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sábado 10 de abril de 2021
¡¡RESUCITÓ DE VERAS!!
Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia

“¡Este es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo!’’, repetimos una y muchas veces en estos días de pascua con particular emoción y estremecimiento, porque: “Es verdad, ¡Cristo ha resucitado!”. “Lucharon vida y muerte/ en singular batalla/ y, muerto, el que es la vida, / triunfante se levanta... ¡resucitó de ¡veras/ mi amor y mi esperanza!” (secuencia pascual) . Ésta es nuestra fe; ésta es nuestra victoria la fe de la Iglesia que vence al mundo, la que derrota al mal y a la muerte. La resurrección de Jesús de entre los muertos es el acontecimiento culminante en que se funda la fe cristiana, la base última que la iglesia tiene para creer, el fundamento para su esperanza, la raíz de un amor que se entrega todo por encima de los poderes de muerte. La fe cristiana es fe en la persona de Jesús; y esa fe depende del acontecimiento del hijo de Dios “venido en carne”, crucificado, y de su resurrección de entre los muertos.

Muchos hoy están fascinados por Jesús, como hombre libre, como fiel a Dios y a sí mismo hasta la muerte, como hombre enteramente para los demás, como profeta de un mundo más justo y fraterno. Pero no admiten su Resurrección. Entonces Él no sería el salvador, no nos habría redimido ni rescatado de los poderes de la muerte y del pecado; no nos habría salvado. Continuaríamos en la soledad, cargados con el pesado fardo de nuestra miseria sin poder deshacernos de él, encima, con la terrible tarea, imposible de alcanzarla por nuestra parte, de liberarnos de la muerte y alcanzar la vida para siempre. No habría salvación para el hombre.

Si Jesucristo no ha resucitado, entonces Él no pasa de ser un mártir ejemplar; lo bueno quedaría en Él, pero nosotros seguiríamos igual: inmersos en la miseria del pecado y del mal y presos en el dominio de una muerte con la que todo quedaría acabado. La esperanza humana sería una pobre esperanza, una mera resignación, una esperanza limitada a unos bienes o a un recuerdo, nada más; la muerte continuaría dominando de manera inexorable. Sin la Resurrección, el Crucificado no nos salva; y la Iglesia, y nosotros, con ella, no tendríamos más que decir que nuestra predicación es absurda y que nuestra fe carece de sentido. Pero es más, es que también la vida carecería de sentido. Porque, ¿para qué amar, trabajar, casarse, luchar, esforzarse, si no hay resurrección? Todo sería vanidad, vacío, ilusión. No habría esperanza.

Por eso, me estremecía y me estremezco por dentro al observar cómo se está diluyendo, debilitando o perdiendo esta fe en la resurrección. Es algo que no puede dejarnos tranquilos a ninguno de nosotros que creemos en Jesucristo. Nos urge y nos apremia anunciar a Cristo que ha resucitado de entre los muertos. Sobre esta verdad, sobre esta piedra angular se asienta todo y sin ella no hay posibilidad de edificar la humanidad. No podernos silenciarla. Es la gran alegría para todo el mundo, la gran esperanza que los hombres necesitan para poder arrostrar el futuro y fundamentar la vida. Ésta es la gran verdad que todo hombre requiere para hallar razones que le impulsen a vivir con sentido y a amar con toda la fuerza del corazón, sin reserva alguna.

Pero no olvidemos que el que ha resucitado es el que ha sido crucificado. “Ved las agujeros de los clavos en mis manos y en mis pies; ved el costado abierto”, le dirá Jesús a Tomás que no acababa de creer que había resucitado. Y es que Cristo, el Resucitado, sin la cruz y sin la concreción histórica de Jesús, sería solamente un mito fácilmente manipulable, una estéril proyección de nuestras aspiraciones, un fantasma o un ideal que se crea conforme a los usos o situaciones del momento.

Con el Crucificado-Resucitado se hace presente de verdad el Señorío de Dios, su Reino. Aquello que se había iniciado en la vida pública de Jesús, anuncio y promesa de que el Reino de Dios había llegado, y que parecía anulado después con su muerte, eso aparece ahora con nueva y poderosa eficacia y realidad. Dios, en efecto, está y es verdaderamente cercano a los pobres, a los pecadores, a los enfermos, a los fracasados de la historia, a los muertos sepultados en la tierra. Su amor creador y fiel va a llevar a cabo las esperanzas más profundas del hombre : que el hombre viva, que el hombre viva en plenitud, que el hombre viva para siempre, que el hombre alcance la felicidad y la dicha supremas que sólo Dios, el Amor infinito puede dar y colmar. Por eso la Iglesia proclama, con todo lo que es y con toda su voz, que Cristo ha vencido a la muerte, que Él, que ha muerto en la Cruz, revela la plenitud de la Vida y nos ha traído la Vida, vida eterna. ¡Qué alentador es esto cuando estamos todavía inmersos en el tiempo de la pandemia, en medio de una cultura de muerte y de un silencio grande de Dios al que el hombre de la secularización parece recluirlo, con reminiscencias de Nieztsche que proclamó aquel grito terrible: ¡“Dios ha muerto”!

Nuestra época parece empeñada en la “muerte de Dios”, vivida en esa experiencia tan amarga y desertizante de una aparente ausencia de Dios, o reflejada en la vivencia de que lo cubre la tumba, de que ya no despertará ni hablará nunca más, de tal suerte que ya no hará falta combatirlo, sino simplemente olvidarlo. Tal parecía ser la experiencia de aquellos dos discípulos del Evangelio, cariacontecidos y desalentados, que caminaban sin esperanza alejándose de Jerusalén, en huida, hacia la aldea de Emaús. Todo parecía quedar en entredicho, tanto la figura de Jesús de Nazaret, como el anuncio del Reino de Dios que Él había hecho vinculado a su persona; todas sus pretensiones parecían desmentidas.

“Los sobresaltados discípulos iban hablando de la muerte de su esperanza. Para ellos había ocurrido algo semejante a la muerte de Dios: se había extinguido el punto en el que Dios parecía haber hablado. El Enviado de Dios había muerto; todo es completo vacío. Nada responde ya. Sin embargo, mientras hablaban de ese modo de la muerte de su esperanza, de que ya son incapaces de ver a Dios, no perciben que la esperanza está viva en medio de ellos”; que Cristo, esperanza nuestra, vive, sale a su encuentro, comparte su camino y sus angustias. Les habla y su corazón renace a la esperanza. Les reparte el pan, les entrega su amor y su vida. Y todo cambia, su vida se llena de luz, de verdad, de esperanza y van a contarle qué les ha sucedido en el camino. Dejan de huir al vacío de la desesperanza; dejan de separarse de los hermanos, para volver a ellos y comunicare con ellos, llenos de alegría.

Este mundo de hoy, pues, que parece querer la muerte de Dios, el silenciamiento de Dios, su confinamiento al sepulcro y al olvido, su expulsión de nuestro mundo al mundo de los muertos, necesita abrirse a Cristo, encontrarse con Él, escuchar el mensaje de la Resurrección, abrirse a Él, detenerse y pensar que si Dios ha muerto, que si Cristo no vive, también para el hombre se le cierra toda esperanza. La muerte de Dios puede comportar, está comportando, desgraciadamente la muerte del hombre, el olvido del hombre.

“Cristo ha resucitado para que el hombre encuentre el auténtico significado de la existencia, para que el hombre viva en plenitud su propia vida, para que el hombre que viene de Dios, viva en Dios. Cristo ha resucitado. Él es la piedra angular. Ya entonces se quiso rechazarlo y vencerlo con la piedra vigilada y sellada del sepulcro. Pero aquella piedra fue removida. Cristo ha resucitado. No rechacéis a Cristo vosotros, los que construís el mundo humano. No lo rechacéis vosotros, los que, de cualquier manera y en cualquier sector, construís el mundo de hoy y de mañana; el mundo de la cultura y de la civilización, el mundo de la economía y de la política, el mundo de la ciencia y de la información (el mundo de la familia y de las relaciones sociales, el mundo del trabajo y el del comercio, el mundo del ocio o de cualquier espacio humano donde el hombre se construye y desarrolla su vida), no rechacéis a Cristo. Él es la piedra angular, sobre la que se construye la historia de la humanidad entera y la de cada uno de nosotros. Que no lo rechace ningún hombre, porque cada uno es responsable de su destino; constructor o destructor de la propia existencia” (San Juan Pablo II, Mensaje de Pascua, 1980).

Abramos de par en par nuestras puertas a Cristo, al Redentor que vive. No tengamos miedo. Acojamos a Cristo resucitado en nuestras propias vidas. Y seremos hombres nuevos y se alumbrará una nueva primavera para la Iglesia y para el mundo, se abrirá paso una nueva humanidad hecha de hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida conforme al Evangelio de la Resurrección. Acojamos a Cristo, el Amor que ha triunfado sobre el odio y vive para siempre, y será posible una civilización del amor, una nueva cultura, la cultura de la solidaridad y de la vida. Exultemos porque se nos ha abierto para todos los hombres la gran esperanza del gran Día en que actuó el Señor. Avivemos nuestra fe y nuestra esperanza en Aquel, Cristo, que ha roto la tiranía de la muerte y ha revelado la fuerza divina de la Vida. Él es el único nombre en el que podemos ser salvos. Él es nuestra esperanza. Los discípulos “vieron y creyeron”, se encontraron con Él en el camino de la vida, le reconocieron al partir el pan, en su amor entregado por nosotros. Y fueron a contar lo que les había pasado en el camino. Ellos dan testimonio. Nosotros creemos y estamos en comunión con el testimonio de los apóstoles, testigos vigilantes que anuncian con palabra poderosa lo que era en el principio, lo que vieron de cerca sus ojos y lo que sus manos tocaron y palparon acerca del Verbo de la vida. Creemos y trasmitimos lo que hemos visto de ellos, testigos oculares. Después de morir y quedar sepultado, al tercer día, realmente, Jesús fue liberado de los lazos de la muerte y del sepulcro, y devuelto a la vida por el poder de Dios su Padre, para no morir jamás. La muerte, el odio, la injusticia han quedado heridas de muerte de manera definitiva. Cristo ha resucitado y nosotros con Él. En Él está la esperanza de nuestra feliz resurrección.

Tal es la luminosa certeza que celebramos estos días de Pascua. Ella llena de esperanza toda la historia de la humanidad, también la nuestra, la de cada uno de nosotros. Ella colma y sobrepasa todo anhelo de plenitud y de vida. En esa verdad se asienta la vida del hombre y nuestra fe, como sobre piedra angular. Por ello no podemos silenciar este hecho, porque es la gran alegría para todo el mundo, la gran esperanza que los hombres necesitan para poder arrostrar el futuro y fundamentar la vida siempre en la esperanza de la victoria del bien y del amor. Ésta es la gran verdad que el hombre requiere para hallar razones que le impulsen a vivir con sentido y a amar con toda la fuerza de su corazón, sin reserva alguna. ¿Cómo no exultar de gozo?

Señal inequívoca del triunfo del amor de Dios

Sólo en Cristo resucitado resplandece de manera radiante y sin ocaso la luz que disipa toda oscuridad que se cierne amenazadora sobre el hombre, como es el desaliento, el desencanto, el escepticismo o el miedo al futuro. Sólo en Cristo, resucitado y triunfador de la muerte, resplandece esa plenitud de vida, de felicidad y de gloria para la que fuimos creados. Él es el anticipo vivo del destino final al que el Padre nos llama a todos, y especialmente a los que se encuentran más identificados con el camino del dolor, de la pobreza y de la cruz. Muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando nos dio nueva vida. En la resurrección de Jesucristo el hombre ha sido llamado a la dignidad más grande.

Aquí está la esperanza universal. El Resucitado no se aleja de nosotros, el Resucitado vuelve a nosotros. Él va a todas partes, a donde más se le espera, a donde mayor es la tristeza y el miedo, a donde mayores son las desgracias y las lágrimas. Él viene para irradiar la luz sobre todo aquello que está envuelto en las tinieblas del pecado y de la muerte. Cristo vivo, Cristo resucitado, Cristo Señor y vencedor del pecado y de la muerte, nos invita a todos nosotros, con un respeto exquisito a nuestra libertad, a que confiemos en Él, que vive, y a que vayamos tras Él. En Él encontraremos, con creces, sobrepasado, lo que buscamos; la felicidad, la vida, la inmortalidad, Dios, en definitiva. Él es el camino para llegar hasta Dios. Recorrer el camino que lleva a esa plenitud es recorrerlo con Él. Porque no hay otro camino. Nosotros necesitamos a Cristo para poder recorrer los caminos de la vida. Cristo necesita de vosotros para seguir acá presente en medio de los hombres. Cristo sale a nuestro encuentro y nos envía, como a los primeros discípulos, a ese amplio mundo, el nuestro de hoy, que·necesita del Evangelio, que necesita de curaciones, que necesita de pan, que necesita de consuelo y de esperanza, que necesita de paz. Él nos manda a que vayamos, sin miedo, a la tierra de misión, simbolizada en la “Galilea de los gentiles”, para que, con obras y palabras, le anunciemos a los hombres y demos testimonio de Él con nuestras vidas: porque la mejor prueba de que Cristo ha resucitado es que Él vive y actúa en nosotros. Y la mejor prueba de que vive es que existen hombres y mujeres, comunidades de cristianos, que viven de su vida y de su amor, personas que, en su vida, aseguran de verdad al mundo que es posible morir y resucitar.

La resurrección de Cristo es el triunfo del amor de Dios, la señal inequívoca de que Él ama de manera irrevocable al mundo, de que “el hombre es amado por Dios”; por eso, “la palabra y la vida de cada cristiano pueden y deben hacer resonar este anuncio: ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti; para ti, Cristo es el camino, la verdad y la vida” (San Juan Pablo II).

Por las circunstancias especiales en que nos encontramos, el encuentro con el Señor resucitado no puede dejar de traducirse en un anunciar de nuevo el Evangelio, de un modo parecido a como se anunció en los primeros tiempos del cristianismo. El anuncio de entonces fue un anuncio alegre y victorioso, porque los discípulos se sintieron arrebatados por una profunda alegría, al contemplar, el día de Pascua, la gloria del Señor resucitado. Nuestra sociedad tiene necesidad de evangelizadores, pero no de evangelizadores tristes y desalentados, amargados, impacientes o ansiosos, sino de servidores del Evangelio, de testigos del Resucitado, que irradian amor, alegría y paz en Cristo Jesús.

Testigos que irradian paz, porque la paz es el saludo y la enseña del Resucitado. Esa paz que el mundo no puede dar; esa paz que está tan rota y maltratada en rincones de la tierra con la crueldad de la guerra, de la violencia o del terrorismo; esa paz que se ve tan amenazada por las desigualdades tan clamorosas entre los hombres, por la crueldad con que es inculcada la dignidad humana reiteradamente, o por los sufrimientos de los que carecen incluso de lo mínimo y estrictamente necesario para poder sobrevivir o están amenazados por el hambre, la miseria, el odio o la venganza. Testigos de paz en nuestra sociedad, buscando la unidad por encima de todo, restañando con el diálogo y la mano tendida toda división, haciendo cuanto esté en nuestra mano para que todos puedan vivir una vida digna como corresponde a los hijos de Dios, por los que Cristo ha muerto y ha resucitado: esforzándose sin cesar en la defensa del derecho a la vida, en la defensa y proclamación de la verdad, en la promoción de la justicia y en el desarrollo efectivo a todo hombre. Nuestro mundo necesita de la presencia de la paz y de la victoria de su espíritu, necesita del amor y de la misericordia de donde verdaderamente surge y en donde se asienta. Los hombres y las mujeres, los jóvenes, los ancianos y los niños, las familias y la sociedad entera necesitan de la paz y de la reconciliación. Cristo resucitado es nuestra reconciliación y nuestra paz. Llevemos a todos esta paz. La paz del Resucitado.

A esto debe conducirnos el Sínodo Diocesano y el año Jubilar eucarístico del Santo Cáliz de la Pasión.

+ Antonio, Card. Cañizares
Arzobispo de Valencia
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