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domingo 24 de enero de 2016
CARTA A LOS JÓVENES
Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia

Queridos jóvenes: En días pasados, en plenas Navidades, en el fin de año y comienzo del año nuevo, hemos tenido todos la alegría grande de participar en el Encuentro Europeo de Jóvenes, de Taizé. Acudieron de Valencia, de toda España y, sobre todo, del resto de Europa, particularmente del este europeo, algunos pocos de Asia, de África o de América, de diferentes confesiones cristianas, unos pocos de otras religiones. En total, en torno a treinta mil. Han venido como peregrinos de la confianza, en búsqueda; recorrieron muchos kilómetros en varias jornadas; vinieron con fe, con ilusión y esperanza; con verdadero espíritu de sacrificio; con lo mínimo indispensable, pero contentos de verdad, acogidos por familias valencianas. ¡Cómo se ayudaban unos a otros! ¡Qué gran acogida por parte de las familias y qué clima de amistad, de familia y de ayuda mutua había entre todos! ¡Qué días tan dichosos los cuatro que compartimos aquí, en Valencia! ¡Una humanidad nueva, con hombres y mujeres nuevos, una juventud diferente!

Nadie se sentía extraño. Allí estaba la Iglesia jóvenes, chicos y chicas, obispos, cardenales, sacerdotes, religiosas, seminaristas, matrimonios, familias, niños... y si faltaba alguien, el mensaje del Papa Francisco, que así también quiso hacerse presente. Todos juntos, todos nos sentíamos una sola cosa unidos en la fe en Dios, que es, con mucho –así se vivía allí–, la mejor riqueza y el mayor tesoro que nos han podido entregar; unidos todos en la escucha común de la enseñanza de los Apóstoles, que llena de dicha, de luz, de sentido y esperanza; compartiendo la oración, la plegaria hecha canto, que presenta a Dios las necesidades de nuestro mundo, la impotencia del hambriento y del pobre, las frustraciones de los parados, la agonía de los que sufren el desamparo o soportan la brutalidad, la injusticia o la discriminación; el desamparo de los inmigrantes y refugiados, de los cristianos perseguidos... Allí pedimos y recibimos el consuelo del perdón, como peregrinos que vienen de lejos o hijos que se han ido de la casa paterna; allí, en parroquias donde se encontraban las familias de acogida, con un sólo corazón, celebramos la Eucaristía, alimento para el camino, pan que da la vida, Cristo en persona que se da todo, alienta la existencia y envía a donde están los hombres para que vengan a Él y encuentren razones para vivir, esperar, amar.

Días, de verdad, inolvidables. ¡Qué gozo ser Iglesia! Queridos jóvenes, ¡vale la pena ser Iglesia! ¡Sí, vale la pena! Si os vale, os recuerdo de nuevo lo que vivimos en este encuentro europeo de jóvenes de Taizé: lo que ahí hemos vivido era la experiencia de un mundo nuevo, de una humanidad nueva, posible y real, de jóvenes con esperanza, de jóvenes, sencillamente, como vosotros que buscan y anhelan un mundo nuevo, ser hombres y mujeres nuevos, de jóvenes alegres y festivos.

Queridos jóvenes, ¡vale la pena ser Iglesia, sí, vale la pena!. Permitidme que os lo diga. ¡Cómo doy gracias a Dios por vosotros que vais a configurar el mundo del nuevo milenio! ¡Sois esperanza de nuestro mundo, esperanza de la Iglesia! Dejadme que os diga: confío en vosotros, os quiero, veo en vosotros carencias, logros y valores que denotan que Cristo no está lejos de vosotros; que, tal vez, no lo conocéis bastante, pero que le amáis, le buscáis como a tientas, quizá incluso por caminos errados, pero la verdad es que le buscáis, que lo necesitáis. Os han tocado tiempos difíciles. Todo os invita a que sigáis otros caminos, tan fáciles como halagüeños, distintos al de Cristo. Pero sabéis que es el único camino que os conduce a la felicidad y a la vida, por sendas de libertad, de amor y de esperanza.

Vosotros tenéis en el corazón un gran ideal, un irreprimible anhelo de que la vida sea algo grande y bueno, que no defraude. Deseáis que vuestra persona, vuestra vida y vuestras inquietudes sean tomadas en serio, sean queridas por sí mismas y no sólo por lo que podéis ganar, producir, o consumir. Deseáis que el mundo sea un lugar amable donde los hombres seamos amigos y nos ayudemos unos a otros a recorrer el camino de la vida, como estos días hemos podido ver, disfrutar y comprobar. Deseáis que crecer no sea sinónimo de hacerse escéptico y de tener que matar o censurar los anhelos más nobles del corazón. Todos esos deseos configuran la existencia humana, son su señal más característica. Por eso la infancia y la juventud no deberían acabar nunca, deberían permanecer siempre. Pero acaban. Y no porque pasen los años, ya que todos conocemos personas con muchos años en quienes la esperanza está intacta, sino porque el mundo que hemos hecho los hombres, la cultura que hemos construido entre todos, muchas veces no os hace fácil mantener vuestro ideal.

Es cierto que os rodea un mundo que no es fácil, a pesar de todas la apariencias; que no os ayuda en vuestros nobles y no pequeños ideales, ni ofrece las respuestas que verdaderamente os importan e interesan para vivir. No podéis taparos los ojos ante las amenazas que os acechan a vuestra alrededor. Con demasiada frecuencia, el mundo en que vivimos, que os da tanta información, que os ofrece tantos sucedáneos baratos de la felicidad y de la libertad, deja sin respuesta las preguntas más importantes y urgentes. No os ayuda a reconocer el significado de la vida, ni os acompaña a entrar en la vida adulta, que consiste en afrontar la realidad de un modo que no destruya la esperanza. No os facilita el reconocimiento de vuestra dignidad como personas y de vuestra vocación. Os deja solos porque no le interesáis vosotros, ni vuestra esperanza, ni vuestra alegría. A veces, el desinterés se da en la misma familia, ese lugar que Dios ha creado para que el hombre pudiera experimentar lo que vale ser querido por uno mismo, y así adquirir la clave más decisiva para orientarse en la vida, y para reconocer a Dios. Por eso tantos de vosotros, a pesar de vuestros pocos años, vivís ya en la tristeza y en la desesperanza, o tratáis de buscar un alivio a vuestra inquietud en el alcohol o en la droga, o en el sexo irresponsable, o en la violencia, que os terminan destruyendo... A pesar de estas dificultades, o precisamente por ellas, os quiero decir que la vida no tiene por qué consistir en engañarse a uno mismo; que hay una alegría que no hace evadirse de la realidad, y una esperanza que no es ilusión, y un amor que no es interés disfrazado. Que hay una verdad como una roca, sobre la que puede construirse una casa –la vida–, sin que los vendavales, las tormentas o las lluvias que inevitablemente azotan la casa con el tiempo terminen por echarla abajo. Esa roca es Jesucristo. Es el camino la verdad y la vida.

Por eso os digo, queridos jóvenes: Dejad que Cristo sea para vosotros la base de vuestra existencia. Dejad que Cristo sea vuestro camino, ¡el único camino!, aunque se abran para vosotros otros caminos que os pueden halagar con metas tan fáciles como ambiguas. Sólo Él conduce a la realización plena de las expectativas que lleváis en lo profundo de vuestro joven y grande corazón. Dejad que Cristo sea vuestra medida. No os establezcáis en nadie más que en Cristo. Que Él os guíe y os guarde en su amor. Que Él sea vuestra alegría. Dejad que Él sea vuestra salvación y felicidad, la fuente de donde brote para vosotros la alegría y la paz. En Cristo descubriréis la grandeza de vuestra humanidad. Porque –¿lo sabéis?–, es grande ser hombre, ¡muy grande!: porque Dios ama al hombre, porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre; porque El mismo nos ha dicho con hechos lo que vale ser hombre, tanto que no hay dinero en el mundo con el que se pueda pagar un rescate por un sólo hombre –cada hombre vale más que todo el dinero del mundo, no es comprable por nada–. Por él, por el hombre, por cada hombre, por ti y por mí, Cristo mismo pagó el rescate, “hemos sido, en efecto, comprados no con oro o plata perecederos, sino con la sangre de Cristo”, que es la sangre de Dios. Eso es lo que vale el hombre –la sangre de Dios–, esa es la dignidad de todo ser humano. Así lo quiere Dios.

Por eso, mis queridos amigos, descubrid vuestra grandeza de hombres, admirad y asombraos ante la dignidad de lo que sois, gozad cómo sois amados y considerados por Dios. ¡Cuánto valemos los hombres a los ojos de Dios! ¡Cómo nos quiere Dios! ¡Lo vemos y palpamos en Jesús! Nos ha rescatado de los poderes de la muerte, de la mentira, del odio, del pecado, no con oro o plata –no hay oro ni plata en el mundo para rescatar lo que vale un hombre–. Él nos ha rescatado con la sangre del Cordero sin mancha, Jesús, su Hijo, esa sangre es la sangre de Dios: ¡Nos ha rescatado y dado la dignidad perdida con la sangre misma de Dios! Así nos considera Él. Amad, por eso a Cristo, sin miedo, seguidle, abrid de par en par las puertas de vuestra casa –de vuestra joven y prometedora vida– a Cristo. Recordad una y otra vez, siempre, que Cristo “os ama a cada uno, como sois, sin condiciones ni límites. Él ha venido por cada uno de vosotros, ‘para que tengáis vida, y vida abundante’. Él hace que todo tenga sentido, y que las cosas puedan situarse en su lugar adecuado. Hasta el mal y el pecado, y la muerte, que ya no son, gracias a Él, el destino inevitable de la vida humana. En Él se ha revelado el amor infinito de Dios por el hombre, por cada uno de los hombres, por cada uno de vosotros. En Él se ha revelado la dignidad de nuestra vida, nuestro verdadero destino, y se nos hace posible realizar ya aquí en la tierra la verdad de nuestra vocación a la verdad, al bien y a la belleza; vocación a la amistad y al amor que no pasan. Gracias a Él, es posible vivir con una razón adecuada a la realidad, a pesar de la fatiga y esfuerzo que la vida lleva consigo. Y es posible estudiar y trabajar con gusto, y luchar con ahínco por un mundo que corresponde más a la verdad del hombre. Gracias a Él, la vida entera se convierte en una misión.

Mis queridos amigos, afianzaos en Jesucristo, vivid desde la alegría del mejor amigo que es Él –porque nadie ama más, ni es mejor amigo, que el que da la vida por sus amigos–. ¡Y Él la ha dado por ti, por tus amigos, por los tuyos y cercanos, por mí, por todos! Como decía aquél hombre que, como pocos, tuvo una experiencia tan viva, real y honda de Jesús, aquél hombre tan lleno de esperanza, tan libre y valiente que fue san Pablo: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús?”. Ahí, en Jesús, está alegría verdadera de vivir. Todo en Jesús irradia alegría. Todo su Evangelio es proclamación de la dicha y de la felicidad que andáis buscando. Si Jesús irradia alegría, sabedlo bien, es por el amor inefable con que Él se sabe amado por Dios, su Padre. Él quiere que sintamos y vivamos con esa misma alegría suya; así, en aquella noche memorable en que fue entregado, oró a su Padre y le dijo “Yo les he revelado tu Nombre, para que el amor con que Tú me has amado, esté en ellos y yo también en ellos; y así su alegría sea completa y cumplida”. Es, ¡nada menos!, que la alegría de estar dentro del amor de Dios que nos hace hijos suyos.

Comparto con vosotros, mis queridos jóvenes, el gozo inmenso, la alegría incontenible, que nadie nos puede arrebatar: Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, es nuestro Padre y todos somos hermanos. Somos hijos de Dios. Somos hermanos, como habéis podido comprobar estos días de Taizé en Valencia. Somos, sencillamente, hombres queridos por Dios. Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, ¡pues lo somos! Hemos recibido el Espíritu de Jesús que nos hace clamar, “abba”, Padre mío, Padre querido. ¡Sí, Dios ama a los hombres, a todos los hombres! Es admirable que nos haya creado; pero más admirable aún es que nos haya redimido. Quiere a cada ser humano por sí mismo, y hace salir su sol sobre buenos y malos, sobre justos e injustos, sobre todos, sin excepción, porque a todos ama. Más aún, sigue llamando “hijo” a quien le ha dejado y renegado de El; busca, como pastor bueno y de corazón grande, la oveja que se ha perdido y se alegra cuando la encuentra. El no pasa de largo del hombre, menos aún pasa de largo del hombre pobre y caído –que somos cada uno–; en Jesús, su Hijo, nuestro hermano, carne de nuestra carne, se acerca, se aproxima, tanto, que se hace hombre, uno de los nuestros; para amar así en nosotros, hombres, lo que ama en su Hijo predilecto que se ha hecho hombre. Mayor cercanía no es posible, mayor identificación no es, ni siquiera, imaginable. Como el Buen Samaritano, se acerca, se aproxima al hombre, robado, maltrecho y malherido, tirado en la cuneta del camino, para curarle de sus heridas, reintegrarlo y llevarlo a donde hay calor y cobijo de hogar; se identifica con él, lo carga a sus espaldas, carga sobre ellas los sufrimientos nuestros, y nuestros pecados, “sus heridas nos han curado”. ¿Qué más podía hacer por nosotros? ¿Qué podemos hacer nosotros? Ser como Él, buenos samaritanos; como Él y gracias a Él, sentirnos enviados para llevar ese amor a los hombres que piden ayuda, llevar esa alegría de ser amados por Él.

Con mi afecto, mi amor, mi cercanía a cada uno de vosotros con mi bendición para todos.

Vuestro amigo Obispo

+ Antonio, Card. Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia
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