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sábado 23 de enero de 2016
HOMILIA DEL SR. CARDENAL EN LA FIESTA DE SAN VICENTE MÁRTIR

SAN VICENTE, MARTIR: Catedral (Valencia, 22, 1, 16)

Con devoción y agradecimiento celebramos la memoria de san Vicente mártir, Patrono principal de la diócesis y de la ciudad de Valencia, que ahora unimos al Memorial del Sacrificio Redentor de Cristo, supremo martirio y testimonio máximo de la verdad de Dios, cumbre y plenitud de la entrega del amor sin límite de Dios a los hombres, sangre del Hijo de Dios derramada para el perdón de los pecados y la reconciliación de todos en una unidad inquebrantable. No en balde "el martirio se consideraba en la Iglesia antigua como una verdadera celebración eucarística, la realización extrema de la simultaneidad con Cristo, el ser uno con ÉL" (J. Ratzinger, El espíritu de la Liturgia: una introducción, p. 80).

¿Cómo no dar gracias, pues, por este mártir, san Vicente, y por tantos y tantos otros, en muchedumbre incontable, que dieron y dan su vida por Jesucristo como testimonio supremo de la verdad del Evangelio y de la fe? ¡Cómo vibraban los primeros cristianos ante la sangre y la memoria de los mártires!. En qué estima tan alta ha tenido siempre la Iglesia el martirio y con qué belleza ha sido cantado a lo largo de los siglos por los mejores poetas cristianos. Hoy no puede ni debería ser menos. Y por eso hoy nos reunimos con júbilo, llenos de esperanza, gozosos, para celebrar, en este joven mártir, unido a esa pléyade inmensa de fieles, contemplada en el Apocalipsis, que "vienen de la gran tribulación y han lavado sus túnicas con la sangre del Cordero" (Cf. Ap.7, 14). El martirio, el testimonio martirial es un regalo de Dios preciosísimo que es preciso apreciar en todo su sentido. Nuestra moderna sociedad, permisiva y relativista, tiende a hacer arcaico y obsoleto el hecho y la grandeza del martirio. Los cristianos mismos en Occidente parece que hemos perdido disponibilidad y aun sensibilidad para el martirio, cosa que contrasta con los miles y miles de mártires en diversas naciones de Oriente y de África, que están sellando con su sangre su fe en Jesucristo. El martirio es el supremo testimonio de la verdad de Dios y de la verdad del hombre.

Es signo y prueba, diáfano testimonio, de que Dios es Dios, lo único necesario, que está por encima de todo y lo vale todo, que sólo Él basta, que Él es, en verdad, Amor, fuente inagotable y hontanar de todo amor. El martirio es testimonio valiente y cierto de que Cristo vive, reina y nos salva, y que su salvación, su vida y su amor valen más que todo, son el tesoro al que nada se le puede comparar. El martirio es la señal manifiesta e inequívoca de que el Reino de Dios ha irrumpido en nuestra historia y en él está la dicha que lo supera todo, la paz y la verdad de amor que lo llena todo.

El martirio, entre otras cosas, es signo que nos indica dónde se encuentra la verdad del hombre, su grandeza y su dignidad más alta, su sentido, su realización más auténtica, su libertad más genuina, amplia y plena, y el comportamiento más verdadero y propio del hombre inseparable del amor: por ello, el martirio es exaltación de la perfecta "humanidad" y de la verdadera vida de la persona. El testimonio de los mártires, el martirio, atestigua "la capacidad de verdad del hombre como límite de todo poder y garantía de su semejanza divina. Es precisamente en este sentido en que los mártires son los grandes testigos de la conciencia, de la capacidad concedida al hombre de percibir además del poder, también el deber, y por eso de abrir el camino al verdadero progreso, al verdadero ascenso" (J. Ratzinger).

En el martirio percibimos el espacio creado por la fe en Jesucristo para la libertad de la conciencia, en cuyas fronteras se detiene todo poder, en ese espacio y realidad se anuncia la libertad de la persona que trasciende a todos los sistemas políticos. "Por haber asignado estos límites al poder fue crucificado Jesús, que con su testimonio dio testimonio de los límites del poder. El cristianismo no comenzó con un revolucionario, sino con un mártir. El plus de libertad que debe la humanidad a los mártires es infinitamente mayor que el que le hayan podido aportar los revolucionarios" (J. Ratzinger).

El martirio nos dice, en fin, a estar con Dios que es Amor y permanece para siempre: y que eso es, con mucho, no sólo lo mejor, sino lo que únicamente importa; sin la vida eterna ¿qué sentido tendría la vida? ¿qué importa la vida sin el amor que permanece eternamente?; el martirio nos indica que no podemos malograr nuestra vida anteponiendo a su logro que es la plenitud de la vida eterna y el Amor que no acaba- otras cosas u otros intereses.

El seguimiento de Cristo es martirio, y por tanto el mártir es el que colma hasta la plenitud seguimiento: se entrega a sí mismo como testimonio de la palabra que en Cristo hemos escuchado. Los mártires son testigos eximios del amor de Cristo, de El que ha dado la vida por los hermanos: seguir a Cristo es dar la vida, como Él, por los hermanos. "Aceptar el calificativo cristiano es declararse dispuesto al martirio; expresa la disposición a morir por la fe. Cristiano y mártir significa lo mismo. Cuando se nos llama cristianos, se está incluyendo tácitamente en ello que nos declaramos dispuestos al martirio" (J. Ratzinger). Con el martirio se hace verdad tangible la necesidad de completar en nuestra carne los dolores y la pasión del Señor con la que nos ha redimido y hechos partícipes a los hombres del amor de Dios, de su perdón y de su gracia reconciliadora y restauradora. Los mártires son testigos eminentes de la caridad y de la santidad en la Iglesia. "Con su herida mortal", unidos al Cordero degollado del Apocalipsis Cristo-, los mártires nos dicen que, "al final, los vencedores no serán los que matan" no son los que matan-; "el mundo más bien vi ve gracias al que se sacrifica". El sacrificio del que se convierte en el Cordero degollado -y con Él los mártires mantiene unidos cielo y tierra. De él procede la vida que da sentido a la Historia a lo largo de todas sus atrocidades y que al final la transforma en un cántico de alegría" (J. Ratzinger)


Por eso damos gracias por el don de los mártires, en concreto por el don del mártir San Vicente. Hacemos memoria agradecida de la sangre de estos mártires, de San Vicente mártir, derramada, como la de Cristo, para confesar el nombre de Dios; en san Vicente se manifiesta las maravillas del poder divino; en su martirio, el Señor ha sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad su propio testimonio. Por eso la Iglesia quiere conservar vivir la memoria de los mártires. San Vicente mártir y todos los mártires, también los de hoy, han sido y son una fuerza de la fe cristiana vivida hasta el extremo del amor, testigos singulares de Dios vivo que es Amor en la vida de los hombres. Hay que estar siempre preparados y dispuestos al martirio; también en los tiempos de hoy, como estamos viendo, a veces impasibles e inmutables, en tantísimos hermanos nuestros que sellan su vida de fe y seguimiento con la entrega de sus vidas perseguidas, amenazadas y heridas por sus violentos perseguidores de tantas maneras.

Hay un aspecto inolvidable en estos mártires: son insignes colaboradores de la paz. Porque, en todo momento, ellos han servido –antes con su apostolado, y después con esa generosidad con que se entregaron a la grandeza de la convivencia humana: porque murieron perdonando, no odiando. Ellos son hoy y lo serán siempre memoria vi va, llamada y signo, garantía de una honda y verdadera reconciliación, que nos marca definitivamente el futuro: un futuro de paz, de solidaridad, de amor y de unidad inquebrantable entre todos los españoles, entre todos los hombres y pueblos. Así, ellos son lo mejor de la Iglesia y de nuestro pueblo. Trabajaron y murieron para unir y para crear las bases de entendimiento entre unos y otros. ¡Qué paginas tan bellas de amor, del" perdón de reconciliación nos dejaron todos nuestros mártires. Que el testimonio y la intercesión de los mártires nos ayuden a vivir en el mutuo respeto de unos a otros y a educar en el conocimiento de Cristo y el amor al Evangelio, que proclama "dichosos a los que trabajan por la paz", nos muestra el camino del perdón y del amor, nos desvela el rostro de Dios que es Amor.

Los mártires son, para todos, una verdadera bendición del cielo que a todos alcanza, como lo ha sido y sigue siéndolo san Vicente Mártir: Ni la Iglesia, ni la sociedad valenciana, ni la española, ni la sociedad europea o mundial, puede olvidar a los mártires ni olvidar su lección en vida y en muerte, su testimonio de Dios que es Amor y un solo Señor, su confesión de fe en Dios que salva, su testimonio y entrega de perdón.

No podemos dejar de tener muy presente que la Iglesia, hoy, "sólo podrá convencer a los hombres en la medida en que sus predicadores estén dispuestos a dejarse herir. Donde falta la disposición a sufrir, falta la prueba esencial de la verdad de la que depende la Iglesia. Su lucha sólo puede seguir siendo siempre la lucha de quienes se dejan derramar: la lucha de los mártires" (J. Ratzinger, Imágenes de la esperanza, p. 26). La sangre de los mártires es semilla de cristianos. En la sangre de nuestros mártires tenemos el futuro. No hay que temer por difícil que se presente. No sólo los mártires intercederán por nosotros y nos ayudarán, -lo cual es mucho y muy importante-, sino que ellos, los mártires de nuestro pueblo nos abren un sendero lleno de luz para seguir ese camino de esperanza que ellos vivieron y por eso dieron la vida. El sacrificio de sus vidas no es estéril, sino fecundo: la dieron por nosotros, y eso perdura siempre, es fecundo, generador de vida, es eficaz con la eficacia del poder del amor y de la misericordia de Dios más fuerte que la muerte.

Por eso, ¿cómo vamos a tener miedo para el futuro de nuestra Iglesia y de nuestra España si son tantos y tantos los mártires recientes de nuestra Iglesia en España? Ahí tenemos nuestra fuerza, nuestro futuro, nuestra gloria. No podemos temer: "el testimonio de miles de mártires y santos ha sido más fuerte que las insidias y las violencias de los falsos profetas de la irreligiosidad y el ateísmo. He ahí el gran milagro de nuestro tiempo. Gracias a Dios, la fe en Jesucristo ha seguido y sigue alimentando la esperanza en el corazón de muchos. De modo que la Iglesia ha podido" presentarse ante el mundo como signo renovado de salvación" (Conferencia Episcopal Española), testimonio y confesión de fe en Dios vivo, testimonio de la verdad, del amor y del perdón.
Los mártires, nuestros mártires, son aliento, estímulo e intercesión, ayuda y auxilio para nosotros, para que demos testimonio público de fe en Dios vivo. Sin Dios no es posible la paz, ni el reconocimiento efectivo de la dignidad y grandeza de todo ser humano. El mundo de hoy necesita de cristianos que en la vida pública y privada, en sus obras y en sus palabras, de manera palpable y visible, vayan dejando, a su paso por la vida, el testimonio vivo y real de fe en Jesucristo.

Necesitamos hoy cristianos que estén dispuestos y prestos a confesar a Cristo públicamente, y en todo lugar y circunstancia, delante de los hombres o en la soledad, y a seguirlo, como únicamente se le puede seguir, por el camino de la Cruz y del Calvario. Los cristianos no queremos ni podemos saber de otro, como nuestros mártires, ni creer en otro, que en Jesucristo y éste crucificado, manifestación suprema de Dios, de su amor y entrega, de su perdón y donación del don de la reconciliación y de la paz.

Ante un mundo como el nuestro que de tantas maneras y tan sutiles, en no pocos ámbitos y por diversos grupos y personas se penaliza la fe de la Iglesia, ante tantos poderes de este mundo que se sientan de miles maneras en sus tan diversos "tribunales" y acusan y condenan a la Iglesia y a los cristianos, es preciso, con la fuerza y el aliento de nuestros mártires, que Dios nos conceda fuerzas para ofrecer el testimonio que los mismos mártires han ofrecido. Es el mejor servicio que podemos hacer a los hombres.


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