con que Jesús se dirige a los que poco antes ha llamado bienaventurados, felices, y les declara la misión que deberán desempeñar en su nombre, como sal de la tierra y luz del mundo.
Los mejores del reino de los cielos no son precisamente los primeros en el mundo; pero son aquellos que tan solo se dejan enriquecer por el Espíritu, los mártires y los limpios de corazón, los que sufren persecución por causa de la justicia, los que Jesús pone como ejemplo en el mundo.
El sermón de la montaña
Como este año la Cuaresma comienza pronto, el próximo 18 de Febrero, solo podremos leer la mitad del gran discurso de Jesús que inaugura su ministerio como el definitivo Profeta de Dios.
El Señor, como un nuevo Moisés, expone desde lo alto de un monte la nueva ley de su Reino. Probablemente se trata de un conjunto de sentencias de Jesús pronunciadas en circunstancias diferentes, pero recogidas por el evangelista a modo de un largo discurso. Lo cierto es que, en este “sermón”, se ha visto siempre el mejor resumen de la enseñanza de Cristo, y que en él se contienen los pasajes más conocidos de su doctrina.
El radicalismo de las palabras de Jesús en este discurso ha hecho pensar a los teólogos y escrituristas. Para unos, Jesús querría mostrarnos un imposible, unos mandamientos que no podríamos cumplir nunca, debido a nuestra naturaleza pecadora; y así reconoceríamos que todo viene de Dios, sin colaboración alguna de nuestra parte. Para otros, estaríamos ante una moral de los últimos tiempos, tan solo justificable por la creencia en un fin inmediato del mundo; ésta sería una manera de dejar aparte las palabras de Cristo como utópicas.
Sin embargo, la interpretación católica de este pasaje nos dice que, efectivamente, se trata de una transformación del mundo – con Cristo acaba un mundo y comienza otro nuevo – de un comenzar otra vez para acercarnos a la perfección y la bondad que sólo están en Dios; pero esto es posible porque la naturaleza humana del cristiano ha sido regenerada en el Bautismo y, con la gracia de Dios, podemos avanzar sin límite en el camino de la perfección a imitación de Jesucristo. Ahí está el ejemplo de los santos y ahí está, por encima de todo, el ejemplo de Cristo.
La sal de la tierra
En la primera comparación, Jesús parte de la experiencia de que un poco de sal da buen sabor a todo el alimento. La sal es diferente de los alimentos que condimenta, pero se funde con ellos; también se echaba un poco de sal sobre los sacrificios cuando se quemaban en el templo de Jerusalén. En todo ellos podría estar pensando Jesús cuando dijo a los discípulos que ellos tenían que ser la sal de la tierra.
Los pobres del Señor son una minoría diferente del mundo, el cual no tiene sentido, tal como es ahora, ni es agradable a Dios como ofrenda que responda a los favores del cielo hacia los hombres. Pero el Señor se inclina favorablemente hacia la tierra, porque en ella hay un resto de fieles que la preservan de la total corrupción. Por ello los cristianos fieles deben saber que no valdrían para nada si llegaran a perder sus características propias – una sal sin sabor, un cristiano sin identidad ni convicciones – si se hicieran iguales al mundo.
La luz del mundo
Al comienzo del tiempo ordinario (Domingos 2º y 3º), Jesús fue proclamado «Luz de las naciones», y entonces comentábamos que él debía ser la nueva Ley que alumbraría los pasos de los hombres. En la Nueva Alianza, la ley de Dios no es tanto un código escrito, sino un ejemplo de vida mostrado en Cristo Jesús; de este modo se cumplen las profecías que hablaban de un ley escrita en los corazones, porque el Espíritu Santo graba en los fieles la imagen de Cristo.
Los pobres del Señor son como las imágenes de los santos puestas en las vidrieras de los templos: a través de ellos, con matices y colores diferentes, llega a nosotros la única luz verdadera que ilumina a los hombres (Cf. Juan 1, 9). Jesús ya no está en el mundo corporalmente, pero hay muchos que son los faros para orientar hacia la vida verdadera. Se trata de personas que viven de acuerdo con las Bienaventuranzas. Muy detrás quedan los guías de este mundo: políticos, capitalistas, artistas o intelectuales… éstos podrán ser más inteligentes o astutos que los hijos de la luz, pero de ellos no cabe esperar luz.
Del mismo modo, san Pablo se presentó a los Corintios débil y temeroso: “no con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado”(1 Corintios 2, 2. Segunda lectura). Porque no era de sí mismo de quien iba a hablar sino de Cristo; y no debía ser luz propia el Apóstol, sino iluminar con el don de la fe que viene de Dios.
Las obras de la luz
Como en otras ocasiones, la lectura de los profetas nos lleva a poner los pies en el suelo y a bajar desde una interpretación demasiado espiritualista del Evangelio: “En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo” (Salmo responsorial 111). Porque las Bienaventuranzas y todo el Sermón de la montaña no pueden quedarse en un «espíritu» o en una simple y cómoda «actitud».
Tampoco se refiere a estrategias globales y técnicas, que dependen de la ciencia d elos sabios y del poder de los fuertes, acciones que quedan fuera del alcance de las personas corrientes y las condenan a la inacción. Es cierto que Jesús llama a todos, incluso a los sabios, ricos y poderosos, pero éstos lo tienen difícil para poner sus posibilidades al servicio de alguien que no sean ellos mismos; pero, como recordábamos el domingo pasado, en última instancia, lo que es imposible para los hombres es posible para Dios (Cf. Mt 19, 23-26).
Se trata de acciones concretas, al alcance de cualquiera: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo, y no te cierres a tu propia carne. entonces romperá tu luz como la aurora” (Isaías 58, 7-8. Primera lectura).
Cuando se hacen estas obras que imitan la bondad creadora de Dios y su amor por la vida, se actúa bajo la luz de la Ley de Dios mostrada en Cristo: “Cuando partas tu pan con el hambriento… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía” (Is 58, 10). A pesar de que estas obras sean hechas por los pobres del Señor, son vistas por los hombres y los evangelizan, porque muestran un camino mejor, que algo nuevo ha comenzado en el mundo: “No se puede ocultar una ciudad en lo alto de un monte… Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo” (Mateo 5, 14 y 16).
LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO
Primera lectura y Evangelio. Isaías 58, 7-10 y Mateo 5, 13-16: En el Evangelio hemos comenzado la lectura del “Sermón de la montaña. Si Cristo es «Luz de las naciones», los cristianos han de ser la «Luz del mundo». En la primera lectura, Isaías concreta en qué consisten las obras luminosas que Dios quiere: compartir con el pobre, liberar de la opresión, hablar y actuar con caridad.
Segunda lectura. 1 Coríntios 2, 1-5: San Pablo se presenta al comienzo de su carta como instrumento del Espíritu Santo, débil y temeroso; portador, sin embargo, del conocimiento de Cristo crucificado y confiando en el poder de la gracia de la fe que acompaña la predicación del Evangelio.
Domingo, 8 de febrero de 2026
5º del Tiempo Ordinario
Lecturas:
Is 57, 7-10. Surgirá tu luz como una aurora.
Sal 111 El justo brilla en las tinieblas como una luz.
1 Cor 2, 1-5. Os anuncié el misterio de Cristo crucificado.
Mt 5, 13-16. Vosotros sois la luz del mundo.
El Evangelio nos invita a ser la sal de la tierra y la luz del mundo. ¿Qué nos quiere decir el Señor con esto? Nos lo ha dicho al final del Evangelio: Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre.
No se trata de explicar qué es la luz, sino de ser luz, y no con arrogancia, sino con humildad; no cayendo en la vanidad autosuficiente, sino buscando siempre la gloria de Dios.
¿Cómo puedes ser hoy luz del mundo, de tu mundo? Siguiendo a Jesucristo. Lo hemos cantado en el Aleluya: Yo soy la luz del mundo –dice el Señor–; el que me sigue tendrá la luz de la vida. Y también en el Salmo: El justo brilla en las tinieblas como una luz. Y la primera lectura: Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas.
En la medida en que acojas a Jesucristo en tu vida; en la medida en que le dejes ser el Señor de tu vida, de toda tu vida, tu vida quedará iluminada por el Señor y así se convertirá en una luz para los demás.
Y entonces esa lámpara -tu vida- se pondrá en el candelero y alumbrará a todos los de casa. ¿Cuál es ese candelero?
Dice San Agustín que ese candelero es la cruz, tu cruz. Esa cruz que hoy sigue siendo escándalo y locura para muchos (cf. 1 Cor 1), pero que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres.
Y así tu vida, por el poder del Espíritu se convierte en sal.
Sal que da sentido a tu vida, porque puedes ver el amor de Dios en medio de la vida de cada día; y puedes descansar en que Dios te ama, es fiel y cumple sus promesas; en que está haciendo una historia de amor y de salvación contigo y, por eso sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien (cf. Rom 8, 28).
Sal que pone sabor a la “rutina” de tu vida cotidiana, porque vives la presencia de Jesucristo resucitado que, por el don de su Espíritu, hace nueva tu vida. Y así puedes vivir no en la queja sino en la bendición, no en la murmuración sino en la alabanza, no en el resentimiento sino en la gratitud.
Sal que sana, cuida, porque hace presente el Señorío de Jesucristo, el Salvador; anuncia la buena noticia del Evangelio e invoca al Espíritu Santo que lo renueva todo.
Estamos llamados a vivir una vida diferente a la de los demás porque encarnamos los valores del Reino de Dios, porque estamos en el mundo, pero no somos del mundo, porque fundamentamos nuestra vida no en la sabiduría humana, sino en la fuerza del misterio de la cruz.
¡Feliz Domingo! ¡Feliz Eucaristía!
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).
Mt 5, 13-16. “Den gloria a vuestro Padre”. Después de ofrecernos las bienaventuranzas como camino de vida, Jesús nos propone hoy dos imágenes para que entendamos cómo hemos de relacionarnos con el mundo. Estamos llamados a ser sal y a ser luz. Son dos realidades que no se perciben por sí mismas sino por lo que realizan con lo que está en contacto con ellas. Están llamadas a desaparecer. La sal no se puede distinguir dentro de un guiso, pero se percibe sobre todo su ausencia. Su función es sacar el sabor de cada uno de los ingredientes para que, todos juntos, ofrezcan un gusto nuevo y mejor. La luz se refleja sobre los objetos y nos ayuda a reconocer su forma, su color, su belleza. Necesitamos la luz en todo momento para avanzar con seguridad. Cuando no hay luz vivimos con temor e inseguridad. Nuestra luz ha de brillar, pero también es importante que nuestras obras sean buenas, para que sea eso lo que se vea y todos puedan así dar gloria a Dios.
En la Diócesis de Valencia
Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.
En la Diócesis de Valencia
Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.
(9 de octubre de 2023)
Al llegar esta fecha histórica en que recordamos el segundo nacimiento del pueblo cristiano valenciano, después de un periodo de oscuridad en el que nunca dejó de estar presente, conviene que tengamos presente esta festividad que nos hace presente el misterio de la Iglesia a través del templo mayor de nuestra archidiócesis, donde está la cátedra y el altar del que está con nosotros en el lugar de los apóstoles, como sucesor suyo. La sede de tantas peregrinaciones y de innumerables vistas individuales, brilla en este día con la luz de la Esposa de Cristo, engalanada para las nupcias salvadoras.
El 9 de octubre evoca la fundación del reino cristiano de Valencia y la libertad del culto católico en nuestras tierras. Ese mismo día, la comunidad fiel valenciana tuvo de nuevo su iglesia mayor, dedicada a Santa María, y estos dos acontecimientos forman parte de una misma historia. Es una fiesta que nos afianza en la comunión eclesial en torno a la iglesia madre, donde tiene su sede el Pastor de la Iglesia local de Valencia, el templo que fue llamado a custodiar el sagrado Cáliz de la Cena del Señor, símbolo del sacrificio de amor de Jesucristo y de la comunión eucarística en la unidad de la santa Iglesia.
El aniversario de la dedicación
El 9 de octubre será para la comunidad cristiana de Valencia una fiesta perpetua, pero en cada aniversario resuena con más fuerza que nunca el eco de aquella preciosa y feliz celebración en que nuestro templo principal, la iglesia madre, apareció con la belleza que habían pretendido que tuviera aquellos generosos antepasados nuestros que lo comenzaron.
La belleza de la casa de Dios, sin lujos, pero con dignidad, tanto en las iglesias modestas como en las más importantes o cargadas de arte e historia, lo mismo que la enseñanza de sus signos, nos hablan del misterio de Dios que ha querido poner su tabernáculo entre nosotros y hacernos templo suyo.
Al contemplar las catedrales sembradas por Europa, en ciudades grandes o pequeñas, nos asombra el esfuerzo que realizaron quienes sabían que no verían culminada su obra. En nuestro tiempo, cuando domina lo funcional, nos resulta difícil comprender esas alturas “inútiles”, esos detalles en las cubiertas y las torres, esas moles que, cuando se levantaron, destacarían mucho más que ahora, entre casas de uno o dos pisos. Pero lo cierto es que también ahora se construyen edificios cuyo tamaño excede con mucho al espacio utilizable; nos dicen que es para prestigiar las instituciones que albergan, y eso es lo que pretendían nuestros antepasados para la casa de Dios y de la Iglesia; eso, seguramente, y otras cosas que se nos escapan.
Una construcción que no ha terminado
El aniversario de la dedicación nos recuerda un día de gracia, pero también nos impulsa hacia el futuro. En efecto, de la misma manera que los sacramentos de la Iniciación, a saber, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, ponen los fundamentos de toda la vida cristiana, así también la dedicación del edificio eclesial significa la consagración de una Iglesia particular representada en la parroquia.
En este sentido el Aniversario de la dedicación, es como la fiesta conmemorativa del Bautismo, no de un individuo sino de la comunidad cristiana y, en definitiva, de un pueblo santificado por la Palabra de Dios y por los sacramentos, llamado a crecer y desarrollarse, en analogía con el cuerpo humano, hasta alcanzar la medida de Cristo en la plenitud (cf. Col 4,13-16). El aniversario que estamos celebrando constituye una invitación, por tanto, a hacer memoria de los orígenes y, sobre todo, a recuperar el ímpetu que debe seguir impulsando el crecimiento y el desarrollo de la parroquia en todos los órdenes.
Una veces sirviéndose de la imagen del cuerpo que debe crecer y, otras, echando mano de la imagen del templo, San Pablo se refiere en sus cartas al crecimiento y a la edificación de la Iglesia (cf. 1 Cor 14,3.5.6.7.12.26; Ef 4,12.16; etc.). En todo caso el germen y el fundamento es Cristo. A partir de Él y sobre Él, los Apóstoles y sus sucesores en el ministerio apostólico han levantado y hecho crecer la Iglesia (cf. LG 20; 23).
Ahora bien, la acción apostólica, evangelizadora y pastoral no causa, por sí sola, el crecimiento de la Iglesia. Ésta es, en realidad, un misterio de gracia y una participación en la vida del Dios Trinitario. Por eso San Pablo afirmaba: «Ni el que planta ni el que riega cuentan, sino Dios que da el crecimiento» (1 Cor 3,7; cf. 1 Cor 3,5-15). En definitiva se trata de que en nuestra actividad eclesial respetemos la necesaria primacía de la gracia divina, porque sin Cristo «no podemos hacer nada» (Jn 15,5).
Las palabras de San Agustín en la dedicación de una nueva iglesia; quince siglos después parecen dichas para nosotros:
«Ésta es la casa de nuestras oraciones, pero la casa de Dios somos nosotros mismos. Por eso nosotros… nos vamos edificando durante esta vida, para ser consagrados al final de los tiempos. El edificio, o mejor, la construcción del edificio exige ciertamente trabajo; la consagración, en cambio, trae consigo el gozo. Lo que aquí se hacía, cuando se iba construyendo esta casa, sucede también cuando los creyentes se congregan en Cristo. Pues, al acceder a la fe, es como si se extrajeran de los montes y de los bosques las piedras y los troncos; y cuando reciben la catequesis y el bautismo, es como si fueran tallándose, alineándose y nivelándose por las manos de artífices y carpinteros. Pero no llegan a ser casa de Dios sino cuando se aglutinan en la caridad» (Sermón 336, 1, Oficio de lectura del Común de la Dedicación de una iglesia).
Jaime Sancho Andreu