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Homilía con ocasión del XXX Aniversario de la fundación del "Club Collvert"
Valencia, 7 de marzo de 1993
Queridos hermanos, queridos promotores, padres y socios, actuales y antiguos, del Club Collvert:
Hemos escuchado las palabras de san Pablo en su carta a Timoteo, animándole a trabajar con él en la extensión del Evangelio.
Nos hemos reunido aquí para conmemorar que, hace treinta años, un grupo de padres de familia y de personas con inquietudes por la formación de la juventud, sintieron una llamada igual a la que el Apóstol hace a su discípulo.
Algunos de los que estáis aquí, y otros que quizá no nos acompañen físicamente, oísteis la llamada que la Iglesia hace a todos sus hijos –sacerdotes y laicos– para cumplir su misión.
Desde vuestro lugar en el mundo, pensasteis qué hacer para atender alguna de las muchas necesidades que presenta la sociedad y para las cuales, la Iglesia tiene una respuesta satisfactoria y plenificante.
Pensasteis en los jóvenes: en su estudio, en su descanso y en su formación. Y acometisteis esta iniciativa que, en treinta años, ha dado ya frutos abundantes.
En vuestra asociación juvenil procuráis aunar esos diversos objetivos: el aprovechamiento del tiempo libre, la formación humana, la intelectual y la religiosa; de modo que formen una unidad.
Que los jóvenes crezcan a la vez en el cuerpo y en el alma, en su madurez como hombres y en su fe de cristianos.
Os felicito por esa iniciativa y por el modo de llevarla acabo en estos años.
Y, con toda mi alma, os animo a seguir adelante en vuestro empeño: a vosotros, ya tantos otros que, con vuestro ejemplo, han iniciado actividades parecidas en diversos puntos de nuestra diócesis.
Sé que os anima el espíritu del Opus Dei, a cuyos sacerdotes tenéis encomendada la dirección espiritual de los jóvenes que libremente lo deseen.
Tomando, pues, del beato José María Escrivá, fundador del Opus Dei, una de las ideas en que se manifestó como precursor de la moderna pastoral, debo insistiros en esa unidad entre la vida y la fe.
Él la llamaba «unidad de vida» y condensaba en esa expresión un amplio repertorio de conceptos teológicos: desde la coherencia de la conducta con la fe, hasta la perfección con que hemos de desempeñar los propios deberes.
«No se puede separar -decía- la religión de la vida, ni en el pensamiento ni en la realidad cotidiana» (Beato José María Escrivá: Surco, 308). «Una persona piadosa, con una piedad sin beatería, cumple su deber profesional con perfección, porque sabe que ese trabajo es plegaria elevada a Dios» (Idem: Forja, 738).
Vosotros lo sabéis y, por eso, tratáis de formar a los chicos jóvenes engarzando los diferentes aspectos de su vida en una única actividad a la vez formativa y lúdica.
Vuestro empeño sólo obtendrá un fruto auténtico:
– Si en vuestra vida personal también se da esta unidad entre la fe que creéis y el quehacer cotidiano;
– si lográis que vuestra vida religiosa –vuestra oración, vuestro trato con Dios– no esté superado, alejado del trabajo diario;
– si sabéis encontrar en lo que tenéis entre manos, el modo o camino que os acerque a Dios;
– y si lográis, a la vez, que la vida de cada día refleje –en su comportamiento– la fe que profesáis.
No es un secreto decir que hoy asistimos a una pérdida bastante generalizada del sentido ético, en una sociedad, además, que puede considerarse mayoritariamente creyente.
Sólo una conducta personal que refleje las convicciones profundas de nuestra fe, tendrá la suficiente entereza para hacer frente a esas desviaciones morales que están en el ambiente.
La regeneración ética de la sociedad será una consecuencia de la conducta recta personal, vivida cada vez por un mayor número de sus componentes.
Como decía Su Santidad Juan Pablo II en 1982 en aquel encuentro memorable con la juventud:
– Cuando sabéis ser dignamente sencillos en un mundo que paga cualquier precio al poder;
– cuando sois limpios de corazón entre quien juzga sólo en términos de sexo, de apariencia o hipocresía;
– cuando construís la paz, en un mundo de violencia y de guerra;
– cuando lucháis por la justicia antela explotación del hombre por el hombre o de una nación por la otra;
– cuando con la misericordia generosa no buscáis la venganza, sino que llegáis a amar al enemigo;
– cuando en medio del dolor y las dificultades no perdéis la esperanza y la constancia en el bien, apoyados en el consuelo y ejemplo de Cristo y en el amor al hombre hermano.
Entonces os convertís en transformadores eficaces y radicales del mundo y en constructores de la nueva civilización del amor, de la verdad, de la justicia, que Cristo trae como mensaje (Juan Pablo II: Mensaje a los jóvenes, octubre 1982).
Este año el Papa convoca a los jóvenes del mundo entero en Estados Unidos, para repetirles:
«Queridísimos jóvenes, con espíritu de gratitud sentíos directamente implicados en la empresa de la nueva evangelización, que a todos compromete. Anunciad a Cristo "muerto por todos, para que los que viven no vivan ya para sí, sino para Aquel que por ellos murió y resucitó" (2 Cor 5, 15)» (Juan Pablo II: Mensaje con motivo de la VIII Jornada Mundial de la Juventud).
El empeño vuestro por tanto –el objetivo de vuestro Club juvenil– tiene horizontes más amplios que la escueta formación de unos jóvenes concretos.
Debéis mirar a la civilización que nos rodea y preparar personas capaces –con su fe y con su conducta– de transformarla: de meter el mensaje de Cristo en su entraña.
Pero, os repito, sólo si vivís personalmente –profesores, padres y directivos del Club Collvert–, esa «unidad de vida» que os predicaba el beato José María, y que yo os recuerdo; sólo así seréis capaces de formar bien a los jóvenes que se acerquen a vosotros.
No olvidéis, por último, que un joven (o un cristiano cualquiera) sólo puede considerarse confirmado en su fe, cuando su vida está, por lo menos, abierta a la posibilidad de que Dios le pide más.
Cuando su alma está preparada para que germine en ella el deseo de decir que sí a una vocación de entrega, al servicio de Dios y del prójimo, si Dios así se lo plantea.
Conozco que, entre esos frutos abundantes surgidos en estos treinta años, ha habido vocaciones sacerdotales, otras muchas vidas dedicadas enteramente al apostolado en medio del mundo, innumerables padres de familia cristiana que -a la vuelta de los años- son un apoyo en vuestro empeño formativo.
Es mucho, pero Dios os pide –¡nos pide!– más aún. Las necesidades espirituales y humanas que nos rodean son acuciantes e ingentes. Hacen falta muchas personas generosas, capaces de gastar su vida en la solución de esas necesidades.
Yo os apoyo intensamente con mi oración y con mi aliento.
No defraudéis las esperanzas que Dios y yo, desde mi cargo episcopal, tenemos puestas en vosotros.
Que la madre de Dios os bendiga en vuestro empeño y os dé la fuerza necesaria para ir adelante, enmarcando con vuestra conducta aquel objetivo de preparar hombres capaces de transformar el mundo con su fe.