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viernes 16 de diciembre de 2016
Misa funeral por D. Javier Etchevarría
S. I. Catedral de Valencia.

Ante la muerte de D. Javier Etchevarría que para todos, para mí lo ha sido, un gran dolor por la amistad que me unía a él, de quien tanto he recibido, no puedo sino hacer mías aquellas palabras del libro de los salmos "Cantaré eternamente las misericordias del Señor".

Son esas misericordias de Dios que quedan patentes en la vida y en la obra de D. Javier. Él, hijo de Dios, que se sentía con todo gozo en toda su persona, es testigo del amor misericordioso de Dios, del Dios rico en misericordia. El es mensajero de esperanza en este tiempo de Adviento, anuncio vigoroso del Dios vivo, expresión del hombre sediento de Dios, manifestación del alma humana, de toda alma humana, que no se contenta "con menos que Dios". En su sencillez, acogida cariñosa y cercanía que siempre mostró, es un testigo impresionante de Dios, que rompe su silencio junto a nosotros sus pobres y oscuros hermanos. El es uno de los "amigos fuertes de Dios", regalo suyo a este mundo, que de nada está tan necesitado como de Él, de Dios.

Reconocemos y confesamos aquí que Dios nos ha bendecido y enriquecido, como nos dice san Pablo, con toda suerte de bienes espirituales y celestiales en su Hijo único Jesucristo, en quien nos ha llamado a ser santos e irreprochables ante él por el amor. Manifestación de esta bendición sin límite de Dios y del enriquecimiento con que El dota sin cesar a su santa Iglesia ha sido para todos la persona de D. Javier, fiel discípulo y seguidor de san Josemaría, fundador del Opus Dei, y del Beato Alvaro del Portillo, su sucesor.

No quiso otra cosa este "hombre de Dios", Javier Etchevarría, ni tuvo otro anhelo que movilizase toda su persona que el hacer, como hijo suyo, lo que Dios quiere y a lo que nos llama. "Jesús no me quiere sabio de ciencia humana. Me quiere santo", decía San Josemaría, y D. Javier aprendió muy bien esta máxima de su maestro, que me recordó tantas veces ante la tumba de San Josemaría o del Beato Alvaro del Portillo, en las frecuentes visitas que hacía a su casa estando en Roma, siempre tan acogedor y familiar. "Dios me lo pide, y además es menester que sea santo". Dios, que inició esta andadura, este camino con él, en su bautismo, ha culminado su obra en él, que ha sido un siervo fiel, dócil y fiel a lo que Dios, su gracia, obraba en él. Esperamos y pedimos que por la misericordia que Dios siempre mostró en él, haya escuchado ya como siervo fiel, aquellas palabras tan gozosas: "Entra en el gozo de tu Señor". Su testimonio nos señala el camino y nos alienta a recorrerlo en este tiempo tan necesitado de orientación y de respuestas firmes y verdaderas.

Dejándose guiar y llevar dócilmente por el Espíritu Santo, D. Javier se plegó a la voluntad del Padre como hijo fiel y fue instrumento fidelísimo en sus manos para llevar a cabo su obra: la "Obra de Dios". El Poderoso, como canta la Virgen María, que tan dentro de su corazón albergaba D. Javier, y en el día de la Virgen de Guadalupe fue llamado a la casa del Padre, Dios ha hecho obras grandes en él y a través suyo. Cantemos en esta tarde la grandeza del Señor y su infinita misericordia reconociendo lo que Dios ha obrado en su Iglesia, en estos tiempos recios que nos ha tocado vivir, por la guía sabia y prudente, conforme al querer de Dios, de D. Javier guiando el Opus Dei y estando por completo entregado y al servicio total de la Iglesia, su gran pasión. Sin duda, Dios le dotó de gran sabiduría, espíritu, aliento y fidelidad para guiar, fortalecer y alentar la Obra, Opus Dei, que Dios en su día, hizo surgir, crecer y avanzar al servicio de la Iglesia y de los hombres.


Damos gracias a Dios por este pastor, obra suya, conforme a su corazón que Él mismo suscitó y nos dio, signo de la presencia del Señor resucitado y de su Vitoria sobre la muerte, porque en su vida sacerdotal y episcopal, y primero como laico y maestro y guía de laicos, Dios mostró esa victoria de Cristo, un signo luminoso de la resurrección en Cristo a la que estamos llamados, en una vida de generosidad y cercanía, de eclesialidad, caridad y misericordia en momentos no fáciles y siempre ofreció, con prontitud de ánimo y sin contrapartidas, la ayuda que se necesitaba. Damos gracias a Dios, por este sacerdote y Obispo, signo de la verdad de la resurrección, que fue la persona y vida de D. Javier en tanta bondad y sentido de Iglesia que de él recibimos y pudimos aprender. Que Dios nos conceda aprender la sabiduría de hijo de Dios, de hijo fiel de la Iglesia y amor a la Iglesia que nuestro queridísimo, D. Javier, para vosotros los del Opus Dei, el "padre", tan bien aprendió y vivió. Que la Virgen María, que se lo llevó en su fiesta de Guadalupe, para él tan entrañable, nos conduzca a seguir lo que Ella dijo ante el ángel y que tan bien aprendió D. Javier: "Aquí está la Esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra", lo que Tú quieras Señor.
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