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jueves 08 de junio de 2017
Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote
A LOS SACERDOTES EN LA FIESTA DE JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE
(Moncada, 8 de junio, 2017)

1.- Introducción:

Hoy, con verdadero gozo estamos celebrando la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Damos gracias a Dos, sin duda y en primer término por Jesucristo, sacerdote de cuyo sacerdocio participamos todo el pueblo de bautizados, y en particular nosotros. Damos gracias por ser sacerdotes. De manera especial damos gracias, nos unimos a nuestros hermanos que han cumplido o cumplen este año sus 25 o 50 años como sacerdotes ordenados. Damos gracias también por el nuevo documento sobre la formación sacerdotal de la Congregación el Clero, que lleva por título " El don de la vocación presbiteral", que se os ha enviado a todos. Sin duda que hay que dar gracias a Dios por este admirable y animante documento, que nos abre no pocos horizontes sobre las vocaciones al sacerdocio y su formación.

Hoy, además, quisiera que tuviésemos una memoria agradecida por quien tanto trabajó, ya en el Concilio, por la generalización de esta fiesta en toda la Iglesia, nuestro santo y queridísimo Arzobispo el Venerable Siervo de Dios, D. José María García Lahiguera, del que tantos de nosotros recibimos el don del sacerdocio ministerial por la imposición de sus manos y la unción de las nuestras con el santo Crisma. Él fue un verdadero don de Dios a su Iglesia, particularmente a la Iglesia que peregrina en Valencia, la nuestra.

Nos unimos de manera muy especial a las hijas de D. José María, las MM. Oblatas de Cristo Sacerdote, de las que él fue cofundador y que son su mejor herencia. Por ellas, también damos gracias de todo corazón a Dios, ya que nuestra diócesis es una de las que se han visto especialmente privilegiadas por la gracia de su presencia, aquí mismo junto a nuestro seminario, esperanza de nuestra diócesis.

No hay, pienso, casualidades sino Providencia, y Providencia es para mí el que hoy, precisamente en nuestro seminario, donde se forman los futuros sacerdotes para la nueva evangelización, tan enriquecido y bendecido por Dios, tenga un servidor esta pequeña comunicación para presentar la nueva "Ratio fundamentalis Institutionis sacerdotalis" a la que quiero hacer preceder una breve evocación de la figura de aquel santo sacerdote, santo obispo, formador de sacerdotes, oblato a Cristo sacerdote por la santidad de los sacerdotes, que fue nuestro querido Arzobispo D. José María García Lahiguera, quien me ordenó sacerdote y a quien le debo lo más preciado que me constituye y configura: el sacerdocio ministerial. y esto porque la mejor formación sacerdotal es la que se inspira en el modelo de santos sacerdotes.

Como seguramente sabéis, esta charla o comunicación centrada únicamente en la nueva Ratio se pensaba que hubiese sido otro quien la impartiera mucho mejor que yo, sin duda, pero por diversas circunstancias no ha sido posible. Dios ha querido o permitido que sea vuestro Obispo quien os hable a

Vosotros, mis queridos sacerdotes y mis queridos seminaristas, en este día, y que lo haga evocando principalmente como modelo de identificación sacerdotal, D. José María, santo "sacerdote y hostia" que fue quien me impuso las manos, para que me comprometa más con mis entrañables sacerdotes en la santidad sacerdotal que en él se nos legó y tenga ocasión de compartir con vosotros la llamada a la santidad que Dios nos dirige por su testigo, el santo Arzobispo de Valencia. y decir santidad sacerdotal es hablar de configuración con Cristo sacerdote, que es la clave de este documento sobre la formación sacerdotal, marcada por varias etapas, que reclama una formación permanente en la que nos encontramos también nosotros obispos y sacerdotes.

Tras la fiesta que hoy celebramos, y tras la lectura de la nueva Ratio, me parece escuchar la voz de Dios que nos dice "os quiero santos. Cristo se santifica por nosotros, sus discípulos a los que elige para ser presencia sacramental de su único, definitivo y sumo sacerdocio, para santificarnos en la verdad de lo que somos.

Vivimos tiempos recios que nos apremian, y se avecinan tiempos no fáciles para nuestro ministerio. Dios nos llama, en esta situación, a ser sacerdotes santos identificados en todo con Jesucristo Sacerdote, del que nos ofrece su mejor retrato la Carta a los Hebreos escrita para alentar la esperanza y la vitalidad en tiempos diríamos de inclemencia, que llaman a proseguir el camino o la carrera que nos toca, sin retirarnos, y puesta nuestra mirada en Jesucristo, que, "renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del Padre". No hay futuro sin la mirada puesta en Cristo, y sin la santidad.

En la figura de D. José María los sacerdotes y los seminaristas escuchamos un poderosísimo llamamiento de parte de Dios a ser santos. Es cierto que toda la Iglesia lo recibe. Es cierto que la quinta parte de la Constitución LG recuerda la vocación común y universal a la santidad; pero también es cierto que nosotros, sacerdotes, somos especialmente llamados a la santidad.

El programa de la Iglesia al comenzar el Nuevo Milenio, nos lo ha señalado vigorosamente el Papa, es una pastoral de santidad. De manera destacada una pastoral de la santidad sacerdotal. Lo he recordado esto, me lo he recordado y os lo he recordado en la carta que os he dirigido en este curso: "¿Qué tenemos que hacer, hermanos sacerdotes?"

2.- Algunos recuerdos

Pero pasemos a D. José María. No voy a hacer una biografía de él, que seguramente ya conocéis. Para adentrarse en su historia, en su vida y en su secreto, invito a la lectura de las tres biografías sobre su persona la escrita por Salvador Muñoz Iglesias José María García Lahiguera: Un carisma-Una vida; la publicada en la BAC, obra de D. Vicente Cárcel, Pasión por el sacerdocio Biografía del siervo de Dios José María García Lahiguera; y la originalísima escrita por sus propias hijas, las Oblatas de Cristo sacerdote: Don José Maria García Lahiguera.

Si quisiera esbozar un semblante de su figura tal y como queda en mis recuerdos. Le conocí personalmente cuando todavía él era Obispo de Huelva, y yo diácono, en la ordenación sacerdotal de un condiscípulo y amigo mío. Tuve, en aquellos momentos, la experiencia de estar ante un santo. Me impresionó su homilía sobre el sacerdocio. Había oído que era un enamorado del sacerdocio. Pero descubrí algo más, todo él era un sacerdote, todo en él era sacerdotal, todo en él reflejaba el gozo de ser sacerdote; y lo contagiaba. Con qué fuerza, con qué pasión, mejor, con qué verdad habló al ordenando. No eran palabras, sino el testimonio de alguien que desvela su secreto y su verdad más propia, para la que vive y desde la que vive y se expresa. Cuando me presentaron a él, con qué cariño y afecto me saludó y me habló; tuve la sensación de encontrarme con un padre. Así le gustaba a él que lo llamásemos. Era el 16 de julio de 1968.

Un año más tarde, tuve la dicha y la gracia de asistir, también en Huelva, a la celebración y comida de despedida de sus sacerdotes onubenses. También me impresionó no sólo sus palabras, sino el amor con que había tratado a sus sacerdotes, y cómo éstos lo agradecían.

Un par de meses más tarde, iba a comenzar el doctorado, tuve varias conversaciones con él, en Madrid, en General Aranaz, en las HH. Oblatas. Se me grabaron aquellas palabras que tanto, de una manera o de otra repetía y repetía con ocasión y sin ella -la verdad es que siempre era ocasión-: "Pronto vas a ser sacerdote, me dijo, pero sacerdote santo, que es como únicamente se puede ser sacerdote; sacerdote alter Cristus, identificado con Él en todo; sacerdos et hostia; ¡cuánto tienes que agradecer a Dios, cómo te quiere!. Prepárate bien, con mucha humildad, ora mucho, siempre has de orar, porque el sacerdote es instituido para orar por todos. No lo olvides, víctima, víctima al amor misericordioso. Para todos y por todos. Ten cuidado, que no se te suba el doctorado ni los estudios a la cabeza, no te dejes llevar por las vanas doctrinas. Initium Sapientiae timor Domini. Sacerdote santo, muy santo".

Recuerdo su entrada en Valencia,- 6 de septiembre, 1969- en concreto su llegada a la Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados. Estaba en un lugar privilegiado, en una de las logias o balcones interiores de la basílica, y pude verle y escucharle muy bien. Su rostro parecía trasfigurado ante la imagen de Nuestra Señora de los Desamparados, en el besamanos de la imagen, qué mirada de gozo y diría de cielo, con qué ternura y estremecimiento agarró la mano de la Virgen, con qué amor la besó como si se tratara de la mismísima mano de la que acaricio a Jesús, con qué fuego y dulzura se dirigió en plegaria a Ella. Qué confianza -la de un hijo pequeño en brazos de su madre- se veía en aquel rostro, en aquella mirada, en aquellas manos temblorosas al tiempo que firmes. Viéndolo a él, parecía uno estar en otro mundo; veinticinco años más tarde tuve una experiencia singular al entrar en la capilla privada
del Santo Padre, san Juan Pablo II, para celebrar la Eucaristía con él, y verle al Papa Juan Pablo II ante el Señor de rodillas abandonado por completo al Misterio, a Dios. Vale la pena traer aquí la oración que pronunció D. José María y que casi no acabó por los sollozos que le invadieron:

"Virgen de los Desamparados, Madre mía. Entro como Arzobispo en esta Archidiócesis de Valencia, en la que un célebre Arzobispo, Santo Tomás de Villanueva, fue llamado el ´Arzobispo Limosnero´. Yo quiero, Madre mía, ser como Tú, Madre de los Desamparados, el Arzobispo de los que sufren, desamparo´. Quiero ser para ellos lo que eres Tú para mí. Acepta, ante todo, mi don personal. Al besar tu mano de Madre con ardiente amor filial, acepta mi total consagración: cuerpo, alma y corazón, de por vida y para siempre. Mi ser todo, consagrado en servicio y entrega a la almas. Muéstrame, Tú, como Madre, a los que sufren, a los que viven en desamparo, a quienes necesitan de luz, de paz y amor. Cuanto quieras pedirme para ellos, ya es tuyo, Madre mía. y no te olvides, Madre de los Desamparados, de este tu hijo, el más necesitado y que confía siempre en Ti. Mi Reina y Señora, Madre mía, Virgen de los Desamparados, ¡ampárame!

Después estampó en el Libro de Oro de la Basílica este texto: "Madre de los Desamparados, con este beso de amor que he estampado en tu mano, quedo consagrado a Ti de por vida y para toda la eternidad. Madre de los Desamparados, ampárame".

Así era D. José María. Todo de la Virgen María. Como San Ildefonso. Como el Papa San Juan Pablo II. (Cómo quería a la Virgen sacerdote: Unción en la oración. Ángelus. Pero volvamos al momento de su entrada, a aquel momento de oración y lágrimas ante la Virgen). Lleno de confianza y de verdad. No recuerdo si el texto de la oración lo leyó o la pronunció sin papeles; pero en todo caso no era una oración compuesta, sino dicha desde el alma en su más profundo centro. Expresaba toda su sinceridad y toda su verdad, no miraba a otros sino a la Madre y a la Señora -dos calificativos con los que se refería siempre con voz sonora y como regodeándose en esas palabras-, con confianza de hijo, y con entrega de consagrado y esclavo de María. Sin ningún subterfugio. Lo que le pide a la Virgen de los Desamparados, ser el "Arzobispo de los que sufren desamparo", es lo que fue. Podría contar más de una anécdota en que se muestra este ser Arzobispo de los que sufren desamparo. Para conmigo mismo tuvo una misericordia, una cercanía, un amor que sólo yo sé. Todo se resume en esas expresiones": "Quisiera ser para ellos lo que Tú eres para mí". "Cuanto quieras pedirme para ellos, ya es tuyo, Madre mía". Lo valencianos pudimos ser testigos privilegiados de la verdad y el cumplimiento de estas frases.

Después tuve varios encuentros con D. José María, antes de mi ordenación: bien en Valencia cuando iba de vacaciones, bien en Madrid en la Casa de Ejercicios de "El Pinar", donde se reunía la Conferencia Episcopal, o en el convento de las Oblatas de General Aranaz. Tuvo la gran deferencia de venir a ordenarme a mi pueblo de adopción, Sinarcas, un 21 de junio de 1970. Era un día de gran calor. Paró un rato en mi casa, estuvo con mi madre y mis hermanos, con mi familia. Descansó un poco: aunque creo que más descansar lo que hizo fue orar en la habitación dispuesta para él. Un gesto inolvidable de su bondad. y su misericordia. Lástima que no grabásemos la homilía, pero fue de una hondura y de una alegría sacerdotal inmensa; la gente todavía recuerda la fuerza de sus palabras. Se me quedaron marcadas algunas de sus expresiones: "Sacerdote y sólo sacerdote. Sacerdote santo, sacerdote y víctima. Sacerdote para ofrecer el sacrificio por todos, para deshacerte en favor de todos. Para gastarte y desgastarte sin buscar nada más que al Señor, tu cáliz y tú heredad. Otro Cristo. Como Él: ´Aquí estoy para hacer tu voluntad´. No busques hacer otra cosa que su voluntad, que se santifiquen los otros por tu oblación. Así serás sacerdote, así serás santo. Vas a ser ordenado sacerdote para ser santo sacerdote santo, y si no ¿para qué quieres ser Sacerdote? Aun estamos a tiempo. Esto es formación sacerdotal, y de la buena.

Son muchos más los recuerdos, que tanto agradezco y que tanto bien me han hecho en mi vida. Pero no se trata de hablar de mí ´y de mis recuerdos. Sino de él. Por eso prosigo mi charla, mi hablar, en el fondo, en voz alta, expresando lo que en él viví, palpé y oí. Y reanudo esta reflexión a partir de las palabras que he evocado de su homilía de mi ordenación.

3.- D. José María, un sacerdote, un sacerdote santo, un apóstol de la santidad sacerdotal

De él ha dicho uno de sus biógrafos que "el sacerdocio fue la gran obsesión de su vida entera el sacerdocio único de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote; el amor, estima y preocupación por la santificación de los que participan ministerialmente de este sacerdocio; y el interés por el seminario y las vocaciones sacerdotales. Si en todos los aspectos de su vida espiritual buscó siempre el fundamento teológico que había de poner a la base de su piedad, de manera especial, lo buscó para su identidad sacerdotal y la consiguiente exigencia de santidad.

Y para finalizar ya, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, permitidme que insista y que os diga, de nuevo y una vez más , una palabra que es llamada renovar el ánimo y la alegría sacerdotal: todo lo que os he dicho y he compartido con vosotros se resume en aquello de: "seamos santos como Dios es santo", esa es nuestra vocación, como la de todo discípulo y seguir de Jesús; en nuestro caso, ser santos con la santidad propia que nos corresponde: la de ser santos sacerdotes.

Jesucristo, por pura gracia, por el don de su Espíritu, ha querido que participáramos de su único sacerdocio. El sacerdocio que somos tiene su origen, vive, actúa y da frutos del sacrificio que Cristo ofrece al Padre y que se actualiza para siempre en el sacrificio eucarístico para el que somos, siendo con Cristo sacerdotes y víctimas. Nuestro ministerio sacerdotal, así, afecta al ámbito del ´ser´, le faculta al presbítero para actuar in persona Christi y culmina en el momento en que consagra el pan y el vino, repitiendo los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena.

Por medio de los sacerdotes, alter Christus, Cristo está, sacerdote y víctima, presente en nuestro mundo contemporáneo, vive entre nosotros y ofrece al Padre el sacrificio redentor por todos los hombres y los incorpora a su ofrenda al Padre y a su obra salvadora. Ante esta realidad extraordinaria permanecemos atónitos y aturdidos: ¡Con cuánta condescendencia humilde Dios ha querido unirse a los hombres! Si nos conmovemos contemplando la encarnación del Verbo, en que se despoja de su rango, y se rebaja obedeciendo hasta la muerte de cruz, ¿qué podemos sentir ante el altar, donde Cristo hace presente en el tiempo su Sacrificio mediante las pobres manos del sacerdote? No queda sino arrodillarse y adorar en silencio este gran misterio de la fe, no sólo de la Eucaristía, sino del sacerdocio que somos.

Nuestro ser sacerdotes es inseparable del sacrificio de Cristo y queda configurado por el sacrificio que Cristo ofrece al Padre en oblación por nuestros pecados y los de todos los hombres, para la redención y salvación de la humanidad y del mundo entero. En la ordenación sacerdotal, al tiempo que se nos entrega el cáliz y la patena, se nos dice: " Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor". "Imita lo que conmemoras". Por eso toda nuestra vida no debiera ser sino una prolongación del sacrificio eucarístico, de Cristo Sacerdote y Víctima: nuestros gestos, nuestras palabras, nuestras actitudes, todo debiera expresar ese cumplir la voluntad del Padre y ese don inseparable de la Vida y del Amor en favor de los hombres que renueva la ofrenda de Cristo, su amor a los hombres, a los que llama suyos y sus amigos, hasta el extremo.

El ministerio sacerdotal, que actualiza permanentemente el Sacrificio de Cristo, debería ser vivido con ese mismo espíritu de oblación, de entrega, de sacrificio personal. En definitiva con las mismas actitudes y sentimientos de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: "A imagen del Buen Pastor", con el que, en virtud de la imposición de las manos y la unción, somos, configurados sacramentalmente. "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad". "Amó a la Iglesia y se entregó por ella". "Los amó hasta el extremo".

Todo en nosotros, queridos hermanos sacerdotes, debiera ser expresión de esa "ofrenda, oblación y obediencia" al Padre y de esa "caridad pastoral" que llega al don de la vida, del "cuerpo" y de la "sangre". La caridad pastoral, que nos identifica como sacerdotes, presencia sacramental de Cristo Buen Pastor, fluye, sobre todo, del sacrificio de Cristo, que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del presbítero, de suerte que nos habremos de esforzar, con el auxilio imprescindible del Espíritu, en reproducir en nosotros mismos lo que se hace en el ara sacrificial. No es un aspecto de la vida sacerdotal junto a otros, sino el vínculo que expresa de modo eminente nuestra vinculación con Cristo y el significado de toda nuestra vida sacerdotal y nuestra relación con los fieles.

A partir de aquí la vida del sacerdote no puede ser otra que la de Cristo. No podemos contentarnos con una vida mediocre. Más aún, no cabe una vida sacerdotal mediocre. Nunca debería caber y menos en los momentos actuales en que es tan necesario mostrar la identidad de lo que somos y así dar razón de la esperanza que nos anima. "No podemos contentarnos con menos que con ser santos", diría nuestro queridísimo Pastor, Siervo de Dios, D. José Ma García Lahiguera. El sacerdote tiene que ser como Cristo, tiene que ser santo. "El Sacerdocio que tengo es el de Cristo, por mí participado, y ´éste es santo´. Haga lo que yo haga, el sacerdocio que yo participo es siempre santo… no tengo más remedio; tengo que ser santo. y una santidad que tiene que ser específica en mí santidad sacerdotal. Santidad a ultranza. y esa que obliga a ser ´como Él´ tiene una especial característica: ser como Él en el altar: Víctima, Sacerdote-Hostia".

No podemos limitarnos a fundamentar la obligación de ser santos, sacerdotes santos, en la proximidad física de nuestro contacto con Cristo. Hemos de buscarlo mucho más arriba, o si se quiere, más en lo hondo: en la participación ontológica del mismo ser sacerdotal de Cristo, único, Sumo y Eterno Sacerdote. La visión de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y nuestro ser presencia sacramental de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote está en la base la santidad sacerdotal.

No podemos vivir nuestro sacerdocio, ni hablar del sacerdocio ministerial o sacramental, como de algo añadido a la propia existencia: al contrario, sino como algo que configura enteramente y que identifica la persona del sacerdote ontológicamente: somos por la imposición de manos sacerdotes, otro Cristo, presencia sacramental de Cristo Sacerdote.

Podemos decir con toda propiedad que somos:"¡Sólo sacerdote, siempre sacerdote y en todo sacerdote!". El ser no lo cambiamos, y el actuar conforme a lo que somos no debería desviarse. El sacerdote "otro Cristo" por la participación ontológica-sacramental en su Sacerdocio, tiene que ser "otro Cristo" en la vivencia "como Él" de ese ser sacerdotal.

Al abordar la realidad, indudablemente compleja, de la vida del sacerdote en nuestro mundo de hoy, se está recurriendo hasta la saciedad, al estudio sociológico del ambiente en que se mueve, al análisis de los factores culturales que sobre él influyen; a la prospecc10n psicológica de sus instintos y reacciones primarias; pero, digámoslo con valentía y evangélica sinceridad, no se está teniendo en cuenta el alcance cristológico de esa problemática y la irreductible urgencia de que toda forma de existencia sacerdotal ha de tener un contenido profundo, nítido, vibrante y no adulterado: Cristo conocido, Cristo vivido, Cristo comunicado. Sólo así, la definición de ´Sacerdos alter Christus´ será exacta al abarcar los dos extremos: otros Cristos por la ordenación sacerdotal con todo su ser y poderes, y otros Cristos por la imitación de sus virtudes sacerdotales. Ser, ¡como Él! , ¡como Cristo!. La dignidad sacerdotal, que es un ser con todas sus consecuencias de poderes ministeriales, también tiene sus exigencias sagradas, de santidad. No podemos ser contradicción ante Dios, ante la Iglesia y ante nuestra conciencia. Ser otros Cristos, ser como Él por nuestro ser sacerdotal nuestros poderes ministeriales -bautizo yo, bautiza Cristo; absuelvo yo, perdona Cristo- está exigiendo una santidad de altura cual corresponde a la dignidad. Por encima de los laicos nos dirá el viejo Código de Derecho Canónico. y esa santidad que por amor nos hace semejantes a Él (como Él obedientes, como Él humildes, como Él caritativos, etcétera), reclama una victimación exigida por una sana y santa ascética sacerdotal".

Y es que el ministerio sacerdotal, que actualiza permanentemente el Sacrificio de Cristo, debe ser vivido con espíritu de oblación, de entrega, de sacrificio personal. En definitiva con las mismas actitudes y sentimientos de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, Cabeza y pastor de la Iglesia. "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad". "Amó a la Iglesia y se entregó por ella". "Los amó hasta el extremo".

Por eso no cabe una vida mediocre en el sacerdote. Nunca debería caber y menos en los momentos actuales en que es tan necesario mostrar la identidad de lo que somos y así dar razón de la esperanza que nos anima. "El sacerdote tiene que ser como Cristo. Tiene que ser santo". La santidad sacerdotal no es un imperativo exterior, es la exigencia de lo que somos.

El sacerdocio que tengo es el de Cristo, por mi participado, y ´éste es santo´ Haga lo que yo haga, el sacerdocio que yo participo es siempre santo. Pero ¿no se me cae la cara de vergüenza, si junto a ese sacerdocio santo y eterno yo voy siendo santo para ser ´como Él´? Y, entonces, se presenta ante mí la obligación sagrada: no tengo más remedio; tengo que ser santo. Y una santidad que tiene que ser específica en mí: santidad sacerdotal. Santidad a ultranza. Y esa santidad que obliga a ser "como Él" tiene una especial característica: ser como en Él en el altar: Víctima. Sacerdote­ hostia".

Anverso y reverso de una misma realidad sacerdotal. O mejor aún santidad que evangeliza, evangelización que es santidad. Una y otra inseparables. Por eso en estos tiempos tan duros santidad sacerdotal, más que nunca. No para hacer, sino para ser. Ser santo evangeliza, ser santo es vivir la misma vida de Cristo, primero y supremo evangelizador y evangelio. Esta es la configuración con Cristo en la que se sustenta la nueva "Ratio" de formación sacerdotal.

Queridos hermanos sacerdotes, como nos decía el santo Arzobispo que me ordenó sacerdote, el Siervo de Dios D. José María, García Lahiguera: "Hay que ser santos. Grandes santos. Pronto santos. Ser santos, porque Dios lo quiere". El día de mi ordenación sacerdotal, en mi pueblo, Sinarcas, me decía en su homilía: "Antonio, vas a ser ordenado para ser sacerdote santo; si no vas a ser santo, ¿para qué quieres ser sacerdote? aún estás a tiempo" -podéis imaginaros el estremecimiento mío ante estas palabras. Pero me añadía estas otras palabras" con la ayuda del Señor puedes llegar a ser santo". Traigo ahora el recuerdo de otras palabras suyas dirigidas a sacerdotes y seminaristas: "Los sacerdotes hemos de ser grandes santos porque así lo exige la dignidad sacerdotal y cristiana. y pronto santos, vosotros seminaristas, aspirantes al sacerdocio, porque debiendo serlo al ser sacerdotes, es poco el tiempo que os falta". "Si no soy santo, ¿para qué ser sacerdote? y si ya soy sacerdote, ¿por qué no soy santo?". "Ved vuestra vocación. Esta vocación os exige que seáis santos. Con menos no cumplís". Con menos no podemos contentarnos. Este es el futuro. "Solución de todo: Cristo -Evangelio-Sacerdote-Santo. Este es el camino. Esta es la solución".

Sin la santidad sacerdotal, todo se viene abajo. "Todos llamados a la santidad. Dios nos conceda contagiarnos la alegría inmensa que Dios nos hace sentir cuando se vive una vida sacerdotal santa. La santidad es de todos y para todos. ¡Cómo deberíamos animarnos unos a otros a la santidad sacerdotal!". y la verdad es que no deberíamos perder ocasión para este animarnos y estimularnos fraternalmente a esta santidad. "A nosotros los sacerdotes, a la santidad ontológica creada por el sacramento del orden -participación del Sacerdocio de Cristo Santo y Eterno-, la más alta después de la Maternidad divina de María, habrá de corresponder la más alta santidad moral". "Esta se ha de dar en la unión con Dios, en la intimidad de la amistad con Cristo. Vosotros sois mis amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer". "Amistad con Jesús. Trato con Jesús. He aquí el resumen de todo. Amigos de Jesús. Pensar en Él. Hablar de Él. Amarle cumpliendo su voluntad hasta en el más mínimo detalle, respondiendo siempre con la gran palabra de Getsemaní: fiat, (hágase) a todo su querer". Así nuestra vida. y a partir de ahí nuestro ministerio sacerdotal: Consagrados a la santidad sacerdotal; apóstoles de la santidad, singularmente de la santidad sacerdotal, en unos momentos, además, en que apremia y urge la vocación universal a la santidad.

Muchas gracias, queridos hermanos y amigos sacerdotes, ¡con mucho ánimo y sin desmayo proseguid, prosigamos, la carrera en la que estamos! "Duc in altum". Que Dios os pague.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia
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