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domingo 21 de mayo de 2017
Plegaria ante la Mare de Déu dels Desamparats
Desitge que estes paraules arriben a tots els valencians. Però, de manera especial la meua salutació és per a tots aquells que el Senyor m’ha confiat particularment, com són els pobres i els més humils, els qui estén malats, els qui no tenen feina, en fi, tots els qui pateixen material o espiritualment, els desamparats, qualsevol. La meua salutació deferent i respectuosa també a les autoritats civils i militars ací presents.

Jesús venut per un dels seus discípuls i abandonat pels altres, entregat a mans dels seus enemics està dessagrant-se clavat en la Creu, i en eixe instant es deixa oir la suplica d’ell dirigida al Pare: “Déu meu, Déu meu, ¿per què m’has abandonat?”. Sí, Jesús en la Creu és el gran Abandonat, el gran Desamparat. Al peu d’eixa Creu de soledat i patiment “estava sa Mare”, nos diu l’Evangeli de Joan. En veure a sa mare i al costat d’ella al discípul que tant volia, digué a sa mare: “Dona, ací tens al teu fill”. Després digué al discípul: “Ací tens a ta mare”.

En el moment de l’abandó i del desampar en la Creu, és quan Jesús l’ha proclamada en Joan Mare de tots nosaltres que, en el fons més autèntic del nostre ser, nos sentim desamparats, necessitats sempre d’ajuda i d’auxili. És el Jesús desamparat en la Creu que volgué confiar-nos a sa Mare. I totes les generacions de discípuls i de quants confessen i amen a Crist, tal com l’apostol Joan, acullen espiritualment en sa casa a esta Mare i es confien a la protecció seua. L’oració més antiga que coneixen a la Santíssima Verge s’inspira ja en este sentiment: “Baix de la teua protecció nos acollim, Santa Mare de Déu, no desdenyes nostres invocacions i lliurar-nos sempre de tots els perills”.

Hombres nuevos

Por eso, permitidme que desde los peligros y necesidades que encontramos, me dirija a Ella, hable más con Ella que con vosotros, queridos hermanos, sé que eso no os disgusta, sino todo lo contrario; porque sé cómo la queréis, se os nota en los ojos, en vuestra mirada que se cruza con la mirada de sus ojos misericordiosos: Miradla, miradla bien; contemplad su belleza, inigualable belleza, toda hermosa es María y no hay mancha en Ella. Queredla con todo el corazón, fiaos de Ella, habladle, decidle cosas bellas, muy bellas como vosotros sabéis decir cuando abrís lo más hondo y vivo de vuestro corazón grande de valencianos, y presentadle vuestros peligros y necesidades.

Mare de Déu, dels desamparats, mare dels bons valencians, que esta Iglesia que peregrina en Valencia y que estos hijos tuyos que tanto te queremos, por tu intercesión de Madre amorosa, alcancemos la fuerza del Espíritu de amor que lo hace todo nuevo. Necesitamos un mundo nuevo, hecho de hombres y mujeres nuevos que reconozcan a Dios, que vivan de su amor y de su misericordia; necesitamos que haya hombres y mujeres nuevos que, como tú, María, proclamen que Dios es grande, que reconozcan y proclamen la grandeza de Dios, las maravillas que Él ha hecho y hace con los hombres; sobre todo, que reconozcan la inmensa maravilla, inigualable e incomparable, de habernos amado tanto que nos ha enviado a su Hijo, y se ha hecho uno de nosotros. ¡Qué gran maravilla hizo Dios en ti y por ti: ¡nada menos que su Hijo nació de tu vientre bendito, que lo llevaste nueve meses en tu vientre, como el primer sagrario!

Qué grande es el amor de Dios, María, que Él se ha hecho tan pequeño en ti, una pequeñísima criatura, como cada uno de nosotros lo fuimos en el seno de nuestras madres queridas. Y todo fue gracias a ti, que dijiste “hágase en mí, según tu palabra”, conforme a tu querer. Y después ese amor se manifestó grande, muy grande, al nacer pobre, sin casa, sin techo, en un establo de ganado, pobre como el último de los pobres; y no acabó ahí todo, después vivió contigo y José en la aldea de Nazaret en una cueva horadada en la roca y os obedecía siendo Dios, y pasó haciendo el bien, y no bastante eso que entregó su vida libremente por nosotros en la cruz identificándose con todos los excluidos, condenados injustamente, por puro amor, murió por nosotros pecadores, para rescatarnos del mal. Y allí, junto a la Cruz, estabas Tú y nos fuiste dada por Madre a nosotros, junto al mayor desamparado que fue tu Hijo, Jesús. Es imposible maravilla más grande; es la maravilla del amor y de la misericordia de Dios que tú supiste cantar. Por eso, Madre, enséñanos a descubrir como tú las maravillas y la grandeza del amor misericordioso de Dios, que tanto nos ama y nos amó, sin mérito ninguno por nuestra parte. Ese amor cambia el corazón de los hombres y los hace capaces de amar con su mismo amor, y por esto son ellos los que renuevan el mundo, hacen posible que surja un mundo nuevo, donde los hombres se aman, y que aparezca una nueva civilización del amor, como gustaba decir al Gran santo que fue nuestro queridísimo y siempre recordado San Juan Pablo II, todo tuyo y nada más que tuyo. Virgen María, Mare de Déu, Madre del amor hermoso, porque este amor lo llevaste en tu sacratísimo y virginal vientre, le diste vida y rostro humano, tan cercano y tan nuestro, uno de los nuestros y ahora nos lo presentas en tus brazos. Pero no acabó todo ahí al ser crucificado; sino que desde esa Cruz en la que fue clavado, ya había dado su vida, nos lo había dado todo, pero aún le faltaba algo por dar: nos dio a ti, María, lo más querido y apreciado por un hombre, su madre, Él nos dio a ti, su Madre, para que fueses madre nuestra, madre de los crucificados, de los pobres, de los despojados, de los abandonados, de los desamparados y de los inocentes. ¡Qué maravilla, Madre; sí, Madre!’ Necesitamos que nos muestres a Jesús, donde está todo el amor, en quien podemos ver y palpar al mismo Dios, que es amor; necesitamos descubrirle ahí, donde Él quiso quedarse con nosotros, en el santísimo sacramento del altar, necesitamos ver ahí todo el amor, para que saquemos de Él amor para amar con el mismo amor suyo; necesitamos amarle, ser amados para amar y llevar a cabo la gran revolución que el mundo necesita, la revolución del amor, la revolución de Dios, como nos dijo otro hijo tuyo muy querido, Benedicto XVI, en el encuentro mundial de los jóvenes en Colonia .

Vivir y testimoniar la fe

Este día, Madre, de la solemnidad en que te imploramos y proclamamos Mare de Déu i deIs Desamparats, adorable Patrona principal de esta ciudad de Valencia y de la Región valenciana, te pedimos que nos ayudes para que Dios nos conceda que seamos hombres y mujeres que viven de la fe, como Tú, hombres y mujeres con corazón capaz de amar, que viven del amor de Dios, y que dan testimonio de ese amor especialmente a los que pocos aman, a los pobres, a los desterrados, a los marginados, a los sin techo, a los extranjeros obligados a emigrar o salir de sus países, a los apestados, a los enfermos, a los que no cuentan, a los que marginamos y excluimos . Ayúdanos de verdad a dar testimonio de ese amor defendiendo al hombre, apostando por el hombre, por su dignidad inviolable, la de todo hombre y la de toda vida aunque no haya nacido y aunque no sea útil ni tenga capacidad; ayúdanos a defender los derechos humanos inviolables y fundamentales de todo hombre por el hecho ser hombre y que no son fruto de consensos políticos o económicos o de otros intereses a veces inconfesables, derechos inalienables como el de la enseñanza y libertad de educación, claramente amenazado en nuestra tierra, que amemos y respetemos a todo ser humano por sí mismo, no por lo que me pueda reportar de utilidad, o de placer, como si fuese una cosa o un objeto que se puede usar y después desechar o tirar.

Madre queridísima, acuérdate de nosotros, tus hijos, acuérdate de todos nuestros amigos, familiares, paisanos, e intercede por nosotros para que el vigor del Espíritu Santo penetre a todos con su amor y nos haga testigos de esa misericordia entrañable de Dios, de tu Hijo, Hijo humanado de Dios, que Tú, en tu canto del Magnificat alabas y cantas agradecida y gozosa por siempre y para siempre, a favor de los pobres, de los pequeños, de los humildes, de los que no cuentan, de los sencillos. Madre, que ese Amor, que es el Hijo de Dios venido al mundo en carne en tu seno virginal, esté en nosotros y lo comuniquemos a los hombres para que también, todos ellos, puedan tener la experiencia y la alegría desbordante de la cercanía de Dios y de su amor, que no pasa de largo del hombre herido, maltrecho, robado, despojado, tirado en la cuneta del camino, y que se inclina para curarlo y llevarlo donde hay calor y cobijo de hogar. Que la Iglesia sea el hogar donde todos son acogidos.

Las inquietudes de los valencianos

No puedo, Madre, dejar de pedirte por tantos jóvenes que podemos imaginarnos en ese que está tirado en la orilla del camino y la gente pasa de largo sin ayudarle de la parábola del samaritano, y que hoy tiene nombres propios: por ejemplo, los jóvenes sujetos a diversas adicciones como droga, alcohol o sexo; esos jóvenes que son instrumental izados, a veces, por intereses inconfesables, rebajándoles a objetos e instrumentos. No puedo olvidar ante Ti, Madre querida, a tantos jóvenes que buscan trabajo, que están desanimados por no tener empleo tras el sacrificio de sus estudios, o que son utilizados con contratos basura, o que tienen que irse al extranjero buscando el trabajo que aquí no encuentran o que son manejados por ideologías tan engañosas y llenas de mentira o por propaganda de intereses del tipo que sean, o por unas legislaciones ideológicas en el campo de la enseñanza. Y podríamos añadir ese largo etcétera de aquellos que nos tienden la mano pidiendo ayuda, cariño, sentido, esperanza, verdad y amor sin que lo encuentren.

No puedo ante Ti, Patrona y Madre de Valencia, dejar de mencionar a las familias, las familias de todo el mundo, a las familias de España, a las familias de nuestra Tierra valenciana, a las familias que están pasándolo tan mal en sus países de origen, o en los campos de refugiados, o en los países sumidos en la violencia o la guerra. Ayuda a esta diócesis tuya de Valencia a proclamar, confirmar, vivir y difundir el Evangelio de la familia, lugar de la alegría del amor, santuario de la vida. Virgen María de los Desamparados, Madre de la Sagrada Familia, pobre y que sufrió destierro, ayuda a la humanidad entera a comprender que el bien del hombre y de la sociedad está profundamente vinculado a la familia, que su futuro, el futuro del hombre y de la humanidad, se fragua en la familia, y que es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar, promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, el matrimonio entre un hombre y una mujer, unidos en un amor fecundo, indisoluble, por el matrimonio, lugar donde se respira y se goza de la alegría del amor, así como la riqueza y valores que ésta presenta.

Acabo ya, Mare de Déu i del Desamparats, aunque no acabaría de hablarte y mostrarte las inquietudes dels bons valencians, particularmente las familias, y los jóvenes, a los que Tú sabes que tanto quiero y que tan difícil lo tienen: que no me separe de ellos, que esté a su lado, que los comprenda, que no los condene ni los repruebe, que confíe en ellos, que les pida lo mucho que pueden dar, mucho más de lo que parece, que sea capaz de mostrarle al que buscan y necesitan para vivir en la alegría grande de ser hombre y le sigan: Jesucristo, hijo de Dios, rostro humano de Dios, hermano y amigo nuestro, que les muestre la belleza y la grandeza de la Iglesia, que les quiere sin reserva alguna y les da lo que buscan: Jesucristo.

¡Verge dels Desamparats! Tu que des d’este lloc manifestes ta clemència i la teua compassió a tots que sol·liciten el teu ampar, escolta l’oració que en filial confiança et dirigim i presenta-la al teu Fill, com en la boda de Canà. A la teua atenció confiem les necessitats de les famílies valencianes, la fidelitat dels esposos, la vida dels no nascuts, l’alegría i l’educació dels xiquets, l’ilusió dels nostres joves, els desvels dels adults, el dolor dels malats i afligits, el declinar seré dels ancians i la seua soledat a vegades molt dura. T’encomanem, Senyora, la fidelitat, l’abnegació i les labors d’evangelització dels nostres sacerdots, la perseverança i el augment de nostres seminaristes, la gojosa entrega i testimoni dels nostres religiosos i religioses. En les teues mans posem la fatiga dels treballadors, la noble dedicació dels ensenyants i dels polítics que es dediquen en veritat i justícia al bé comú, la bellíssima vocació dels que alleugen el dolor dels altres. Socorre i ampara als que patixen desgracies, als que sofrixen soledat, a les dones que sofrixen violència domestica, als que no tenen treball. Mare, escolta la nostra oració i que finalitze la guerra en Siria o la violència en Venezuela i que torne la pau, la llibertat i els drets, et preguem Mare per tots que sofreixen la guerra, la fam, la malaltia, la privació de la llibertat. Concediu-nos la pau. Vivim moments molt difícils. Protegeix nos. Protegix a València sencera i ampara a tots els que ací vivim. Et preguem, Mare nostra dels Desamparats que concedisques a esta teua gran família valenciana que, damunt de qualsevol manera de divisions, sàpia mantindre una convivència pacifica, inspirada en sentiment de solidaritat fraterna d’amor cristià i sàpia també rebutjar legitima i pacíficament comportaments impositius, injusts o dictatorials.

“Haced lo que Él os diga”

Ante tu imagen querida, Virgen Santa y Madre de los Desamparados, de nuevo como en Caná de Galilea, escuchamos o queremos escuchar tus palabras que nos dicen: “Haced lo que Él, tu Hijo, nos diga”; acoged la palabra de Cristo, obedecedle, hacedle caso, en la fe, seguid esa palabra en la vida, haced de ella la pauta inspiradora de vuestra conducta familiar, social y pública. En tus palabras de Caná comprendemos que Cristo es nuestro único maestro que debe instruirnos, nuestro único Señor del que debemos depender, nuestra única cabeza a la que debemos permanecer unidos, nuestro único modelo con el que conformarnos, nuestro único médico que debe curarnos, nuestro único pastor que debe guiarnos y que ha de alimentarnos, nuestro único camino que debe conducirnos, la única verdad que debemos creer, la única vida que debe vivificamos y nuestro único todo en todas las cosas que debe bastarnos. Así, Madre querida, seremos dichosos, como tú quieres que seamos, se adelantará la hora del vino nuevo, la hora del Dios-con-nosotros, la hora de un mundo verdaderamente nuevo que surge de la Cruz y de la resurrección de Jesucristo, la hora de una humanidad nueva que se rija por la alegría del amor, del amor que tú siempre viviste y en el que permaneces Tú, Causa de nuestra alegría, Reina de la paz, Consuelo de los Afligidos, Auxilio de los cristianos, Madre de la iglesia, Mare de Déu y deIs Desamparats, Mare deIs bons valencians.

Para terminar la homilía, ante el desamparo que nos circunda y penetra, y ante la imagen bella de la Virgen de los Desamparados, permitidme que haga mías las palabras del gran poeta nuestro, Ausias March, gran cristiano y gran valenciano: “Ajuda’m, Déu, que sense Tú no em puc moure.

Ajuda’m, Déu puix me veus en tal pressa”.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia
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