En aquel tiempo, como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús:
En aquel tiempo, como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús:
«Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».
Jesús les contesta:
«¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos, no pueden ayunar.
Llegarán días en que les arrebatarán al novio, y entonces ayunarán en aquel día.
Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto -lo nuevo de lo viejo- y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».
Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.
Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.
Los fariseos le preguntan:
«Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
Él les responde:
«¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, como entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que sólo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a los que estaban con él?».
Y les decía:
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».
En aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.
En aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.
Entonces le dice al hombre que tenia la mano paralizada:
«Levántate y ponte ahí en medio».
Y a ellos les pregunta:
«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?».
Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre:
«Extiende la mano».
La extendió y su mano quedó restablecida.
En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.
En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
Al enterarse de las cosas que hacia, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.
Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.
Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban:
«Tú eres el Hijo de Dios».
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.
En aquel tiempo, Jesús, mientras subía al monte, llamó a los que quiso, y se fueron con él.
En aquel tiempo, Jesús, mientras subía al monte, llamó a los que quiso, y se fueron con él.
E instituyó a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios.
Simón, a quien puso el nombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo, y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó.
En aquel tiempo, Jesús llega a casa con sus discípulos y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer.
En aquel tiempo, Jesús llega a casa con sus discípulos y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.
Martes, 20 de enero de 2026
San Sebastián
Lecturas:
1 Sm 16, 1-13. Ungió Samuel a David y en aquel momento lo invadió el espíritu del Señor.
Sal 88, 20-28. Encontré a David, mi siervo.
Mc 2, 23-28. El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado.
En el evangelio, vemos cómo Jesús se proclama señor del sábado. Una afirmación que, sin duda, desconcertó a los que le escuchaban: sólo Dios es Señor del sábado, con lo cual, Jesús está diciendo que aquí hay uno que es más que David, que es verdadero Dios y verdadero hombre.
Y esto es toda una invitación a la confesión de fe para nosotros. ¿Quién es Jesús para ti? ¿Qué lugar ocupa en tu vida?
Dicho de otra forma: ¿Quién es el Señor de tu vida? ¿Quién es el Señor de tu matrimonio, de tu consagración religiosa, de tu noviazgo, de tu sacerdocio, de tu juventud…? ¿Quién es el Señor de tu trabajo, de tu tiempo, de tu dinero, de tu diversión…?
¿A quién le preguntas cada día cómo tienes que vivir? ¿A tu corazón, herido por el pecado original? ¿A las modas del mundo?
Ser cristiano no es un mero cumplimiento de normas, es vivir enamorados de Jesucristo y dejar que Él sea el Señor de tu vida, ¡de toda tu vida!
La Palabra nos invita a entrar en la lógica de la gratuidad. Todo es don, todo es gracia. Esto lo subraya la primera lectura: la elección de David nos muestra que Dios elige sin tener en cuenta los méritos.
La elección es gratuita. Dios elige a los pequeños, a los estériles, a los incapaces, a los pobres, para que se vea que el que lleva adelante la obra de la salvación es Él.
Por eso, ¡no tengas miedo de tus pobrezas! Que ellas te lleven a la humildad, a confesar tu impotencia y a entregárselo todo al Señor. El que comenzó en ti la obra buena, él mismo la llevará a término.
Y, entonces, podemos vivir con esperanza, que descansa en la fidelidad de Dios, que no deja de amarnos nunca. Porque tenemos la certeza de que ya estamos salvados por la muerte y la resurrección de Jesucristo.
Esta salvación Jesucristo te la regala gratuitamente. No te la tienes que ganar, pero la tienes que acoger: Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti (San Agustín).
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
¡Ven Espíritu Santo! 🔥💫🎄✨ (cf. Lc 11, 13).
Mc 2, 23-28. “¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?”. Jesús quiere que entendamos bien el sentido de la ley, su espíritu y no solo su letra. Los fariseos le acusan de que sus discípulos hacen lo que no está permitido. Y Jesús aprovecha para poner un ejemplo del Antiguo Testamento, cuando David y sus compañeros comieron del pan que está reservado solo los sacerdotes. Lo que el Señor quiere que comprendan los judíos y nosotros también, es que la ley está al servicio del hombre, para su bien. Se entiende que en circunstancias normales se ha de cumplir la ley porque en ella hay una sabiduría que busca el bien de cada persona. Pero también hay excepciones, porque la ley no está por encima de la persona. Si en algún momento entra en conflicto, lo más importante es que la ley se ha hecho para el hombre y no al revés. Agradezcamos esta enseñanza y busquemos la sabiduría de la ley.
Me dijo el Señor:
«Tu eres mi siervo, Israel,
por medio de ti me glorificaré».
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;
he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».
Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito.
Me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios. R/.
Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios,
entonces yo digo: «Aquí estoy». R/.
«-Como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». R/.
He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. R/.
Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».
ESTE ES EL CORDERO DE DIOS
(2º Domingo ordinario – A-, 18 – Enero – 2026).
El comienzo del Tiempo Ordinario
En este amplio espacio de treinta y cuatro semanas, interrumpido por el ciclo de Cuaresma y Pascua, iremos recorriendo la vida pública de Jesús conforme al Evangelio de san Mateo, propio de este año A, desde las orillas del lago de Genesaret en Galilea hasta Jerusalén, en vísperas de la Pasión.
Pero antes de que comencemos este itinerario con Jesús, seguimos en las orillas del Jordán, en los momentos previos al comienzo de la vida pública, cuando Jesús recibe la unción mesiánica en el bautismo de Juan y es proclamado por éste con el título de “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1,29). Esta es una expresión cargada de significado, para comenzar porque en la lengua aramea del Bautista, el vocablo cordero puede significar, además del animal, chico o mozo de confianza, o sea: siervo: “ Cordero-Siervo de Dios está aquí”.
Cristo Cordero-víctima del sacrificio espiritual.
El Cordero es uno de los símbolo principales de los escritos de san Juan cuando tratan de Jesús, como lo notamos en el Apocalipsis (cf. 5,6; 5,12 etc.). En este pasaje se funden en la persona de Cristo la imagen del Siervo de Yahwéh propia de Isaías (cf. 49,3 Primera lectura, Is 53 etc.). Servidor paciente y humilde que carga con el pecado de los hombres y se ofrece como cordero expiatorio (cf. Levítico 14) hasta llegar a ser Luz de las naciones (Is 49,6 Primera lectura), y el rito del cordero pascual (cf. Éxodo 12), símbolo de la redención de Israel.
Pero Jesús es la víctima racional de un sacrificio nuevo, anunciado por los profetas, que consiste en la perfecta obediencia al Padre. Jesús-Siervo de Dios es la luz que ilumina a las naciones porque es el comienzo de la religión definitiva, la única que agrada al Padre y que puede salvar. En todas las religiones se ofrecen a la divinidad unos cultos y sacrificios que fueron instituidos por su fundador o por los propios dioses; pero el cristianismo es la única que proclama que su fundador es su Guía, Maestro y Sacerdote viviente, que se ofrece a sí mismo con nosotros y por nosotros. Por eso decimos – unidos a Cristo – en el importantísimo Salmo responsorial 39: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
Durante el pasado tiempo de Navidad hemos podido reflexionar en este tema: La nueva y definitiva religión comienza en la venida de Dios al encuentro del hombre para encarnarse en su naturaleza humana y acompañarlo en su vuelta hacia el Creador. De este modo, Cristo es, “Luz de las naciones”; como lo proclama el comienzo de la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II.
Cristo Cordero-pan de la vida.
Este segundo significado es el que recoge la liturgia eucarística, cuando hace acompañar el rito de la fracción del pan consagrado con el canto del “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros”; lo mismo que al mostrar el sacerdote el cuerpo de Cristo, repite las palabras del Bautista.
En la última Cena Jesús dejó de lado definitivamente la víctima irracional, que ya no sacrificamos ni comemos ritualmente los cristianos, para elegir el pan como sacramento de su sacrificio, partiendo, rasgando el pan en trozos, como se iba arrancando la carne del cordero pascual, como su cuerpo y su vida iban a ser despedazados en la cruz “sin que se rompiese ninguno de sus huesos”. Aquél que dijo: “Yo soy el pan de la vida” (cf. Juan 6, 34) instituyo el sacrificio incruento de la Nueva Alianza; enseñándonos en la Pasión hasta que punto llegaba su obediencia como Hijo y Siervo de Dios. Así Jesús sigue repartiéndose en el mundo, pero manteniéndose unido, congregando a quienes comen los fragmentos sacramentales de su cuerpo.
Jesús, ungido por el Espíritu, que reposa sobre él.
Cuando el Bautista dio testimonio acerca de Jesús, hizo hincapié en que el Espíritu se posó, quedó sobre Él. Este es el signo de que, finalmente, existe un Hombre nuevo, separado de la carne rebelde sobre la que no puede quedarse el Espíritu (cf. Génesis 6,1-3). Ahora, pues, vivimos en el tiempo en que el Cordero sacrificial, el Siervo paciente, ha cumplido su misión hasta la cruz; pero ya desde la resurrección del Señor, con el pan y el cáliz de vida se reparte el Espíritu a los nuevos creyentes.
La Iglesia, consagrada y movida por el Espíritu Santo
Cuando acompañemos a Jesús a lo largo de su vida pública, hemos de tener presente la constante relación del Hijo con el Padre Eterno, el cual mantiene su comunión de amor con el Unigénito por medio del Espíritu Santo y lo mantiene en su misión salvadora. De modo semejante, la Iglesia camina prolongando la misión de Cristo, sin perder la conciencia de que está unida a él y animada en su labor por el mismo Espíritu Santo.
Los consagrados por Jesucristo con el Espíritu Santo.
Durante seis semanas leeremos pasajes escogidos de los tres primeros capítulos de la primera Carta de san Pablo a los Corintios, con un mensaje que se refiere especialmente a la Iglesia como comunidad consagrada en el Espíritu y llamada a conservar la unidad de la fe y de la caridad.
En la Eucaristía pedimos que el mismo Espíritu que fecundó las entrañas de la Virgen Madre, que sostuvo a Jesús en la Pasión y glorificó su cuerpo mortal, haga del pan y del vino un sacrificio vivo; pero también pedimos que venga sobre la asamblea y “haga de ella una ofrenda permanente” (Plegaria III) y que “congregue en la unidad a quienes comulgamos en el cuerpo y sangre de Cristo” (Plegaria II).
Debemos escuchar con particular atención las palabras de san Pablo, que comienza su primera carta a los Corintios saludando a aquella Iglesia local que, como la nuestra en Valencia o en cualquier otro lugar, está formada por “los consagrados por Jesucristo” (1 Co 1, 1; Segunda lectura) por medio de su Espíritu, el cual, si permanecemos fieles en la comunión con Dios, obedeciendo su ley y teniendo los mismos sentimientos de Cristo, permanece también en nosotros.
LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO
Primera lectura y Evangelio. Isaías 49,3.5-6 y Juan 1,29-34: En Jesucristo se cumple la profecía del Siervo de Yahwéh humilde y paciente, con una misión universal, «Luz de las naciones». En el comienzo de la vida pública, Juan el Bautista da testimonio sobre Jesús, al que designa como ungido por el Espíritu y Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Salmo responsorial 39: Este salmo expresa perfectamente los sentimientos de Cristo hacia la voluntad del Padre, y nos muestra la manera de ofrecerle el sacrificio de alabanza y obediencia que le agrada.
Segunda lectura. 1 Corintios 1,1-3: Comienza este domingo la lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios, que seguirá durante seis domingos más. El tema principal de esta serie de pasajes es la Iglesia. Esta carta fue escrita en Éfeso, probablemente en el año 57, como respuesta a las informaciones recibidas acerca de graves desórdenes en la Iglesia de Corinto, fundada por el mismo apóstol.
Jueves, 1 de enero de 2026
Santa María, Madre de Dios
Lecturas de:
Nm 6, 22-27. El Señor te bendiga y te proteja, y te conceda la paz.
Sal 66, 2-3.5-6.8. El Señor tenga piedad y nos bendiga.
Gál 4, 4-7. Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer.
Lc 2, 16-21. Encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre.
Hoy es la octava de Navidad, y en ella encuentran resonancia la solemnidad de Santa María, Madre de Dios; el comienzo de un Año Nuevo; la Circuncisión e imposición del nombre de Jesús al Niño nacido en Belén; y la Jornada Mundial de la Paz.
La Palabra que el Señor nos regala hoy comienza con la antigua bendición que los sacerdotes impartían al pueblo de Israel, palabras que hemos cantado en el Salmo: Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros.
Y con ella, la Palabra nos invita a recibir la bendición de Dios y a vivir en la confianza: Dios te ama, y cuida de ti. Está contigo, camina contigo, ¡si le dejas, claro!
En un tiempo en el que tantas veces vivimos cansados, agobiados, estresados, la Palabra te invita a vivir la vida como una historia de amor y de salvación que Dios está haciendo contigo. Dios te ben-dice: habla bien de ti, te ama y no dejará de amarte nunca. Con esta bendición de Dios comenzamos este nuevo año.
Es una invitación a acoger a Jesús para poder vivir no como esclavos, sino como hijos. Una invitación a acoger el don del Espíritu que nos hace clamar «¡Abba! Padre» y, así poder vivir una relación de amor y de confianza con el Padre.
Una palabra que nos invita a no caer en la trampa de los falsos profetas que nos quieren hacer vivir en el pesimismo, en la desesperanza, en el miedo, en tantas cosas que no vienen del Señor, y a vivir en la confianza.
La confianza no porque no haya peligros y problemas, no, peligros y problemas los hay y grandes, pero la confianza viene de la certeza de que no hay nada ni nadie que nos pueda separar del amor de Dios. La confianza viene de la certeza de que ni uno solo de nuestros cabellos caerá sin que Dios lo permita y sea para nuestro bien.
Y el Espíritu Santo te dará fuerza para vivir lo que tengamos que vivir y vivirlo desde la gracia de Dios, en el poder de Jesucristo, y vivirlo para nuestro bien, porque para los que aman a Dios todo acontece para su bien. Y por eso podemos vivir contentos en medio de las dificultades y de los problemas, porque en medio de las dificultades y de los problemas está el Señor.
Para eso hace falta un corazón de niño, un corazón como el de los pastores, que eran capaces de admirarse ante el pesebre de Belén. La gran admiración que nace de la fe de un corazón de niño es poder ver al Señor en el pesebre de tu vida. Es decir, donde parece que no está, en la cruz, en las cosas pequeñas de la vida de cada día, ahí es donde es más difícil ver al Señor, ¿verdad?
Cuando el Señor hace una obra espectacular, ahí es muy fácil ver al Señor. Lo complicado es ver al Señor en la vida de cada día, en las ollas y en los pucheros de la vida de cada día. Y para eso hace falta un corazón de niño, un corazón admirable, capaz de deslumbrarse por las cosas pequeñas. Y eso se lo hemos de pedir al Señor cada día, porque esa es la gracia para vivir. Esa es la verdadera sabiduría para vivir.
Y así es como ha vivido la Santísima Virgen María.
Y por eso la Iglesia hoy, en este primer día del año, nos la vuelve a poner delante, porque ella es la primera que ha sido colmada por la bendición de Dios y toda su vida está iluminada por el Señor.
Y por eso María es madre de Dios y madre nuestra, y se nos invita hoy a contemplarla como la primera bendecida y la que porta la bendición para todos.
Dice el Catecismo (967s) que, por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es «miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia» (cf. LG 53), incluso constituye «la figura» de la Iglesia (cf. LG 63).
Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. «Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia (cf. LG 61). Ahora, desde el cielo, continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna…
Que el nuevo año que comenzamos sea un año lleno de bendiciones porque tenemos al Señor en el centro de nuestra vida y vivimos como hijos amados de Dios.
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡»Abba», Padre!». 🔥🎄💫 (cf. Gal 4, 6).
Mt 1, 29-34. “Este es el Cordero de Dios”. Parece que con la escena del evangelio de hoy, Juan Bautista concluye su misión. Él había generado en su entorno un grupo de discípulos que seguían sus enseñanzas. Ahora a estos seguidores les indica quién es el que tenía que venir. Lo califica como el Cordero de Dios. Nos habla así de su bondad, su docilidad, su actitud pacífica. Juan recuerda la escena del bautismo, como el Espíritu baja sobre Jesús y se posa sobre Él. Es la señal que lo identifica como Hijo de Dios. La enseñanza para nosotros es que tenemos que dejarnos guiar y orientar por los que nos llevan a Jesús, los que nos ayudan a reconocerlo presente en nuestro mundo. Y a su vez, también nosotros hemos de ayudar a otros a que conozcan al Señor, lo reconozcan y se encuentren con Él. Es la experiencia que cambia y transforma nuestras vidas.
En otro tiempo, humilló el Señor la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, pero luego ha llenado de gloria el camino del mar, el otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló.
Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.
Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.
Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R/.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R/.
Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir.
Pues, hermanos, me he enterado por los de Cloe de que hay discordias entre vosotros. Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo».
¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?
Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.
Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
PESCADORES DE HOMBRES
(3º Domingo ordinario – A -, 25 – Enero – 2026)
En el Domingo de la Palabra de Dios
El papa Francisco, de feliz memoria, el 30 de septiembre de 2019, dispuso que dediquemos este Domingo tercero del tiempo ordinario a recordar y vivir la importancia de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia y en la de cada persona creyente. Deseaba el Papa que gocemos de la proclamación y la comprensión de la Palabra, sintiéndonos unidos con el pueblo de Israel y todos los hermanos cristianos.
Como dijo entonces: “La Sagrada Escritura realiza su acción profética sobre todo en quien la escucha. Causa dulzura y amargura. Vienen a la mente las palabras del profeta Ezequiel cuando, invitado por el Señor a comerse el libro, manifiesta: «Me supo en la boca dulce como la miel» (3,3). También el evangelista Juan en la isla de Patmos evoca la misma experiencia de Ezequiel de comer el libro, pero agrega algo más específico: «En mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor» (Ap 10,10).
La dulzura de la Palabra de Dios nos impulsa a compartirla con quienes encontramos en nuestra vida para manifestar la certeza de la esperanza que contiene (cf. 1 P 3,15-16). Por su parte, la amargura se percibe frecuentemente cuando comprobamos cuán difícil es para nosotros vivirla de manera coherente, o cuando experimentamos su rechazo porque no se considera válida para dar sentido a la vida. Por tanto, es necesario no acostumbrarse nunca a la Palabra de Dios, sino nutrirse de ella para descubrir y vivir en profundidad nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos”.
En Galilea aparece la luz de Cristo.
En la pasada fiesta del Bautismo de Cristo, escuchamos a san Pedro proclamar que la obra de Jesús comenzó en Galilea (Hechos 10,37); allí comenzó a predicar y reclutó a sus primeros discípulos, a alguno de los cuales pudo conocer ya en el entorno del Bautista. Galilea era considerada una tierra casi pagana que, para los judíos, estaba sumida en la oscuridad; puesto que Dios era la luz de su pueblo – “El Señor es mi luz y mi salvación” (Salmo responsorial 26) – al que iluminaba especialmente con la revelación de su Ley, que intentaba ser escrupulosamente observada por los habitantes de Judea.
Nos habremos dado cuenta ya, desde el Adviento, que el Evangelio de Mateo que leemos este año litúrgico “A” 2025-2026 tiene como una constante el declarar que casi todo lo que hizo Jesús fue en cumplimiento de lo anunciado por los profetas. De ahí la cita de Isaías que profetiza el comienzo del ministerio de Jesús: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló” (Is 9,1; También en la primera lectura).
El primer pregón de Jesús.
Jesús comenzó su enseñanza clamando: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 4,17) y terminó su predicación en la víspera de su pasión con el anuncio del Juicio Final (Mt 25,31-46; 34º Domingo Cristo Rey): “El Hijo del Hombre se sentará en su trono y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras”. Entre estos dos mensajes se contiene toda la enseñanza del Maestro acerca del Reino de Dios, o «de los cielos» en la forma semítica de Mateo.
La realeza de Dios sobre el pueblo elegido, y a través de él sobre el mundo entero, es el tema central de la predicación de Jesús. Implica un reino de «santos» cuyo Rey verdadero será Dios, porque su reinado será aceptado por ellos – en la luz de Dios – con conocimiento y amor . Esta Realeza, comprometida y oscurecida por la rebelión del pecado, debe ser restablecida por medio de una intervención poderosa de Dios y de su Mesías. esta intervención – anunciada ya por el bautista -es la que Jesús presenta como inminente, y la que realiza, no por medio de un triunfo bélico y nacionalista como esperaba la gente, sino de una manera espiritual, personal, actuando como «Siervo e Hijo predilecto de Dios» a partir de su Bautismo. Por eso Jesús llama a la conversión, porque sin ella no se puede entrar en el Reino.
Jesús mostró los signos de la llegada del Reino anunciándolo con palabras, “enseñando, y realizando la salvación, curando las enfermedades y dolencias del pueblo” (Mt 4, 23). Del mismo modo, al enviar a los apóstoles, después de su resurrección, les encargó anunciar y realizar la salvación, con palabras y obras, con la palabra y los sacramentos. También la liberación de las consecuencias del pecado y la promoción de los hombres a una situación de mayor dignidad es una componente necesaria de la evangelización.
Los primeros discípulos, pescadores de hombres.
Pedro, Andrés, Jaime y Juan… Su oficio de pescadores inspira a Jesús para decirles que serán “pescadores de hombres” (Mt 4, 19), porque ellos esparcirán con fe la Palabra, como el pescador tira la red de copo en las aguas, y comprometerán con ella a todos los que la escuchen; ya crean o no, para su bien o para su perdición. Más adelante, Jesús comparará el Reino de Dios con una red de arrastre, que lleva hasta la orilla peces buenos y malos (Mt 23, 47-50).
La Iglesia, evangelizada por Jesús.
Jesús sigue anunciando el Evangelio de muchas maneras: en el mundo, en la catequesis, pero sobre todo en la acción litúrgica, que es el lugar privilegiado donde el Señor habla a su Iglesia y la amonesta, para que ninguno de sus hijos se quede fuera del Reino. En primer lugar nos llama constantemente a la conversión, porque recaemos en el pecado; luego, nos instruye acerca de las leyes nuevas de su pueblo (el “Sermón de la montaña”) y nos confía al gobierno pastoral de los sucesores de los apóstoles. Ellos no hacen discípulos propios, sino de Cristo, sin grupúsculos ni banderías (Segunda lectura); ellos “lo dejan todo” para ir con Jesús. Además, todos los cristianos debemos tirar las redes de la palabra de Dios desde la barca de Pedro, que es ya muy grande, pero que sigue siendo pequeña en medio del mar de la mayoría de los hombres; una luz que brilla sobre la oscuridad del mundo.
En todo momento, la Iglesia y cada uno de nosotros, debe ser “evangelizada y evangelizadora”, para cumplir las palabras de Jesús: “Seréis mis testigos” (Hech 1,8). La misión que ahora se nos encarga una continuación de aquella que comenzó a orillas del lago de Galilea como “pescadores de hombres”.
LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO
Primera lectura y Evangelio. Isaías 8, 23b-9, 3 y Mateo 4, 12-23: El profeta anuncia que el pueblo que caminaba en tinieblas vería la luz y se alegraría. Cumpliendo esta profecía, Jesús comenzó sus primeras tareas en Galilea. Con su presencia iluminó aquella región medio pagana, predicó la conversión y llamó a los primeros discípulos.
Segunda lectura: 1 Corintios 1, 10-13. 17: Pablo corrige la desunión de los cristianos de Corinto y recomienda la unidad entre los creyentes. No pueden existir discordias ni divisiones entre los cristianos.
Domingo, 4 de enero de 2026
Domingo segundo después de Navidad
Lecturas:
Eclo 24, 1-2. 8-12. La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido.
Sal 147. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Ef 1, 3-6. 15-18. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos.
Jn 1, 1-8. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
La celebración de hoy intenta ayudarte a saborear las riquezas de la Navidad. Te invita a la contemplación del misterio de la Encarnación, a descubrir la verdadera naturaleza del hombre a la luz de Jesucristo, el Verbo hecho carne.
Porque la Navidad se puede quedar reducida a puro consumismo, a un enorme sentimentalismo, o a un simple recuerdo histórico… lejano y pasado, que lo adornamos mucho y le damos una “coreografía” bonita, pero que, al final, pasa de largo por nuestra vida.
Y se puede producir en nosotros el drama que hemos escuchado en el Evangelio de San Juan, que vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron… Y eso nos puede ocurrir también a nosotros. Y por eso la Palabra nos invita a recibir a Jesús, a acogerlo en el corazón.
Y luego viene todo lo demás… todos los adornos, todas las fiestas, las celebraciones, las comidas, las felicitaciones, los regalos, toda la “coreografía” es importante cuando hay algo que celebrar. Si no, al final se queda en nada.
Por eso, lo fundamental es lo que celebramos: que tú abras el corazón al Señor, lo hayas abierto ya, y te hayas encontrado con Jesucristo, el Verbo hecho carne, que quiere entrar en tu vida, en tu historia, y que quiere regalarte esta nueva naturaleza, la de ser hijo de Dios.
Y entonces, es tan grande el cambio que se produce en tu vida, es tan hermosa la vida nueva que empiezas a vivir que de lo que hay en el corazón rebosan los labios, y por eso lo celebramos. Por eso hacemos fiesta y ponemos adornos y luces y cantamos, y hacemos comidas especiales y dulces y felicitaciones… Porque todo es un signo visible de algo invisible, de algo que está ahí escondido en tu corazón, pero que es real, que es que tú estás experimentando una vida nueva.
Estás experimentando lo que san Pablo ha descrito en la carta a los Efesios: para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cual la riqueza de gloria que da en herencia a los santos. Esa es la novedad que el Señor trae a tu vida: que puedes vivir con esperanza, que tu vida tiene los mismos problemas que tiene todo el mundo… Pero la gran diferencia es que tú no estás solo, que tú tienes contigo al Señor, que habita en ti si tú le dejas entrar en tu vida.
Tú tienes contigo al Espíritu Santo que lo hace todo nuevo, y tú tienes una palabra, una palabra de vida eterna que el Señor te regala cada día. Y por eso puedes vivir todos los problemas con esperanza, sabiendo que detrás de todo está el Señor, aunque no entiendas a veces muchas cosas.
Pero sabes que todo tiene sentido, aunque a veces no lo veas. Y por eso puedes vivir con esperanza, con paz, con alegría. Porque tienes la certeza de que no hay nada ni nadie que te pueda separar del amor de Dios.
¡No tengas miedo! ¡Ábrele tu corazón al Señor!
Dejándolo todo, lo siguieron 🔥 (cf. Lc 5, 11b).
A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. (cf. Jn 1, 12). 🔥✨🎄💫
Mt 3, 13-17. “El Espíritu de Dios bajaba”. Concluimos hoy, con toda la Iglesia, el ciclo de la Navidad. Han sido muchas celebraciones, muchos momentos en los que hemos contemplado ese misterio en el que se funda nuestra fe. Dios se hace hombre por nosotros y para nuestra salvación. Después de un largo tiempo de vida familiar en Nazaret, Jesús comienza su vida pública. Y lo hace también de un modo atípico. Lo normal sería ir al templo, a un lugar importante, para hacer su primera intervención. Al contrario, va al río Jordán para ser bautizado por Juan. Se une a los judíos que buscaban conversión, que sabían que algo había de cambiar en sus vidas. Y allí recibe el don del Espíritu y la confirmación del Padre. Jesús es el Hijo Amado de Dios. Nosotros también tenemos el don del Espíritu y estamos llamados a seguir a Jesús, a escuchar sus palabras y a contemplar sus gestos hacia el prójimo.
El Señor honra más al padre que a los hijos
y afirma el derecho de la madre sobre ellos.
Quien honra a su padre expía sus pecados,
y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.
Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos
y, cuando rece, será escuchado.
Quien respeta a su padre tendrá larga vida,
y quien honra a su madre obedece al Señor.
Hijo, cuida de tu padre en su vejez
y durante su vida no le causes tristeza.
Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él,
y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.
Porque la compasión hacia el padre no será olvidada
y te servirá para reparar tus pecados.
Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R/.
Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R/.
Ésta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.
Hermanos:
Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.
Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro.
El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta.
Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo.
Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.
Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.
Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.
Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan el ánimo.
Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo:
«Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.
EL DOMINGO DE LA ANUNCIACIÓN
(4º Domingo de Adviento -A-, 21 de diciembre de 2025).
Oración para encender el cuarto cirio de la corona del Adviento
Después de venerar el altar y saludar a la asamblea, el sacerdote, desde la sede, dice:
El cuarto domingo de Adviento está dedicado a la Madre del Señor y al misterio de la encarnación que se realizó en ella para la salvación del mundo. Pero este año tenemos también a José, como personaje principal, cuando escucha obediente la voz del Señor.
Alégrate, Iglesia, porque hoy acoges, como María y José, a Jesucristo, que se hace presente en el sacramento del altar por obra del Espíritu Santo. Bendita tú entre todos los pueblos de la tierra, porque caminas con Cristo en tu seno al encuentro de todas las gentes necesitadas de luz. Que el Señor nos conceda caminar junto con él, luz de luz, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Y el mismo celebrante o un fiel, enciende cuatro cirios de la corona del Adviento, mientras puede cantarse: Madre de todos los hombres, enséñanos a decir: Amén.
Orientaciones para la homilía
En la víspera de la Navidad
Llegamos al domingo inmediatamente anterior a la Navidad, el cual está dedicado al anuncio del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. De este modo, si en la pasada solemnidad de la Inmaculada Concepción leíamos la anunciación a María según san Lucas, en este año A leemos hoy la anunciación a san José según san Mateo. Es un domingo que considera ya asumida la etapa penitencial del Adviento, presidida por Juan el Bautista y que se abre completamente a la inmediata festividad de la Navidad.
Asimismo, en los pasados días de entre semana a partir del 17 de Diciembre, estamos comenzando a leer todo lo que se contiene en los Evangelios como antecedentes del nacimiento del Señor. Por todo ello pedimos que “el pueblo cristiano se prepare con tanto mayor fervor a celebrar el misterio del nacimiento de tu Hijo cuanto más se acerca la fiesta de Navidad” (Oración después de la Comunión).
El signo del Emmanuel
Jesús es el Dios-con- nosotros. Esta afirmación aparece como profecía en la primera lectura y como cumplimiento en el Evangelio. El Señor da un signo que ahora es el signo definitivo del consuelo de Dios-con-nosotros para siempre. Este signo lleva consigo a la Madre siempre Virgen, en la cual, además de su función singular, reconocemos también el anuncio de nuestra propia misión, aquí y ahora: la Iglesia-Esposa que celebra a su Señor. En nuestra existencia santificada como Iglesia, asimilada en la esperanza a la de la Madre de Dios, debemos concebir y amplificar la Palabra de Dios, a partir de la escucha de ella misma; y así debemos vivirla y proclamarla.
La anunciación a José contiene secretos arcanos, inviolables, de la intimidad de Dios, proclamados también por san Pablo en la segunda lectura, cuando anuncia: al Hijo eterno, nacido, según lo humano, de la estirpe de David; constituido (revelado plenamente), según el Espíritu Santo, Hijo de Dios con pleno poder por su resurrección de la muerte, Jesucristo nuestro Señor (cf. Romanos 1,3-4).
La vocación y respuesta de José, modelo de los cristianos
Como un nuevo Abrahán, José es padre de los creyentes, patriarca de la Nueva Alianza y modelo de respuesta a la vocación de Dios. Este Adviento termina ofreciéndonos – en san José – un modelo concreto para que nos demos cuenta de nuestra propia vocación para servir el plan de Dios según nuestra forma específica de vida. Nuestra respuesta a Dios no puede ser otra que la obediencia de la fe.
Cada uno de nosotros debe tomar conciencia de su vocación cristiana específica, como seglar, clérigo o religioso, para seguir con su tarea evangelizadora y testimonial en el mundo. Para esto deberíamos integrarnos en las actividades apostólicas y pastorales de la Iglesia y no actuar sólo individualmente. Hay un camino de compromiso y de actuación para cada uno de nosotros, en cualquier estado de vida en que nos encontremos, pero no como en la planificación de una empresa, sino como ayuda para discernir la mejor forma de colaborar con el plan salvador de Dios, que es su misterio eterno revelado en Cristo: “Que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4).
Todo ello no nos aparta de la necesidad de trabajar para llegar a una sociedad más justa y a la protección de nuestro mundo, pues “la fe ilumina todo con una luz nueva y manifiesta el plan divino sobre la vocación integral del hombre, y por ello dirige la mente hacia soluciones plenamente humanas” (Concilio Vaticano II, «Gaudium et spes” nº 11).
La Encarnación y la Eucaristía
La oración sobre las ofrendas de este domingo está tomada de la misa hispano-mozárabe de la fiesta de Santa María (17 de diciembre): “El mismo Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar”. La Encarnación y la Eucaristía se unen en el misterio de la condescendencia o abajamiento de Dios. Por ello, del mismo modo que el Padre respondió a la súplica de los profetas enviando al Hijo mediante el Espíritu, así atiende ahora la epíclesis (invocación) de la Iglesia haciendo presente el sacrificio que Jesús ofreció en el Espíritu Santo.
“En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor” (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucaristía 55).
Con la misma fe del hombre justo ante Dios que fue José, asistimos admirados y acogemos el misterio que obra el poder de Dios ante nuestros ojos, que son incapaces de ver más allá del signo de misericordia que es el sacramento del altar.
El domingo de María en el Adviento
Así, pues, con palabras de Benedicto XVI, la invocamos: “Santa María, tú fuiste una de aquellas almas humildes y grandes en Israel que, como Simeón, esperó « el consuelo de Israel » (Lc 2,25) y esperaron, como Ana, « la redención de Jerusalén » (Lc 2,38). Tú viviste en contacto íntimo con las Sagradas Escrituras de Israel, que hablaban de la esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y a su descendencia (cf. Lc 1,55). Así comprendemos el santo temor que te sobrevino cuando el ángel de Dios entró en tu aposento y te dijo que darías a luz a Aquel que era la esperanza de Israel y la esperanza del mundo. Por ti, por tu «sí», la esperanza de milenios debía hacerse realidad, entrar en este mundo y su historia. Tú te has inclinado ante la grandeza de esta misión y has dicho « sí »: « Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra » (Lc 1,38)” (Spe salvi, 50).
Con José y María nos dirigimos a Belén; como ellos, no vamos solos, porque llevamos a Jesús con nosotros, pero hemos de participar una vez más de la gracia de su Nacimiento, contemplar su luz y llevarla a los demás. Belén nos trae una palabra de paz y de amor que el mundo necesita para salvarse.
Y terminamos con una nueva súplica: “Madre de la esperanza. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino” (Spe salvi, 50).
Que el Espíritu nos muestre la senda y nos ayude a recorrerla en esta última etapa del camino del Adviento. Amén.
LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO
Primera lectura y Evangelio. Isaías 7,10-14 y Mateo 1,18-24: La profecía del Emmanuel se cumplió plenamente cuando el Hijo de Dios se encarnó en la Virgen María. Este año se lee en el Evangelio el pasaje de la anunciación a José del gran misterio que se estaba realizando en su prometida por la acción del Espíritu Santo.
Salmo responsorial 23: Este salmo proclama el paso de la profecía al cumplimiento; con él cantamos: Va a entrar el Señor: Él es el Rey de la gloria.
Segunda lectura. Romanos 1,1-7: Al nacer de María y ser acogido por José, Jesús nació como verdadero israelita y heredero de la estirpe de David, para ser Rey de todos los pueblos.
Domingo, 28 de diciembre de 2025
La Sagrada Familia
Lecturas:
Eclo 3, 2-6. 12-14. El que teme al Señor honra a sus padres.
Sal 127. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.
Col 3, 12-21. La vida de familia vivida en el Señor.
Mt 2, 13-15. 19-23. Toma al niño y a su madre y huye a Egipto.
Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Dios quiso nacer y crecer en una familia humana.
El matrimonio y la familia no son una invención humana fruto de situaciones culturales e históricas particulares, ni una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso.
Dios tiene un proyecto sobre el matrimonio y la familia, así nos lo dice Jesús: el Creador en el principio los creó hombre y mujer, y dijo: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne»; «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». El sacramento del matrimonio es un don para la santificación y la salvación de los esposos.
El Papa León nos recuerda que el matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel y fecundo. Este amor, al hacerlos “una sola carne”, los capacita para dar vida, a imagen de Dios.
La familia cristiana está llamada a ser una verdadera Iglesia doméstica en la que Jesucristo es la piedra angular sobre la que se construye la casa: La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón… todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús.
Una Iglesia doméstica que vive, celebra la fe y proclama la fe: que Jesucristo vive y es el Señor de la familia. Y, por tanto, una familia que reza en familia, tanto los esposos, como toda la familia.
Está llamada a ser una comunidad de vida y de amor. Una comunidad en la que se vive con un amor como el de Cristo. Nos lo ha recordado san Pablo: revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Una comunidad en la que cada uno es querido por lo que es y no por lo que vale o por lo que aporta. Una comunidad que quiere vivir en la verdad y en el respeto; en el perdón y la misericordia, buscando siempre el bien del otro, especialmente del pequeño, del más débil.
Una comunidad que acompaña a las personas heridas en su sufrimiento y les ayuda a sanar y crecer.
Como nos recuerdan nuestros Obispos, necesitamos familias que, como Iglesia doméstica, sean testigos vivos del amor de Cristo por su esposa, la Iglesia, manifestando con su vida cotidiana la gracia que las capacita para responder a la llamada de Dios y reflejar su amor único y entregado.
¡Preséntale al Señor tu familia y pídele el don del Espíritu Santo!, para que la renueve y os conceda la comunión.
Reza también por todas las familias, especialmente por las que están sufriendo y pasando por dificultades.
Dejándolo todo, lo siguieron (Cf. Lc 5, 11b).
¡Ven Espíritu Santo, ven sobre nuestras familias! 🔥 (cf. Lc 11, 13).
Mt 2, 13-15.19-23. “Huye a Egipto”. La Navidad es una fiesta familiar, nos vincula a los seres que nos han precedido en el camino de la vida y de la fe. No es extraño que la Iglesia nos invite a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia y a contemplar sus circunstancias. La Sagrada Familia no tuvo una vida fácil. Desde su mismo nacimiento, Jesús se convirtió en una amenaza para los poderes políticos. Ello les obligó a huir a Egipto, a convertirse en refugiados para poder proteger la vida del niño. Curiosamente la persona de Jesús va a reproducir en su propia vida la historia de Israel. Cuando finaliza la amenaza, José vuelve con María y con Jesús y se instalan en Galilea, un lugar tranquilo, alejado de Judea y de la capital. Nazaret será un lugar y un tiempo tranquilo, vida de familia, de vecinos, donde Jesús podrá crecer en estatura, sabiduría y gracia.
En la Diócesis de Valencia
Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.
En la Diócesis de Valencia
Aniversario de la dedicación de la S.I. Catedral de Valencia.
(9 de octubre de 2023)
Al llegar esta fecha histórica en que recordamos el segundo nacimiento del pueblo cristiano valenciano, después de un periodo de oscuridad en el que nunca dejó de estar presente, conviene que tengamos presente esta festividad que nos hace presente el misterio de la Iglesia a través del templo mayor de nuestra archidiócesis, donde está la cátedra y el altar del que está con nosotros en el lugar de los apóstoles, como sucesor suyo. La sede de tantas peregrinaciones y de innumerables vistas individuales, brilla en este día con la luz de la Esposa de Cristo, engalanada para las nupcias salvadoras.
El 9 de octubre evoca la fundación del reino cristiano de Valencia y la libertad del culto católico en nuestras tierras. Ese mismo día, la comunidad fiel valenciana tuvo de nuevo su iglesia mayor, dedicada a Santa María, y estos dos acontecimientos forman parte de una misma historia. Es una fiesta que nos afianza en la comunión eclesial en torno a la iglesia madre, donde tiene su sede el Pastor de la Iglesia local de Valencia, el templo que fue llamado a custodiar el sagrado Cáliz de la Cena del Señor, símbolo del sacrificio de amor de Jesucristo y de la comunión eucarística en la unidad de la santa Iglesia.
El aniversario de la dedicación
El 9 de octubre será para la comunidad cristiana de Valencia una fiesta perpetua, pero en cada aniversario resuena con más fuerza que nunca el eco de aquella preciosa y feliz celebración en que nuestro templo principal, la iglesia madre, apareció con la belleza que habían pretendido que tuviera aquellos generosos antepasados nuestros que lo comenzaron.
La belleza de la casa de Dios, sin lujos, pero con dignidad, tanto en las iglesias modestas como en las más importantes o cargadas de arte e historia, lo mismo que la enseñanza de sus signos, nos hablan del misterio de Dios que ha querido poner su tabernáculo entre nosotros y hacernos templo suyo.
Al contemplar las catedrales sembradas por Europa, en ciudades grandes o pequeñas, nos asombra el esfuerzo que realizaron quienes sabían que no verían culminada su obra. En nuestro tiempo, cuando domina lo funcional, nos resulta difícil comprender esas alturas “inútiles”, esos detalles en las cubiertas y las torres, esas moles que, cuando se levantaron, destacarían mucho más que ahora, entre casas de uno o dos pisos. Pero lo cierto es que también ahora se construyen edificios cuyo tamaño excede con mucho al espacio utilizable; nos dicen que es para prestigiar las instituciones que albergan, y eso es lo que pretendían nuestros antepasados para la casa de Dios y de la Iglesia; eso, seguramente, y otras cosas que se nos escapan.
Una construcción que no ha terminado
El aniversario de la dedicación nos recuerda un día de gracia, pero también nos impulsa hacia el futuro. En efecto, de la misma manera que los sacramentos de la Iniciación, a saber, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, ponen los fundamentos de toda la vida cristiana, así también la dedicación del edificio eclesial significa la consagración de una Iglesia particular representada en la parroquia.
En este sentido el Aniversario de la dedicación, es como la fiesta conmemorativa del Bautismo, no de un individuo sino de la comunidad cristiana y, en definitiva, de un pueblo santificado por la Palabra de Dios y por los sacramentos, llamado a crecer y desarrollarse, en analogía con el cuerpo humano, hasta alcanzar la medida de Cristo en la plenitud (cf. Col 4,13-16). El aniversario que estamos celebrando constituye una invitación, por tanto, a hacer memoria de los orígenes y, sobre todo, a recuperar el ímpetu que debe seguir impulsando el crecimiento y el desarrollo de la parroquia en todos los órdenes.
Una veces sirviéndose de la imagen del cuerpo que debe crecer y, otras, echando mano de la imagen del templo, San Pablo se refiere en sus cartas al crecimiento y a la edificación de la Iglesia (cf. 1 Cor 14,3.5.6.7.12.26; Ef 4,12.16; etc.). En todo caso el germen y el fundamento es Cristo. A partir de Él y sobre Él, los Apóstoles y sus sucesores en el ministerio apostólico han levantado y hecho crecer la Iglesia (cf. LG 20; 23).
Ahora bien, la acción apostólica, evangelizadora y pastoral no causa, por sí sola, el crecimiento de la Iglesia. Ésta es, en realidad, un misterio de gracia y una participación en la vida del Dios Trinitario. Por eso San Pablo afirmaba: «Ni el que planta ni el que riega cuentan, sino Dios que da el crecimiento» (1 Cor 3,7; cf. 1 Cor 3,5-15). En definitiva se trata de que en nuestra actividad eclesial respetemos la necesaria primacía de la gracia divina, porque sin Cristo «no podemos hacer nada» (Jn 15,5).
Las palabras de San Agustín en la dedicación de una nueva iglesia; quince siglos después parecen dichas para nosotros:
«Ésta es la casa de nuestras oraciones, pero la casa de Dios somos nosotros mismos. Por eso nosotros… nos vamos edificando durante esta vida, para ser consagrados al final de los tiempos. El edificio, o mejor, la construcción del edificio exige ciertamente trabajo; la consagración, en cambio, trae consigo el gozo. Lo que aquí se hacía, cuando se iba construyendo esta casa, sucede también cuando los creyentes se congregan en Cristo. Pues, al acceder a la fe, es como si se extrajeran de los montes y de los bosques las piedras y los troncos; y cuando reciben la catequesis y el bautismo, es como si fueran tallándose, alineándose y nivelándose por las manos de artífices y carpinteros. Pero no llegan a ser casa de Dios sino cuando se aglutinan en la caridad» (Sermón 336, 1, Oficio de lectura del Común de la Dedicación de una iglesia).
Jaime Sancho Andreu