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domingo 16 de enero de 1994
Valores morales y normas éticas
Vuelvo a retomar la reflexión sobre la increencia y sobre los problemas que plantea. En las fiestas de Navidad os he invitado a meditar sobre el misterio de Cristo, el misterio de un Dios encarnado. Misterio que, como hemos podido observar a través de algunos medios de comunicación, no cesa de escandalizar a la razón humana, pero que la Iglesia, los cristianos, no hemos de cansarnos de proclamar con obras y palabras, estimulando a hombres y mujeres, jóvenes y niños, a creer.

Doy gracias a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y os felicito por el testimonio de vuestra fe y el empeño en construir una sociedad más solidaria y al servicio del hombre.

La increencia plantea el problema de los valores morales. Ciertamente, el increyente estima que existen valores morales y normas éticas absolutas y por esos valores está dispuesto a comprometerse, a luchar, a sacrificar sus bienes, su carrera y hasta su vida. Pero, ¿en qué funda tales valores y normas? Sobre todo, ¿en qué funda su carácter absoluto, en virtud del cual hay que perseguir esos valores y se han de observar esas normas a toda costa, incluso a costa de la misma vida? En este punto es donde se produce una profunda separación entre creyentes e increyentes. En efecto, unos y otros admiten lo absoluto de los valores y de las normas morales, pero lo fundan diversamente.

Para el creyente, el fundamento próximo es el hombre en cuanto persona; pero el fundamento último y supremo es Dios, en cuanto creador de la persona, en cuya estructura esencial ha inscrito Él los valores y las normas morales. Por ser Dios el Absoluto, las normas y los valores morales, inscritos en la persona y captados por ella a través de la razón, tienen un carácter absoluto. Es decir, son al mismo tiempo humanos y divinos; expresan la persona humana y por eso no son extrínsecos a él ni le vienen desde fuera, sino que expresan también la índole absoluta de Dios.

Para el increyente, que cree únicamente en el hombre, los valores y las normas morales se fundan en el hombre, ya sea particular, ya asociado y constituido en sociedad, en Estado; para él se trata de valores y normas únicamente humanas, expresiones del hombre y de la sociedad. Pues es el hombre el que crea los valores y es la norma suprema del obrar moral. El increyente afirma que el hombre es la medida de todas las cosas, y por tanto también de los valores y de las normas morales; rechaza así «toda verdad que no proviene del hombre».

Pero, ¿puede el hombre, individualmente o asociado, crear por sí solo los valores? Si no es más que un ser de naturaleza material, no se distingue de los otros seres vivos más que por su mayor inteligencia, los valores que crea serán del mismo orden, es decir, valores materiales. Pero los valores morales son de orden espiritual; así, la honradez, la sinceridad, la libertad, la justicia, la búsqueda de la concordia y de la paz no son valores materiales, sino espirituales; por tanto, tales que sólo un ser espiritual, luego dotado de un alma espiritual, los puede crear.

Pero -lo que más importa- el hombre no puede fundar por sí solo el carácter absoluto de las normas éticas. Pues es un ser: histórico, esencialmente mudable. Las mismas sociedades cambian, se transforman. Por eso, si son obras del hombre y de la sociedad, 1as normas morales no son absolutas e inmutables, sino que podrán cambiar con los cambios del hombre y de la sociedad. Podrá ocurrir también que se las someta al capricho y al interés de las personas, de las sociedades y de los Estados. Si no hay nadie por encima del hombre y del Estado que garantice lo absoluto de las normas éticas, el hombre y el Estado podrán darse las leyes morales que quieran, podrán cambiarlas a su gusto o de acuerdo con sus intereses. Nada tiene de extraño entonces que el Estado se erija en absoluto; que se convierta en Estado «ético», productor de una moral suya, como de hecho ha ocurrido y ocurre históricamente. Nada tiene tampoco de extraño que la sociedad cambie sus normas éticas y se dé principios morales nuevos más conformes a su desarrollo. En conclusión, si las normas morales no tienen fundamento último en lo Absoluto, en Dios, sino en el hombre, éste puede cambiarlas como mejor le parezca. Pero de ese modo pierden su carácter absoluto.

Con mi bendición y afecto.
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