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miércoles 28 de diciembre de 2016
Catequesis durante la audiencia del 28 de diciembre de 2016
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

San Pablo, en la Carta a los Romanos, nos recuerda la gran figura de Abraham, para indicarnos la vía de la fe y de la esperanza. De él el apóstol escribe: «creyó y fue hecho padre de muchas naciones» (Rm 4, 18). «firme en la esperanza contra toda esperanza». Este concepto es fuerte: incluso cuando no hay esperanza, yo espero. No hay esperanza, pero yo espero. Es así nuestro padre Abraham. San Pablo se está refiriendo a la fe con la cual Abraham creyó en la palabra de Dios que le prometía un hijo. Pero de verdad era confiar esperando «contra toda esperanza», era tan imposible lo que el Señor le estaba anunciando, porque él era anciano —tenia casi cien años— y su mujer era estéril. ¡No lo había conseguido! Pero lo dijo Dios, y él creyó. No había esperanza humana porque él era anciano y su mujer estéril: y él creyó.

Confiando en esta promesa, Abraham se pone en camino, acepta dejar su tierra y convertirse en extranjero, esperando en este «imposible» hijo que Dios habría debido donarles no obstante el vientre de Sara fuese ya como muerto. Abraham cree, su fe se abre a una esperanza en apariencia irracional; esa es la capacidad de ir más allá de los razonamientos humanos, de la sabiduría y de la prudencia del mundo, más allá de lo que normalmente es considerado de sentido común, para creer en lo imposible. La esperanza abre nuevos horizontes, hace capaz de soñar aquello que ni siquiera es imaginable. La esperanza hace entrar en la oscuridad de un futuro incierto para caminar en la luz. Es bonita la virtud de la esperanza; nos da tanta fuerza para caminar en la vida.

Pero es un camino difícil. Y llegó el momento, también para Abraham, de la crisis del desaliento. Se fió, dejó su casa, su tierra y sus amigos... Todo. Se fue, llegó al país que Dios le había indicado, el tiempo pasó. En aquel tiempo hacer un viaje así no era como hoy, con los aviones —en pocas horas se hace—; hacían falta meses, ¡años!. El tiempo ha pasado, pero el hijo no llega, el vientre de Sara permanece cerrado en su esterilidad.

Y Abrahán, no digo que pierda la paciencia, pero se lamenta con el Señor. Esto también lo aprendemos de nuestro padre Abraham: quejarse con el Señor es un modo de rezar. A veces yo escucho, cuando confieso: «Me he lamentado con el Señor…», y [yo respondo]: «¡No! laméntate, ¡Él es Padre!». Y este es un modo de rezar: laméntate con el Señor, eso es bueno. Abraham se lamenta con el Señor diciendo: «mi Señor Yahveh [...] me voy sin hijos, y el heredero de mi casa es Eliezer de Damasco (Eliezer era quien llevaba todas las cosas)». Dijo Abraham: «“He aquí que no me has dado descendencia, y un criado de mi casa me va a heredar”. Mas he aquí que la palabra de Yahveh le dijo: “No te heredará ese, sino que te heredará uno que saldrá de tus entrañas”. Y sacándole afuera le dijo: “Mira hacia el cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas”. Y le dijo: “Así será tu descendencia”. Y creyó él en Yahveh, el cual se lo reputó por justicia» (Gen 15, 2-6).

La escena se desarrolla de noche, está oscuro afuera, pero también en el corazón de Abraham está la oscuridad de la desilusión, del desánimo, de la dificultad para continuar a esperar en algo imposible. A estas alturas el patriarca tiene una edad muy avanzada, parece que no haya más tiempo para un hijo, y será un siervo el que pasará a heredar todo.

Abrahán se está dirigiendo al Señor, pero Dios, aunque está ahí presente y habla con él, es como si se hubiera alejado, como si no hubiese cumplido su palabra. Abraham se siente solo, está viejo y cansado, la muerte acecha. ¿Cómo continuar confiando?

Y además, ya es una forma de fe este lamentarse suyo, es una oración. No obstante todo, Abraham continúa creyendo en Dios y esperando en que algo pueda ocurrir todavía. De no ser así, ¿para qué interpelar al Señor, lamentarse con Él, reclamar sus promesas? La fe no es sólo silencio que todo acepta sin replicar, la esperanza no es la certeza que te pone a salvo ante la duda y la perplejidad. Pero muchas veces, la esperanza es oscuridad; pero ahí está la esperanza… que te lleva adelante. Fe es también luchar con Dios, mostrarle nuestra amargura, sin «pías» ficciones. «“Me he enfadado con Dios y le he dicho esto, esto, esto, ...” Pero Él es Padre, Él te ha entendido: ¡ve en paz!. ¡Hay que tener valor! Y esto es la esperanza. Y la esperanza es también no tener miedo de ver la realidad por lo que es y aceptar las contradicciones.

Entonces Abraham, en la fe, se dirige a Dios para que le ayude a seguir esperando. Es curioso, no pidió un hijo. Pidió: «Ayúdame a seguir esperando», la oración de tener esperanza. Y el Señor responde insistiendo con su inverosímil promesa: no será un siervo el heredero, sino un hijo propio, nacido de Abrahán, generado por él. Nada ha cambiado, por parte de Dios. Él sigue afirmando lo que ya había dicho, y no ofrece apoyos a Abraham, para sentirse tranquilizado. Su única seguridad es confiar en la palabra del Señor y seguir esperando.

Y aquel signo que Dios dona a Abraham es la petición de seguir creyendo y esperando: «Mira hacia el cielo y cuenta las estrellas […] Así será tu descendencia» (Gen 15, 5). Es todavía una promesa, es todavía algo de esperar respecto al futuro. Dios saca afuera de la carpa a Abraham, en realidad de sus visiones restringidas, y le muestra las estrellas. Para creer, es necesario saber ver con los ojos de la fe; son solo estrellas, que todos podemos ver, pero para Abrahán deben convertirse en el signo de la fidelidad de Dios.

Es esta la fe, este el camino de la esperanza que cada uno de nosotros debe recorrer. Si también a nosotros nos queda como única posibilidad la de mirar a las estrellas, entonces es tiempo de confiar en Dios. No hay cosa más bonita. La esperanza no defrauda. Gracias.
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