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lunes 07 de noviembre de 2016
Apertura de curso del Instituto Juan Pablo II
Homilía pronunciada en Santa Úrsula sede de la UCV

Nos reunimos, un año más, para invocar el Espíritu Santo sobre este Instituto Juan Pablo II, para los estudios sobre el matrimonio y la familia, para servir a las familias, para ayudarlas y fortalecerlas, para difundir el evangelio de la familia. Celebramos la Eucaristía, sacramento de la cariad, del amor, que es la base y el sustento y el fundamento de la familia. Unimos a la acción de gracias por Jesucristo, la acción de gracias por la familia y por este Instituto a su servicio. Damos gracias por la nueva etapa de esperanza que se abre al comenzar un nuevo curso, y pedimos la ayuda de lo alto, el Espíritu Santo, Espíritu de Sabiduría para que nos guíe y nos asista en nuestros trabajos e inspire la sabiduría y el amor que rijan y mantengan en pie a la familia.

El futuro del hombre es inseparable de la familia; así, en consecuencia, así el futuro de la paz, porque la paz está ligada a familia: "La familia humana, es o debe ser comunidad de paz". De la familia nace la paz de la familia humana. Anhelamos la paz y tenemos necesidad de la paz. La paz es posible. La armonía y la paz están inscritas de manera indeleble en el proyecto originario de Dios sobre el hombre. Aunque los hombres rompamos una y otra vez ese proyecto, y la paz parezca, a veces, una meta inalcanzable, la paz es posible! En un clima hostil por la indiferencia y envenenado por el odio, ¿cómo esperar que venga una era de paz, que sólo los sentimientos de solidaridad y amor, que sólo el volcarnos en favor del hombre, de cada hombre, pueden hacer posible? Sí, podemos esperar una verdadera paz en el mundo: habrá un futuro de paz en la tierra, si creemos en la familia, si fortalecemos la familia, si hacemos posible que la familia sea hogar de comunión y de paz, comunidad de vida y amor. "De hecho, la primera forma de comunión entre las personas es la que el amor suscita entre un hombre y una mujer decididos a unirse establemente para construir una nueva familia" (Benedicto XVI). Además, porque está "fundada en el amor y abierta al don de la vida, la familia lleva consigo el porvenir mismo de la sociedad; su papel especialísimo es el de contribuir eficazmente a un futuro de paz" (Juan Pablo 11).

La familia, fundada en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, constituye el ámbito privilegiado en el que la vida humana es acogida y protegida, desde su inicio hasta su fin natural. Es el ámbito, único y privilegiado, donde el hombre se gesta, nace, crece como hombre, donde es querido, amado y respetado por sí mismo, donde aprende la grandeza de ser hombre por el hecho de serlo. No hay paz, sin que el hombre sea respetado en sí y por sí mismo. Por eso la familia es inseparable y necesaria para la paz: sin el apoyo a ella, no hay paz. Es el lugar básico y primordial para el amor, la base absolutamente necesaria de una civilización del amor. Cuando no se edifica o cuando se destruye la civilización del amor, se va contra el hombre, no es posible la paz. "¡Vale la pena trabajar por la familia; vale la pena trabajar por el ser humano!" (Benedicto XVI): eso es trabajar por la paz. Por eso contribuye a la paz de la gran familia que formamos todos los hombres, conforme al designio de Dios Creador y Redentor, mediante al amor recíproco de los esposos, llamados a una comunión de vida total, plena, fiel e indisoluble; mediante el adecuado cumplimiento de la tarea educativa, que obliga a los padres a formar a los hijos en el respeto de la dignidad de cada persona y en los valores de la paz. "La familia natural, en cuanto comunión íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es el “lugar primario de humanización de la persona y de la sociedad, la cuna de la vida y del amor ... En una vida familiar “sana” se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger a otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso la familia es la primera e insustituible educadora de la paz. No ha de sorprender, pues, que se considere particularmente intolerable la violencia cometida dentro de la familia. Por tanto cuando se afirma que la familia es “la célula primera y vi tal de la sociedad”, se dice algo esencial. La familia es también fundamento de la sociedad porque permite tener experiencias determinantes de paz. Por consiguiente no se puede prescindir del servicio que presta la familia" (Benedicto XVI). Si se quiere la paz, es necesario trabajar por la familia, "trabajar por la familia es trabajar por el ser humano", es trabajar por la sociedad, es trabajar por la nueva cultura de la vida y de la verdad, es trabajar por la nueva civilización del amor, es trabajar por la paz. Sólo si salvamos la familia, salvaremos la paz. "Quien obstaculiza la institución familiar, aunque sea inconscientemente, hace que la paz de toda la comunidad, nacional e internacional, sea frágil, porque debilita lo que, de hecho, es la principal “agencia” de paz... Cuando la sociedad y la política no se esfuerzan en ayudar a la familia ... se privan de un recurso esencial para el servicio de la paz" (Benedicto XVI). No se puede declarar la guerra a la familia como acontece desde hace tiempo: "hay una guerra mundial contra la familia", decía días atrás el Papa Francisco, regresando de un viaje apostólico. Existe esta guerra contra la familia, por eso se necesitan fuerzas para salir al paso de esa realidad y en defensa de la familia. Es lo que hace este Instituto a través de las diversas actividades que desarrolla de docencia, investigación, divulgación ...

La construcción de una sociedad en paz comienza por la comunidad familiar, donde se ha de vivir la primera, la fundamental e imprescindible experiencia de paz. Si quieres la paz, construye la familia sobre la base del respeto profundo de la vida y de la dignidad del ser humano. Si quieres la paz, haz realidad en la familia las virtudes domésticas de la comprensión, la paciencia, el mutuo estímulo, el perdón recíproco, el verdadero amor, "acompañado siempre de la justicia, tan necesaria para la paz", un amor con puertas abiertas y manos generosas a cuantos nos necesiten. "Una civilización de paz no es posible si falta el amor", cuya escuela básica e imprescindible es la familia. Si queremos la paz, hagamos posible que las familias vivan abiertas a Dios y le reconozcan. El alejamiento de Dios contribuye, de hecho, "al deterioro de la vida familiar, hoy profundamente desgarrada por el aumento de separaciones y divorcios, por la sistemática exclusión de la natalidad -incluso a través del abominable crimen del aborto-, por el creciente abandono de los ancianos, tantas veces privados del calor familiar y de la necesaria comunión intergeneracional" (Juan pablo II, en Huelva, junio 1993). El reconocimiento de Dios nos lleva a la afirmación del hombre y su dignidad. Sólo una experiencia viva y gozosa de la dignidad y de la vocación, de la existencia humana permitirá ofrecer caminos alentadores de futuro a la familia. Sólo desde ahí se abren caminos de esperanza para la sociedad, sendas prometedoras de paz para todos. "¡Que la familia pueda vivir en paz, de tal manera que de ella brote la paz para toda la familia humana" Juan Pablo II)

Inspiración fundamental de este Instituto han de ser las enseñanzas de su Fundador, San Juan Pablo II, particularmente la Exhortación Apostólica "Familiaris consortio", y las del Papa Francisco, en especial, su Exhortación Apostólica "Amoris laetitia", así como las del Beato Pablo VI y Benedicto XVI. Un magisterio amplio, bien trabado y coherente, concorde entre sí como no puede ser de otra manera que es un verdadero don del Espíritu Santo, a Quien invocamos en esta celebración.



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