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domingo 12 de mayo de 2019
DOMINGO DEL BUEN PASTOR: ORAR POR LAS VOCACIONES
Carta semanal del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

Queridos hermanos y hermanas: “Tened por muy cierto que a Jesús, a quien los hombres han rechazado y tratado de eliminar de nuestro lado y de la historia colgándolo de la cruz, e incluso borrar así borrar su memoria, Dios lo ha constituido Señor y Mesías”. O lo que es lo mismo a este Jesús, de quien tantos se están alejando en nuestros días, en el que gran parte de los jóvenes dejan de creer, al que no tienen en cuenta para edificar sus vidas, al que consideran muerto y sin ninguna relevancia ni significación para los hombres hoy, o al que dejan en el olvido para edificar la historia de nuestro tiempo, este mismo Jesús es, sin embargo, el que tiene palabras de vida eterna, el Camino, la Verdad y la Vida, el centro y la clave de la historia humana, el verdadero sentido de todo cuanto acontece, el guía verdadero de los hombres, el que conoce en verdad lo que hay en el corazón del hombre, la piedra sobre la que únicamente se puede edificar con solidez y verdad la entera historia humana, el que ha vencido a la muerte y vive, el que da la vida, el que sacia el corazón del hombre, y llena de felicidad y esperanza a quien le sigue. Él es el Pastor y guía de nuestras vidas, de toda vida humana. Él ha venido para reunir a los hombres que están y andan divididos y dispersos, sin rumbo, sumidos en el vacío o en el aturdimiento. Él es nuestro redentor, el único nombre en el que hay salvación para los hombres.

Hoy hay muchos salteadores que se acercan con subterfugio y con engaño, no importándoles los hombres sino su lucro o su propio interés, al margen o en contra de Cristo, de la Verdad, de la verdadera puerta, enemigos de nuestra felicidad, que con halago están haciendo verdaderos estragos en la humanidad. Esto lo vemos especialmente reflejado en ese sector más débil de nuestra sociedad que son los jóvenes, de los que un elevadísimo número dicen no creer en nada, o no creer en Jesucristo ni en la resurrección, y que al mismo tiempo en porcentajes llamativos se muestran partidarios del aborto o de la eutanasia o de las uniones de personas del mismo sexo, revelando así una quiebra grande de humanidad, un vacío no menos grande de sentido y un vivir sumidos en un tremendo enredo o aturdimiento en sus vidas. No podemos cerrar los ojos ante esta tremenda realidad ni dejar de dolernos hondamente cuanto está sucediendo, obra del Príncipe de la mentira y de tantos salteadores que pululan hoy con tanta inconsciencia como ceguera y seguimiento del engaño o de la oscuridad. ¡Cuánto estrago y expolio de humanidad estamos sufriendo en nuestros días!

Así es. Pero esta amarga realidad no nos sume en modo alguno en la desesperación. Al contrario. Las lecturas de este domingo nos invitan y apremian, en efecto, a poner nuestra mirada y nuestro corazón en Jesucristo, a escucharle, contemplarle, conocerle, amarle, seguirle y depositar en Él nuestra entera confianza. Él nos conoce a cada uno por nuestro propio nombre; ninguno de nosotros le es ajeno; Él, sólo Él, conoce lo que hay en el corazón del hombre; Él nos llama a cada uno de nosotros por nuestro propio nombre, en un respeto y en un amor inigualable a cada uno; sabe de sufrimientos y dolores, se ha hecho en todo semejante a nosotros, nada de lo humano le es extraño, no encontramos engaño en su boca, todo en Él es verdad, ha venido a dar testimonio de la verdad; nos ha guiado y guía con su palabra, con su persona entera, con sus signos y obras, con sus comportamientos; andábamos descarriados, sin norte, equivocados, y Él nos ha conducido al verdadero camino, nos ha devuelto al redil de la verdad y del amor; nos ha hecho caminar por las sendas de la luz, a su Luz que es lo mismo; nos ha amado y ama hasta el extremo; nunca salen de su boca palabras de condenación, no devuelve insulto por insulto, al contrario, calla y espera pacientemente; cargado con nuestros pecados ha subido al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia; sus heridas nos han curado. Ha vivido en la obediencia total al Padre, y por eso nos ha amado en ese derroche de amor que vemos en su vida, pasión, muerte y resurrección. Ha venido para que tengamos vida, y la tengamos abundantemente. No es el antagonista ni el enemigo del hombre; todo lo contrario, es el verdadero amigo, porque no hay mayor amistad que el dar la vida por los amigos; nosotros, los hombres, somos sus amigos. Él es la Puerta que nos hace entrar en la vida, en la casa de familia, en el aprisco del Padre que es la Iglesia, donde nos alimenta con su palabra, con su cuerpo y con su sangre, con su vida entera, donde podemos gustar y gozar de su perdón restaurador y reconciliador, de su obra redentora, de su salvación y plenitud, de la cercanía infinita de Dios que lo ha apostado todo por el hombre, de su amor que nos hace vivir en la unidad, en la entrega, en el servicio mutuo y en atención y solicitud por las más pobres y sufrientes. Él nos guía por medio de las sendas de oscuridad que hoy atravesamos en nuestro mundo de ateísmo, de paganización, de división y enfrentamiento, de muerte, de violencia y guerra, de olvido, en definitiva, del hombre porque nos hemos olvidado de Dios. Él nos conduce hacia las fuentes de agua viva, donde no sean las aguas de los charcos y de los pozos de este mundo que son incapaces de saciar el corazón de los hombres que como tierra reseca y calcinada está sedienta del Dios vivo. Él nos conduce hacia la vida eterna, hacia esas praderas verdes y esa mesa que simbolizan nuestra patria del cielo, donde no haya más que felicidad, porque Dios, Amor, estará todo en todos.

Todo esto es lo que dice Pedro cuando anuncia que al Crucificado Dios lo ha constituido y Señor. Nosotros, con Pedro –siempre con Pedro y nunca al margen de él– también confesamos lo mismo. Y añadimos como quienes le escuchaban: “¿Qué tenemos que hacer hoy?”. Sencillamente: convertirnos, escuchar, aceptar, conocer, querer a Jesucristo; volver a Él; seguirle; fiarnos de Él; no buscar otra puerta ni otro camino que Él; asumir la vida suya, ser santos, imitar su paciencia en el sufrimiento, y someternos a su guía, dejarnos conducir por Él y nada más que por Él, que es el único que tiene palabras de vida eterna, que no es ladrón del hombre, en el que está la Verdad y la Vida. Este es nuestro tiempo, esta es sin duda hoy nuestra responsabilidad, este es nuestro gozo más grande y nuestra mayor esperanza, el camino de futuro para la humanidad entera.
La obra y la presencia de Cristo, Pastor y guía de nuestras vidas, se continúa a través de cuantos, bautizados en su Nombre, hemos sido llamados por Él a seguirle y a hacer presente su obra de salvación; y de una manera particular se continúa por los que Él mismo llama a una especial consagración. La misión de Jesús continúa. El permanece siempre con nosotros. Jesús, el Pastor bueno, sigue llamando a quien quiera colaborar con Él para llevar a cabo su misma misión. En esta común vocación a ser cristiano, cada uno de nosotros está llamado a desempeñar una función particular. Todos, por lo tanto, debemos acercarnos con confianza a Cristo, a su vida, a sus palabras, para redescubrir la voluntad de Dios sobre nosotros, y poner al servicio de los demás, de la Iglesia, de la humanidad, los dones que cada uno haya recibido.

Dentro de esta común vocación, tienen una misión particular quienes han sido llamados a seguir a Jesucristo y llevar a cabo su misión con una vida de especial consagración: sacerdotes, religiosos, religiosas, miembros de institutos seculares y de asociaciones de vida apostólica, vírgenes consagradas, misioneros, misioneras. Hoy, en este domingo del Buen Pastor, y en sintonía con lo que el Buen Pastor entraña, la Iglesia nos hace recordar las vocaciones a una vida de especial consagración. Para que oremos por ellas, oremos insistentemente y de todo corazón por ellas; nos sensibilicemos a su necesidad y abramos nuestro corazón y toda la disponibilidad para acoger tal vocación, si Cristo nos llama, o para suscitarlas y proponerlas a otros.

En este mundo nuestro urge y apremia el que haya nuevas, abundantes y santas vocaciones. Se necesitan sacerdotes santos. Se necesitan personas santas que sean testigos del Dios vivo y que sirvan a Dios con un corazón indiviso en una entrega total a los hombres y de modo especial a los más pobres: a los enfermos, a los ancianos, a los jóvenes. Se necesitan misioneros y misioneras santos que lleven a los hombres a Cristo.

Nos quejamos de que hay pocas vocaciones. ¿Cómo va a haberlas si no hay fe, si se borra la fe de los jóvenes, si no conocen a Cristo? Ninguno sigue a quien no conoce. La crisis de vocaciones es ante todo crisis de fe. ¿Cómo va a haber vocaciones, que reclaman amar a Jesucristo, e inseparablemente amar a la Iglesia a la que Él y por la que Él se entregó, si hay tan grande desafección hacia la Iglesia? La crisis de vocaciones pasa por la crisis de amor a Cristo que reclama la entrega total y sin reservas y por la crisis de amor a la Iglesia. ¿Cómo va a haber vocaciones, si la llamada al seguimiento lleva unida el seguirle a Cristo con la Cruz, dejándolo todo, en sacrificio, como hemos escuchado, cuando se rehúye tanto el sacrificio hoy? La vocación es sacrificio; y la crisis de vocaciones está unida al miedo al sacrificio. Necesita cambiar nuestra sociedad para que surjan vocaciones. Necesita cambiar la Iglesia, convertirnos todos, como escuchamos en la segunda lectura de este domingo. Ser una Iglesia de santos: una Iglesia donde cada día quepa menos la mediocridad. En una Iglesia que es fiel a la santidad, surgirán vocaciones a la vida de especial consagración que reclama más el vivir esa vocación a ser santos, perfectos, como el Padre celestial es santo.

“Rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Que esta Jornada sea un momento de oración intensa, incesante y fervorosa por las vocaciones. Qué importante es que las comunidades cristianas sean escuelas de oración, capaces de educar en el diálogo con Dios y formar a los fieles en abrirse siempre más al amor con que el Padre ha amado tanto al mundo hasta mandar a su Hijo Unigénito. En tal ambiente, el discípulo crece en el deseo ardiente de escuchar y de seguir a Cristo.


+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia
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