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viernes 19 de agosto de 2011
Homilía en la eucaristía de envío de la Jornada Mundial de la Juventud
Viernes 19 de agosto de 2011
Catedral de Alcalá de Henares – Alcalá de Henares – Madrid

Querido Don Enrique, obispo auxiliar de Valencia

Querido Don Oscar, presidente de la comisión de Infancia y Juventud

Queridos hermanos sacerdotes que habéis hecho un esfuerzo especial acompañando en estos días a los jóvenes para participar en la Jornada Mundial de la Juventud

Queridos jóvenes,

Vosotros sois protagonistas especiales, en estos días en los que el Papa Benedicto XVI os está llamando a ser testigos de Nuestro Señor Jesucristo.

Hoy se cumple aquí la escritura que acabáis de escuchar. La primera lectura de la escritura la habéis escuchado. Soy pequeño, pero el Señor Jesucristo nos ha dicho: poneos en pie, anunciad a Dios, sed testigos fuertes del Señor. Hoy nos ha dicho: sed testigos con vuestra vida, con vuestras obras, con vuestras palabras. Hoy el Señor nos dice a cada uno de nosotros: vive la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios es espada que entra en el corazón, en la vida de los hombres, y nos transforma, nos dirige, nos anima y nos encamina en una dirección en nuestra vida. Hoy se cumple esta Palabra del Señor. Sí, queridos jóvenes. Porque Dios cuenta con cada uno de vosotros, como sois, con las medidas que tenéis, con las cualidades que Él os ha dado, y también el Señor cuenta con nuestros defectos, que puestos en las manos de Dios, se diluyen y nos convertimos en espadas de doble filo que alcanzan el corazón y la vida de los hombres. Hoy se cumple esta escritura; y se cumple con vuestras vidas.

Y esto que hoy os digo, ciertamente, sucede igual que en el tiempo de Jesús. Habrá gente, como los paisanos del Señor, que no lo reconozcan “qué me va a decir este a mí, si yo lo conozco, si sé de donde proviene, si sé lo que me ha de decir, si sé los defectos que tiene”. Pero no saben algo fundamental, “que os habéis puesto en las manos del Señor”. Y que es el Señor el que a través de vosotros habla a los hombres, se dirige a todos ellos y se manifiesta su presencia, no con poder ni con la fuerza de las armas, sino con la fuerza del Amor de Dios.

Lo recoge el apóstol Pablo: “ya podría tener y conocer todos los secretos, tener todas las armas para convencer y someter a este mundo a algo que a mí me interese, que eso no es nada comparado con el amor de Dios”. Y vosotros, queridos jóvenes, dejándoos amar por el Señor, tenéis en vuestro corazón y en vuestra vida, su amor y su presencia amorosa, que os hace presentaros en medio del mundo, como lo hizo Jesucristo Nuestro Señor, con su amor, con su gracia, con su fuerza. Con esa fuerza arrolladora que no procede de las armas de este mundo, sino de la fuerza de Dios. Esa es la fuerza que tenéis vosotros en vuestra vida y en vuestro corazón. Os lo dice la Palabra de Dios: “el amor es compresivo, es servicial, no tiene envidia, no se engríe, no es maleducado, no es egoísta, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injustica, se goza con la verdad, disculpa sin límites, cree sin límites, aguanta sin límites, espera sin límites, el amor no pasa nunca”.

El amor de Dios es transformador de nuestra propia existencia. Cada uno de nosotros lo hemos experimentado en nuestra vida, dejándonos amar por el Señor que ha cambiado nuestra vida. Él nos ha hecho tomar posiciones que desde nosotros seríamos incapaces de tomar. Él ha sido el amor de Dios manifestado en nuestra propia vida y en nuestra propia existencia. Él ha marcado una dirección distinta. Antes de conocer ese amor, cada uno de nosotros éramos de una manera, ahora que lo conocemos somos de otra gracias al amor que el Señor ha puesto en nuestra vida, ha puesto en mi vida.

Y por eso, por ese amor, debemos ser capaces de presentarnos en medio del mundo como testigos de Nuestro Señor Jesucristo. Somos testigos del Señor no por nuestras fuerzas, sino por la fuerza que habita en nosotros y que nos ha dado Jesucristo Nuestro Señor.

Sí, Él, el día del Bautismo nos engendró, pero nos ha dado mucho más. Nos ha dado su vida para que la pongáis, y la pongamos entre todos, en medio de esta historia y de los hombres para anunciarlo a Él como único salvador y único Señor. Este es Jesús. Él mismo que en su pueblo no creían en Él pero que se descubrió diciendo: “hoy se cumple esta escritura”, de igual modo a como se cumple esta mañana aquí entre nosotros. El Evangelio nos cuenta cómo el Señor, a pesar de todo lo que decían de Él, se abrió paso entre los hombres quedando su testimonio en medio de ellos. Así debéis hacerlo también vosotros: abrid paso y marcad unos derroteros distintos a los actuales, que son los de Jesucristo. ¡Animaos jóvenes!

Vosotros sois dadores de una esperanza que es la de Cristo. Vosotros sois portadores del Amor de Dios. Mostrad al mundo una manera de ser y de actuar que es la de Jesucristo. Sentid la alegría de llevar esto, como bagaje de vuestra existencia y de vuestra vida. Porque lo que colma el corazón de un ser humano es lo que lleva dentro de sí y, dentro de vosotros, lleváis el amor de Dios. Ponedlo a disposición de los demás a través de los hombres. Manifestadlo con vuestra vida. Jóvenes, con el amor de Jesucristo. Jóvenes dispuestos a entregar el amor del Señor; a darlo y donarlo, no de palabra, sino con vuestra propia existencia. Abriéndoos camino, como el profeta nos decía, “ponte en camino”.

Poneos en camino con el amor del Señor. Poneos en camino con su fuerza. Hagamos un recorrido por esta historia con la fuerza de Jesucristo. Yo os acompaño en este camino. Yo intentaré estar al frente del camino, con vosotros. Cuento con vosotros para anunciar al Señor, que es la esperanza del Hombre y no otra. Mostrad el rostro del Señor, que es lo que quieren ver los hombres, y no otro rostro. La humanidad aspira a ver ese rostro, a contemplarlo, a vivirlo.

Vivid la experiencia y que el Señor os bendiga. Que Jesús, que nos ama entrañablemente, y se hace presente en la Eucaristía, sea acogido por todos vosotros en vuestro corazón y en vuestra vida. Caminad con él. Dadle la mano. Sed jóvenes manteniendo vuestra juventud, con la única medicina con la que se puede mantener la juventud a pesar de los años, con Cristo. Desde Cristo, por Cristo y en Cristo, sed siempre del Señor. Sed siempre misioneros, como lo fue el propio Cristo, abriéndoos camino con la fuerza del amor de Dios.

Que así sea.
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