LA PALABRA DEL DÍA

Evangelio del día

Lunes 5 de diciembre de 2022
Lectura del santo evangelio según san Lucas 5, 17-26

Un día, estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor estaba con él para realizar curaciones.
En esto, llegaron unos hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Él, viendo la fe de ellos, dijo:
«Hombre, tus pecados están perdonados».
Entonces se pusieron a pensar los escribas y los fariseos:
«¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?».
Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, respondió y les dijo:
«¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: “A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa”».
Y, al punto, levantándose a la vista de ellos, tomó la camilla donde había estado tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios.
El asombro se apoderó de todos y daban gloria a Dios. Y, llenos de temor, decían:
«Hoy hemos visto maravillas».

Martes, 6 de diciembre de 2022
Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 12-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».

Miércoles, 7 de diciembre de 2022
Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 28-30

En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo:
«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Jueves, 8 de diciembre de 2022.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel.
El ángel le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel:
«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?».
El ángel le contestó:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible”».
María contestó:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Y el ángel se retiró.

Viernes, 9 de diciembre de 2022
Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 16-19

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«¿A quién compararé esta generación?
Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo: “Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.
Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras».

Sábado, 10 de diciembre de 2022
Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 10-13

Cuando bajaban del monte, los discípulos preguntaron a Jesús:
«¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?».
Él les contestó:
«Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos».
Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.

Comentario al evangelio del día

San Juan Diego Cuauhtlatoatzin

Lecturas:

Is 48, 17-19. Si hubieras atendido a mis mandatos, sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar.

Sal 1, 1-6. El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida.

Mt 11, 16-19. Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado.

La Palabra que el Señor nos regala hoy nos invita a una conversión muy concreta: abrirle el corazón para que Él pueda entrar y ser el Señor de tu vida.

Lo hemos cantado en el Aleluya: El Señor llega, salid a su encuentro; él es el Príncipe de la paz.

Porque podemos estar despistados, ocupados en otras cosas o con el corazón endurecido, y dejar que el Señor pase de largo.

Es lo que le pasa al pueblo de Israel, que se encuentra en el destierro. Isaías recuerda que los mandatos de Dios son para bien, y que la fidelidad al Señor se traduce en vida y bendición: Si hubieras atendido a mis mandatos, tu bienestar sería como un río.

Y es lo que les pasa a los contemporáneos de Jesús: no han entendido a Juan Bautista, el Precursor, ni han sabido descubrir en Jesús al Mesías.

Y lo que nos puede pasar a nosotros hoy.

Para poder tener un corazón bien dispuesto, necesitamos la sabiduría del Espíritu, es decir, mirarlo todo con los ojos de la fe y tener un corazón de niño: confiado, humilde y agradecido.

Para ello, el salmo nos ofrece una ayuda importante. Nos alerta de tres obstáculos, que contribuyen al endurecimiento del corazón:

· Seguir el consejo de los impíos, es decir, dejarse aconsejar por los que carecen del don de piedad y ven a Dios como un rival, como un enemigo y, por tanto, dudan del amor de Dios y ven en el evangelio más una amenaza que una buena noticia.

· Entrar por la senda de los pecadores, es decir, permanecer obstinados en el pecado, sin deseo de convertirse. Carecen del don de temor de Dios.

· Sentarse en la reunión de los cínicos, los burlones, los que carecen del don de sabiduría, no ven el amor de Dios en su vida y todo lo encuentran mal. No viven en la bendición sino en el resentimiento; no viven en la alabanza sino en la reclamación.

En cambio, el que pone su confianza en el Señor será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y está bien dispuesto para acoger al Señor, que viene.

Yo abro brecha delante de vosotros (Cf. Miq 2, 12-13).

¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).

Comentario al evangelio del día

Mt 11, 16-19. “Amigo de publicanos y pecadores”. La condición humana siempre tiene un pequeño punto de contradicción. Todos somos un poco como esos niños de los que hoy habla el evangelio. Solemos desear aquello que no tenemos. Somos muy críticos con los demás y complacientes con nosotros mismos. Es lo que hicieron con Juan Bautista y con Jesús. El primero fue criticado por su austeridad excesiva, Jesús por su proximidad a todos. El Señor ha venido para enseñarnos a apreciar todo lo humano, para redimirnos de esa tendencia a la insatisfacción, para que le sigamos y encontremos así el camino de la felicidad, para que disfrutemos de la alegría del evangelio. Aunque Jesús no fue entendido por todos, son sus obras las que acreditan su sabiduría. Eso nos llama a que pongamos nuestros ojos en Jesús para contemplar no solo las cosas que hace sino cómo las hace, y aprender de Él.

III DOMINGO de adviento
Año litúrgico 2022 - 2023 - (Ciclo A)

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías 11, 1-10

El desierto y el yermo se regocijarán,
se alegrará la estepa y florecerá,
germinará y florecerá como flor de narciso,
festejará con gozo y cantos de júbilo.
Le ha sido dada la gloria del Líbano,
el esplendor del Carmelo y del Sarón.
Contemplarán la gloria del Señor,
la majestad de nuestro Dios.
Fortaleced las manos débiles,
afianzad las rodillas vacilantes;
decid a los inquietos:
«Sed fuertes, no temáis.
He aquí vuestro Dios! Llega el desquite,
la retribución de Dios.
Viene en persona y os salvará».
Entonces se despegarán los ojos de los ciegos,
los oídos de los sordos se abrirán;
entonces saltará el cojo como un ciervo.
Retornan los rescatados del Señor.
Llegarán a Sión con cantos de júbilo:
alegría sin límite en sus rostros.
Los dominan el gozo y la alegría.
Quedan atrás la pena y la aflicción.

Salmo

Sal 145, 6c-7. 8-9a. 9bc-10
R/. Ven, Señor, a salvarnos

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R/.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos. R/.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol Santiago 5, 7-10

Hermanos: esperad con paciencia hasta la venida del Señor.
Mirad: el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía.
Esperad con paciencia también vosotros, y fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca.
Hermanos, no os quejéis los unos de los otros, para que no seáis condenados; mirad: el juez está ya a las puertas.
Hermanos, tomad como modelo de resistencia y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor.

Evangelio del domingo

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 2-11

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle:
«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?».
Jesús les respondió:
«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo:
los ciegos ven, y los cojos andan;
los leprosos quedan limpios y los sordos oyen;
los muertos resucitan
y los pobres son evangelizados.
¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:
«¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta?
Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito:
“Yo envío mi mensajero delante de ti,
el cual preparará tu camino ante ti”.
En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él».

comentario al evangelio del domingo

La alegría de la salvación (por Jaime Sancho Andreu)

 (3º Domingo de Adviento -A-, 11 – Diciembre -2022)

Oración para encender el tercer cirio de la corona del Adviento.

Después de venerar el altar y saludar a la asamblea, el sacerdote, desde la sede, dice: 

Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor. Nuestro Redentor está cerca y hacia él dirigimos nuestra súplica antes de encender la tercera vela de la corona del Adviento.

Avanzando hacia tu encuentro, Cristo Jesús, te buscamos con esperanza, animados por la palabra profética del santo Precursor, Juan el Bautista. Cuando estamos muy cerca de la fiesta de tu Nacimiento, Señor Jesús, crece nuestra alegría porque sigues con nosotros y no has dejado de hacerte presente a tu Iglesia para cumplir la obra inmensa de la salvación del mundo. Te recibimos, sacerdote eterno, en nuestra asamblea eucarística, Jesucristo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R. Amén.

Y el mismo celebrante o un fiel, enciende tres cirios de la corona del Adviento, mientras puede cantarse otra estrofa del canto de entrada o el estribillo del Himno del Jubileo. Sigue el acto penitencial.

Orientaciones para la homilía

El domingo de la alegría

La antífona de entrada marca la tónica dominante de este domingo, que es la alegría:Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca” (Filipenses 4,4-5) se convierte en una consigna repetida a lo largo de todo el Adviento: si el Señor está cerca, su proximidad no debe ser motivo de tristeza, sino de gozo. El viene en persona y nos salvará (Primera lectura). La venida del Señor es vista por el profeta Isaías como una procesión festiva: “Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción” (Is 35,10).

La alegría de la salvación

Demasiadas veces se ha dicho que al cristiano se le enseña a ver la vida solamente como “un valle de lágrimas”. Cierto que aquí no se trata de alegría superficial de las fiestas mundanas, tampoco se trata de algo pasajero o de una esperanza ingenua o utópica, sino que se anuncia lo que debe ser un estado optimista permanente para el cristiano, que se sabe salvado por la gracia de Cristo. Hoy el apóstol Santiago anuncia que la venida del Señor está cerca, pero hemos de tener paciencia para sobrellevar las pruebas de esta vida hasta que se cumpla plenamente nuestra salvación.

Es una alegría que actúa como un Evangelio sin necesidad de palabras. Dios quiere que todos se salvan, y que se alegren al conocer esta buena noticia, y para ello envía a los creyentes que han experimentado la salvación para que lleven esta buena nueva a los alejados, con el ejemplo de su forma de vida, y también dando razón de su esperanza, de modo que el mayor número de personas se unan con alegría al mismo canto de alabanza. 

El Padre, por la donación del Espíritu Santo, nos ha elevado a la condición sobrenatural y nos restaura en su gracia por medio de la iniciación cristiana. Así la conversión de los pueblos y la obediencia de los humanos es el nuevo sacrificio espiritual que Dios acepta porque es la continuación en el tiempo de la obediencia y la acción de gracias de Jesucristo por medio de su cuerpo que es la Iglesia.

La vocación a difundir la verdadera alegría

Esta alegría se debe sentir en nuestra liturgia y en todo el conjunto de la vida cristiana, y debe comunicarse inmediatamente a los que entran en contacto con la Iglesia: En la liturgia se proclama la historia de la salvación, cuyas etapas muestran el amor de Dios creador y redentor, hasta llegar al momento de Cristo y la Iglesia. Aquí está la luz para juzgar lo que vemos y discernir como habremos de actuar en el mundo. En la liturgia se toma conciencia de lo que ha costado que volvamos a ser imagen de Dios, del valor del hombre para el Padre, del mérito de la sangre de Cristo y del poder del Espíritu. Por ello, cuando alguien se acerca a la Iglesia para solicitar los signos de vida para sus hijos, sus enfermos o para ellos mismos, deben ser acogidos con simpatía y comprensión de su situación. Esta acogida es ya una verdadera catequesis, inicio de un compromiso para cambiar ellos mismos y difundir la alegría de un encuentro renovado con Cristo.

Es verdad que el anuncio de la Navidad, a medida que se ha ido universalizando, ha perdido casi todo su contenido original; pero hemos de saber aprovechar, al menos, este motivo para conectar con quienes tenemos cerca y hacerles pensar cosas como ¿Navidad de quién? o bien: Este deseo de paz y alegría ¿qué motivo tiene?

Las señales de la llegada del Mesías

El profeta Isaías anuncia la venida del Redentor acompañado de signos que muestran la salvación. Los ciegos, cojos, cautivos, significan la penosa condición de la humanidad que sufre las consecuencias del pecado. Para Israel, la vuelta del exilio de Babilonia fue la gran señal de que Dios continuaba protegiendo a su pueblo, pero esta salvación estaba subordinada a la esperanza en otra venida más definitiva, en la persona del Mesías. 

Por ello, cuando Juan el Bautista creó una expectación intensísima entre los israelitas y los animaba a preparar el camino del Señor, envió desde la cárcel donde lo tenía preso Herodes unos mensajeros para preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” (Mateo 11,3). Jesús le confirmó que él era quien estaba ya cumpliendo la profecía de Isaías que hoy se ha leído, porque él era el Señor que abre los ojos al ciego y cuyo reino no tendrá fin (Salmo responsorial): “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (11,4-5). Añadiendo una de sus características bienaventuranzas: “Bienaventurado el que no se escandalice de mí” (2,6).

Durante el Adviento, y en especial en este domingo, nos alegramos porque sabemos los signos que nos muestran dónde está y cómo nos salva.

Han llegado, pues, los tiempos esperados del Mesías, que es reconocido por los pobres en el espíritu, mientras que otros se sienten defraudados, escandalizados por la humildad de la encarnación del Hijo de Dios. Jesús marca la diferencia con el Antiguo Testamento y da la Buena Noticia a los que entran en la nueva situación que él está inaugurando, de tal manera, que si bien Juan era el más grande de los hombres antes que Jesús, “el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él” (Mt 11,11).

La Iglesia debe seguir mostrando los signos de la llegada del Reino; éstos son, en primer lugar, los sacramentos de la salvación, pero no puede tampoco descuidar el anuncio y la aplicación de la Buena Noticia de la salvación a los desgraciados de la tierra, pues su recuperación y redención es la manifestación concreta y testimonial del amor que Dios muestra hacia el mundo enviando al Hijo unigénito. Se acercan ya las fiestas del nacimiento del Salvador, y el Adviento debe prepararnos para aquellas tal como quería hacerlo el Bautista con su pueblo, “purificándonos de todo pecado” (Oración después de la comunión).

Es lo que pedimos en nuestras asambleas, cuando celebramos con fervor el día del Señor, este día de alegría en honor de Cristo resucitado, para que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras.

LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO

Primera lectura y Evangelio. Isaías 35, 1-6a. 10 y Mateo 11, 1-11: El profeta anuncia la venida del Mesías que será acompañada por signos de redención, como la liberación de las consecuencias del pecado, significadas en las enfermedades y otros males que padece la humanidad. Por ello Jesús se identificó ante los enviados del Bautista mostrándoles esas mismas señales de salud y regeneración que son signos de la llegada del tiempo de la salvación.

Salmo responsorial 145: La misericordia y la fidelidad de Dios se muestran a través de su providencia hacia los más débiles y abandonados. Como sentimos la necesidad de su intervención, cantamos: “Ven, Señor, a salvarnos”.

Segunda lectura. Santiago 5, 7-10: El apóstol anuncia que la venida del Señor está cerca, pero hemos de tener paciencia para sobrellevar las pruebas de esta vida hasta que se cumpla plenamente nuestra salvación.

Otro comentario al evangelio del domingo

Domingo 2º de Adviento

Ciclo A

Lecturas:

Is 11, 1-10. Juzgará a los pobres con justicia.

Sal 71 Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente.

Rom 15, 4-9 Cristo salva a todos los hombres.

Mt 3, 1-12 Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.

La Palabra de Dios que proclamamos este segundo Domingo de Adviento es una invitación seria y profunda a la conversión.

La Buena Noticia de Jesucristo, el Hijo de Dios, comienza con esta llamada excelente de san Juan Bautista: ¡PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS! Jesús llama a la conversión.

Una gran tentación en la que puedes caer es pensar que ya estás convertido, que no necesitas la conversión, que ya eres bastante bueno y que, por tanto, no hay nada que cambiar en tu vida; o, por el contrario, pensar que tu vida no tiene remedio, que no vale la pena luchar porque no puedes cambiar tu vida. O también quedarse en una conversión meramente moralista: fijarse únicamente en cuatro detalles, pero no ir al fondo de la cuestión: ¿quién es el Señor de tu vida?

Por ello, el Evangelio que proclamamos hoy te advierte con seriedad que ha llegado la hora de la conversión, que para preparar la venida del Señor hay que estar siempre en actitud de conversión.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Dios te ama más que nadie. Cristo viene a salvarte a ti. Para ello quiere tu colaboración y una actitud fundamental: la conversión, que es la vuelta sincera y total a Dios. Esto significa dejar tu vida en sus manos y orientarla según el Evangelio; aceptar ser guiado por Él y fiarte de su amor.

Preparar el camino al Señor significa estar siempre en actitud de conversión. Significa superar la soberbia de los que creen que todo lo hacen bien y la hipocresía de los que se dedican únicamente a criticar los fallos de los demás sin fijarse en los suyos.

Convertirse significa cambiar tu forma de pensar para cambiar tu forma de vivir. Es decir, cambiar tu corazón, para tener los mismos sentimientos y actitudes que tuvo Jesús.

Convertirse significa rechazar el estilo de vida del mundo para tener el estilo de vida de Jesús.

Convertirse significa que el Evangelio ha de transformar toda tu vida, que has de ser cristiano en todo, que no puede haber ningún rincón de tu vida cerrado a la Palabra de Dios.

Convertirse significa que has de aceptar que Jesucristo es el único Maestro y el único Señor de tu vida.

Convertirse significa que has de tomar en serio la vida cristiana. No confiarte en que estás bautizado o en que vas a Misa todos los domingos, o en que apareces por la parroquia. ¡Es necesario, pero no es suficiente! Has de vivir conforme a la Palabra de Dios, y tratar de ser fiel a Jesucristo y a la Iglesia, y dar frutos de misericordia y caridad.

Convertirse y preparar el camino al Señor significa que has de esforzarte, de luchar por ser cristiano, que, al igual que el atleta tiene que entrenarse, esforzarse y luchar para conquistar la medalla, tú también has de esforzarte y trabajar en serio si quieres alcanzar la vida eterna. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana.

Necesitamos un corazón nuevo. La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios, que es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al acoger el amor gratuito y misericordioso de Dios, nuestro corazón se estremece ante nuestros pecados y es movido por la gracia de Dios al arrepentimiento de corazón.

Convertirse significa que has de vivir en la paciencia y el amor, es decir: vivir la cruz de cada día con fortaleza y amor, apoyado en la Palabra de Dios que renueva el mundo y transforma tu corazón si te dejas llenar por ella.

Pídele al Señor un corazón nuevo que pueda vivir abierto a su amor. Pídele poner tu vida en sus manos para volver a Él. Dios no deja de amarte nunca, y el que comenzó en ti la obra buena, él mismo la llevará a su término. Si le abres el corazón al Señor él irá haciendo obras grandes en ti.

¡Feliz Domingo, feliz Eucaristía!

Yo abro brecha delante de vosotros (Cf. Miq 2, 12-13).

¡Ven Espíritu Santo! (cf. Lc 11, 13).

Otro comentario al evangelio del domingo

Mt 3, 1-12. “El fruto que pide la conversión”. Juan Bautista predica un bautismo de conversión, atrae a todos los judíos que añoran una vida más auténtica, más próxima a los preceptos de la ley. La llamada a la conversión es una preparación para acoger el reino de Dios que está cerca y al Mesías que trae la salvación de Dios. Hay que preparar el camino, hacer fácil que el Señor venga a nuestra vida, dejar espacio a su palabra para que nos ilumine. Esa conversión no es solo un conjunto de buenos deseos e intenciones. La conversión se verifica por los frutos que produce en nuestra vida: mayor generosidad, mayor entrega en el servicio, mayor capacidad de amar a todos. Juan también anuncia un nuevo bautismo con Espíritu Santo. Es la novedad que trae Jesús que consiste en hacernos participar de la misma vida de Dios al acoger en nosotros su Espíritu.

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