9 Mar 2026 XXV Aniversario de la Beatificación de los mártires valencianos Un acontecimiento para la historia de la Iglesia
La historia de un pueblo está marcada por hombres y mujeres que con sus hechos, ofrecen testimonio a sus coetáneos y a las generaciones venideras, como lo hizo nuestro primer mártir, san Vicente. Pero, desde el 11de marzo de 2001, cada 22 de septiembre recordamos a aquellos 233 mártires que, siglos después, recogieron su testigo muriendo por su fe y sus creencias durante la persecución de 1936.
Hace 25 años, el domingo 11 marzo de 2001, el Papa, san Juan Pablo II, beatificó en la plaza de San Pedro del Vaticano al sacerdote José Aparicio Sanz y a sus doscientos treinta y dos compañeros martirizados en España entre 1936 y 1939: sacerdotes diocesanos; religiosos; religiosas; personas casadas y solteras de todas las profesiones; miembros de la Acción Católica y de otros movimientos eclesiales.
Eran los primeros beatos del tercer milenio.
A las diez de la mañana comenzó la ceremonia de beatificación. El Papa hizo su ingreso en la plaza por la puerta central del templo. Tres hijos de mártires, José María Torres, María Luisa Díaz y María Adelaide Alonso, portaron un gran relicario en plata, obra del orfebre valenciano Antonio Piró, regalo de la archidiócesis de Valencia, con reliquias y con el nombre de los mártires grabados.
Después del rito de introducción, se acercaron al altar para pedir la beatificación el entonces arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco; el Cardenal Ricardo María Carles y el entonces obispo de Lleida, Francisco Ciuraneta, con los catorce postuladores de las dieciséis causas.
En nombre de todos, el arzobispo de Valencia pedía al Pontífice que beatificara a los 233 siervos de Dios; a continuación se leyeron unas breves notas biográficas de todos ellos.
Fiesta de los mártires
Fue san Juan Pablo II quien, al pronunciar la fórmula de beatificación, estableció que cada año se celebrara la fiesta en memoria de nuestros mártires el día 22 de septiembre.
La elección de esta fecha como fiesta litúrgica de los mártires obedece a que la persecución religiosa de 1936 fue especialmente violenta durante el mes de septiembre y el mayor número de los nuevos beatos fue martirizado, precisamente, ese día o en los más próximos.
Tras pronunciarse la fórmula, la asamblea asintió con el canto del ‘Amén’. Un gran aplauso retumbó en la plaza de San Pedro mientras se iba descubriendo el tapiz, que colgaba del balcón central de la fachada de la Basílica.
Refiriéndose a los 233 mártires que acababa de beatificar, el Santo Padre los definió como “modelo de coherencia para nosotros con la verdad profesada, a la vez que honran al noble pueblo español y a la Iglesia”. El Pontífice precisó en su homilía que los nuevos beatos “no estuvieron implicados en luchas políticas o ideológicas ni quisieron entrar en ellas” y además, les encomendó el fin del terror en nuestro país: “Deseo confiar a la intercesión de los nuevos beatos una intención que lleváis profundamente arraigada en vuestros corazones: el fin del terrorismo en España”.
En la misa, oficiada en español, incluida la homilía, y en latín, Juan Pablo II concelebró con 56 cardenales, arzobispos y obispos, varios sacerdotes valencianos familiares de los mártires, entre otros Juan Luis Corbín -ya fallecido- y el actual obispo de Santander, monseñor Arturo Ros, entonces párroco de las iglesias Nuestra Señora de la Buena Guía y San Vicente Ferrer, de Valencia, y nieto del mártir Arturo Ros, de Vinalesa.
Misa de acción de gracias
El himno a la Mare de Déu dels Desamparats cantado en valenciano y las palabras de despedida del Papa, constituyeron el broche de la misa de acción de gracias que concelebró el arzobispo de Valencia, monseñor Agustín García-Gasco, en el interior de la Basílica de San Pedro del Vaticano.
La ceremonia reunió a más de diez mil peregrinos que llenaron el templo, motivo por el cual el personal de seguridad de la Basílica tuvo que abrir los espacios laterales y posterior al presbiterio.
Durante su homilía, don Agustín, se dirigió a sacerdotes, religiosos y fieles cristianos laicos para exhortarles a que conservaran “la preciosa herencia de los mártires” y añadió que “ ahora nos corresponde a todos la misión de seguir su ejemplo en la nueva evangelización y recordar que los mártires ni se echaron atrás ni se escondieron ante las dificultades, por muy graves que éstas fueran”.
Al término de la misa, san Juan Pablo II pronunció unas palabras de despedida especialmente dirigidas a los familiares de los beatos puesto que en todos ellos “hay una historia personal, un nombre y un apellido propio, unas circunstancias que hacen de cada uno de ellos un modelo de vida, que es más elocuente aún con la muerte libremente asumida como prueba suprema de su adhesión a Cristo y a su Iglesia”. Y además les animó a que “su testimonio no se puede ni se debe olvidar. Ellos manifiestan la vitalidad de vuestras Iglesias locales. Que su ejemplo haga de cada uno testigos vivos y creíbles de la Buena Nueva para los nuevos tiempos. Que su imitación conduzca a producir en la sociedad actual abundantes frutos de amor y esperanza. Este es mi deseo. Promoved la cultura de la vida. Hacedlo con la palabra, pero también con gestos concretos”.
Vivieron amando y murieron perdonando
Ramón Fita, Delegado Episcopal para las Causas De los Santos del Archidiócesis de Valencia.
¡Ellos fueron los primeros beatos del tercer milenio!
Esa beatificación fue muy novedosa, porque por vez primera distintos carismas quedaron unidos en un mismo testimonio, mostrando la plena compenetración entre religiosos, religiosas, clero secular y laicos, que derramaron su sangre por un ideal común.
Aquel clima espiritual que se creó en torno al Gran Jubileo del 2000 permitió que esta beatificación fuera como el primer fruto espiritual del Año Santo apenas terminado. Ese contexto pastoral favorable despertó el interés en las diócesis españolas hacia esta página gloriosa de la reciente historia.
El Papa Juan Pablo II les dijo a los peregrinos españoles: estos mártires demuestran la unidad y diversidad eclesial. Aquella ceremonia, que tuvo lugar en la Plaza de San pedro de Roma y presidida por Juan Pablo II, tuvo las siguientes características:
- la representatividad eclesial del grupo, pues hubo sacerdotes, religiosos y seglares, que son expresión de los numerosos carismas y familias de vida consagrada;
- la representatividad de la Iglesia en España, que abarca casi todo el territorio español, porque, si tenemos en cuenta su origen, estos mártires provenían de 37 diócesis y representaban a 13 Comunidades Autónomas, aunque la gran mayoría de ellos eran valencianos o se encontraban en Valencia desarrollando sus respectivos ministerios y actividades apostólicas y algunos fueron unidos en el proceso por competencia, en base a la normativa canónica vigente;
- el elevado número de sacerdotes seculares y de seglares, pues fue la primera vez que fueron beatificados 40 miembros de los presbiterios diocesanos de Valencia (37) y Zaragoza (3), así como 22 mujeres y 19 hombres y jóvenes, miembros de la entonces floreciente Acción Católica Española y de otras asociaciones de espiritualidad y apostolado seglar, de todas las edades, profesiones y estado social; los demás fueron religiosos y religiosas de órdenes y congregaciones antiguas y modernas;
- fue la beatificación más numerosa de la historia hasta entonces conocida, pero, como dijo el Papa, “un número tan notable no hace olvidar las características individuales«: Aquellos 233 mártires son como un gran cuadro del Evangelio de las Bienaventuranzas. Un hermoso abanico de la variedad de la única y universal vocación cristiana a la santidad (Lumen Gentíum, cap. V).
- Es preciso que las Iglesias particulares hagan todo lo posible para no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio.