Padecer la pasión de Cristo. Tiempo de enfermar, tiempo de sanar Experiencias de un enfermo, por José Luis Barrera Calahorro

Padecer la pasión de Cristo. Tiempo de enfermar, tiempo de sanar Experiencias de un enfermo, por José Luis Barrera Calahorro

Unos buenos amigos me pidieron, a las pocas semanas de salir del Hospital del Doctor Moliner, que escribiera una especie de pequeña relación de lo que sentí, sufrí, experimenté y creí a lo largo de mi gravísima y prolongada enfermedad. (Digo creí puesto que el proceso de mi enfermedad fue también un trayecto de mi fe religiosa) Por eso, ahora mismo pido perdón a lector, porque estas letras que escribo, son una confesión personal que seguramente pueden adolecer de cierta inmodestia, y casi, impudor por cuanto hablo constantemente de mí mismo. Desde finales de noviembre del año 2022 -hacía escasamente dos semanas que cesé como párroco de san Antonio de Padua y, jubilado, me incorporaba como adscrito a la de San Francisco de Asís- hasta mediados del mes de diciembre del año siguiente 2023 he estuve internado en dos hospitales. Primero en estado gravísimo en la UCI del Hospital De Llìria, y después, siguiendo en la gravedad en el hospital del doctor Moliner, popularmente llamado de Portacoeli, como a mí más me gusta nombrarlo, puesto que allí, a pesar de todo, he estado en la misma Puerta del Cielo.

 

Allí fui superando tan grave enfermedad, rehabilitando mis miembros atrofiados, y ahora aquí estoy, convaleciente, intentando regresar a la vida cotidiana en mi domicilio de Llìria. Poco a poco voy recuperándome, gracias a mi voluntad de no rendirme y gracias al apoyo y ayuda de la oración constante de muchísimos amigos, de tantos y tantos que me visitaron dándome afecto, ánimo y coraje y se interesaron por mí (el entonces recién nombrado Arzobispo de Valencia me visitó varias veces). No estaba solo: Dios me acompañaba a través de tantos amigos y personas que aquí no cabría nombrarlas: mis hermanos Juan Francisco, Rafael, Ignacio, familiares, los amigos hechos a lo largo de mi vida de pastoral, y, claro está: los profesionales de la sanidad. Cuando pasas por sus manos, no imaginas el gran tesoro de personas que tenemos trabajando en los hospitales: médicos, cirujanos, enfermeros, fisioterapeutas y rehabilitadores y hasta incluso los mismos celadores, ayudando, confortando, restaurando la precaria salud de los enfermos. De todos ellos he recibido muchísimo más de lo que merezco. También y esto es ya una cuestión muy personal, puesto que ahora entro en el íntimo y discreto terreno de mi fe religiosa, ¡cuánto me ayudó la fuerza que me ha dado mi fe en Jesús de Nazareth, el Resucitado, a través de mi oración personal y la de mucha gente que ha rezado por mi! A todos ellos debo muchísimo y mi agradecimiento es enorme.

 

TIEMPO DE ANGUSTIA

Hubo momentos en que creía que no iba a salir a flote de esta mi enfermedad, que me iba a hundir y ahogar en el amargo mar de la muerte. En mis oídos resonaba ese texto del libro del Eclesiastés, ahora ya aplicándolo a mi vida: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:/ Tiempo de nacer, tiempo de morir;/ tiempo de plantar, tiempo de arrancar; tiempo de enfermar, tiempo de sanar; (…) tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de arrojar; tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar; tiempo de amar, tiempo de odiar; tiempo de guerra, tiempo de paz.” (Ecl 3 1-8).

Pensaba que habían llegado el final de mis días y muchas noches al cerrar los ojos para dormir, barruntaba que ya no los abriría otra vez. Más aún, en la ultima hora de la madrugada, antes del lubricán, (“¡la hora del lobo!”) parecía que tenía mi cita concertada con la muerte. Aunque mi fe en Jesús me confortaba, ésta no me quitaba el miedo a la muerte, y mi angustia era como un manto negro que me iba tapando poco a poco la luz de la vida. 

Cuando ya fui saliendo, en la UCI, y de la sedación que me producía muchos delirios, después de la fase más crítica de mi enfermedad, y después de casi cuatro meses en el hospital de Llíria (¡que profesionalidad y cariño encontré allí!), fui trasladado al de Portacoeli, donde estuve internado nueve meses más.  Entonces y allí empezó a nacer en mí un sentimiento de aceptación de la muerte y también el consuelo de saber que estaba recorriendo el mismo camino de Jesús, -lo que llamamos su Pasión- cuando se dirigía a su propia muerte. Así comenzó una segunda parte de mi enfermedad quizá mas tranquila, aún con el fuerte sobresalto de una operación de corazón realizada de urgencia. Empezó a surgir en mí la esperanza que me decía: “Si Jesús que pasó por su pasión y después resucitó, ¿por qué yo no voy a repetir el mismo proceso?”. En mi corazón surgía estos sentimientos paralelos: un paciente, que soy yo, que es el que padece el dolor y el sufrimiento y el otro paciente por antonomasia, que es Jesús de Nazaret que en su pasión, muerte y resurrección, sintió también la angustia, el dolor y el sufrimiento.

 

TIEMPO DE ESPERANZA.

No era menos un sentimiento de resignación y mucho más una aceptación pacífica de lo que tenía que ocurrir. Era la misma situación que expresaba el poeta Rainer Maria Rilke: “Deja que la vida vaya sucediendo y traiga lo que tenga que traer. Créeme, la vida siempre, siempre tiene razón. La muerte es el fin de la vida, pero no al modo de un terminar cualquiera, como termina un camino o una melodía, por cuanto la muerte pertenece a la vida. No hay vida sin muerte, porque ésta nos da, entre otras cosas, la posibilidad del tiempo”. Todavía me ocurre eso, ahora convaleciente, cuando me acuesto por la noche, después de mis breves oraciones y santiguarme, pienso que no sé si al día siguiente me llegaré a despertar. Mathama Gandhi decía:Cada noche, cuando me duermo, me muero. Y a la mañana siguiente, cuando me despierto, renazco.” Pero la esperanza, que parece la virtud más pequeña de las tres, se iba haciendo más grande, e iba llenando mi alma; y así lo manifesté en la felicitación de Pascua a mis amigos a los que mandé el siguiente WhatsApp: “Desde estas sábanas blancas, que son como el sudario de Cristo y esta cama, que sería su sepulcro, vivo mi Pascua este año, pero de todas maneras, a pesar del dolor y del sufrimiento, espero resucitar y volver a la vida cotidiana, una vez rehabilitado. Desde aquí, pues os deseo feliz resurrección de Cristo, feliz Pascua.” Y así, pensaba que aquel primer Viernes Santo que vivió Jesús, experimentaba yo ahora en este último, reviviéndolo y además sumando la bonificación y expectación del Domingo de Pascua. Recuerdo especialmente con gran emoción y hasta lágrimas, la celebración de la Eucaristía del Domingo de Ramos, a la que asistí en mi silla de ruedas, como un paciente más, en la acogedora y bella capilla del hospital de Portacoeli.  Fue esta primera vez que asistí presecialmente – no me gustaban las rutinarias, aburridas, y “beatíficas”, en su mayoría, retransmisiones de las Misas por la tele- y allí sentí, como una intensa y vívida experiencia, la presencia muy especial de Jesús, el Cristo, en mi vida. Curiosamente aquel breve escrito que envié para desear feliz Pascua a mis amigos se convertía ya en el nuevo lema de mi vida aún precaria y dependiente de rehabilitación. “Deja que todo ocurra a ti: belleza y terror” -decía también el poeta Rilke- “sólo sigue adelante: ningún sentimiento es un error. Cerca está el país de la Vida.  Oh Señor, danos a cada uno nuestra propia muerte. Concede la muerte que viene de esa vida en la que conocimos el amor, cuando encontramos sentido, y sentimos necesidad”

 

TIEMPO DE LUZ

Pero tuve también la suerte de caer en muy buenas manos: mi médico de sala, el Dr. Boluda, la fisioterapeuta y la rehabilitadora ocupacional, así como sus eficaces colaboradores me ayudaron a conseguir lo que me parecía imposible, primero, a sostenerme de pie y luego, a andar y manejar mis propias piernas y las manos (¡gracias Raquel, gracias Tere!). En este sentido, al igual que Jesús fue reconfortado en medio de su angustia, en el Huerto de los Olivos, por el Ángel reconfortador, tuve también yo mi Gamaliel propio, en muchos momentos de mi grave enfermedad. Tengo que hacer presente a Alejandro, el compañero de la habitación 424, que aún estando en peor situación que la mía, me consolaba en mis momentos mas bajos con sus palabras de aliento, con su estoica presencia, con su aguante y testimonio. ¡nunca lo podré olvidar! También a Cristina, una enfermera que supo decirme y escribirme las palabras justas (¡YO PUEDO!) y en el momento más oportuno, que me empujaron a resistir cuando andaba totalmente rendido. Pero llegaron los días en que empecé ya a abrirme a la normalidad: algunos días que los capellanes del hospital no podían acudir, yo lo sustituía celebrando la misa semanal, e incluso  llegué a dar la extremaunción a mas de un enfermo agonizante, en ausencia de ellos.. Me sentía útil y sobre todo sacerdote. Escribía Goethe en su “Fausto”: “Los cristianos celebran la resurrección de Cristo por haber resucitado ellos mismos”. Y yo creo que en mi se ha cumplido aquella promesa de Jesús “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí no morirá para siempre”. (Jn 11, 25-27)

 

Así pues, de mi corazón brotaba siempre esta sencilla oración :“Jesús que me conoces y sabes mis fatigas. ayúdame y María, buena Madre, acompáñame a andar este nuevo camino doloroso como lo hiciste con tu hijo”.  Me dieron de alta el día 22 de diciembre, el mismo día del sorteo de la Navidad: ¡qué gran premio recibí!.He padecido una pequeña muerte, pero he vuelto a la vida. He pasado de la oscuridad a la luz. De sus destellos ahora me alumbro y vivo.