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miércoles 23 de noviembre de 2016
Catequesis durante la audiencia del 23 de noviembre de 2016
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Finalizado el Jubileo, hoy volvemos a la normalidad, pero quedan todavía algunas reflexiones sobre las obras de misericordia, y por eso continuaremos con esto.

La reflexión sobre las obras de misericordia espiritual se refiere hoy a dos acciones muy unidas entre sí: aconsejar a los dudosos y enseñar a los ignorantes, es decir, a los que no saben. La palabra ignorante es demasiado fuerte, pero quiere decir que no saben algo y a quien se debe enseñar. Son obras que se pueden vivir sea en una dimensión simple, familiar, al alcance de todos, que —especialmente la segunda, la de enseñar— desde un plano más institucional, organizado. Pensemos, por ejemplo, en cuántos niños sufren todavía el analfabetismo. Esto no se puede entender: ¡que en un mundo en el cual el progreso técnico científico ha llegado tan lejos, haya niños analfabetos! Es una injusticia. Cuántos niños sufren la falta de instrucción. Es una condición muy injusta que afecta a la misma dignidad de la persona. Sin educación además se convierte fácilmente en presa de la explotación y de varias formas de malestar social.

La Iglesia, a lo largo de los siglos, ha sentido la exigencia de esforzarse en el ámbito de la instrucción porque su misión de evangelización conlleva el compromiso de devolver la dignidad a los más pobres. Desde el primer ejemplo de una «escuela» fundada precisamente aquí en Roma por san Justino, en el siglo ii, para que los cristianos conocieran mejor la Sagrada Escritura, hasta san José de Calasanz, que abrió las primeras escuelas públicas gratuitas de Europa, tenemos una larga lista de santos y santas que en varias épocas han llevado instrucción a los más desfavorecidos, sabiendo que por este camino habrían podido superar la miseria y las discriminaciones. Cuántos cristianos laicos hermanos y hermanas consagradas, sacerdotes han dado su propia vida por la instrucción, por la educación de los niños y los jóvenes. Esto es grande: ¡yo os invito a rendirles homenaje con un gran aplauso! Estos pioneros de la instrucción habían comprendido a fondo la obra de misericordia y habían hecho de ello un estilo de vida tal hasta el punto de transformar la misma sociedad. A través de un trabajo simple y pocas estructuras ¡supieron devolver la dignidad a muchas personas! Y la instrucción que impartían a menudo estaba orientada también hacia el trabajo. Pero pensemos en san Juan Bosco, que preparaba para trabajar a chicos de la calle, en el oratorio y después en la escuela, las oficinas. És así como surgieron muchas y diversas escuelas profesionales, que habilitaban para trabajar mientras educaban con valores humanos y cristianos. La instrucción, por lo tanto, es verdaderamente una peculiar forma de evangelización.

Cuanto más crece la instrucción más personas adquieren las certezas y la conciencia, que todos necesitamos en la vida. Una buena instrucción nos enseña el método crítico, que comprende también un cierto tipo de duda, útil para plantear preguntas y verificar los resultados alcanzados, en vista de un conocimiento mayor. Pero la obra de misericordia de aconsejar a los dudosos no se refiere a este tipo de duda. Expresar la misericordia hacia los dudosos equivale, sin embargo, a aliviar ese dolor y ese sufrimiento que proviene del miedo y de la angustia que son las consecuencias de la duda. Por tanto es un acto de verdadero amor con el cual se pretende sostener a una persona ante la debilidad provocada por la incertidumbre.

Pienso que alguien podría preguntarme: «Padre, pero yo tengo muchas dudas sobre la fe ¿Qué tengo que hacer? ¿Usted nunca tiene dudas?». Tengo muchas... ¡Claro que en algunos momentos a todos nos entran dudas! Las dudas que tocan la fe, en sentido positivo, son la señal de que queremos conocer mejor y más a fondo a Dios, Jesús, y el misterio de su amor hacia nosotros. «Pero, yo tengo esta duda: busco, estudio, veo o pido consejo sobre cómo hacer». ¡Estas son dudas que hacen crecer! Es un bien entonces que nos planteemos preguntas sobre nuestra fe, porque de esa manera estamos impulsados a profundizar en ella. Las dudas, de todos modos, hay que superarlas. Por ello es necesario escuchar la Palabra de Dios, y comprender lo que nos enseña. Una vía importante que ayuda mucho en esto es la de la catequesis, con la cual el anuncio de la fe sale a nuestro encuentro en el aspecto concreto de la vida personal y comunitaria. Y hay, al mismo tiempo, otra senda igualmente importante, la de vivir lo más posible la fe. No hagamos de la fe una teoría abstracta donde las dudas se multipliquen. Hagamos más bien de la fe nuestra vida. Intentemos practicarla a través del servicio a los hermanos, especialmente de los más necesitados. Entonces muchas dudas desaparecen, porque sentimos la presencia de Dios y la verdad del Evangelio en el amor que, sin nuestro mérito, vive en nosotros y compartimos con los demás.

Como se puede ver, queridos hermanos y hermanas, estas dos obras de misericordia tampoco están lejos de nuestra vida. Cada uno de nosotros puede esforzarse en vivirlas para poner en práctica la palabra del Señor cuando dice que el misterio del amor de Dios no ha sido revelado a los sabios e inteligentes, sino a los pequeños (cf. Lc 10, 21; Mt 11. 25—26). Por lo tanto, la enseñanza más profunda que estamos llamados a transmitir y la certeza más segura para salir de la duda, es el amor de Dios con el cual hemos sido amados (cf. 1 Gv 4, 10). Un amor grande, gratuito y dado para siempre ¡Dios nunca da marcha atrás con su amor! Sigue siempre hacia adelante y espera; dona su amor para siempre, del cual debemos sentir una fuerte responsabilidad, para ser testimonios ofreciendo misericordia a nuestros hermanos. Gracias.
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