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miércoles 23 de agosto de 2017
Catequesis durante la audiencia del 23 de agosto de 2017
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado la Palabra de Dios en el libro del Apocalipsis, y dice así: «Mira que hago un mundo nuevo» (21, 5). La esperanza cristiana se basa en la fe en Dios que siempre crea novedad en la vida del hombre, crea novedad en el cosmos. Nuestro Dios es el Dios que crea novedad, porque es el Dios de las sorpresas.

No es cristiano caminar con la mirada dirigida hacia abajo —como hacen los cerdos: siembre van así— sin levantar los ojos hacia el horizonte. Como si todo nuestro camino se apagase aquí en el palmo de pocos metros de viaje; como si en nuestra vida no hubiese ninguna meta y ningún desembarque, y nosotros estuviésemos obligados a un eterno vagar, sin alguna razón para nuestras muchas fatigas. Esto no es cristiano.

Las páginas finales de la Biblia nos muestran el horizonte último del camino del creyente: la Jerusalén del Cielo, la Jerusalén celestial. Es imaginada ante todo como una inmensa tienda, donde Dios acoge a todos los hombres para habitar definitivamente con ellos (Apocalipsis 21, 3). Y esta es nuestra esperanza. Y ¿qué hará Dios, cuando finalmente estemos con Él? Usará una ternura infinita con nosotros, como un padre que acoge a sus hijos que durante mucho tiempo han fatigado y sufrido. Juan, en el Apocalipsis, profetiza: «Esta es la morada de Dios con los hombres [… Él] enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado […] ¡mira que hago un mundo nuevo!» (21, 3-5). ¡El Dios de la novedad!

Intentad meditar sobre este pasaje de la Sagrada Escritura no de manera abstracta, sino después de haber leído una noticia de nuestros días, después de haber visto el telediario o la portada de los periódicos, donde hay muchas tragedias, donde se encuentran noticias tristes ante las cuales todos corremos el riesgo de acostumbrarnos. Y he saludado algunos de Barcelona: ¡cuántas noticias tristes de allí! ¡Y cuántas otras! He saludado algunos del Congo, y ¡cuántas noticias tristes de allí! ¡Y cuántas otras! Por nombrar solo dos países vuestros de los que estáis aquí... Intentad pensar en los rostros de los niños aterrorizados por la guerra, en el llanto de las madres, en los sueños infringidos de muchos jóvenes, en los refugiados que afrontan viajes terribles, y son explotados tantas veces... La vida desgraciadamente también es esto. Algunas veces diríamos que es sobre todo esto.

Puede ser. Pero hay un Padre que llora con nosotros; hay un Padre que llora lágrimas de infinita piedad por sus hijos. Nosotros tenemos un Padre que sabe llorar, que llora con nosotros. Un Padre que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha preparado para nosotros un futuro diverso. Esta es la gran visión de la esperanza cristiana, que se dilata todos los días de nuestra existencia, y nos quiere levantar. Dios no ha querido nuestras vidas por equivocación, obligándose a sí mismo y a nosotros a duras noches de angustia. Nos ha creado, en cambio, porque nos quiere felices. Es nuestro Padre, y si nosotros aquí, ahora, experimentamos una vida que no es la que Él ha querido para nosotros, Jesús nos garantiza que Dios mismo está obrando su rescate. Él trabaja para rescatarnos.

Nosotros creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras pronunciadas sobre la parábola de la existencia humana. Ser cristianos implica una nueva perspectiva: una mirada llena de esperanza. Algunos creen que la vida retenga todas sus felicidades en la juventud y en el pasado, y que el vivir sea un lento decaimiento. Otros aún retienen que nuestras alegrías sean solo episódicas y pasajeras, y en la vida de los hombres esté inscrito el sinsentido. Los que ante tantas calamidades dicen: «Pero, la vida no tiene sentido. Nuestro camino es el sinsentido». Pero nosotros cristianos no creemos esto. Creemos en cambio que en el horizonte del hombre hay un sol que ilumina para siempre. Creemos que nuestros días más bonitos deben llegar todavía. Somos gente más de primavera que de otoño. A mí me gustaría preguntar, ahora —cada uno responda en su corazón, en silencio, pero responda—: «¿Yo soy un hombre, una mujer, un chico, una chica de primavera o de otoño? ¿Mi alma está en primavera o está en otoño?». Que cada uno responda. Observamos los brotes de un nuevo mundo antes en vez de las hojas amarillentas de las ramas? Nos acunamos en nostalgias, arrepentimientos y lamentos: sabemos que Dios nos quiere herederos de una promesa e incansables cultivadores de sueños. No os olvidéis de esa pregunta: «¿Soy una persona de primavera o de otoño?». De primavera, que espera la flor, que espera el fruto, que espera el sol que es Jesús, o de otoño, que está siempre con la cara mirando hacia abajo, amargado y, como a veces he dicho, con la cara de pimientos en vinagre.

El cristiano sabe que el Reino de Dios, su Señoría de amor está creciendo como un gran campo de grano, aunque en medio está la cizaña. Siempre hay problemas, están los chismorreos, están las guerras, están las enfermedades... están los problemas. Pero el grano crece, y al final el mal será eliminado. El futuro no nos pertenece, pero sabemos que Jesucristo es la gracia más grande de la vida: es el abrazo de Dios que nos espera al final, pero que ya desde ahora nos acompaña y nos consuela en el camino. Él nos conduce a la gran «tienda» de Dios con los hombres (cf. Apocalipsis 21, 3), con muchos otros hermanos y hermanas, y llevaremos a Dios el recuerdo de los días vividos aquí abajo. Y será bonito descubrir en ese instante que nada se ha perdido, ninguna sonrisa y ninguna lágrima. Por mucho que nuestra vida haya sido larga, nos parecerá haber vivido en un suspiro. Y que la creación no se ha detenido en el sexto día del Génesis, sino que ha proseguido infatigable, porque Dios siempre se ha preocupado por nosotros. Hasta el día en el que todo se cumplirá, en la mañana en la que se extinguirán las lágrimas, en el mismo instante en el que Dios pronunciará su última palabra de bendición: «¡Mira que hago un mundo nuevo!» (v. 5). Sí, nuestro Padre es el Dios de las novedades y de las sorpresas. Y aquel día nosotros seremos verdaderamente felices, y lloraremos. Sí: pero lloraremos de alegría.
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