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jueves 08 de diciembre de 2016
Santa Misa en el día de la Inmaculada Concepción
Parroquia Asunción de Ntra. Sra., de Ontinyent


Celebramos hoy con profunda y gran alegría la fiesta de la Inmaculada Concepción, la Purísima, Patrona de Ontinyent, donde tanto se le quiere y se la honra, y, no lo olvidemos nunca, Patrona también de España, tierra de María, que necesita tanto de su protección y ayuda en esta situación difícil que atraviesa para su edificación sobre sus cimientos y raíces cristianas más propias, para la familia, para el entendimiento entre todos sin exclusión de nadie, para el asentamiento en la verdad que nos hace libres y para tantas cosas que reclaman que ponga en su centro el bien común, inseparable siempre del bien de la persona, de su dignidad y de su grandeza.

Parémonos un poco y miremos a María Inmaculada desde su concepción; toda santa, a la que Dios preparó como su intacta morada de gloria; llena de gracia, inundada y empapada por el Espíritu Santo; toda hermosa, a la que el Altísimo revistió con su poder. En ella, la humilde esclava del Señor y la más elevada y engrandecida de las criaturas, la gracia divina ha ganado la victoria total sobre el mal, que apareció en la historia en sus mismos albores con Adán y Eva. Preservada de toda mancha de culpa, según el designio de Dios que quiere, desde siempre la plenitud de vida, de amor , de gozo y de gracia para el hombre. Ella es para nosotros, peregrinos del mundo, modelo luminoso de coherencia evangélica y prenda luminosa de esperanza segura. Esta fiesta cada año sabe a nueva, cada año resulta cargada de belleza, cada año nos invita a una meditación rebosante de gozo y de esperanza.

Celebramos el designio de la salvación de Dios que tiene en María el punto culminante e inmaculado de llegada a la tierra del Verbo de Dios que se hace Hijo del Hombre con la redención que en El se nos otorga. Pensemos, por ello, especialmente en el esplendor que nace de la humildad del Evangelio, transparente ya en el misterio de la Encarnación en la Virgen Inmaculada, la sin pecado ni mancha original, entre todas bendita, Hija predilecta del Padre, esclava del Señor, adueñada enteramente por El, mujer fiel configurada enteramente por la fe, ejemplo perfecto de amor a Dios y al prójimo. Su intacta belleza espiritual es para nosotros fuente viva de confianza y esperanza.

En la Virgen María, concebida, en previsión de los méritos de su Hijo , sin pecado original, la esperanza del hombre se ensancha al encontrar en Ella, Madre del Redentor, el cumplimiento de las promesas salvadoras de Dios. Ella, sencilla mujer judía, ha sido destinada desde siempre por Dios para ser la Madre del Salvador, y brilla, agraciada por la santidad de Dios, como aurora naciente de la salvación en la larga noche de los tiempos que precedió a la venida del Salvador.

Por la” entrañable misericordia de nuestro Dios, El ha hecho brotar de María el Sol que nace de lo alto y nos visita para iluminar a los que viven en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Desde ella podemos proclamar aquí está nuestro Dios en medio de los hombres.

Dios ha puesto su morada en ella. Ha acampado en ella. La Palabra eterna, por la que han sido hechas todas las cosas, se ha hecho carne, criatura, en Ella, Dios con nosotros, Humanidad de Dios. "El Señor está contigo, bendita tú entre todas las mujeres".

En el designio salvador de la Santísima Trinidad el misterio de la Encarnación constituye el sobreabundante cumplimiento de la promesa de Dios donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. y en la primera criatura donde sobreabundó esta gracia es en la Santísima Virgen María, la Purísima, la toda limpia, la que ni siquiera rozó, y mucho menos, tocó el pecado. María permanece ante Dios y ante la humanidad como la señal inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios sobre los hombres.

Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado de aquella enemistad con que ha sido marcada la historia de los hombres. ¡Qué esperanza!. Todo puede ser salvado, todo puede ser perdonado y vivificado. Esta elección nos hace percibir la dignidad más profunda del hombre y su destino, nos hace percibir que la vida siempre tiene un destino. Que no cabe el desaliento o la desesperanza. Que hay un futuro para el hombre. Ya está brotando. En María, tierra fecunda ha brotado, ha germinado el Salvador. La tierra ha dado su fruto nos bendice el Señor nuestro Dios.

Desde esta esperanza y desde la contemplación de Santa María, Inmaculada, haremos bien en otorgar a esta fiesta una importancia reformadora, consoladora. Contemplamos admirada y agradecidamente a Santa María, sin pecado concebida, que a la creciente degradación permisiva de las costumbres opone la serena y resuelta energía de la conciencia de la dignidad personal y comunitaria del hombre regenerado en el Bautismo y en la pertenencia a la sociedad de los santos, que es la Iglesia, la cual se siente representada y ensalzada en la humilde y grande Señora del Magnificat: Elegidos para ser santos e irreprochables por el amor.

María, es la primera cristiana, nos lleva y nos acerca a Cristo. Ella es modelo para todos los fieles, y lo es porque nos mueve a imitarla en las actitudes fundamentales de la vida cristiana actitud de fe, esperanza, caridad y obediencia. María es el ejemplo de ese culto espiritual que consiste en hacer de la propia vida una ofrenda al Señor. María es la personificación del verdadero discípulo de Jesús, que encuentra su identidad más profunda en el servicio a la Iglesia, en transmitir a todos el mensaje de la salvación, entregar a todos la salvación que es Cristo. Es la mujer creyente, la madre de los creyentes. Obediencia.

No hay mayor desamparo, ni mayor pobreza para una persona y para un pueblo que la pérdida de la fe, sobre todo si se minimiza el daño y se intenta pasar de largo ante sus efectos deshumanizadores, porque es entonces cuando el interior de las personas y de las sociedades se convierten en un desierto inhóspito. A ese desierto se referían las palabras -que hago mías- del Papa Benedicto XVI cuando dijo: "La santa inquietud de Cristo ha de animar al Pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores". Efectivamente, perdida la fe, el hombre se queda sin luz que ayude a su razón a encontrar la verdad plena, la de su dignidad y la de los caminos de su salvación. ¡En ese tipo de existencia, vacía interiormente es imposible que alumbre la esperanza! .¡Abrid pues las puertas de vuestras casas de par en par, abrid las puertas a la misericordia y derramad misericordia, sed misericordiosos, queridos hermanos, abrid vuestras puertas a la Madre de Dios, sin cortapisa alguna! Abridlas a la que es madre de vuestra fe y la de vuestros hijos. Lo necesitan urgentemente los jóvenes, los niños. No nos engañemos: muchas y poderosas son hoy en día las fuerzas sociales, políticas y culturales que pretenden arrebatarles la fe de sus padres, o, al menos, entorpecer al máximo su debida transmisión ya en el seno de la familia, y, muy especialmente en la escuela. ¿Por qué hacer tan difícil las cosas, por ejemplo, a la hora de abrir camino a la enseñanza de la religión católica, con el estatuto propio que le corresponde como materia fundamental, en ese ámbito tan decisivo para la formación de la persona que son los centros de educación primaria y secundaria? ¿Por qué hacer tan difícil a los padres la educación de sus hijos en esa dimensión tan básica de la formación religiosa y moral de sus hijos de acuerdo con sus convicciones, y de la cual son ellos los primeros y fundamentales responsables “con anterioridad al Estado y a cualquier otra instancia humana?"

Invoquemos a nuestra Madre Inmaculada para que interceda por todos ante Dios, de manera muy particular por las que como ella son mujeres, criaturas suyas muy queridas y objeto de su predilección, como vemos en María. Pidamos a María muy especialmente por nuestras madres o nuestras hermanas o las hijas, por las que más lo necesiten para que vivan la grandeza y la dignidad de su ser mujer.
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