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domingo 19 de marzo de 2017
Fiesta de San José
Santa Iglesia Catedral, 19 de marzo de 2017

Queridos hermanos sacerdotes, estimadas y respetadas autoridades, Falleras Mayor e Infantil de Valencia, Falleras, Junta Central Fallera, Comisiones de las Fallas valencianas, hermanos y hermanas en el Señor aquí presentes o que seguís esta Santa Misa por TV a lo largo de la geografía española:

Celebramos la fiesta de San José con un relieve y solemnidad especial aquí, en Valencia, donde nuestras fiestas falleras, mundialmente conocidas y admiradas, tuvieron su origen y arranque en torno a esta fiesta de San José, patrono del gremio de los carpinteros, a quienes saludo con particular afecto. Saludo también, con especial deferencia y gratitud, a todos los padres en este día del padre. Toda Valencia está de fiesta, y su razón no es otra que San José, a quien Dios, en su providencia y en su misericordia sin límites, le confió la fiel custodia de los primeros misterios de nuestra salvación: le confió, nada menos, la encarnación y nacimiento del Salvador, Hijo único de Dios, Dios con nosotros, del seno virginal de su santa esposa, la Santísima Virgen María. Dios lo puso al frente de su Familia para que, haciendo las veces de padre, cuidara de su único Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo nuestro Señor. Dios quiso confiar a san José esta misión única y singular en la historia de la salvación: la custodia y vigilancia amorosa, ejerciendo las veces de padre, sobre la infancia, adolescencia, el crecimiento de Jesús. Dios le confió la protección y salvaguardia, con amor de esposo, de la santidad virginal y excepcional de María. Esta fue la misión de José, su razón de ser en los planes de Dios: La vida entera de José está centrada en este servicio a Jesús y María.

María siempre unida a José; y, por eso mismo, nuestras fiestas falleras tienen tan en su centro y corazón la ofrenda, de flores, tan hermosa y vibrante de las falleras y falleros, de niños y Jóvenes, de adultos y de toda condición que representan a todo el pueblo valenciano, este pueblo que tanto quiere a la Mare de Deu dels Desamparats, manifestación inefable de la belleza y ternura incomparable de Dios, la Mareta a la que tanto queremos los valencianos, la Mareta que tanto nos quiere, porque es la Mare de Deu de donde brota todo amor. Por ello, tantísimo nos duele el que unos que no saben lo que hacen hayan intentado ofenderla esta misma semana: pero los ramos con los que ayer tarde y la tarde anterior le habéis ofrendado las falleras y falleros han sido este año como besos de cariño sin par y de desagravio bañados en lágrimas del bons valencians.

Esta fiesta no debería apartarnos del camino cuaresmal, al contrario, porque esta figura excepcional nos lleva de la mano a lo que constituye el camino de Cuaresma, esto es: la fe en Dios; mente, corazón y vida centrados en Dios, la acogida de la ternura y de la misericordia que no tiene límite y que se transparenta en la ternura de san José. San José, sin duda, es una figura cercana y querida para el corazón del pueblo de Dios una figura que invita a cantar incesantemente la misericordia del Señor. No podemos olvidar que la figura de san José, aun permaneciendo más bien oculta y en el silencio, reviste una importancia fundamental en la historia dela salvación. A él, como he recordado ya, le confió Dios, la custodia de sus tesoros más preciosos: su Hijo único, venido en carne, y su Madre Santa, siempre Virgen. A él obedeció Jesucristo, el autor de nuestra salvación; en él tenemos el gran intercesor ante el Hijo de Dios, Redentor, que nació de su esposa, María, por obra del Espíritu Santo; de él aprendió a crecer en estatura, en sabiduría y gracia, a trabajar con manos de hombre; en él tenemos el ejemplo del hombre fiel y creyente, y del siervo prudente.

Como todos los elegidos de Dios, José tuvo que pasar por la prueba de la fidelidad, en esperanza. Los Evangelios, con una gran sobriedad, nos ofrecen los trazos de una fidelidad a prueba e inquebrantable que delinean la figura singular de José, en quien Dios ha encontrado la docilidad total para llevar a cabo sus promesas. José confía en Dios, escucha su palabra que le llega a través del Ángel mensajero, la acoge, la obedece, se fía, cuando éste le dice: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” y José “hizo lo que le dijo y le había mandado el Ángel”, todo lo que le había dicho y mandado.

Mateo dice de José, “como era un hombre justo obedeció al mandato”. Ser justo es decirlo todo de José; en esta palabra “justo” el evangelio encierra toda la honradez, integridad, santidad de José; decir de él que era justo es decir sencillamente la reciedumbre y solidez de toda su persona que se caracteriza por vivir de la fe. El justo es el que camina en la ley del Señor y escucha sus mandatos, el que vive en la total comunión con el querer divino y realiza su verdad, el que permanece firme en la fidelidad inquebrantable de Dios, y toma parte en su misma consistencia, la de Dios mismo: el justo es el hombre de las bienaventuranzas bien arraigado y confiado en Dios, obra de Dios.

José fue el hombre a quien Dios lo dispuso, para confiarle una misión excepcional. Misión que cumplió desde la oscuridad de la fe, ya que fue la fe la que le guio en sus horas de desconcierto y noche obscura, y frente a todas las pruebas dolorosas y a las situaciones difíciles de su vida. Fe ayudada, sin duda, por la esperanza, fuente de fortaleza y de gozo, aún en las horas difíciles. San José tuvo, en medio de las peculiares dificultades de su misión, particulares momentos de gozo y alegría: la presencia y cuidado de Jesús, salvación para todos, y de su madre María.

José, fiándose de Dios, renunciando a sí mismo y a su criterio, a su manera de ver las cosas y a su proyecto propio, accede y coopera con el plan de la salvación: deja a Dios ser Dios, sin imponerle ningún molde o criterio humano previo, preestablecido por el hombre. Cierto que la intervención divina en su vida no podía menos que turbar su corazón, sumido en la oscuridad y falta de luz en esos momentos. Y es que confiarse en Dios no significa ver todo claro según nuestros criterios, no significa realizar lo que hemos proyectado; confiarse en Dios quiere decir expropiarse, es decir, vaciarse de sí mismos, renunciar a sí mismos; porque sólo quien acepta perderse por Dios puede ser “justo”, con la justicia o verdad de Dios, como san José; es decir, puede conformar su propia voluntad y querer con Dios, con su designio, y así vivir y caminar en la verdad y la luz, la paz y el gozo.

En la fidelidad de José vemos la fe de nuestro padre Abrahán, padre de los creyentes. En José encontramos a un auténtico heredero de la misma fe de Abraham; fe en Dios que guía los acontecimientos de la historia según su misterioso designio salvífica. En verdad, como dice la carta a los Hebreos acerca de Abrahán, también José “creyó contra toda esperanza”. Se fio enteramente de Dios. En esa fe tenemos la grandeza de José. Esta grandeza de la fe en José, como la de María, resalta aún más, porque cumplió su misión deforma humilde y oculta en la casa de Nazaret. Por lo demás, Dios mismo, en la Persona de su Hijo encarnado, eligió este camino y este estilo -el de la humildad y el del ocultamiento- en su existencia terrena. ¡Qué maravillas hizo Dios en San José. Qué gran ejemplo en él.

Es José el hombre de la discreción, de la misión cumplida sin gestos ni alharacas; como lo dibujaba San Juan Pablo II, es el hombre del silencio, del “silencio de Nazaret”. Es el estilo que lo caracteriza en toda su existencia: como en la noche del nacimiento de Jesús, como escuchando al anciano Simeón, o cuando Jesús es hallado en el templo y recuerda a sus padres que tenía que ocuparse de las cosas de su Padre Dios. Podemos considerar a san José, bendito y dichoso, porque él fue el primero al que se le confió directamente el misterio de la encarnación, del Dios con nosotros, Emmanuel. Y, como María, guardó este secreto escondido a los siglos y revelado en la plenitud de los tiempos. Guardó en su corazón y lo custodió: porque el “secreto” era el Hijo de María, a quien le habría de poner el nombre de Jesús, el “Salvador”. A él le cupo el honor y la gloria de criar a Jesús, esto es de alimentar y enseñar a Jesús, de conducirle por los caminos de la vida para aprender a ser hombre, para aprender a trabajar como hombre, amar como hombre con corazón de hombre, a insertarse en una historia y una tradición concreta, aquella del Pueblo de Dios elegido y amado, educarle como hombre, e incluso, educarle en la plegaria de aquel pueblo a rezar como hombre. ¡Qué maravilla! el que el Hijo de Dios se sometiese así a José y aprendiese a obedecer y a caminar en la vida del hombre junto a José! ¡San José ha sido, en suma, el custodio, el educador, el cabeza de la familia en que el Hijo de Dios ha querido vivir en esta tierra. Protector de su cuerpo, es por ello, también protector del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, protector universal de esta nueva familia que ha nacido de la fe en Cristo, que es la Iglesia! ¡Qué ejemplo tan grande tenemos en él todos para ser servidores de los otros, para servir a Cristo, para servir silenciosamente a Cristo, que se identifica con los pobres, los enfermos, los que sufren, los desvalidos, los que están solos, los ancianos. Dios nos concede un guía y un protector, aliento y luz, estímulo sencillo y grande de san José. ¡Qué esperanza tenemos también en San José, protector de la vida física e histórica de Jesucristo y que ahora, desde el cielo es el protector del cuerpo de Cristo que es su Iglesia. La Iglesia siente necesidad de acudir a San José en los momentos de especial necesidad, como en otro tiempo libró de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende también a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de todo adversidad, defiende a Tantos miles y miles de cristianos perseguidos en tantos lugares de la tierra, protege a los desterrados, refugia-dos y emigrantes que tienen que salir de sus tierras a veces tan hostiles. El patrocinio de san José debe ser invocado y es necesario para la Iglesia no sólo como defensa contra los peligros que surgen, sino también y sobre todo como aliento en su renovado empeño de evangelización en el mundo y de reevangelización en aquellos países y naciones, como la nuestra, en los que la religión y la vida cristiana fueron florecientes y que están ahora sometidos a dura prueba. Pienso, de manera especial, en aquellos países donde los cristianos están siendo tan duramente perseguidos y masacrados en un verdadero y renovado holocausto, ante la pasividad y silencio de quienes rigen los destinos de los pueblos.

Invoquemos también, de manera muy especial, el patrocinio de san José sobre la gran tarea de reevangelización en que está comprometida nuestra Iglesia de Valencia para ser fiel al Espíritu en la coyuntura que atravesamos, difícil pero apasionante, que desde la fe debemos leer como una hora propicia e inaplazable para una nueva evangelización. Invoquemos su patrocinio sobre las familias valencianas, particularmente, por las que se encuentran afligidas por la separación, por la violencia interna, por la enfermedad, por el paro, o por cualquier otra amenaza que se cierna sobre ellas. Invoquemos este patrocinio sobre los jóvenes y las jóvenes, y por los niños que tan bien están representados por las falleras y falleros, mayores e infantiles, que estos días con tanta ilusión han depositado las flores del homenaje de su corazón y de todos los valencianos a los pies de la Mare de Deu. Invoquemos, de manera muy especial en estos momentos, el patrocinio de San José, educador primero de Jesús, por los que tienen en sus manos la tarea educativa de niños y jóvenes para que hagan posible una educación integral, libre de imposiciones ideológicas. Invoquemos su patrocinio sobre esta ciudad de Valencia, que tanto, sin duda, lo necesita en estos momentos. Encomendémonos todos a la protección de san José, aquel hombre justo a quien Dios confió la custodia de sus tesoros más preciosos y más grandes, y aprendamos, al mismo tiempo, de él a servir a los designios de salvación que Dios tiene sobre los hombres.

No olvidemos, hermanos, que Si es verdad que la Iglesia entera es deudora de la Virgen Madre por cuyo medio recibió a Cristo, después de María es a san José a quien debe un agradecimiento y una especial veneración y confianza. San José, custodio del Redentor, es también custodio de su obra de redención, la Iglesia. Además, como santa Teresa de Jesús, gran devota de san José, con razón, decía que si Jesús le obedeció en la tierra, también desde el cielo le obedecerá: por eso encomendemos a san José nuestras súplicas y aprendamos de él. San José, bendito, acuérdate de nosotros con tu oración ante Jesús, que pasaba por hijo tuyo, intercede también por nosotros ante la Virgen, tu esposa “Mare de Deu” madre de aquel que, habiendo estado bajo tu obediencia, con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos.
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