Hoy es martes 22 de mayo de 2018
Menú
Inicio / Liturgia





  Domingo V de Pascua
Ciclo B
pixel

  Primera lectura
  Él les contó cómo había visto al Señor en el camino
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 9, 26-31

En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo.

Entonces Bernabé, tomándolo consigo, lo presentó a los apóstoles y él les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había actuado valientemente en el nombre de Jesús.

Saulo se quedó con ellos y se movía con libertad en Jerusalén, actuando valientemente en el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los helenistas, que se propusieron matarlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso.

La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en temor del Señor, y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo.

  Salmo responsorial
  Sal 21, 26b-27. 28 y 30. 31-32
R. El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

Cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan.
¡Viva su corazón por siempre! R.

Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe;
en su presencia se postrarán las familias de los pueblos.
Ante él se postrarán los que duermen en la tierra,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo. R.

Mi descendencia lo servirá;
hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer:
«Todo lo que hizo el Señor». R.

  Segunda lectura
  Éste es su mandamiento: que creamos y que nos amemos
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3,18-24

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.

En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestro corazón ante él, en caso de que nos condene nuestro corazón, pues Dios es mayor que nuestra corazón y lo conoce todo.

Queridos, si el corazón no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.

Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos
unos a otros, tal como nos lo mandó.

Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos
que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.

  Aleluya
 

Jn 15, 4a. 5b
Aleluya, aleluya, aleluya.
Permaneced en mí, y yo en vosotros - dice el Señor -;
el que permanece en mí da fruto abundante. R.


  Evangelio
 

El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante
Lectura del santo Evangelio según san Juan 15, 1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.

A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante;
porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».


  Comentarios
 

SIN MÍ, NO PODÉIS HACER NADA
(5º Domingo de Pascua -B-, 29 de abril de 2018)

La despedida del Buen Pastor

El domingo siguiente al del Buen Pastor forma una cierta unidad con él, pues cada año nos trae una enseñanza que Jesús, Maestro y Guía de la Iglesia, dirige a ésta a la manera de un mensaje fundamental, como un testamento espiritual que la deberá orientar en su porvenir.
El pasaje evangélico de hoy está situado al comienzo del discurso de despedida del Señor en la última Cena. De este modo, mediante un cambio de contexto muy propio de la liturgia, en los próximos domingos, escucharemos las palabras de Jesús como preparación a la Ascensión y a Pentecostés. No podemos olvidar que según el esquema de san Juan, la resurrección de Jesús, su ascensión y el don del Espíritu se dan en el mismo acontecimiento de la Pascua. Así, en la liturgia dominical evocamos esos días durante los cuales, según san Lucas, Jesús estuvo hablando con los discípulos acerca del reino de Dios (Hechos 1,3). Hoy Jesús comienza describiéndose a sí mismo como la verdadera vid, cuyos sarmientos son los cristianos, que dan fruto si permanecen unidos a él. Sin la ayuda de Jesús, sin su Espíritu, no podemos hacer nada provechoso para nuestra salvación y la de los demás.

Permanecer unidos a Jesús para dar fruto permanente

Jesús prometió la vida eterna al que creyera en él (Cf. Jn 6, 47). Y creer es comer el pan de la vida que es Cristo mismo, es permanecer en él y el en nosotros; esta mutua compenetración está garantizada a aquél que, como el sarmiento, permanece unido en la vid mística mediante la fe: He aquí la verdadera incorporación del creyente a Cristo. Por ello, venir a Jesús y unirse a él no es un simple acercamiento en el espacio o en afecto, sino por medio de la íntima unión que Dios realiza entre su Hijo y los que atrae a él; creer en Jesús es mucho más que aceptar su palabra, es entregarse a él, hasta el punto de ser incorporado a sus miembros.

La incorporación a Cristo resucitado se realiza en la iniciación cristiana; en este proceso sacramental somos injertados en el Señor, recibimos la savia vital del Espíritu que nos consagra y formamos con él un solo cuerpo, y todo ello conjuntamente por medio del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, si bien cada uno de estos sacramentos posea como gracia sacramental propia una de las dimensiones de la iniciación. Así podemos comprender por qué lo antiguos cristianos decoraban los baptisterios con la representación de la vid que es Cristo.

Ningún sarmiento se pierde para siempre

Siguiendo con la alegoría del Evangelio, hay ramas desgajadas de la vid que es Cristo, pero pueden volver a reverdecer si se renueva su injerto en el Señor por la penitencia. Y hay también quienes han crecido en otras cepas, como san Pablo, pero su conversión e iniciación cristiana le hizo crecer en Cristo sin perder ninguna de sus cualidades humanas, que antes estaban orientadas contra la Iglesia naciente.

La obra de Cristo en su Iglesia

El injerto de los nuevos cristianos en la cepa legítima que es Cristo hace que la evangelización, el culto y las obras de caridad y solidaridad sean acciones del propio Señor en el mundo y no meras y bienintencionadas iniciativas humanas. En la Iglesia y gracias a ella se pueden crear muchas clases de ONG, pero deberemos verlas y trabajar en ellas en comunión de acción con Cristo y con su Espíritu. Esta permanencia en Cristo tiene una consecuencia moral que es al mismo tiempo la verificación de la presencia del señor en nuestras vidas; así lo proclama san Juan en su primera carta: No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y con verdad. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio (1 Jn 3, 18 y 24; Segunda lectura).

El desarrollo de la Iglesia en comunión con Jesucristo

Después de los domingos en que hemos escuchado los sermones misioneros de san Pedro, entra en escena san Pablo, de quien hoy se resumen los primeros tiempos de su ministerio apostólico: su vocación para la evangelización de los gentiles y los judíos de fuera de Israel. La Iglesia crecía bajo la acción del Espíritu Santo.

La primera lectura nos describe la gran fe del antiguo perseguidor de la Iglesia y sus esfuerzos por actuar en comunión con Pedro y los demás apóstoles en Jerusalén. Pablo es el apóstol de la fe, pero también lo es de la unidad de la Iglesia, cuerpo de Cristo, que es otra metáfora semejante a la de la vid en el evangelio de san Juan.

La primitiva Iglesia, como ha continuado ocurriendo a lo largo de los tiempos, se iba construyendo y progresaba en la fidelidad del Señor y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo (Hechos 9, 31; Primera lectura). Así lo había proclamado Jesús: El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5). Fuera de la comunión con Cristo y de su Iglesia no caben las acciones individuales que pretendan la salvación propia o de los demás.

La Eucaristía es el lugar propio del don renovado del Espíritu que se recibió en la iniciación cristiana; en este sacramento se consagran los dones del pan y del vino, y es consagrada asimismo por el Espíritu la comunidad para ser enviada al mundo y dar fruto abundante.


Jaime Sancho Andreu

LA PALABRA DE DIOS EN ESTE DOMINGO

Primera lectura. Hechos 9, 26-31: Después de los domingos en que hemos escuchado los sermones misioneros de san Pedro, entra en escena san Pablo, de quien hoy se resumen los primeros tiempos de su ministerio apostólico: su vocación para la evangelización de los gentiles y los judíos de fuera de Israel. La Iglesia crecía bajo la acción del Espíritu Santo.

Segunda lectura. 1 Juan 3, 18-24: Alcanzaremos la salvación si permanecemos unidos en Cristo resucitado, y ello es posible si dejamos obrar al Espíritu de Dios en nosotros y practicamos el mandamiento del amor que nos dejó Jesucristo como consigna fundamental.

Evangelio de Juan 15, 1-8: Jesús se describe a sí mismo como la verdadera vid, cuyos sarmientos son los cristianos, que dan fruto si permanecen unidos a él. Sin la ayuda de Jesús, sin su Espíritu, no podemos hacer nada provechoso para nuestra salvación y la de los demás.


« volver
Buscador de Noticias:      Búsqueda avanzada
Enlaces destacados
Arzobispado de Valencia
C/ Palau
Teléfono: +34 96 382 97 00
archivalencia@archivalencia.org
46003 Valencia
Fax: +34 96 391 81 20
www.archivalencia.org
©Archivalencia.org