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sábado 22 de febrero de 2020
LA HORA DE LOS LAICOS
Carta semanal del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

Queridos hermanos y amigos:

Acaba de celebrarse en Madrid el Congreso de apostolado seglar, “Pueblo de Dios en salida”, enviados para evangelizar, que se venía trabajando ya en todas las diócesis españolas más de un año antes. Sin duda el Congreso ha sido un momento muy importante para la Iglesia en España, por supuesto también para nuestra diócesis de Valencia. Por eso me dirijo a todos vosotros, fieles cristianos laicos, además de daros las gracias a todos, a los que habéis participado activamente tanto en la preparación como en la celebración de este Congreso, a todos quiero dirigiros esta carta.

Ha sido un acontecimiento muy importante, llamado a ser un momento que marca un antes y un después en la Iglesia española. Una asamblea eclesial de más de 2.000 laicos invitados, abierta al mundo, no encerrada en sus propios muros, dispuesta a salir donde están los hombres, y compartir con todos, y libre para proclamarles sin trabas que Jesús es el Señor de todos y para todos hasta el punto de dar la vida por todos, que quiere a todos sin medida, con amor preferencial a los últimos, a los pobres, a los pecadores, a los débiles, sin exclusión de nadie. Fieles cristianos laicos, representando a tantos y tantos laicos –muchos miles– que escuchaban, escuchan y han escuchado la llamada de Dios, procedentes de asociaciones, movimientos y parroquias, de los diversos pueblos de España, de ciudades grandes y pequeñas, dispuestos a acoger lo que Dios quiere y a compartir con los hombres, sus hermanos, los gozos y esperanzas, los dolores y tristezas, las búsquedas y lo anhelos comunes a todos que en Dios hallan su eco más propio. Lo que Dios quiere es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad, y que su amor sin límite llegue y alcance a todos. Y este es el verdadero conocimiento: que conozcan la verdad de Dios, de la que es inseparable la verdad del hombre, y la grandeza de su vocación, y alcancen la vida eterna. Ahí está la vida eterna, nos dice el mismo Jesús: “que conozcan a Dios Padre y a su enviado, su Hijo, Jesucristo”.

Se habló en el recinto del Pabellón de Cristal de la Casa de Campo madrileña de un nuevo Pentecostés, porque así ha resultado ser: un nuevo Pentecostés, que nos hace “salir” al pueblo de Dios donde están los hombres, a anunciar el Evangelio, a Jesucristo y dar testimonio de Él, a ser misioneros en medio del mundo, a hacer discípulos de Jesucristo a todas las gentes. Allí, por el ambiente de fe y de alegría que se respiraba, por el gozo que se sentía en el encuentro, por el espíritu de fraternidad, por el aliento y la esperanza que se palpaba, por el sentido y ambiente eclesial, nada clerical, que allí se apreciaba, particularmente en la Eucaristía que suscita y hace la Iglesia, y al finalizarla, podríamos afirmar sin ninguna duda que estaba actuando el Espíritu Santo, porque todo ello estaba siendo y manifestando signos de ese Espíritu Santo que suscita la fe, el amor, la alegría, la comunión y la unidad de la Iglesia que es comunión.

Desde todas las partes se escucha un poderoso llamamiento, un clamor, a la evangelización. Evangelizar hoy es algo que no podemos dejar para mañana, a todos los cristianos nos urge y apremia. En manos de los seglares, está muy principalmente la obra de la nueva evangelización. Por vuestra vocación específica, que os coloca en el corazón del mundo y al frente de las más diversas tareas temporales, sois particularmente llamados a llevar a cabo la renovación de nuestro mundo, de la humanidad, que en eso consiste evangelizar. Si no contamos con un laicado evangelizado y evangelizador no habrá Iglesia que evangelice. Y esto, no tanto por la escasez de sacerdotes, que va siendo muy grande, cuanto por la propia y específica vocación de fieles cristianos inmersos en el mundo. Al igual que en los primeros tiempos, ahora estáis llamados a propagar la fe en Cristo por todas las partes. Los Apóstoles dirigían la misión, pero no sólo ellos la llevaron a cabo. Los simples cristianos, los “cristianos de a pie”, de la profesión o condición que fuesen, llevaron el Evangelio adonde aún no habían llegado todavía los enviados “oficiales” de las comunidades establecidas.

Sin la mediación de vosotros, los cristianos laicos, es imposible la obra de evangelización. Vosotros llegáis con toda naturalidad donde no podemos ni llegaremos nunca los Obispos o los sacerdotes. Y, sin embargo, en esos lugares está en juego la evangelización. Hago, a todos los fieles cristianos laicos, una llamada apremiante y urgente a que os unáis, sin ningún temor, a la obra de la evangelización. Vuestra tarea primera e inmediata es poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de vuestra actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como de otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional… Cuantos más seglares haya impregnados del Evangelio, responsables de estas realidades y claramente comprometidos con ellas, competentes para promoverlas y conscientes de que es necesario desplegar su plena capacidad cristiana, tantas veces oculta y asfixiada, tanto más estas realidades estarán al servicio de la edificación del Reino de Dios y, por consiguiente, de la salvación en Cristo Jesús (cf. EN 40), y, en consecuencia, de hacer mejor nuestro mundo.

Es hora de actuar y de aportar la savia renovadora del Evangelio para recomponer el tejido social y moral de nuestro pueblo. Los seglares tenéis la principal parte. Es vuestra hora.
Pido a toda la Iglesia diocesana que, con la fuerza de la gracia de Dios, hagamos un esfuerzo decidido por promover la corresponsabilidad y participación de los seglares dentro de la vida y misión evangelizadora de la Iglesia en conformidad con vuestros caracteres específicos de existencia cristiana. Primeramente a un apostolado individual, porque éste es la forma principal de todo el apostolado de los laicos. Se trata de una irradiación capilar constante y particularmente incisiva en el entorno en que el laico cristiano desarrolla su vida: el ámbito familiar, el del trabajo, el de las relaciones sociales... De este apostolado individual nadie debe sentirse exento. Pero esto es insuficiente para la obra evangelizadora de la Iglesia. Se necesita un apostolado asociado, máxime en esta hora tan compleja que estamos viviendo. Por ello pido y exhorto a las comunidades y a los sacerdotes que inviten a los cristianos laicos a participar en el apostolado asociado, que es signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia. No tengamos miedo al apostolado asociado. No veamos en este apostolado ningún riesgo para las parroquias, al contrario son fermento y acicate para su revitalización. La estrecha unión de fuerzas es la única que vale para lograr plenamente todos los fines del apostolado. Debemos promover y favorecer la inserción de los cristianos laicos en los diferentes movimientos apostólicos laicales suscitados por el Espíritu Santo, reconocidos y aprobados por la Iglesia, acompañarlos y proporcionarles los elementos educativos necesarios. No hacer esto sería ir contra el mismo Espíritu Santo que es quien suscita los diferentes carismas de apostolado en la Iglesia. ¿Cómo vamos a ir o actuar contra el Espíritu?

Es necesario que con toda claridad y decisión nos propongamos ayudar a que nazca y se potencie un laicado maduro y comprometido en las realidades temporales, sin el que la Iglesia no podrá aparecer como luz y sal de la tierra. Apremia el que los hombres crean. Apremia el que el mundo nuestro sea renovado con hombres nuevos. Por eso, invito con todas mis fuerzas a la comunidad cristiana, especialmente a los sacerdotes, a que hagan un llamamiento vigoroso a los cristianos laicos a que se incorporen al apostolado activo. Creo que esta llamada por parte de los sacerdotes no se puede demorar, máxime después del Congreso de apostolado seglar celebrado en Madrid.

Es necesario que nuestra diócesis, a través de la Comisión Diocesana de Apostolado Seglar y de los responsables diocesanos de los diferentes movimientos, oriente a las parroquias, a los sacerdotes, a los seminaristas, sobre la naturaleza y sentido de los movimientos y asociaciones apostólicas, tanto en la ciudad como en el resto de los pueblos, los más adecuados a nuestra sociedad. Como ya he indicado en repetidas ocasiones, nuestra Iglesia diocesana ha de apoyar y fortalecer la Acción Católica conforme a las actuales orientaciones de los Obispos. Pero también debemos estar atentos a los nuevos Movimientos y caminos que el Espíritu Santo ha suscitado y suscita actualmente en la Iglesia como formas de asociación apostólica y que están siendo una riqueza y un estímulo para la Iglesia. En ellos hay vida. Se trata de relanzar el apostolado de los laicos y de las asociaciones apostólicas en nuestra diócesis. Es necesario escuchar, discernir, interpretar y acompañar a los fieles cristianos como se ha repetido con tanta fuerza como verdad en este Congreso.

Cuando en Pentecostés fue enviado el Espíritu Santo sobre los Apóstoles, la Iglesia naciente, no se quedaron cerrados, parados, sino que salieron a donde están los hombres y les anunciaron esta Buena Noticia y este conocimiento donde está la vida, vida eterna. Los apóstoles, la Iglesia, no se queda quieta y, en unidad como pueblo de Dios unido, sale para evangelizar, para llevar a cabo la obra de evangelización que su Señor les había encomendado al subir a los cielos. Esto es lo que se percibía el domingo en el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo madrileña: miles de laicos, representantes de los otros fieles laicos que quedaron en sus diócesis respectivas, dispuestos a no quedarse con los brazos cruzados, paralizados, con miedo a no sé quién, dispuestos a salir de los espacios tranquilos de los templos para llegar a donde se encuentran los hombres, trabajando, buscando, sufriendo y gozando ofreciéndoles ayuda, acompañamiento y amor a cuantos lo necesiten. Hombres y mujeres, jóvenes y mayores, casados y solteros, diciendo con valentía y decisión lo mismo que San Pedro, a la puerta del templo de Jerusalén y ante un pobre paralítico que pedía limosna, como tantos hoy a las puertas de nuestras iglesias, le dijo: “No tengo oro ni plata pero lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno ¡levántate y anda!”. Esto es sin duda lo que verdaderamente tienen aquellos laicos o seglares del domingo: ¡Jesucristo! y en su nombre están diciendo a nuestra humanidad contemporánea empobrecida y que parece que tenga parálisis para levantarse y caminar hacia un futuro nuevo: “¡Levántate y anda!, camina hacia ese futuro grande que nos aguarda y que Dios nos ha preparado!”.

Muchos de nuestros contemporáneos no conocen la meta, meta que compartimos, aunque ignoren muchos el camino. Pero ese camino sí lo conocen los hombres de fe: el Camino es Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, dirá el mismo Jesús. Este camino no podemos ocultarlo ni quedar sólo para los que creemos. Pertenece a todos y es para todos, no nos pertenece ni de él somos dueños. Mostrar ese camino es “salir” de nuestros refugios y abrigos seguros, enviados a evangelizar, a mostrar el Camino de la Verdad que conduce a la Vida: el Evangelio de Jesucristo.
Sin la mediación de los cristianos laicos es imposible la obra necesaria y urgente de evangelización. Ellos llegan donde no podemos ni llegaremos nunca los Obispos o los sacerdotes. Por eso es la hora de los laicos, la hora de la esperanza que no defrauda, la hora de Dios –Dios es la esperanza–, esperanza de vida, esperanza de eternidad, de salvación esperanza en el Amor. Esto aprendimos y gozamos el pasado fin de semana.

Esperamos que se publiquen las actas de este Congreso para ponerlas en práctica, en acción: de eso dependerá la nueva evangelización que tanto urge y apremia y que está impulsada por el Espíritu Santo a quien hemos de obedecer por encima de todo y lleva y conduce a la Iglesia, creada por el mismo Espíritu que la anima para evangelizar y hacer discípulos.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia
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