7 Ene 2026 Apertura del VIII Centenario de la muerte de San Francisco de Asís, este sábado, en la Colegiata de San Bartolomé A las 12 horas, presidida por Mons. Juan Oliver, Obispo emérito de Requena (Perú)
En el año 2026 se conmemora el VIII Centenario de la muerte de San Francisco de Asís, su Tránsito, su Pascua. Desde la Familia Franciscana, «queremos vivirlo haciendo un camino de renovación, profundización, de reconocimiento de Francisco, de nuestra vocación y misión en el mundo de hoy».
El objetivo «no es realizar grandes eventos, sino vivir y compartir la posibilidad de profundizar en nuestra espiritualidad», afirman.
La Colegiata de San Bartolomé de Valencia acogerá este sábado, 10 de enero, a las 12 horas, la Misa de apertura, presidida por Mons. Fray Juan Oliver, Obispo emérito de Requena (Perú).
LOS CENTENARIOS DE SAN FRANCISCO (1223-1226 – 2023-2026)
La Familia Franciscana, desde el 2023, está celebrando cinco Centenarios de algunos acontecimientos de los últimos años de la vida de San Francisco de Asís. «Lo que queremos destacar, y no olvidar, es la unidad que caracteriza estas celebraciones. Porque, sólo considerándolos en su conjunto, podremos apreciar la riqueza y la particularidad de cada uno de ellos, que tiene como protagonista a Francisco y a los hermanos, a la fraternidad».
«El propósito de estas celebraciones, y también de estas palabras, es compartir la visión de la realidad, de la vida y de las cosas que nace de la experiencia de Francisco y de la espiritualidad franciscana; y, para nosotros, compartir con él la vocación, los sueños y la misión, en la Iglesia y en el mundo».
El año 2023 iniciamos la celebración del VIII Centenario de la Navidad de Greccio. Francisco quiso representar el acontecimiento de la encarnación del Hijo de Dios. La palabra encarnación tiene un significado concreto, porque se refiere a la vida. Y Francisco, en Greccio, celebra el nacimiento de una Vida, el nacimiento del Niño Dios.
Ese mismo año, celebramos otro Centenario, el de la Aprobación de la Regla Bulada, la que profesamos los franciscanos y que es base de la Regla de todas las Congregaciones y Órdenes Franciscanas. En la Regla, Francisco nos regala una forma de vida, que él mismo denomina “Regla y Vida”. Efectivamente, la encarnación del Hijo de Dios, Jesús, es el ejemplo que tenemos que seguir como cristianos y para poder encarnar el carisma franciscano en nuestra vida cotidiana.
Y esta misma clave de lectura, la encarnación, es esencial para poder comprender el Centenario que celebramos el año 2024, el don de la impresión de los estigmas de Francisco. Don que deja su huella no sólo en su espíritu, sino también en su cuerpo, revelando hasta qué punto él había encarnado el Evangelio en su vida.
La unidad de todos estos Centenarios nos va revelando paulatinamente cómo toda la vida de Francisco se transforma en un Cántico. Lo celebramos el año 2025. Es fácil cantar y alabar al Señor cuando todas las cosas que nos suceden son buenas, son positivas; no lo es tanto cuando los acontecimientos que tenemos que afrontar son difíciles o dolorosos.
Los últimos años de la vida de Francisco fueron muy difíciles. Por muchas razones, como, por ejemplo, porque la fraternidad de hermanos que nace a su alrededor, crecía numéricamente y comenzaba a experimentar el fenómeno de tensiones en su interior (distintos modos de concebir el carisma, de opiniones sobre cómo encarnarlo, distintas culturas; expansión a otras regiones y naciones). Ciertamente, la fraternidad se enriquece con hermanos provenientes de distintas culturas, pero conciliar esta diversidad no fue fácil.
También a nivel físico, Francisco se encontraba en una situación muy delicada, como él mismo relata en sus escritos, particularmente en sus cartas. Algunas de estas cartas son motivadas por el hecho de que él no podía visitar personalmente a los hermanos, a causa de los problemas físicos que padecía. Por eso decide escribirles.
Los primeros biógrafos nos hablan de otra dificultad, quizás la más ardua, que Francisco tuvo que afrontar y que ellos describen como una gravísima tentación del espíritu. La Leyenda de Perusa cuenta que, durante más de dos años, día y noche, Francisco fue atormentado por aquella tentación. Por esta razón, Francisco que se dirige al monte Alvernia. El don de los estigmas podemos comprenderlo como la respuesta de Dios a esta grave situación vital que Francisco experimentaba.
Dicha respuesta no es otra que una referencia al misterio pascual, es decir, al amor gratuito de Dios. Dios invita a Francisco a colocar su mirada en el misterio pascual, en el amor de Dios que se entrega hasta el extremo.
Esta es la razón por la que todos estos acontecimientos que Francisco tiene que afrontar lo van transformando, interior y exteriormente. Su vida se transforma, paulatinamente, en un Cántico. El Cántico de las Criatura es expresión de esta transformación interior que fue madurando durante toda su vida.
Este el año 2026 es el VIII Centenario de la muerte de Francisco, su Tránsito, su Pascua. Queremos vivirlo haciendo un camino de renovación, profundización, de reconocimiento de Francisco, de nuestra vocación y misión en el mundo de hoy.
El objetivo no es realizar grandes eventos, sino vivir y compartir la posibilidad de profundizar en nuestra espiritualidad. Nos preguntamos: ¿Qué nos dice a nuestra vida? ¿En qué podemos renovarnos? ¿Cómo vivir, como Familia Franciscana y como Iglesia, este gran don?
En la sociedad contemporánea se prefiere mantener alejado el pensamiento sobre la muerte, tal vez porque nos recuerda que somos criaturas limitadas, sino sobre todo porque deja al descubierto las falsas seguridades que nos hacen sentir dueños del tiempo y de la vida. Francisco de Asís, en cambio, recibe a la hermana muerte cantando, porque comprendió que la muerte no es el final de todo, sino el fin que nos permite entrar en plena comunión con Dios. De hecho, la vida es un don recibido que debemos restituir: «Por consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo enteros el que se os ofrece todo entero» (CtaO 29).
Al final de sus días, Francisco contemplaba su vida y descubría la presencia y la acción del Señor por todas partes. En su Testamento repite como un estribillo: «El Señor me dio a mí, hermano Francisco… Y el Señor me dio una tal fe en las iglesias… El Señor me dio y me da tanta fe… Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me enseñaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio» (Testamento 1-14). Esta es la misma actitud presente en Clara de Asís cuando escribe su Testamento, en los últimos días de su vida. De hecho, también ella reconocía a Dios como el Dador, a quien debemos dar las gracias por todos los dones que nos concede, especialmente la vocación (cf. TestCl 1-2).
Celebrar el 800 aniversario de la Pascua de Francisco de Asís es una invitación a contemplar nuestra historia personal y la de nuestra Familia Franciscana con una mirada de fe, sabiendo percibir la presencia y la acción divina en todo, incluso en las situaciones difíciles y dramáticas que vivimos en el tiempo presente. Es una oportunidad para dar gracias a Dios por todos los dones que nos ha concedido, en particular por el don de Francisco de Asís y su experiencia evangélica, que se ha convertido en un carisma articulado en varios matices de seguimiento y apostolado, y que todavía hoy tiene la fuerza para interpelar a mujeres y hombres de todas las culturas, dentro y fuera de la Iglesia católica.
Próximo a su tránsito, Francisco decía a sus hermanos: «“Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios, pues escaso es o poco lo que hemos adelantado”. No pensaba haber llegado aún a la meta, y, permaneciendo firme en el propósito de santa renovación, estaba siempre dispuesto a comenzar nuevamente. Le hubiera gustado volver a servir a los leprosos» (1 Cel 103). La Pascua de Francisco nos recuerda que cada día es una oportunidad para empezar de nuevo, para renovar nuestra respuesta al llamado del Señor, que nos envía al mundo entero como hermanos y hermanas para dar testimonio de Él con palabras y con obras, para atraer a todos al amor de Dios (cf. ParPN 5).
Celebrar el tránsito del Poverello es, también, una ocasión para recordar que todos estamos llamados a la santidad y que, como él, estamos invitados a reflejar la belleza del Evangelio y de nuestra vocación franciscana, porque «la santidad es el rostro más bello de la Iglesia» (Gaudete et exsultate 9).