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viernes 14 de abril de 2017
Homilía en la Celebración de la Pasión del Señor
S.I. Catedral de Valencia,14 de abril de 2017.

Este día santo, queridos hermanos y hermanas en el Señor, está centrado en el misterio de la Pasión, crucifixión y muerte de Jesús; es un día totalmente orientado a la contemplación de Cristo en la Cruz como nos evoca la sagrada Liturgia que estamos celebrando. Como dice el relato de la pasión proclamado, nuestras miradas se dirigen "al que traspasaron por nuestros delitos", al corazón atravesado del Redentor, en quien "están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2, 3) y "reside corporalmente la plenitud de la divinidad". En la pasión y en la Cruz de Cristo se condensa la historia larga y dramática de las infidelidades de los hombres al designio divino; la pasión nos lleva a meditar el gran misterio del mal y del pecado que oprimen a la humanidad a lo largo de su historia -no menos hoy, al contrario-. Pero los sufrimientos de Cristo expían este mal, tantísimo mal; por la Cruz resplandece, en la oscuridad de la historia humana y en nuestros días, la victoria y la luz de un Amor, el de Dios, que es más fuerte que el pecado del hombre, que la muerte o que el "príncipe de la mentira" que ha instigado tanto mal y ha anegado el mundo de ese mal. Es verdad, la cruz de Cristo revela "la anchura y la longitud, la altura y la profundidad" - las dimensiones cósmicas y de la totalidad de la historia, ése es su sentido-, de un amor que supera todo conocimiento - el amor va más allá de todo cuanto se conoce- y nos "llena hasta la total plenitud de Dios" (Cf Ef. 3, 18-19).

Si en la Cruz, es cierto, contemplamos y palpamos el amor sin medida de Dios, no menos cierto es que también, a su luz, contemplamos la gravedad y la tragedia de nuestros pecados. ¿Quién nos podrá librar de la iniquidad que pesa sobre nosotros? ¿Quién podrá salvarnos de nuestro pecado? Sólo uno puede salvarnos, sólo el amor y el poder de Dios pueden arrancarnos de las raíces de la culpa y de la muerte; sólo el Hijo de Dios, "Cristo, que ha muerto por nuestros pecados", según las Escrituras. Sí, hermanos, esta es la Buena Nueva que escucha el hombre, tú y yo, necesitado de redención: Dios no nos ha abandonado al poder de la muerte sino que compadecido, ha tendido la mano a todos. En el hecho de la Cruz de Cristo se ha operado un giro decisivo en la historia de los hombres; ha comenzado el tiempo del perdón, es decir, de la compasión y de la misericordia, de la salvación. Dios, en efecto, entregó a su propio Hijo por todos nosotros para que "fuésemos reconciliados con El por su muerte" en cruz. El nos ha liberado de nuestra conducta necia y pecadora que hemos heredado y hecho nuestra; El nos ha rescatado, "no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo". i Qué precio tan caro ha tenido que pagar por nosotros Dios: su propia sangre, pues la sangre de Cristo es la misma sangre de Dios. Cristo, por nosotros, se sometió a la muerte y una muerte tan cruel e ignominiosa como la de la cruz; por todos los hombres, con quienes se solidarizó en la muerte, cargando con la maldición del pecado; por todos nosotros que con nuestras malas acciones le hemos hecho sufrir el suplicio de la Cruz: por todos, sin excepción alguna, por ti y por mí, ha muerto Jesús clavado en el madero; por todos, puesto que no hay, ni hubo, ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo

Nos amó hasta el límite insospechado de dar su vida por nosotros. Nos amó hasta el extremó. Nos amó y se entregó por nosotros; me amó y se entregó por mí; porque amó a la Iglesia y se entregó por ella. Ahí descubrimos la verdad del hombre, en ese amor de Jesucristo que es el amor y pasión de Dios por el hombre.

Por eso, fuera de Jesucristo crucificado no sabemos qué es nuestra vida, ni nuestra muerte, ni qué es Dios ni qué somos nosotros mismos. Por eso, como cantaremos la noche de Pascua: "¿De qué nos serviría haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?" La Cruz nos abre la esperanza y la oscuridad de su dolor nos abre a la luz.

Jesús crucificado es la paradoja de un Amor, que, desde la humillación, desgarra la tiniebla y el desorden establecido de este mundo con la luz nueva que viene de Dios viviente que le resucita de entre los muertos. La cruz, la muerte fruto del pecado, no tiene su última palabra: la última palabra la tiene Dios que, en la Cruz de la que cuelga Cristo, su Hijo, ha bajado hasta el abismo de la nada con su amor entregado por nosotros. Y ese amor lo ha invadido todo, y lo ha llenado todo, y así hasta la misma nada y el vacío quedan absorbidos en la plenitud del amor de Dios que nos arranca de los límites de la nada y del vacío de la muerte. Y ahí mismo, en lo que a los ojos del mundo es el fracaso humano de la Cruz, se ha dado ya el triunfo del poder de Dios que es su amor, y la Vida que triunfa sobre la muerte. ¡Victoria, tú reinarás, oh Cruz tú nos salvarás! .

Adoremos hermanos a nuestro redentor que por nosotros y por todos los hombres quiso morir y ser sepultado para resucitar de entre los muertos y supliquémosle, llenos de confianza y abiertos a la esperanza ¡Señor, ten piedad! ¡Señor, escucha y ten piedad!
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