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domingo 17 de septiembre de 2017
A nadie debáis nada más que amor
El Apóstol san Pablo nos pone ante lo que es fundamental y primero, donde se condensan todos los mandamientos y deberes el deber fundamental del amor para con el prójimo. “A nadie debáis nada más que el amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley; amar es cumplir la ley entera”. En el centro de toda la novedad del cristianismo, su esencia más propia es el amor, “del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás”. Ésta es la clave de todo: el amor, el amor cristiano. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o un gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, una Persona, en quien hemos conocido el amor”, porque “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en Él tengan vida eterna” (cf. Jn 3, 16); ahí, en Él, se esclarece la verdad de Dios y la verdad del hombre (cf. GS 42). Ante un mundo tan falto y necesitado de amor, con tan grandes problemas de humanidad, “el amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y él plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quienes somos nosotros”. En este amor de Dios que se ha hecho hombre, el amor de Dios encarnado, es donde radica la originalidad misma de lo que es el cristianismo. No consiste esta originalidad o novedad en “nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito”. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo ayuda a comprender que “Dios es amor”. “Es en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir qué es el amor. Y desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar”, en el que, en modo alguno, son separables el amor de Dios y el amor a los hombres, como dan testimonio los santos.

“No se trata ya, dirá el Papa Benedicto XVI, de un mandamiento externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor”. Lo único que quedará al final que permanece eternamente, sobre lo único que se nos preguntará y juzgará en el último tribunal, es la caridad, el amor (Mt 25; 1 Co 13). Hemos sido elegidos y “llamados a ser santos por la caridad” (Ef 1, 4). “Sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia, y si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre, ni la Iglesia sería Iglesia: el amor lo es todo, abarca todos los tiempos y lugares y personas.

Los santos, como Santa Teresa de Calcuta, Santa Teresa de Jesús Jornet, San Pedro Claver, nuestro Santo Tomás de Villanueva, o el Beato Ciriaco María Sancha, o los hombres de Dios, como el Papa Francisco, testigos del Amor que es Dios, son “modelos insignes de caridad social”. Ellos nos enseñan y dan ánimo para no desfallecer en el camino de la caridad. Fijémonos en san Pablo, el gran testigo del amor de Dios, que puede decir como ningún otro que nada ni nadie puede separarnos el amor de Dios manifestado en Cristo (Rm 8), o decir con autoridad lo que hoy hemos escuchado en su Carta, o que desearía deshacerse en vida por todos, y que nos ofrece un continuo ejemplo de desvivirse por los fieles no escatimando nada, o que proclama la grandeza del amor cristiano, obra del Espíritu Santo, en el maravilloso himno de la caridad (1 Co 13). Releamos a san Pablo en tantos textos en los que nos habla de la caridad; profundicemos en ellos; sobre todo, imitémosle. Imitémosle también en el cumplimiento del Evangelio que hoy hemos leído y que nos habla de la corrección fraterna.

En el pasaje del evangelio sobre la vida de la comunidad, que se leyó el pasado domingo (cf. Mt 18), Jesús nos dice que el amor fraterno comporta un sentido de responsabilidad recíproca, por lo cual si mi hermano comete un falta contra mí, yo debo actuar con caridad hacia él, y, ante todo, hablar con él personalmente, haciéndole presente que aquello que ha hecho o dicho no está bien. Esta forma de caridad se llama corrección fraterna no es una acción a una ofensa recibida, sino que está animada por el amor al hermano. Esta caridad, obviamente, es inseparable del perdón, del que está diciendo estos días atrás cosas tan hermosas y decisivas en Colombia, y hemos visto y escuchado testimonios tan valientes y tan cristianos y estimulantes de colombianos y colombianas. Escuchen por ejemplo estas palabras tan preciosas del Papa dirigiéndose a los jóvenes colombianos: “Vuestra juventud os hace capaces de algo muy difícil: perdonar. Perdonar a quienes nos han herido: es notable ver cómo ustedes no se dejan enredar por historias viejas, cómo miran con extrañeza cuando los adultos repetimos acontecimientos de división simplemente por estar nosotros atados a rencores. Ustedes nos ayudan en este intento de dejar a tras lo que nos ofendió, de mirar adelante sin el lastre del odio”. Esto es lo que necesitamos, también en España: la paz y la unidad es inseparable de lo que Jesús nos dice en el Evangelio: el perdón y la corrección fraterna como paso a una sociedad y a una etapa nueva en nuestras relaciones.

No podemos olvidar que la caridad tiene una dimensión social, incluso una dimensión política. No se puede contraponer justicia y caridad. “El amor, la caridad, siempre será necesaria, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido –cualquier ser humano– necesita, esto es una entrañable atención personal. Lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio. La Iglesia es una de esas fuerzas vivas: en ella late el dinamismo del amor suscitado por el Espíritu de Cristo. Este amor no brinda a los hombres sólo ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma, una ayuda con frecuencia más necesaria que el sustento material” (DCE 28 b). El Evangelio nos pone de manifiesto una de esas relaciones que brotan del amor, que hacen posible una verdadera fraternidad entre los hombres, y que no es obra de las condiciones materiales: las relaciones fraternas, de corrección y ayuda fraterna, expresión viva de una caridad viva. ¿Puede darlo esto sólo condiciones materiales y estructurales, sin la relación personal obra del amor, de la caridad fraterna? “La afirmación según la cual las estructuras justas harían superfluas las obras de la caridad, esconde una concepción materialista del hombre: el prejuicio de que el hombre vive ‘sólo de pan’ (cf. Mt 4, 4), una concepción que humilla al hombre e ignora lo que es más específicamente humano” (DCE 28 b).

Como ejercicio concreto de la caridad, y como actualización del amor que aquí y ahora el hombre siempre necesita, no ha de prescindir de su dimensión social –incluso convertirse a veces y en diversas situaciones en caridad política–, a la Iglesia le corresponde “contribuir a la purificación de la razón y reavivar las fuerzas morales, sin lo cual no se instauran estructuras justas, ni éstas pueden ser operativas a largo plazo”. En este sentido, ejercicio de la caridad, cumplimiento del deber de la caridad que la Iglesia tiene para con todos y para con la sociedad, es su misión de ser atalaya y poner en guardia cuando el hombre, la humanidad, quienes fueren para que se cambie de conducta. Es el ejercicio de la caridad lo que lleva a la Iglesia, a los cristianos, por deber de caridad, a alzar la voz, por ejemplo, ante una cultura de la muerte –que no sólo permite el aborto, sino que lo alienta con legislaciones que anteponen al derecho inviolable a la vida cualquier otro interés–. Esto puede resultar duro para la Iglesia, pero si no lo hace no estaría cumpliendo con el deber que tiene para con todos: es cumplir la deuda que tiene para con cada uno de los hombres. Si no lo hiciera, estaría contra el propio hombre, contra la misma sociedad.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia
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