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lunes 06 de febrero de 2017
Funeral por Mons. José Gea Escolano
Santa Iglesia Catedral de Valencia, 6 de febrero de 2017.


Queridos hermanos Obispos, sacerdotes, familiares, queridos todos, hermanos y hermanas en el Señor:

Congregados como pueblo de Dios, ofrecemos el sacrificio sin mancha por el eterno descanso de nuestro querido D. José Gea Escolano, Obispo emérito de Mondoñedo, antes de Ibiza, y también Obispo Auxiliar de Valencia, que ha rendido su vida en las manos de Dios y acaba de llegar a la meta, que no es otra que la vocación celestial de Dios en Cristo Jesús, la Casa del Padre, Dios mismo. Ha llegado ya a esa meta con la mirada puesta en Jesucristo, sin retirarse, y contemplar así, para siempre, el rostro divino que buscó en todo y siempre con alegría y esperanza, como párroco, como Obispo, y ya emérito como misionero en Perú; en sus muchos años había guardado y difundido solícita y fielmente la fe; todo lo había cumplido hasta permanecer unido y clavado a la cruz en sus últimas horas; sólo le quedaba recibir la corona merecida, que el Señor, justo Juez, da a todos los justos y servidores leales y solícitos que le han seguido con la cruz, negándose a sí mismos y cumpliendo la voluntad y misión que Él mismo, por medio de la Iglesia, le había encomendado. (2 Tim. 4, 6-8),

Ante el cuerpo sin vida de D. José se me agolpan muchos recuerdos suyos y abundantes siempre alentadores y de ánimo, siempre de amigo y hermano mayor; pero, sobre todo, se hacen presentes en mi memoria las palabras de Jesucristo que escribe san Pablo, por ejemplo: "Venid a mí. .. que yo os aliviaré; aprended de mí que soy manso y humilde corazón; Yo soy la resurrección y la vida, quien viene a mí quien cree en mí tendrá vida eterna, lo resucitaré el último día, ven siervo fiel y solícito, porque has sido fiel en lo poco, te constituiré en lo mucho .. entra en el gozo de tu Señor, no he venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida; quien quiera ser el primero que sea el servidor de todos; ¿quién podrá apartarme del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús?; en la vida y en la muerte somos del Señor; me gastaré y me desgastaré ... : en estas y otras muchas palabras se resume la vida, la persona y la obra de D. José, que confesó y anunció a Jesús, como el Señor de vivos y muertos; todo en él nos remite a Cristo, a la fe en Cristo, Hijo de Dios humanado y resucitado, vencedor de la muerte y dador de vida. Hay que ver cómo amaba la vida, la vida para todos, y cómo defendió la vida D. José: su última obra escrita y publicada es precisamente una apuesta y una defensa de la vida sin fisuras, como era él.

Por eso damos gracias a Dios, por este testimonio de buen pastor conforme al Corazón de Dios lleno de amor; damos gracias ahora por la persona, vida y obra, de D. José como hombre, como cristiano, y, sobre todo como sacerdote y Obispo. La Iglesia eleva sus súplicas al Señor, rico, desbordante, en misericordia, pidiendo que le haya premiado sus trabajos, sus desvelos, su fidelidad, su ejemplo, su aliento, su entrega sin reservas, todo cuanto ha sido en esta vida suya, en la que Dios, el Poderoso, por su infinita misericordia, ha hecho obras grandes y nos ha ofrecido a todos un testimonio vivo, hasta la muerte misma de lo que Dios quiere del hombre y para los hombres, para los sacerdotes, siervos y servidores suyos, posesión suya.

Damos gracias a Dios por este pastor bueno y trabajador infatigable del Evangelio, hasta el punto de que cuando ya podía gozar de su merecido descanso de sus tareas episcopales, prefirió, humildemente marchar como misionero a Perú, donde se acumulaban toda suerte de necesidades que siempre atendió, dedicando su vida sobre todo al ministerio de la misericordia y del perdón, al que dedicaba ejemplarmente varias horas al día. Durante su ministerio sacerdotal y episcopal se entregó por completo a predicar y enseñar la palabra de Dios en sus diversas formas con asiduidad, celo y valentía, verbalmente y por escrito, con rigor de pensamiento y razón bien fundada, con valentía y libertad consciente de que la Palabra de Dios no está encadenada. Fue como aquellos evangelizadores que salieron de España a la heroica aventura de sembrar las semillas del Reino y colaborar en el surgimiento de una humanidad nueva hecha de hombres nuevos con la novedad del Evangelio. En su predicación y enseñanza hechas a tiempo y a destiempo, no había dudas, ni acomodaciones, sino certidumbres de fe para asentar la sociedad y la vida de los hombres sobre sólidos duraderos cimientos. Nuestro querido D. José, con una libertad que sólo podía brotar de su fidelidad insobornable a la verdad del Evangelio, a Palabra de Dios nunca encadenada, a Jesucristo, y a su esposa la Iglesia, no rehuyó en su vida o en su predicación las aristas crucificadoras de la vida cristiana, ni cedió a la fácil tentación de eliminar o reducir lo duro del Evangelio o de las enseñanzas de la Iglesia, para halagar al oyente. Su poner dulzura de comprensión en sus palabras, pero sin traicionar las exigencias de un mensaje, que sólo transmitiéndolo fielmente se mostrará en toda su realidad de Verdad que nos hace libres. Así, no ocultó la luz bajo el celemín, la colocó sobre el candelero, a la vista de todos los de casa y de los que entren en ella. Centinela en la noche, estuvo en vela para alertar de lo que llega como amenaza para defender, o como gracia salvadora para abrirse a ella. Su gran pasión fue siempre la Iglesia, servidora de los hombres. Siempre admiré en él su gran amor e inquebrantable fidelidad a la Iglesia en la que está y mora Cristo, un amor costoso, que no se escapa en silencios reñidos con la misión de centinelas en la noche. Signos todos de resurrección, en la que siempre creyó y esperó.

La liturgia que celebramos nos confirma en le esperanza de nuestra feliz resurrección; y en ella profesamos la certeza de que Jesús, muerto y resucitado, nos ha precedido en la casa del Padre para prepararnos un lugar donde sólo permanecerá el Amor: Dios, tres veces santo en nosotros y nosotros con Él. ¡Con qué claridad siente la Iglesia lo que es verdad, que es cierto, lo que vamos a proclamar en el Prefacio de la Misa de difuntos: "aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad!".

"Sabemos que la vida de los que en ti creemos no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo". Como confiesa san Pablo, "es doctrina segura: si morimos con Cristo, viviremos con Él; su sufrimos con Él, también reinaremos con ÉL" (2 Tim 11, 12).

Así fue la vida de D. José: unido a Cristo, identificado con Él; lo que ha hecho, lo que ha dicho, lo que ha mostrado, es un testimonio de Jesucristo. No nos ha ofrecido una interpretación más de Jesucristo, no ha sido un ideólogo, ni un leader social, político o religioso; ha sido un testigo y un maestro, un pastor conforme al corazón de Dios. Se ha encontrado con Jesucristo, Hijo de Dios vivo, el Mesías que tenía que venir y al que los hombres esperan, Dios con el hombre y para el hombre, le ha seguido como únicamente se le puede seguir -cargando con la cruz- y ha mostrado con su vida, gestos y palabras, con su persona y enseñanza qué es lo que sucede cuando uno se abre y acepta a Jesucristo, que está a la puerta y llama. ¡y es que: sólo en Dios encuentran fundamento sólido los valores humanos, y sólo en Jesucristo, Dios y hombre, se vislumbra una respuesta, la respuesta, al problema de cada persona constituye para sí misma, a lo que ha de ayudar la tarea evangelizadora. Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida.

Por eso, bien podemos resumir la vida, persona, obra de D. José diciendo que fue un testigo de Jesucristo, y, por ello, un testigo de esperanza. Porque Jesucristo, al que los hombres han rechazado ante Pilato, el autor de la vida y piedra angular que han desechado y siguen desechando tantos hombres "artífices de humanidad en un nuevo orden mundial, Dios lo resucitó de entre los muertos y vive para siempre, intercediendo por nosotros, con las llagas y el costado abierto. De ahí deriva todo lo que hemos podido comprobar en la vida sacerdotal de D. José, que como Pedro a las puertas del templo, no ha dado oro ni palta, sino lo que tenía: Jesucristo, yeso ha dado para que todos se encaminen a la humanidad nueva que anticipa el reino de los cielos. Demos gracias a Dios: no sabemos lo que tenemos con la fe. Pidamos por D. José, que Dios haya tenido y tenga con él la misericordia que nos ha mostrado en su Hijo.
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