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sábado 13 de enero de 2018
EL BAUTISMO DE JESUS
Carta pastoral semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia

Pasados los días de la Navidad, la Iglesia celebraba el pasado domingo el Bautismo de Jesús. Las lecturas del domingo después de la Epifanía invitaban a buscar, escuchar y contemplar a Jesús. “Se oyó una voz del cielo diciendo: Éste es mi Hijo amado, el preferido”. “Mirad a mi siervo, a quien sostengo”. Reemprendemos el ritmo ordinario, llevando en el ánimo las ricas experiencias vividas durante estos días navideños, “la mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor” (NMI 16). Celebramos el Bautismo de Jesús por parte de Juan en el Jordán, relatado en el Evangelio, momento clave de la manifestación de ese rostro suyo, de su misterio e identidad más profunda. La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de Él dice la Sagrada Escritura, plenamente revelado en el Nuevo Testamento, singularmente en los Evangelios, de los que “emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro” (NMI 8).

En los días de la Navidad y en el día de la Epifanía, hemos contemplado a Jesús en su nacimiento e infancia. Ahora contemplamos su rostro en el comienzo de su vida pública. “A partir del momento en que Jesús se hace bautizar por Juan Bautista en el Jordán y, apoyado, por el testimonio de lo alto, con la conciencia de ser "el Hijo amado", inicia su predicación de la venida del Reino de Dios, enseñando sus exigencias y su fuerza mediante sus palabras y signos de gracia y misericordia” (NMI 18).

«Juan proclamaba un “bautismo de conversión para el perdón de los pecados”. Una multitud de pecadores, publicanos y soldados, fariseos y saduceos y prostitutas, viene a hacerse bautizar por él. “Entonces aparece Jesús”». El Bautista, lo recuerdan en otro relato de este mismo hecho, duda. Jesús insiste y le dice: “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos lo que Dios quiere”; se trata de la aceptación de la voluntad de Dios donde está toda justicia; Jesús, con su respuesta, reconoce su bautismo de manos de Juan “como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo...; este sí a la plena voluntad de Dios encierra también, en un mundo marcado por el pecado, una expresión de solidaridad con los hombres, que se han hecho culpables, pero que tienden a la justicia. Sólo a partir de la cruz y de la resurrección se clarifica el significado de este acontecimiento” (Benedicto XVI). Jesús recibe el bautismo de manos de Juan. “A partir de la cruz y de la resurrección se hizo claro lo que había ocurrido: Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores. La inicia con la anticipación de la cruz... El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir incondicionalmente la voluntad de Dios, cumplir toda justicia, se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad” (Benedicto XVI). Cuando Jesús recibe el bautismo, “entonces el Espíritu Santo, en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la Voz del cielo proclama que Él es "mi Hijo amado, el predilecto". Es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios” (CEC 535). “La voz del cielo –´Éste es mi Hijo amado´– es una referencia anticipada a la resurrección” (Benedicto XVI), también a la pasión y muerte: “No se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres”, que expresa plenamente el misterio de la filiación divina. Se abre el cielo: cumplir la voluntad de Dios, comunión con Dios. La voz del cielo, la voz del Padre, no se refiere a lo que va a hacer, sino a lo que es: Él es el Hijo predilecto, sobre el cual descansa el beneplácito de Dios.

Aquí está, aquí tenemos, el rostro y el misterio de Jesús. Aquí está la respuesta a la pregunta, siempre actual y siempre inquietante, en torno a la cual se teje la historia: ¿Quién es Jesús? ¿No es el hijo del carpintero José? ¿No es el hijo de la nazaretana María? Como en Cesarea de Felipe, en el diálogo con los discípulos cuando les pregunta “¿quién dice la gente que es Él?”, aquí, en la escena del Jordán, también, viniendo de lo alto, se escucha la misma y única respuesta posible: “Es el Hijo amado, el predilecto, del Dios vivo”. Sólo por gracia de la revelación divina, sólo porque Dios, en su inmensa bondad, se ha complacido, dárnoslo a conocer por el Espíritu, tenemos acceso al rostro y al misterio total y verdadero de Jesús. Su realidad más propia, auténtica y verdadera, no puede ser comprendida por la “carne y la sangre” (esto es, por el conocimiento mundano o el modo común de conocer), sino sólo revelada por el Padre por medio del Espíritu, o, lo que es lo mismo, percibida con los ojos de la fe. “Sólo la fe podía franquear el misterio de aquel rostro” (NMI 19).
Démonos cuenta, además, que en este pasaje del Evangelio se nos muestra la humanidad entera de Jesús, su rostro plenamente humano. Como uno más, como uno de tantos, como uno de los pecadores, en medio de ellos, de los que se acercaban a Juan para ser bautizados, se presenta Jesús a recibir ese mismo bautismo de conversión y penitencia. ¿No es, acaso, el Cordero sin mancha ni pecado, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo? Poniéndose en medio de los pecadores nos muestra cómo se identifica en todo con los hombres, a los que no desdeña llamar hermanos. Y carga con nuestros pecados, raíz de todo mal y fuente de toda esclavitud, de toda muerte y miseria humana. Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, se hizo hombre, asumió nuestra carne, la carne de pecado, y así, al mismo tiempo, toda la densidad, el drama del hombre bajo el pecado; se identificó con toda la seriedad del hombre subyugado; aceptó responder por todos nosotros: así, se hizo a sí mismo responsable ante Dios de todo el pecado del hombre, como si Él fuese el culpable y pecador; no se queda fuera y a la expectativa, no permanece distante de los pecadores, que somos todos los hombres. En el bautismo de Jesús en el Jordán tenemos todo el misterio divino-humano de la persona única de Jesús, el misterio de la encarnación y el misterio de nuestra redención.

En efecto, aunque Hijo amado y predilecto de Dios, el Padre, santo e inocente, sin mancha –se hizo semejante en todo a nosotros excepto en el pecado–, quiso “cargar con el pecado de todos”. De este modo, como señala el Catecismo de la Iglesia Católica: “El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo"; anticipa ya el "bautismo" de su muerte sangrienta. Viene ya a "cumplir toda justicia", es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la Voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en su plenitud desde su concepción viene a "posarse" sobre Él. De Él dará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo "se abrieron los cielos" que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación” (CEC 536).

“Por el Bautismo, el cristiano se asimila sacramentalmente a Jesús, que anticipa en su bautismo su muerte y resurrección: debe entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento, descender al agua con Jesús, para subir con Él, renacer del agua y del Espíritu para convertirse, en el Hijo, en hijo amado del Padre y "vivir una vida nueva"... Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde lo alto del cielo y que, adoptados por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios” (CEC 537). Vivamos, pues, en Cristo, como hijos de Dios: vivamos como purificados y santos, como corresponde a nuestro ser bautismal. Vivamos coherentemente desde la convicción de que “si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación del Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, con una ética minimalista y una religiosidad superficial” (NMI 31). “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Vivamos, como lo que somos, hijos de Dios. Con el Hijo único y predilecto, pasemos haciendo el bien e implantando el derecho.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia
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