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miércoles 12 de abril de 2017
Homilía en la Misa Crismal
S.I. Catedral de Valencia, 12 de abril de 2017.

Muy queridos hermanos Obispos, muy queridos hermanos sacerdotes y diáconos, muy queridos todos, hermanos y hermanas en el Señor, que alegría, que gozoso estar aquí todos unidos en fraternidad que brota de la eucaristía que celebramos; con alegría, con afecto nos reunimos para celebrar esta Eucaristía en la que nosotros sacerdotes, renovaremos nuestras promesa sacerdotales tras la consagración de los santos Oleos, nos encontramos en este cenáculo de la catedral, compartiendo la conmemoración llena de gratitud de la alta misión que nos aúna a nosotros sacerdotes a todo el pueblo de Dios, nacida en el cenáculo de Jerusalén, en la ultima cena de Jesús con los apóstoles.

Nos encontramos conmemorando aquellas palabras del Señor "Haced esto en conmemoración mía", e inseparablemente conmemorando que al decir estas palabras "pensaba en los sucesores de los Apóstoles que habrían de prolongar su misión, distribuyendo el alimento de vida hasta los extremos confines de la tierra. Así, queridos hermanos sacerdotes, en el Cenáculo hemos sido en cierto modo llamados personalmente, uno a uno, con amor de hermano, para recibir de las manos santas y venerables manos del Señor el Pan eucarístico, que se ha de partir como alimento del Pueblo de Dios, peregrino en el tiempo hacia la Patria".

En la última Cena en la que el Señor instituyó y nos dejó la Eucaristía hemos nacido como sacerdotes. Junto al gran don que Cristo nos ha dejado en el memorial eucarístico, e inseparable de él, nos ha dejado en aquella venerable Cena, el sacerdocio sacramental. Los sacerdotes "hemos nacido de la Eucaristía". Como nos recordaba el Papa San Juan pablo II en una de sus Cartas que nos dirigió a los sacerdotes el día de Jueves Santo, el sacerdocio ministerial, -que somos, "tiene su origen, vive, actúa y da frutos de la Eucaristía". "No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no existe sacerdocio sin Eucaristía". La Eucaristía hace a la Iglesia, nosotros somos ministros de la Eucaristía para ser la Iglesia, por pura gracia y benevolencia de Dios para con nosotros.

San Juan Pablo II añadía, el ministerio Ordenado que nunca puede reducirse al aspecto funcional, pues afecta al ámbito del ser, faculta al presbítero para actuar en persona Christi y culmina en el momento en que consagra el pan y el vino, repitiendo los gestos y las palabras de Jesús en la última cena.

Por medio de los sacerdotes, Cristo está presente en nuestro mundo contemporáneo vive entre nosotros y ofrece al Padre el sacrificio redentor por todos los hombres y los incorpora a su ofrenda al Padre y a su obra salvadora. "Ante esta realidad extraordinaria permanecemos atónitos y aturdidos: ¡Con cuánta condescendencia humilde Dios ha querido unirse a los hombres! Si estamos conmovidos ante el pesebre contemplando la encarnación del Verbo, ¿qué podemos sentir ante el altar, donde Cristo hace presente en el tiempo su Sacrificio mediante las pobres manos del sacerdote? No queda sino arrodillarse y adorar en silencio este gran misterio de la fe".

Nuestro ser sacerdotes es inseparable de la Eucaristía y nuestra existencia sacerdotal queda configurada por la Eucaristía, por el sacrificio que Cristo ofrece al Padre en oblación por nuestros pecados y los de todos los hombres, para la redención y salvación de la humanidad y del mundo entero. En la ordenación sacerdotal, al tiempo que se nos entrega el cáliz y la patena, se nos dice: "Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor". "Imita lo que conmemoras".

Por eso queridos hermanos sacerdotes toda nuestra vida no debiera ser sino una prolongación de la Eucaristía: una manifestación de lo que en la Eucaristía conmemoramos nuestros gestos, nuestras palabras, nuestras actitudes, todo debiera expresar ese don de la Vida y del Amor de Dios en favor de los hombres que renueva la ofrenda de Cristo, su amor a los hombres, a los que llama suyos y sus amigos, hasta el extremo. Cristo ungido por el Espíritu para traer la buena noticia a los que sufren, los corazones desgarrados, para traer la libertad a los cautivos. El ministerio sacerdotal, que actualiza permanentemente el Sacrificio de Cristo, debe ser vivido con ese espíritu de oblación, de entrega, de sacrificio personal. En definitiva con las mismas actitudes y sentimientos de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, que se despojo de su rango y paso por uno de tantos bajándose hasta lo último. Con Cristo somos configurados sacramentalmente y con él todo nuestro cuerpo, toda nuestra persona no puede decir sino aquellas palabras suyas que nos transmite la carta a los hebreos" Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad". O aquellas otras de Pablo "Amó a la Iglesia y se entregó por ella". O aquellas otras del evangelio "Los amó hasta el extremo".


Todo en nosotros, queridos hermanos sacerdotes, debiera ser expresión de esa "ofrenda, oblación y obediencia" al Padre y de esa "caridad pastoral" que llega al don de la vida del cuerpo y de la sangre, esa caridad pastoral que tan bellamente evocaba el santo Padre Francisco días atrás en la visita que hace el colegio español de san José de Roma, la caridad pastoral que nos identifica como sacerdotes, presencia sacramental de Cristo buen Pastor fluye sobre todo no lo olvidemos del sacrifico eucarístico, que es por ello Centro y raíz de toda la vida del presbítero de suerte que nos habremos de esforzar, con el auxilio imprescindible del Espíritu, en reproducir en nosotros mismos lo que se hace en el ara sacrificial. En el centro de nuestra vida sacerdotal está la Eucaristía de cada día, no la dejemos. Es esta Eucaristía cuotidiana lo que unifica nuestra vida sacerdotal, al igual que centra y unifica la vida de toda la Iglesia. No es un aspecto más en la vida del sacerdote es el aspecto central de la vida sacerdotal, porque nos vincula con Cristo y ahí tenemos el significado de toda nuestra vida sacerdotal y nuestra relación con los fieles.


A partir de la Eucaristía, a partir de ser sacerdotes para la Eucaristía, a partir de nacer de ella y ser lo que somos con ella, la vida del sacerdote no puede ser otra que la de Cristo. No podemos por eso contentarnos con una vida mediocre. Más aún, no cabe una vida sacerdotal mediocre. Nunca debería caber y menos en los momentos actuales en que es tan necesario mostrar la identidad de lo que somos y así dar razón de la esperanza que nos anima. En palabras de nuestro queridísimo y santo Arzobispo Don José María García Lahiguera; el sacerdote está llamado a ser Santo, cuya santidad, que tiene que ser especifica en nosotros, santidad sacerdotal, Santidad a ultranza y esa que obliga a ‘ser como Él’ tiene una especial característica: ser como Él en el altar, lo recordáis: Víctima, Sacerdote-Hostia".

La Eucaristía renueva el sacrificio de Cristo por todos los hombres. Tiene siempre un alcance universal. Desde ella se comprende que toda participación en el sacerdocio de Cristo tiene también una dimensión universal, por otra parte como recuerda el Concilio Vaticano II el Don espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida sino una misión universal amplísima de salvación hasta los confines del mundo. Pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la amplitud universal, la misión confiada por Cristo a los Apóstoles, hasta aquí la cita del Prebyterorum. Ordinis.

Así también nos indican los Papas, al recordarnos la apostolicidad de la Eucaristía, por naturaleza misma de nuestro ministerio, los sacerdotes debemos estar llenos de un profundo sentido misionero y un espíritu genuinamente católico que nos habitué a trascender los limites de nuestra propia diócesis nación, y proyectarnos a una generosa ayuda a las necesidades de toda la Iglesia y con ánimo dispuesto a predicar el evangelio en todas partes. Con esta perspectiva es necesario educar nuestro corazón y estar dispuestos, educar nuestro corazón para que vivamos el drama de los pueblos y multitudes que no conocen a Cristo que se apartan de Dios y para que estemos siempre dispuestos a ir a cualquier parte del mundo anunciarlo a todas la gentes, esta disponibilidad es particularmente hoy necesaria ante los inmensos horizontes que se abren a la misión de la Iglesia y ante los retos de la nueva evangelización.

Todos los sacerdotes debemos tener corazón y mentalidad misionera, estar abierto a las necesidades de la Iglesia y del mundo, atentos a los más alejados, a las periferias sobre todo a los grupos de los cristianos del propio ambiente, en oración y particularmente en el sacrificio Eucarístico, sintamos la solicitud de toda la Iglesia por la humanidad entera singularmente por los pobres y afligidos. El pueblo cristiano tiene buenos motivos para por un lado dar gracias a Dios por el don de la eucaristía y del sacerdocio y por otro rogar incesantemente para que no falten sacerdotes en la Iglesia, el número de presbíteros nunca es suficiente para afrontar la exigencias recientes de la evangelización y el cuidado pastoral de los fieles, hay diócesis en España que tiene una edad media que superan los 75 años, esto debe a nosotros ser un corazón sangrante que nos apremie a llamar a jóvenes al sacerdocio, la mejor llamada somos nosotros mismos, muchos de nosotros somos sacerdotes por otros sacerdotes, yo creo que la mayoría o casi todos, urge, urge que haya sacerdotes para todas las partes y que sirvamos donde sea, para ayudar a que haya verdaderamente esas comunidades cristianas atendidas de donde puedan surgir sacerdotes.

Realmente la escases de sacerdotes se nota y se sufre muy especialmente en estos días, en nuestro mundo nos quejamos nos lamentamos de él, nos lamentamos de atentados terroristas , nos lamentamos de odios, de venganzas de corrupciones, no será porque no hay suficientes sacerdotes, no será porque nos falta realmente los sacerdotes para celebrar la eucaristía, el máximo testimonio de Dios, la verdadera realidad de Jesucristo presente entre nosotros, todavía no tenemos a pesar de lo que se decía, estos tres últimos años que había una prometedora primavera vocacional, los datos de este año nos llevan a ver que no es así, por eso ha de aumentar en nosotros sacerdotes y en todo el pueblo de Dios la conciencia de tener que orar y actuar diligentemente a favor de las vocaciones al sacerdocio y la vida consagrada, las vocaciones son un don de Dios que sea ha de suplicar continuamente, siguiendo la indicación de Jesús hay que orar ante todo al dueño de la mies para que envié obreros a su mies, en oración reforzada y dosifica con ofrecimiento silencio del sufrimiento, es el primero y más eficaz medio de la pastoral vocacional.

En el evangelio Jesús nos dice que pidamos muy pocas cosas pero las pocas cosas que nos dice que pidamos aparte de pedir por la unidad es también pedir para que él mande obreros a su mies, orar es mantener la mirada fija en Cristo con la confianza de que el mismo único y Sumo sacerdote en su entrega divina emanan abundantemente con la acción del espíritu los gérmenes de vocaciones necesarios en cada momento para la vida y la misión de la Iglesia. Por eso mis queridos seminaristas aquí presentes, ser vosotros los primeros vocacioneros es decir los primeros que llamen a la vocación, que nuestro testimonio gozoso y alegre de seguir a Jesús sea visto por los demás jóvenes, no reservéis nada, pero nada, no os preocupéis de ninguna otra cosa que ser configurados por Cristo en el tiempo del seminario.

Queridos hermanos acaba de publicarse la nueva razio fundamental de la formación sacerdotal y es muy importante no simplemente para los seminarios sino para todos los sacerdotes que esta configuración con Cristo la que se lleva antes de ser sacerdote en el seminario y la que continua después toda la vida en la formación permanente, cuidemos esa formación permanente es que es esa configuración permanentemente la que nos configura lo que somos para que vivamos la alegría sacerdotal y el testimonio vivo que brota de la eucaristía que es testimonio de un amor que se entrega sin reservas con verdadero animo sin decaer el ánimo, buscando por encima de todo y solamente el ser sacerdotes, el ser pastores conforme al corazón de Dios, esto es lo que este día en que renovando nuestras promesas sacerdotales le pedimos también al Señor que aumente nuestras vocaciones aquí en Valencia, y también le pedimos al Señor que entre nosotros sacerdotes suscite disponibilidad para ir a donde sea, en nuestra diócesis las periferias, en donde sea, como tantas veces nos dice el Papa Francisco y quedo bien interpretado, sin carrerismos, sin ver haber cuando me toca irme a otro sitio, no - buscando siempre la disponibilidad para ir donde el Señor a través de los fieles nos pida ir.

La vocación misionera lo he dicho muchas veces, lo vuelvo a repetir hoy también, esa vocación misionera a tantos países de misión a tantas diócesis, recuerdo ahora por ejemplo una diócesis de Chile que me decía el obispo; son 300 mil habitantes y tengo solo 6 sacerdotes, otro obispo me decía también por cierto paisano nuestro en la diócesis de Requena en Perú, franciscano él, son casi 300 mil habitantes con escasísimos sacerdotes, cuando me llegan estas cartas hoz lo confieso como hermano, se me abren las carnes, que podremos hacer aparte de rezar aparte de decir al Señor aquí estoy para hacer tu voluntad, tengo que pediros a vosotros hermanos que sois parte mía también, tengo que deciros estar dispuestos a la vocación a la misión, en las periferias de nuestras ciudades, que periferias no simplemente son los suburbios, periferias existenciales son las más graves, que tengamos esa disponibilidad ese sentido misionero que sencillamente es encarnación sacramental de lo que hemos leído hoy en la lectura del profeta Isaías y después en el evangelio de Lucas, Jesús ungido por el Espíritu es enviado para anunciar la buena noticia a los pobres, a los destrozados, a los que necesitan sencillamente el amor de Dios, un amor de Dios que no tiene límite, Jesús se entrega por completo en la Eucaristía y nosotros entregamos también a los demás esa eucaristía que nos hace vivir en el mismo amor siendo uno solo, un cuerpo con el Señor, que así sea.
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