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  domingo 16 de septiembre de 2007
  Una educación de calidad accesible a todos
  Las escuelas y universidades católicas están llamadas a contribuir con alegría y convicción a que se difunda cada vez más el compromiso con la dignidad de todo ser humano.
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  Todo tipo de escuela recibe en nuestro texto constitucional un claro cometido: tiene que estar al servicio del pleno desarrollo de la personalidad humana. Así lo determina el artículo 27.2 de la Constitución Española. La escuela católica responde a la finalidad misma de la educación que nuestra Constitución reconoce y así comparte objetivos similares con la escuela estatal y con los distintos tipos de escuela de iniciativa social.

El modelo educativo que recoge la Constitución señala que la educación tiene una finalidad que puede ser alcanzada por distintos medios. El verdadero éxito de la educación está en que dichos medios cumplan los fines de la educación: que se consiga desarrollar cada vez mejor las potencialidades de los niños, de los jóvenes y de todos los ciudadanos, que siempre nos encontraremos en condiciones de crecer y superarnos.

Resulta imprescindible que la familia y los educadores reclamemos nuestro derecho a que se extienda una educación de calidad, accesible a todos. Mejorar la calidad de la enseñanza es el objetivo. El debate entre lo público y lo privado está superado en una sociedad moderna que se articula en torno a la libertad.

Toda obra educativa, privada o pública, tiene un significado social y su idoneidad vendrá marcada por el cumplimiento de sus fines, por el desarrollo de una enseñanza que haga posible el óptimo desarrollo del alumno y de sus capacidades intelectuales, sociales, afectivas, morales y religiosas. Así lo hemos recordado los Obispos españoles en el documento sobre la escuela católica.

El Concilio Vaticano II precisó con claridad en qué consiste hoy la misión de la escuela católica y de toda escuela, con una clara sintonía con nuestro texto constitucional: cultivar con cuidado las facultades intelectuales; desarrollar la capacidad de recto juicio; introducir en el patrimonio de la cultura conquistado por generaciones pasadas; promover el sentido de los valores; preparar a la vida profesional; fomentar el trato amistoso entre los alumnos de diversa índole, contribuyendo a la mutua comprensión.

Para cumplir con esta misión, la escuela católica debe ser una verdadera comunidad educativa, un centro en el que participan conjuntamente en los trabajos y en los beneficios tanto las familias, como los maestros, las diversas asociaciones de la vida cultural, cívica y religiosa, así como la sociedad civil y toda la comunidad humana.

Las escuelas y las universidades católicas están hoy en día especialmente llamadas a recordar ese carácter inherente de “comunidad educativa” que reclama su misión. Sin la colaboración mutua de todos los agentes implicados en la educación no se distingue su finalidad.

Las escuelas y las universidades católicas expresan la acción educativa de la Iglesia y no se limitan a añadir algo al desarrollo de la personalidad del alumno o del estudiante. La Iglesia, como especialista en humanidad, hunde las raíces de su acción en la naturaleza misma del hombre, y en la dignidad de la persona que esta realidad conlleva. Todo hombre y mujer como imagen de Dios se encuentra con una dignidad trascendente y superior al fruto irracional del azar. Esta sabiduría educativa es decisiva en tiempos en los que una parte de los creadores de la cultura parecen militar en el relativismo, en el desconcierto, en el pesimismo antropológico o en el nihilismo con respecto a los valores y las virtudes humanas.

La Iglesia, convencida de que su mensaje conecta con los deseos más profundos del corazón humano, reivindica la dignidad de la vocación humana, devolviendo la esperanza a quienes desesperan de su destino más alto. El gran tema de la educación hoy es reconocer cuál es la fuente de la dignidad de todo ser humano. El progreso científico-técnico es algo muy positivo e irrenunciable y que adquiere toda su grandeza cuando se concilia con la dignidad superior del ser humano.

La cultura que pretende expulsar a Dios, que intenta impedir que se divulgue la posibilidad trascendente del hombre deja más expuestos a los seres humanos a las arbitrariedades del poder político, económico o social que acaban siendo la única instancia superior.

Las escuelas y universidades católicas están llamadas a contribuir con alegría y convicción a que se difunda cada vez más el compromiso con la dignidad de todo ser humano por medio de la educación integral.

Con mi bendición y afecto,
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