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Domingo 05 de Abril de 2009
Homilía en el Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos nos anuncia la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Iniciamos la Semana Santa.

Por este anuncio, debemos tomar conciencia de un hecho histórico, al cual está vinculada la vida y la cultura de nuestro tiempo.

Precisamente ese hecho es la raíz y el sentido de nuestra existencia como cristianos.



Esta mañana recordamos la celebración de un misterio que, cambió el curso de la historia de la humanidad y la existencia personal de muchos hombres y mujeres.

Se trata del misterio de la Redención humana realizado por Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, mediante su pasión, muerte y resurrección.

Es un hecho histórico que nos afecta como pueblo, y se actualiza también en el presente. Es un anuncio dirigido a cada uno de nosotros, porque atraviesa el curso de la historia y transforma nuestro presente.

Este es el misterio que celebramos en los próximos días de la Semana Santa.


Queridos hijos:
En la procesión del Domingo de Ramos nos hemos unido a la multitud de los discípulos que, con gran alegría, acompañan al Señor en su entrada en Jerusalén.

Como ellos, alabamos al Señor por todos los prodigios que hemos visto. Sí, también nosotros hemos visto y vemos todavía ahora los prodigios de Cristo:

Por Él muchos hombres y mujeres renuncian a las comodidades de la vida y se ponen totalmente al servicio de los que sufren; Por Cristo muchos hombres y mujeres tienen la valentía de oponerse a la violencia y a la mentira, y difunden en el mundo la verdad.

Así es: el Señor nos invita a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde hay odio, a crear la paz donde reina la enemistad.

Pero el Domingo de Ramos tiene como horizonte la pasión.

Dentro de unos días celebraremos el jueves santo, que recuerda y actualiza la presencia de Jesús en medio de nosotros;

Con devoción y recogimiento viviremos el viernes santo: Cristo alzado y muerto en la cruz, será el signo del paso del Señor;

y, por último, estamos llamados a participar en la noche santa de la Vigilia pascual.

Los acontecimientos de la vida de Jesús, desde su llegada a Jerusalén hasta su muerte en la cruz, expresan el encuentro definitivo de Dios con cada uno de nosotros.

Como decía Juan Pablo II: Todo hombre ha de encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia del amor que irradia del misterio de la Redención (cf. Redemptor hominis, nº 13).

Solo a partir de este encuentro con Dios se comprende el auténtico significado de los misterios que durante los próximos días vamos a celebrar.

Solo si descubrimos que también nuestra vida está implicada en este misterio podremos encontrar significado a las fiestas que se aproximan.

La Semana Santa, los misterios que en ella celebramos, son determinantes para la existencia personal de los cristianos.

Y son también determinantes para la vida social de nuestro tiempo. Nada es igual desde la Resurrección de Cristo.

Para entender la entrada de Jesucristo en Jerusalén y su pasión, desde la perspectiva de nuestro encuentro con Dios, la carta de san Pablo a los filipenses —que hemos escuchado en la segunda lectura— revela el misterio de la encarnación del Hijo de Dios y el destino humano de su vida, como siervo obediente (cf. Fil 2,8; Is 53,7).




Cristo —dice el Apóstol— a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango... actuando como un hombre cualquiera (Fil 2, 6-7).

La afirmación de la naturaleza divina de Cristo y su «despojamiento» para hacerse hombre, nos sitúan ante la entrada de Jesucristo en el mundo. Nos sitúan en Belén, ante el nacimiento del Señor.

Sí. La entrada en Jerusalén, el Domingo de Ramos, y la entrada de Cristo en el mundo, la Navidad, poseen características similares.

En ambas, se trata de una entrada triunfal:


en Belén, Jesús es aclamado por los ángeles de Dios: ¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz a los hombres que Dios ama! (Lc 2,14);

en Jerusalén es aclamado por las gentes: ¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto (Lc 19, 38).

La misma actitud acompaña las dos entradas: la humildad. Cristo nace en un establo (cf. Lc 2, 16) y ahora entra triunfante en Jerusalén montado sobre un borrico (cf. Lc 19, 35).

También una misma es la intención de esta entrada: Dios se acerca al hombre.


Si la entrada de Jesucristo en Belen es el encuentro con la humanidad, la entrada en Jerusalén es el encuentro con el hombre concreto, con cada uno de nosotros.

Si en Belén era una humanidad anónima (cf. Lc 2, 15-18) la que se postra a sus pies, el Domingo de Ramos, después de tres años de actividad pública, es el hombre concreto —sus amigos, sus conocidos, su propio pueblo— el que lo reconoce y venera como el enviado de Dios:

¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto (Lc 19, 38).



También hoy: en este Domingo de Ramos, Dios se acerca a cada uno de nosotros, humildemente.

Nos hemos reunido en la Catedral, para bendecir los Ramos y Palmas, y salir en Procesión para celebrar ahora la Eucaristía.

Jesús llama a nuestra puerta para que le abramos, le dejemos entrar en nuestra vida y nos dejemos amar por él.

Sin embargo, los hombres que conociendo a Cristo le aclaman como Rey, la mañana del viernes santo, endurecido el corazón y olvidando los sentimientos más elementales de compasión y miseriecordia, gritan: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! (Lc 23, 20).



Reconozcamos todos los que aquí estamos que también en nuestra vida hemos salido muchas veces para aclamar a Cristo públicamente, como ocurre cuando participamos en las procesiones.

Sin embargo, demasiado pronto, quizá solo un rato después le hemos dado la espalda, lo hemos abandonado y olvidado.

Si queremos celebrar plenamente el misterio del Señor, es necesario que con Cristo entremos en Jerusalén.

No —como decía san Andrés de Creta— para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas,



sino para postrarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene para nuestra salvación (Sermón 9, PG 97, 992).

El Domingo de Ramos nos recuerda que hemos de confesar públicamente, sin miedo, nuestra fe en Jesucristo.

No podemos ni queremos vivir como si Dios no existiera.

Nuestra fe no es para la sacristía o solo para el templo.

Nuestra fe queremos vivirla en el templo y en la calle; en nuestra intimidad y en la familia; en el trabajo, la política y la escuela.

Sí. En la escuela: Allí los padres de familia estáis llamados a manifestar vuestras convicciones —con sencillez y humildad— pero con claridad, sin ambigüedades ni susurros. Hemos de ser cristianos en la vida pública.

Ante el creciente laicismo, que pretende reducir la vida religiosa de los ciudadanos a la esfera privada, hemos de recordar que el mensaje cristiano refuerza e ilumina los principios básicos de toda convivencia.

Sí. El mensaje cristiano es fuente de progreso y de libertad.

Donde se difunde el Evangelio se afirma el valor sagrado de la vida y la dignidad de la persona y de sus derechos.


Donde se acepta el mensaje salvador de Cristo se descubre el valor irrenunciable del matrimonio y de la familia, que no se puede equiparar ni confundir con otras formas de convivencia.

No lo olvidéis: socavar las bases del matrimonio y de la familia debilita la libertad y la dignidad de las personas.

Destruir la familia es disolver la sociedad. Si las familias están enfermas la sociedad se derrumba.

Queridos hijos: Con la cruz, Jesús ha abierto de par en par la puerta de Dios, la puerta entre Dios y los hombres. Ahora ya está abierta.


Pero también desde el otro lado, el Señor llama con su cruz: llama a las puertas del mundo, a las puertas de nuestro corazón, que con tanta frecuencia y en tan gran número están cerradas para Dios.

Pongamos nuestra mirada en Cristo: es Dios que sufre por cada uno de nosotros, que personalmente padece con cada uno.

Abramos nuestro corazón al Señor.

Este es el llamamiento que hemos de escuchar. Que el Señor nos ayude a abrir la puerta del corazón, la puerta del mundo, para que él, el Dios vivo, pueda llegar en su Hijo a nuestro tiempo y cambiar nuestra vida.

Amén.
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