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domingo 23 de julio de 2017
Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre (II)
Prosigo mi reflexión de pastor de la diócesis valentina sobre “Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre”, que inicié en PARAULA la semana pasada.

Leemos en la primera carta del apóstol San Juan “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca del Verbo de la Vida –pues la Vida se ha manifestado, y nosotros la hemos visto, y damos testimonio, y os anunciamos la Vida eterna, que estaba junto al Padre, y que se nos ha manifestado– os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo” (1 Jn 1, 1).

Este es el testimonio y la confesión, la convicción y la certeza, de aquellos que, como Juan Evangelista y los demás Apóstoles, han conocido a Jesucristo en su existencia terrena y lo han visto resucitado. “Han visto y tocado” al mismo Jesús en su existencia terrena y resucitado, y lo testifican, lo viven y anuncian para que otros también, como ellos, puedan entrar en la misma experiencia real y verdadera de “ver y tocar” al Verbo de la Vida, de encontrarle y de encontrarse con Él, de vivir con Él, y por El, con el Padre.

Y éste es también nuestro testimonio y nuestra confesión, la convicción y la certeza de los cristianos, porque Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre (Heb 13, 8). En efecto, también nosotros, como Juan y los demás Apóstoles, con ellos, “hemos oído”, “hemos visto con nuestros propios ojos”, y “hemos tocado con nuestras propias manos” al Verbo de la Vida. Y lo anunciamos hoy porque en Él hemos encontrado para nuestras vidas el gozo pleno y la razón de una esperanza verdadera. Nos hemos encontrado, nos encontramos, con Él hoy, y lo anunciamos hoy, para que también hoy los hombres puedan entrar en comunión con nosotros en este encuentro real y verdadero, y en esta dicha y esperanza de salvación y plenificación. Ahora bien, esto significa que nosotros hoy a Jesucristo lo podremos conocer adecuadamente sólo si lo entendemos en continuidad “y en identidad” con el Cristo del «ayer» y si a través del Cristo del «ayer» y de «hoy», somos capaces de percibir al Cristo eterno. Todo encuentro con Cristo supone siempre las tres dimensiones del tiempo, así como la superación del tiempo hacia aquello que constituye a la vez su origen y su destino” (J. RATZINGER, “Jesucristo, hoy”, en O. GONZALEZ DE CARDEDAL, J.I. GONZALEZ FAUS, Salvador del mundo. Historia y actualidad de Jesucristo. Cristología fundamental, Salamanca, 1997, p. 305).

Un Dios visible y tangible

Afirmar que hemos encontrado, que hemos “visto” y “tocado” la Vida es escandaloso. Lo es hoy, y lo ha sido siempre. ¿Cómo podía decir san Juan, y cómo podemos decir nosotros, que “hemos visto” y “tocado” “el Verbo de la Vida”, y que lo anunciamos para que participen los hombres en esa Vida y en el gozo que esa Vida genera? ¿Dónde está el Verbo de la Vida? ¿Cómo puede ser, de hecho, encontrado? “A Dios nadie lo ha visto jamás”, es cierto. Pero en un momento de la historia –radiante, único, que da sentido a todos los demás momentos, que los rescata de su banalidad mortal–, ha sucedido algo nuevo. Algo inaudito. El mismo san Juan confiesa: “su Hijo Único, que está en el seno del Padre, Él nos lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18).

¿Cómo? “El Verbo se ha hecho carne, y ha puesto su morada entre nosotros” (Jn 1, 14).

En una carne como la nuestra, que recibió de la Virgen María, el Hijo de Dios se ha implicado en nuestra historia para darnos la Vida, esto es, para darse a nosotros y comunicarnos su Vida divina. En una carne como la nuestra, ha gustado el abismo de la injusticia y de la traición, de la soledad y de la muerte, en tiempo de Poncio Pilato. Pero hasta eso ha servido para revelar el “amor más fuerte que la muerte” (cf. Ct 8, 6), y “permanece siempre”, siendo el mismo (cf. 1 Cor, 13). Pues Jesucristo ha vencido en su carne al pecado y la muerte, y nos ha hecho partícipes de su Espíritu Santo, y así nos ha revelado que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8; 4, 16) y nos ha hecho posible acceder a ese Amor, y al comunicarnos ese Amor que es la Vida de Dios, el Hijo de Dios nos ha desvelado la verdad grande de nuestro destino como hombres y la dignidad de nuestro ser de hombres.

Este es el Evangelio. Dios se ha manifestado, se ha hecho visible, tangible. Y se ha manifestado como amor infinito e incondicional por el hombre y por la vida del hombre. Dios, el Misterio que da consistencia a todas las cosas, ¡se ha revelado como amigo de los hombres!

Pero no es solo que Dios, en un gesto de condescendencia, haya querido “mostrarse” a unos hombres privilegiados, que tuvieron la suerte inmensa de estar con Él, de comer con El, y de vivir con Él en un momento concreto de la historia, que ya pertenecería para siempre e indefectiblemente al pasado. Sino que, además, al comunicar el Espíritu Santo a los suyos, el Hijo de Dios se ha quedado para siempre entre nosotros, y sigue manifestándose y dándose a los hombres en la Iglesia, que es hoy “su cuerpo” (cf. 1 Cor 12, 12-30; Ef 1, 23; Col 1, 18.24).

En esta carne, en esta realidad humana que es la Iglesia, sigue siendo patente el poder de Dios que habita en ella. Ese poder de Dios hace que unos hombres y mujeres frágiles, llenos de debilidades, puedan vivir en la verdad, con gozo y gratitud, y puedan formar un pueblo de hombres libres, de hermanos, en cuya vida se pone de manifiesto esa humanidad que sólo Dios puede realizar, pero que todo hombre desea.

Dios se ha manifestado en Jesucristo, el Señor, que ha vencido en nuestra carne al pecado y la muerte, y nos ha entregado su Espíritu Santo, para que en Él recuperemos nuestra condición original, para la que la vida nos ha sido dada ser hijos de Dios, vivir en “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8, 21), y heredar la Vida eterna. Por eso, Jesucristo, resucitado y vivo para siempre, y contemporáneo de cada hombre y de cada mujer por su presencia en la Iglesia, es el “único nombre bajo el cielo que nos ha sido dado a los hombres para que podamos ser salvos” (cf. Hch 4, 12). “Él es el Redentor del Hombre, centro del cosmos y de la Historia” (RH 1), pues todo ha sido creado por Él y para Él y todo tiene en Él su consistencia (Col 1, 17). Es el Alfa y la Omega, “el principio y el fin” (Ap 21, 6), el único Salvador, “el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13, 8).

Estas palabras de la Carta a los Hebreos nos enseñan lo fuertes y permanentes que son las relaciones del Señor con la historia. Con su propia realidad y, en ella, Cristo vincula tanto la historia entera y universal como la particular de cada uno –toda ella tan voluble y perecedera en sí misma– al Reino que no conoce ocaso. De este modo la historia se salva. Se salva de la insignificancia, porque en Cristo cada cosa que sucede no está condenada a disolverse en la nada, sino que permanece y construye la vida eterna.

Jesucristo, “ayer, hoy y siempre”, por ello, reclama una adhesión total de la mente y del corazón, precisamente porque Él es la revelación definitiva de la sabiduría y de la misericordia del Padre. Jesús se presenta como el único capaz de “salvar”, es decir, de satisfacer, de dar cumplimiento, de “hacer perfecta” la vida del hombre. “Todo aquél que haya dejado casa, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos, mujer o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno, y heredará la vida eterna” (cf. Mt 19, 28-29). El Evangelio de San Juan dice lo mismo de otro modo: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3). La vida eterna no es sólo “la otra vida”. La vida eterna empieza aquí, con “el ciento por uno”. No es que desaparezca el dolor, o las circunstancias adversas, o el mal que hay en el corazón. Pero uno ha encontrado y tiene algo infinitamente más grande que el mal y que el dolor, algo definitivo y verdadero, y con Él “la esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5, 5), precisamente, en y por Jesucristo.

El testimonio del carácter absoluto y definitivo para el hombre del encuentro con Cristo llena el Nuevo Testamento. Es, para ser más exactos, el contenido de la experiencia humana que comunica el Nuevo Testamento, y lo único que lo explica adecuadamente. El Libro de los Hechos, como ya hemos recordado, lo formula así “No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que hayamos de ser salvos” (Hch 4, 12).

Los pasajes podrían multiplicarse sin fin. Como dirá san Pablo a los Corintios: “Él ha muerto por todos, para que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para Aquél que ha muerto y ha resucitado por ellos” (2 Co 5, 15).

La historia que se inició con Juan y Andrés, con Pedro y los demás discípulos, y la Samaritana y Zaqueo, no ha dejado desde entonces de estar presente en el mundo, de ser para los hombres una posibilidad real, un hecho identificable. Jesús unía a sus discípulos consigo y los hacía partícipes de su Espíritu de santidad, de tal modo que ellos hacían los mismos signos que el Señor. Luego, tras su victoria sobre la muerte, nos “entregó” el Espíritu, definitivamente y para siempre: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

El acontecimiento de Cristo, la irrupción del Hijo de Dios en la historia, nos alcanza en el presente a través del signo eficaz de su presencia en el mundo la unidad visible de aquellos que Él ha reunido mediante la fe y el Bautismo, la Iglesia. Signo eficaz, es decir, sacramento. La Iglesia es el sacramento de Cristo, el lugar donde Cristo actúa la salvación del hombre, y donde puede ser encontrado.

Esto es lo que significa también la imagen de la Iglesia como “cuerpo” de Cristo, esta “carne”, esta realidad humana, totalmente humana, incluso excesivamente humana, es portadora de Cristo, como lo fue María “tipo” de la Iglesia, y como lo fue su propio cuerpo. La novedad que supone en la historia –y al decir historia decimos todos los aspectos de la vida humana– la aparición de esta comunidad nueva que es la Iglesia, radica precisamente en haber sido constituida por el don del Espíritu Santo, el mismo Espíritu que vivificaba la humanidad de Cristo. La novedad no radica, por tanto, en un esquema ideológico nuevo en oposición a otros, ni en las cualidades de un grupo de personas extraordinarias, sino en la iniciativa de Dios que suscita en hombres y mujeres de todas clases una novedad imprevista, una plenitud fuera de los esquemas, que sólo puede ser fruto de su don “Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador para que permanezca con vosotros para siempre” (Jn 14, 16), Y así esté Él mismo, Jesucristo, presente en medio de nosotros por siempre, en su cuerpo, donde se hace visible y tangible.

“Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13, 8).

El punto clave de esta sugerente frase de la Carta a los Hebreos es la palabra “hoy”. La frase evoca ciertamente aquello que ya se ha cumplido (“ayer”) y se asoma a la eternidad que nos espera (“siempre”). Pero lo que determina la originalidad y da espesor a la afirmación es la clara certeza de que nosotros podernos ahora entrar en comunión con cuanto ha sido y que podernos ahora anticipar lo que será.

Vinculación a la historia: Jesucristo acontecimiento de la historia

A diferencia de cualquier sistema de sabiduría ética o religiosa, de cualquier gnosticismo o de cualquier filosofía, la fe cristiana que proclama a Cristo “el mismo ayer, hoy y siempre” se caracteriza por su esencial e inseparable vinculación a la historia. Jesucristo “padeció bajo el poder de Poncio Pilato”, confesarnos en el Credo. Con esta mención de Poncio Pilato en el Credo, los cristianos recuerdan que su fe y su modo de vida están estrechamente ligados con algo que ha sucedido en un lugar y una fecha precisos en una provincia del Imperio Romano, de la que fue procurador, del 26 al 36 D.C, Poncio Pilato. Así, nosotros no creemos y confesamos una idea, un valor aunque sea el más grande, una doctrina o una moral, sino que creemos y confesamos una persona concretísima de nuestra historia, acontecimiento único e irrepetible, irrevocable, acaecido una vez para siempre: Jesucristo.

La afirmación, y, en su caso, la recuperación del Jesús terreno, el retorno a su humanidad histórica es siempre necesario e imprescindible para liberar al misterio de Cristo de ciertos modos “monofisitas” de comprenderlo y vivirlo. Es la única manera de acercarnos y participar en el “hoy” de Jesucristo. Por ello, sin duda, uno de los méritos y aportaciones más relevantes de la renovación cristológica contemporánea ha sido el destacar lo histórico de la figura de Jesús de Nazaret, los acontecimientos de su existencia terrena, sus actitudes, el proceso de su vida y de su muerte, esto es el “ayer” de Jesucristo.

Es preciso reconocer que “este necesario e imprescindible reconocimiento de Jesús en su historia no siempre se está llevando a cabo como corresponde a la realidad del misterio mismo de Jesús, reconocido y confesado en la fe de la Iglesia.

En efecto, algunas presentaciones que, a veces, se ofrecen de Jesús en la literatura teológica, la predicación o la enseñanza catequética, se reducen a recoger los resultados de la reconstrucción de la vida de Jesús mediante la sola investigación histórica. Aunque en algunos casos sea sin pretenderlo explícitamente, dichas «reconstrucciones» caen en los viejos prejuicios de la teología protestante liberal. Como aquella teología, también estas interpretaciones pretenden descubrir y «recuperar» la imagen de Jesús de Nazaret «tal como realmente fue», libre de adherencias que, según esta manera de pensar, estarían impidiendo el acercamiento a Jesús y su aceptación por parte del hombre de hoy; y, por tanto, pretenden descubrir a Jesús despojado también de todo revestimiento de las confesiones de la fe de la Iglesia” (COMISION EPISCOPAL PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Jesucristo presente en la Iglesia. Nota doctrinal sobre algunas cuestiones de cristología, Madrid 1991, n. 4); piensan que sólo el “Cristo ayer” nos devuelven al Cristo verdadero, singular, único e irrepetible.

Es éste, sin duda, uno de los peligros que la teología en la época moderna ha ido asumiendo progresivamente. En efecto, “la teología moderna comienza con la Ilustración orientándose hacia el Cristo «ayer». Lutero ya había dicho que la Iglesia había subyugado a la Escritura y que así ya no pertenecía más al «ayer», a aquella «única vez», históricamente irrepetible; que la Iglesia no reflejaba más que su propio «hoy» falsificando así al Cristo verdadero y proclamando a un mero Cristo del “hoy” «‘el Cristo, con otras palabras, de la fe’», a un Cristo despojado de su pasado esencial; más aún, que la Iglesia se arrogaba asimismo el derecho de ser Cristo.

El Siglo de las Luces hace suya esta idea de manera sistemática y radical. El Cristo real lo es sólo el Cristo de ayer, el Cristo histórico, todo el resto es fantasía posterior. Cristo es sólo y nada más que lo que era. La búsqueda del Jesús histórico reduce evidentemente a Cristo al pasado. Le niega el «hoy» y la eternidad. No es necesario que describa ahora el proceso a través del cual la pregunta acerca de quién fue Cristo fue relegando paulatinamente al Cristo paulino y al Cristo joáneo hasta terminar finalmente por desacreditar al Cristo de los Sinópticos, para ir hacia atrás, cada vez más hacia atrás, con la pretensión de dibujar al Cristo que realmente fue y que, paradójicamente, aparecía tanto más ficticio cuanto más auténtico debía ser gracias a su rigurosa fijación en el pasado. Quien pretenda ver a Cristo sólo en el pasado no lo hallará, y quien lo quiera tener sólo hoy tampoco lo encontrará. Ya desde su mismo origen le pertenece él era, es y vendrá. Siempre fue como viviente también el «viviente». El mensaje de su venida y de su permanencia es elemento esencial de su figura. Esta prerrogativa sobre todas las dimensiones del tiempo descansa una vez más en su conciencia de que su vida terrena era una salida del Padre y al mismo tiempo una permanencia en Él; en otras palabras, por haber introducido y unido la eternidad con el tiempo. Si no rehusamos a una existencia que abarque todas estas dimensiones no lo podremos encontrar” (J. RATZINGER, Jesucristo, hoy, pp.306-307).

Sólo la fe de la Iglesia, que es testimonio y confesión de lo que ha visto y oído en comunión con los Apóstoles, nos devuelve la verdad de Jesús, lo que Jesús es, lo que El significa, actúa y obra, su salvación; sólo ahí es posible y real el encuentro salvador con Él. Por eso, “en todo caso, reconocer a Jesús, tal como realmente fue, en su realidad histórica y en la realidad plena de su misterio, no es posible sin la aceptación, en la fe, de los evangelios tal como los ofrece la Iglesia. Con el pretexto de hacer historia «exacta» como conjunto de hechos desnudos, en realidad, algunos someten, sobre todo el material sinóptico, a una especie de filtro y, de este modo, seleccionan y aceptan sólo determinados dichos y hechos de Jesús, al tiempo que dejan otros en la penumbra o en el olvido. Buscando, así, la imagen auténtica de Jesús de Nazaret, cada uno, en última instancia, proyecta sobre Jesús el ideal del hombre religioso, del maestro de moral, del romántico, del humanista o del revolucionario. Este procedimiento de reconstrucción histórica conduce a considerar a Cristo sólo como modelo de conducta para los hombres o como fuente de posibilidades humanas pero no como el Salvador enviado por Dios. «Omiten, de hecho, el hoy y el siempre de Jesucristo». De este modo, como ocurrió en la teología liberal, esta reconstrucción mediante la sola investigación histórico-crítica del «Jesús histórico», ofrecida por el teólogo o el catequista como el único o el principal medio de aproximarse a Jesús tal como fue presentado –no el mismo Jesús que realmente existió, sino una imagen, fragmentaria, incierta y condicionada de Él–, esta manera de ver las cosas nos deja, de hecho, en nuestra soledad y desamparo, sin la presencia de Jesús o sea, nos deja con una imagen suya, condicionada frecuentemente por los prejuicios del momento histórico y cultural. Este «Jesús reconstruido» pasa de largo, no se queda con nosotros, deja atrás nuestro tiempo y se queda en el suyo Ese «Jesús histórico» no se nos muestra desde sí mismo presente en medio de nosotros como el Viviente que salva” (COMISION EPISCOPAL ESPAÑOLA PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Jesucristo presente en la Iglesia. Nota doctrinal sobre algunas cuestiones cristológicas. Madrid 1991, nn. 4-6).

Anuncio y testimonio

Este esfuerzo por destacar, con razón, lo histórico de Jesús es fundamental para encontrarse hoy con el Viviente y es decisivo para comprender la naturaleza el cristianismo. El cristianismo es, en efecto, el anuncio y el testimonio de un acontecimiento. Se trata de un hecho único, absolutamente sin parangón en la historia humana. Como escribe Romano Guardini, “el cristianismo no es, en último término, ni una doctrina de la verdad ni una interpretación de la vida. Es eso también, pero nada de ello constituye su esencia nuclear”.

Su esencia está constituida por Jesús de Nazaret, por su existencia, su obra y su destino concretos (La esencia del cristianismo, Madrid 1977, p.19). El encuentro inicial que tuvieron los Apóstoles con Cristo, aquel encuentro de Juan y Andrés, de Simón, de Santiago, de Tomás o Mateo, de todos y cada uno de ellos se realiza en el “hoy” de nuestro tiempo. A Cristo, en efecto, “sólo se lo puede encontrar porque Él es un «hoy» para muchas personas y por lo mismo tiene verdaderamente un «hoy». Pero para que yo pueda acceder al Cristo total, y no sólo a una parte captada más o menos accidentalmente, debo prestar oídos al Cristo de «ayer» tal y como se manifiesta en las fuentes particularmente en la Sagrada Escritura. Luego si le presto la debida atención, sin que una visión dogmática del mundo cualquiera me lleve a mutilar su figura en un aspecto esencial, entonces lo veré abierto al futuro, lo veré viniendo de la eternidad que abraza al mismo tiempo pasado, presente y futuro. Siempre donde se tuvo y vivió esta visión integral Cristo fue siempre y cabalmente un «hoy». Poder efectivo sobre el «hoy» y en el «hoy» lo tiene sólo lo que echa raíces en el «ayer» y posee fuerzas de crecimiento hacia el «mañana» y está, por encima de todo tiempo, en relación con lo eterno. Así fue como plasmaron las grandes épocas de la historia de la fe su propia imagen de Cristo. Así fue como pudieron verlo siempre nuevo a partir del propio «hoy» y precisamente así han conocido al «Cristo ayer, hoy y siempre»” (J.RATZINGER, Jesucristo, hoy, p. 307), el mismo. Esta Persona y el acontecimiento que supone su aparición en la historia constituye el fundamento y el objeto central de la fe. Por ello precisamente el cristianismo no puede ser reducido a ideología o a un sistema de pensamiento, ni puede prescindir de Poncio Pilato en su Credo. El hoy y el siempre de Cristo no sería su salvación, no sería real. Por ello, el cristianismo no puede prescindir de su vinculación con la historia ni puede dejar de estar presente en ella, incidiendo en ella como un hecho que vive en ella. Si un día prescindiera de esto, ya no sería cristianismo. Aunque se le pareciera mucho y llevara el mismo nombre, aunque utilizase incluso el mismo vocabulario religioso, ya que no sería aquello que “comenzó en Galilea” (Hch 10, 37), y de lo que dan testimonio los autores del Nuevo Testamento y la Tradición viva de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Toda la fe y la vida cristiana tienen, pues, como premisa la aceptación de este acontecimiento único que la plenitud y el sentido de la historia se han “revelado” en la persona de Jesucristo. Cristo ha realizado arquetípicamente en su destino humano la perfección de la vocación humana, y se ha mostrado así como Hijo de Dios encarnado, como Aquél “en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9), y, precisamente por ello, como Redentor del hombre. Para aquéllos que le encontraron y le reconocieron ya no existe “otro nombre bajo el cielo” por el que los hombres podamos salvarnos (cf. Hch 4, 12). En Él se revela, en efecto, el abismo sin fondo del ser de Dios, que es Amor trinitario, y en Él se revela el sentido de la vida humana y de la creación. Cristo constituye así el fin y la plenitud de todo, “el centro del cosmos y de la historia” (RH 1; RM 6), la referencia objetiva y universal de la plenitud para todo hombre en cualquier tiempo, de cualquier cultura. Como ya decía Pascal: “No sólo no conocemos a Dios si no es por Jesucristo; tampoco nos conocemos a nosotros mismos sino por Jesucristo. No conocemos la vida ni la muerte sino por Cristo. Fuera de Jesucristo no sabemos qué es nuestra vida, ni nuestra muerte, ni qué es Dios, ni qué somos nosotros mismos” (Pensamientos 729). Es lo mismo que expresa bellamente el Pregón de la Vigilia Pascual “¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?”

Este es el hoy de Jesucristo, que es presencia viva y real del ayer suyo en el que se anticipa ya el futuro definitivo.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia
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