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  Domingo de Pentecostés
Ciclo B
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  Evangelio
  Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo; recibid el Espíritu Santo
Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

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  JESUCRISTO RESUCITADO, DADOR DEL ESPÍRITU
(Pentecostés -B-, 20 - Mayo - 2018)

El Pentecostés cristiano

Como ocurre en la mayoría de las principales fiestas cristianas, esos días ya estaban santificados por la liturgia israelita, de modo que eran una profecía de la acción salvadora definitiva que se iba a realizar en esta ocasión precisa. Así ocurre con la Pascua judía y la cristiana, con la fiesta de la luz y la Navidad o con el Pentecostés “típico”, mosaico y el cristiano.

El día final de la cincuentena pascual, al llegar el día festivo de Pentecostés (que significa precisamente “cincuentena”) (Hech 2, 1), cuando en el templo de Jerusalén aún subía el humo del sacrificio de la mañana, y las calles se iban llenando de fieles y peregrinos que celebraban la entrega de la Ley de Moisés en el Sinaí, los escasos seguidores del Maestro de Nazaret, el crucificado, estaban reunidos en oración junto con María, la Madre de Jesús. Y allí reciben el don prometido por el Resucitado: la nueva Ley y el alma de la nueva Iglesia, el Espíritu Santo.

El Cenáculo es el lugar del Espíritu. La comunidad reunida en oración constante es el objeto de la efusión divina. El Espíritu viene, como fuerza irresistible, que sopla donde quiere (Juan 3,8); se siente, pero no se sabe cómo actuará. Ahora viene del cielo, de Dios. Llena la casa, la convierte en un nuevo Sinaí, en su Templo. Es fuego único y se reparte sin disminuir y sin dividirse. Excitador de la alabanza del Dios Altísimo, el Único, el Viviente. Los apóstoles, cuando fueron bautizados con el Espíritu Santo, proclamaban las maravillas de Dios en varias lenguas. Fuego y Palabra irresistibles. A partir de aquí es creada la Iglesia Una y santa. Aquí comienza el anuncio del Evangelio, junto con la celebración del Resucitado y las obras nuevas del Reino.

Jesucristo resucitado, dador del Espíritu

El discurso de san Pedro en este mismo día nos da la clave para comprender el misterio (designio divino) contenido en el acontecimiento de Pentecostés: A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado a la diestra de Dios y recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, le derramó según vosotros veis y oís (Hechos 2,32-33).

La obra de Jesucristo como Salvador no podía terminar en su victoria sobre la muerte, era necesario que su acción salvadora tuviese una continuidad a través de los tiempos, de modo que pudiese ser el único Salvador del mundo ayer hoy y siempre. Jesús no dispuso de mucho tiempo para preparar a sus seguidores, ni estableció detalladamente la vida futura de su Iglesia, por eso dejó dicho que “Muchas cosas me quedan por deciros, pero cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Juan 16, 12; Evangelio año B). De este modo, el Señor, en la última Cena, promete el don del Espíritu, que envió desde el Padre, después de su resurrección. Este Espíritu inspirará a los apóstoles en la etapa fundacional de la Iglesia, y asistirá a sus sucesores a lo largo de la historia.

No podemos separar a Cristo del Espíritu. Sólo el Espíritu, don del Padre, revela a Cristo resucitado - sólo Cristo revela al Padre - y sólo él con el Espíritu lleva al Padre. El centro de esta revelación es la resurrección como obra del Espíritu (Rom 1,1-4 y 1 Cor 15,45). Y como Cristo, también nosotros (Rom 8,1-10).

La acción del Espíritu en la Iglesia

Al recibir el aliento del Resucitado (Juan 20,22), los discípulos son creados de nuevo (Cf. Génesis 2,7). Son bautizados, confirmados, consagrados sacerdotalmente, iniciados pues en todo el Misterio divino. Son constituidos en portadores del Espíritu a los hombres, con la misión de difundir el fruto de la cruz, reunir la familia de Dios como morada de la Trinidad, conducir hacia el banquete de la redención, hacer de los hombres pecadores y dispersos el Cuerpo de su Jefe, el Resucitado. Y así hasta nosotros. El Sínodo Diocesano Valentino de 1987 expresó bellamente la acción del Espíritu Santo en la Iglesia: "La sagrada liturgia se vive y se realiza "en el Espíritu". El don pascual del Espíritu Santo, constantemente comunicado a la Iglesia, da vida a sus acciones, posibilita la confesión de la fe (I Cor 12,3), opera el perdón de los pecados (Juan 20,22-23), ayuda a los enfermos, santifica los dones eucarísticos y une la voz de la Esposa a la del Esposo, Cristo, en la liturgia de las horas glorificando al Padre. Por último, el Espíritu mantiene la tensión escatológica de la plegaria cuando, junto con la Iglesia, repite: Ven, Señor Jesús (Ap 22.17)".

El “Día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica”.

Pentecostés es una fiesta misionera, de envío a anunciar a Jesucristo resucitado y su mensaje en todos los ambientes. Los laicos están llamados a vivir su compromiso apostólico en complementariedad y colaboración con otros miembros de la comunidad cristiana. Deben estar cada vez más convencidos del particular significado que asume el compromiso apostólico en su parroquia. Los laicos han de habituarse a trabajar en la parroquia en íntima unión con sus sacerdotes, a exponer a la comunidad eclesial sus problemas y los del mundo y las cuestiones que se refieren a la salvación de los hombres, para que sean examinados y resueltos con la colaboración de todos; a dar, según sus propias posibilidades, su personal contribución en las iniciativas apostólicas y misioneras de su propia comunidad. La participación viva de los laicos en la vida de la parroquia permite que ésta responda a su vocación original de ser lugar de comunión para todos los hombres.

Para animar esta participación, las parroquias pueden potenciar o iniciar la Acción Católica, que es la participación en el apostolado jerárquico de la Iglesia y es el modo más propio de formación y apostolado laical de las Iglesias Diocesanas. La renovación actual de la Acción Católica puede ser una buena ocasión para replantear una forma de actuar que ha dado muchos frutos y es ahora tan necesaria como lo fue en sus orígenes.

Jaime Sancho Andreu

LA PALABRA DE DIOS HOY

Primera lectura. Hechos 2,1-11: Esta lectura proclama el acontecimiento de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, cuando se cumplió la Cincuentena Pascual o "Pentecostés".

Segunda lectura: 1 Cor 12. 3b-7.12-13: Esta lectura anuncia el “misterio” salvador de esta festividad: el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia; él hace posible la confesión de fe y nos une en un solo cuerpo.

O bien, en este año B. Gálatas 5, 16-25: Si vivimos en el Espíritu, debemos caminar en la vida siguiendo las inspiraciones del mismo Espíritu de Dios; por ello deben quedar fuera de nuestra conducta los actos que Dios rechaza y, al contrario, abundar en las buenas acciones que son fruto del Espíritu santo.

Evangelio de Juan 20,19-23: En el día de Pascua, Jesús envía a los apóstoles y les comunica su Espíritu. Toda la Cincuentena es un gran día de fiesta, el día que hizo el Señor.

O bien, en este año B. Juan 15, 26-27; 16, 12-15: El Señor, en la última Cena, promete el don del Espíritu, que envió desde el Padre, después de su resurrección. Este Espíritu inspirará a los apóstoles en la etapa fundacional de la Iglesia, y asistirá a sus sucesores a lo largo de la historia.

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